martes, 9 de junio de 2015

Las tentaciones de Sandra (Relato Corto)


Por alguna razón desconocida, desde principios de aquella inolvidable semana, Sandra se sentía muy inquieta y excitada. En algún momento pensó que era normal para una chica de veinte años que había terminado con su novio hacía poco más de un mes, y que la falta de intimidad se estaba haciendo notar. Desde la mañana creyó que los hombres la miraban más de lo habitual. Ella estaba acostumbrada a llamar la atención, a ninguno le pasaba desapercibido su metro ochenta, su cuerpo de curvas exuberantes y su cabello rojo, pero aquello que tanto atraía al sexo opuesto era, a la vez, intimidante. Pocos eran los que se atrevían a acercarse y hablarle. Mientras caminaba por la calle, eran siempre miradas, piropos y silbidos, pero en ese día eran diferentes, o por lo menos eso pensó Sandra.

Desde que había salido de su casa y durante el transcurso del día, los hombres le estaban atrayendo por demás. Veía a cada uno que se le cruzaba y se lo imaginaba, sin distinción de edad ni aspecto, desnudo, erecto, o bien teniendo sexo salvaje con ella. Esos pensamientos se reiteraron a lo a lo largo de la jornada y la mantuvieron encendida de manera prolongada. Por la tarde el viaje en subte desde la facultad a su casa le resultó una aventura. Era la hora en que todos volvían y los vagones estaban llenos. Pudo entrar a uno por la ayuda de un hombre que le hizo lugar y empujó para que pueda subir. Quedó muy apretada contra la espalda de un anciano y lejos de molestarle, le resulto agradable.



A los pocos minutos, luego que subieron dos o tres pasajeros más en la siguiente estación, sintió una caricia muy particular en su nalga derecha, por sobre el vestidito corto de seda estampado. Se dijo a si misma que era normal que a los hombres les atrajera su trasero –en verdad era imponente–, con forma de manzana y muy duro. Se podía notar sus formas por entre los pliegues de la falda. La mano del desconocido iba subiendo bordeando lentamente la costura de su tanga, al rato se dio cuenta que un dedo estaba recorriendo el pedacito de tela incrustado en la raya. Sandra, se moría de ganas por tener ese dedo adentro y la carcomía la idea de que un extraño estuviera manoseándola en el viaje.

Luego de la segunda estación, ella se acomodó mejor, pero no para alejarse, al contrario, para con un pequeño esfuerzo poder levantar más su cola inmensa y redonda, abriendo un poco las nalgas para permitirte mejor movimientos al agradable intruso. Éste, sin perder tiempo, al percatarse del cambio de posición, dejó de lado toda timidez –si es que algo de ella le quedaba– para tocarla con toda la palma de la mano, de la forma más descarada que se pueda imaginar. Como Sandra respondía empujando más con su trasero, la mano desesperadamente buscó el borde inferior del vestido; rápidamente subió por debajo y se instaló en la entrepierna de Sandra. Ella, se daba cuenta lo empapada que estaba y el peligro que corría, pero en sus pensamientos se había instalado la idea de ser abusada, y se estaba cumpliendo en ese momento. La lujuria la estaba consumiendo y el hombre era un habilidoso, había encontrado su lugar más sensible y estaba masturbándola por sobre la ropa interior. Sandra había cambiado sus movimientos, no eran más hacia atrás, sino hacia abajo, como queriéndose sentar sobre esa mano, que ningún modo era pequeña.

Ella había perdido la noción de las estaciones que pasaron, pero de lo que sí se dio cuenta, en un momento dado, era que el tren no estaba tan lleno como cuando subió. En la siguiente estación, se abrieron las puertas y la mano se retiró de golpe, torpemente y temblando. Vio a una chica muy joven, de lentes, subir sonriendo y mirando a quien estaba detrás de ella y decirle:
– ¡Que coincidencia pa! ¿Cómo estás?
–Bien, bien –contestó el hombre con voz entrecortada y nerviosa–, y... ¿vos? ¿De dónde venís?

El resto de la conversación se perdió en su mar de sensaciones. Se quedó pensando en ese hombre, al que miró antes de bajar en la siguiente estación y en su hija. Esa adolescente que pensaría que él nunca podría hacer ciertas cosas. Pero ahí estaba Sandra, sabiendo que sí; que ese padre era un hombre como cualquiera y tenía deseos y podía ser el más morboso de los amantes, o de los abusadores, como en este caso. Ya estaba ceca de su casa cuando se dio cuenta que estaba muy mojada y tiritando, aunque no hacía frio.
Sentía sus pensamientos acelerados y creyó que no había nadie en la casa hasta que el ruido en el baño la hizo darse cuenta que no estaba sola. Se acercó a la puerta y tocó despacio, con cautela, desde adentro se oyó:
–Me estoy bañando –gritó su padre–, ya termino.

Sandra se estaba por retirar, pero de pronto como instintivamente, se dio vuelta y puso su mano en el picaporte, lo giró y abrió la puerta. Allí estaba Carlos, su papá. Un cincuentón muy bien conservado, de cuerpo todavía atlético, cabello corto muy prolijo, con una toalla blanca anudada a la cintura, descalzo y peinándose. La miró rápidamente y con una sonrisa le dijo:
–Hola belleza. ¿Tan apurada estas que no podes esperar? –Y siguiendo con lo que estaba haciendo– ¿Cómo te fue hoy?

No obtuvo ninguna respuesta porque Sandra estaba embelesada, con la mirada clavada en el cuerpo de su papá, que siempre le había atraído tanto. Para ella, siempre había sido un hombre hermoso y fuerte, cariñoso y simpático, pero en ese momento, era solo una tentación, y no estaba dispuesta a desaprovecharla.
Se acercó despacio y por el espejo que cubría toda la pared, su padre, la miró extrañado.
– ¿Qué te pasa? ¿Estás bien?
Y ella le tocó los pectorales y bajó lentamente a su vientre, acariciando despacio sus músculos tallados.
–Espera afuera, Sandra. Ya voy a terminar. –Le dijo confundido.

Ella sin hacerle caso, como si no escuchara, se arrodillo y busco abrir la toalla.
–Pero ¿Qué estás haciendo? –Le recriminó él.
Sandra vio el miembro dormido de su padre y sin perder tiempo, se lo metió en la boca, entero, como quién se mete un caramelo de leche gigante.
–Sandra, pero ¿Te volviste loca? –La increpaba su padre, pero casi sin fuerzas por su angustia.
Le corrió el cuero hacia atrás y le empezó a chupar la cabeza con mucha saliva. Quería que él gozara como nunca. De pronto dio signos de empezar a despertarse, a ensancharse y crecer, a la vez que dejaban de entenderse sus palabras. Sandra lo miraba, mientras lo tenía en la boca, con sus infinitos ojos verdes y con la lengua daba círculos alrededor de ese palo encerrado en su boca caliente y húmeda, que empezaba a estar llena de la carne dura y venosa de su papá. El solo pensarlo hacía que se moje más sin ni siquiera tocarse.

–Sandra, espera. Pará –Decía entre gemidos su padre–


Entonces ella hizo lo que nunca creyó que iba a poder hacer, dejo que se deslicen por su garganta los maravillosos y duros veinticinco centímetros de su papá, que ya se había despertado. Era una mamada decididamente profunda y su padre no podía creer lo que ella, su nena, su princesa, su amor, le estaba haciendo.

–Ahhhhhhh, Sandra. ¡Me volvéis loco!

La agarró de la cabeza como no queriendo dejarla escapar, pero en verdad no era necesario, ella no quería dejarlo ir tampoco. Lo mamó durante un largo rato, mientras le acariciaba las pierdas musculosas; hasta que se la saco de la boca, se puso de pie y se empezó a sacar la ropa. La visión era la de un paraíso, aunque ambos sabían que terminarían en el más lujurioso de los infiernos. No era ya su hija, era una mujer delgada, con curvas perfectas y armoniosas, con dos globos gigantes como pechos, rematados por un par de pezones rosados que pedían a los gritos ser comidos. La sentó en el mueble del lavatorio, ella acomodó las piernas alrededor de la cintura de él y todo el ancho palo se hundió dentro de su hija hasta tocar el útero, mientras Sandra comenzaba a gritar.

–Así pa, dame más fuerte. Que grande que la tenéis.

Estuvieron así un largo rato, alternando besos y caricias con jadeos y vaivenes. Él le apoyó el pubis en su clítoris mientras la agarraba de la cola y ella, con los brazos alrededor de su cuello, le chupaba la lengua, como si tratase de un miembro. Todo entre gemidos y suspiros.
Luego de unos minutos de bombeo, él la sacó de golpe y la hizo girar haciendo que Sandra se incline sobre el mueble. Tomó una crema que tenía a mano y le embadurnó la cola y la punta de su garrote. Sandra, no se había imaginado que esto fuese posible con su padre menos por atrás. Si bien no era virgen, nunca había probado un aparato tan grande.
De pronto sintió un hierro caliente estirándole los esfínteres y deslizándose hasta sus intestinos. Le entró toda, sin preámbulos. Ella empujó como en el subte esa tarde, hacia atrás, para que termine de entrar toda. Cuando el último centímetro se perdió en su agujero, comenzó el mete y saca.

–Le dijo Sandra –volteando la cabeza y mirándolo a los ojos–, rómpeme todo papá. Dame sin asco.
–Sandra que buena que estas, hijita.

Ella miró hacia delante, mientras que con las manos se separaba más las nalgas, pera sentirlo más profundo, y contempló en el espejo a su padre que era un amante increíble. Carlos seguía moviéndose como un pistón dentro de su hija, aferrado por momentos a sus tetas grandes, redondas y duras.

–Papá. ¡Me estas abriendo toda!

La joven, tenía la sensación que los esfínteres se le salían cada vez que su padre iba hacia fuera y que se hundían hacia su interior con cada embestida. La estaba desfondado. Nunca había tenido el culo tan estirado, tan forzado.
Su padre seguía con los movimientos rítmicos, cada vez con más fuerza y empujando con mayor firmeza. Se encontraba enardecido, transportado a otra dimensión, con su miembro a punto de estallar dentro de su escultural hija, ahora devenida a sumisa prostituta. Era su presa y no la iba a dejar escapar, La visión de ese anillo marrón desbocado, sin resistencia, al que estaba perforando y con los gritos de su hija de fondo, pendiéndole por favor que siguiera, mezclados con los de dolor, lo enardecía, y creaba un contraste increíblemente erótico con piel blanca y suave de Sandra.

–Como deseaba hacerte esto –dijo él en un momento de arrojo– que ojete hermoso hija.
Se le ocurrió hacer algo que siempre había soñado, la sujetó con fuerza de las caderas y sacó el miembro de golpe y cuando estuvo afuera, lo volvió a clavar como una lanza en medio de esas ancas firmes y sedosas. Sandra deliraba:

– ¡Me matas, pa!

No satisfecho todavía, repitió la maniobra dos veces más, mientras se comía con los ojos los espasmos del anillo marrón de su hija que aprisionaba su estaca, cada vez que entraba y salía.

– ¡Abridme más! ¡Por favor, papito! –Gritaba Sandra totalmente fuera de sí.– Ahh, Ahh, Ahh, Ahh... –mientras levantaba más las nalgas y seguía empujando.

Él sintió un río desbordado de esperma buscando la salida. Tembló y se tensó con un quejido gutural, casi animal. Al que su hija respondió con un largo lamento


Sandra sintió como el líquido la llenaba, y un placer indescriptible la hacía desear que no terminara nunca. Las paredes de su ano se abrieron por última vez para procurar la salida de la cabeza de la verga de su papá. Y tuvo la sensación de expulsarlo, y de quedarse con el ano abierto, estirado, flojo.
Se quedaron jadeando sin cambiar la posición hasta que se miraron a través del espejo, y Sandra reaccionó y le dijo:

– ¡Qué increíble! –Y sin dejar de jadear agregó– ¿Así que me deseabas la cola?

Se sonreían sudados cuando escucharon el sonido de la puerta de entrada. Dando un salto, su padre abrió la puerta y se escapó hacia su habitación. Al rato se escuchó la voz de su hermano Cristian:
– ¿Hay alguien en casa?
– ¡Si! –Respondió Sandra– ¡Me estoy duchando!

Abrió el agua y entró en la bañera y recordó que no tenía toallas. Y sus ideas empezaron a debatirse entre el deseo de su padre por su cola, y el de pedirle a su hermano menor que le traiga unas toallas secas, mientras disfrutaba del agua caliente y del ardiente dolor su ano recién abierto.

Por Buentipo50 

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