sábado, 9 de enero de 2016

Una Deliciosa y Naciente Navidad


De fondo la pegajosa música sonaba fuerte, había bebido más de un par de vodkas naranja y el sabor agridulce del cerdo de la cena iba desapareciendo. El ambiente estaba delicioso, las risas inundaban el comedor improvisado en el patio bajo un parrón.

El reloj marcaba las 01:20 de la madrugada. Estaba sentada, algo mareada miraba como mis tíos, padres, primos, abuelos y familiares bailaban bajo los focos de conexiones artesanales, la música sonaba y sonaba. Era un espectáculo singular.

-¡Miguel! -gritó mi mamá- Saca a bailar a tu hermana, mira la cara de muerta que tiene allí sentada jajaja
Miguel era mi hermano mayor. Un chico de 21 años, estudiante, bastante simpático y extrovertido a la hora de entrar en charlas.

-Ya ya, chica, vamos a bailar-me coge de la mano-
-Espera que estoy muy mareada -le respondo y de mi boca escapa una risa bastante idiota- jajaja en serio, despacio
-Ya oh! si estamos todos iguales, ¿no les ves el rostro de felicidad a los demás? -me señala con la boca hacia la demás familia, bailarines y espectadores.



-Si si jaja –le cojo la mano y me pongo de pie-
Ambos en ese entonces teníamos respectivas parejas, creo que por genética fuimos bien favorecidos, la única “falencia” es que él era el extrovertido, el alma de la fiesta, el que siempre tenía tema de conversación; yo, disfruto de escuchar, me gusta la tranquilidad, el conocer se lo dejo a los demás.

Siempre encontré que mi hermano tenía buen físico. Varias veces y ya por cotidianidad lo veía desnudo, era normal que en las mañanas se paseara completamente desnudo buscando toalla o cosas por el estilo. Era natural y simplista en su actuar, de hecho, en el de toda mi familia: la desnudez es algo natural y el tabú sólo existe cuando se haría daño al otro.
Bailamos y bailamos, las cumbias, salsas y demás ritmos alegres sonaban uno tras de otros. Empezamos a bailar más pegados el uno con el otro. Llegamos al punto en que nuestras caderas se contoneaban acorde al compás acelerado, su pierna cruzó por entre las mías y sin pensarlo, empecé a rozar mi entrepierna sobre su muslo. El me cogió de la cintura y me apegó más a su cuerpo. Me movía, le rozaba, me excitaba.

La canción seguía su ritmo, su rumbo. El calor empezaba a inundar mi cuerpo, me llegaba al rostro. Sentía mis mejillas calientes, mi boca seca, mi vagina húmeda. Apoyé mi cabeza en su cuello, el rodeó con su diestra mi cintura, su palma se extendió por la parte baja de mi espalda y empezó a bajar. Nuestras caderas, cuerpos, sensaciones se meneaban, se excitaban; sentí su mano agarrar mi nalga lo que hizo reacción en mi boca que mordió sutilmente su cuello y me hizo soltar un gemido pequeño.

La canción había terminado. Nos miramos a los ojos para luego separarnos con sutil rapidez.

-jejeje, este…creo que iré a buscar algo para beber –me dijo- ¿te traigo algo?¿ otro vodka?
-si…si por fa, - le respondo para luego tragar saliva- Uff me dio calor, creo que iré a dejar mi chaqueta dentro.
-Dale, te llevo el vaso luego.

Mil imágenes y sensaciones bombardeaban mi mente, estaba húmeda, caliente, mareada, excitada, pero, ¿me producía todo eso mi hermano? ¿fué el baile?, no tenía respuestas, sólo emociones y sensaciones.
La casa de mis abuelos era una casa patronal de campo, muchas habitaciones de altos techos y ventanas con dudables seguros, pasillos angostos pero largos y lugares que de noche, la falta de luz, hacían parecer que en cualquier momento un asesino saltaría para cortar tu cuello, como cualquier escena de película.
Caminé en dirección hacia la casa, pasé por la cocina donde no había alma alguna. Al entrar, el olor a madera quemada, alimentos frescos y adobe carbonizado, hacían que me relajara.

Abrí el grifo, puse las manos para luego mojarme el cuello, el pecho, la cara… no podía sacar de mi mente esa escena: nuestros cuerpos, nuestra excitación, el rose, no entendía por qué le mordí su cuello, por qué me masturbé con su pierna, por qué me tomó de la nalga…dios, lo recordaba y por inercia mi mano empezaba a descender por mi abdomen hasta que mis dedos llegaran al nacimiento de mi falda y jugar con la suave tela de mi ropa interior. Con delicadez hice de mis dedos unos espías que penetraran mi ropa interior y se empaparan de la humedad que yacía entre mis piernas: me estaba masturbando con la imagen de mi hermano, estaba muy húmeda.


Cerré mis ojos, mi respiración se aceleró, no quería que nadie entrara, dudaba que lo hicieran…dios, gemía suavemente hasta que sentí que se abría la puerta de madera gastada

Amm fer, te traje el vodka ¿estás bien? –Miguel me miraba con duda y coquetería-

Mierda, mierda ¿me vio?, ¿sabe que él era la razón de por qué me masturbaba? Por qué no razoné y elegí el baño, otra habitación. Que descuidada fui
-Am no nada, o sea, gracias. Si estaba por ir pero me dio calor y pasé a mojarme, además creo que bebí mucho – me costaba mirarle a los ojos-
-No tranqui, si todos bebimos harto, es navidad y jajá ¿qué nos esperará en año nuevo? –se acerca, extiende su brazo en el cual sostenía mi vaso- ¿un salud?
-le sonrío amablemente- ¡claro!, hagamos un salud ¿por qué?
-pues –pensaba- porque ¿sí? – me miraba-
-hecho, salud por que sí y por qué somos grandes bailarines… ¡Salud!
-Bailamos espléndidamente – se acercó a mí y me toma de la cintura para apegarme a el- me gustó tu movimiento
-Sorprendida, con los ojos muy abiertos lo miro fijamente, pero a los segundos me dejo llevar- Si, a mí también me gustó como…ponías tu mano
-¿así?- me puso su palma en el trasero y me apretó-
-Sí así – sentía como su pene crecía por entre el pantalón y me punzaba el abdomen. Dejando el vaso en una mesa cercana, pasé a colocar mis brazos alrededor de su cuello y mirarlo a los ojos, el por su parte hizo lo mismo con su vaso y con la misma mano, llevó su fuerza hasta mi pecho. Solté un gemido suave para que me callara con un beso y el momento se detuviese. Nuestras lenguas empezaron a jugar, a masajearse; nuestros labios eran mordidos por la boca del otro, abrían, cerraban, soltaban gemidos, calidez, interactuaban hablando por si solos.

Mi mano se soltó de la otra para comenzar a bajar por su pecho, abdomen y posarse en su entrepierna por sobre el pantalón: estaba dura, muy dura. La masajeaba, apretaba, soltaba, lo recorría por sobre su ropa.
-Nos pueden ver –me decía entre besos-
-No, no lo harán- lo empujé hasta la pared colindante a la dirección en que se abre la puerta, por ende, este macizo de madera nos cubría y el apagar la luz hizo otro gran trabajo.
Éramos nosotros, la oscuridad y excitación

Su mano pasó de mi nalga, rozando la silueta de mi cadera hasta mi entrepierna. Sentí el peso de sus dedos levantar mi vestido y empujar mi ropa interior hacia un costado…oh dios, esa calidez, esa aspereza, sus dedos medio y anular empezaban a penetrar mi ser con sumo cuidado, mi boca soltaba gemidos descontrolados mientras mordía su oreja. Me paré sobre puntillas para que me pudiese masturbar mejor a lo que miguel me penetró totalmente con sus dedos: ¡DIOS MIO! Que placer, que dolor, que sensación. Mi abdomen se apretaba, mis piernas empezaban a temblar, mi voz se quebraba entre gemidos, mis manos apretaban su cuerpo hacia el mío, mis caderas se arqueaban hacia delante y atrás

-Miguel, Miguel, dios, miguel… - solo podía sentir placer, mi hermano me masturbaba, me producía una excitación especial, casi mágica-
Su mano se movía cada vez más rápido, escuchaba mi humedad hacer efecto en sus dedos, sentía, lo sentía. El calor me empezó a dominar, ese calor espectacular que empieza a recorrer desde el abdomen que junto a espasmos aprietan cada uno de tus músculos, desde las piernas hasta tu cuello seguido por gemidos constantes, mi boca abierta de par en par soltaba gemidos ya fuertes
-MIGUEL NO PARES, ME VENGO MIGUEL-Le decía mientras mi cuerpo se movía por voluntad propia, mis piernas, mi abdomen, apretados, calurosos...exploté, mi hermano me había provocado un orgasmo, y no cualquiera, el mejor de mi vida.

Respiraba agitada, muy lentamente empecé a soltar su cuerpo mientras nuestras miradas se cruzaban. Mi cuerpo sudado demostraba cansancio, mi cuerpo electrizado, le agradecía aquel momento, aquellas sensaciones. Le miré

-Ahora es tu turno –le dije con la voz casi cortada y mordía mi labio-
-¿qué? –Me miraba con duda-

Envolví sus manos con las mías, la dirigí hacia mi boca y lamí sus dedos, mi sabor en sus dedos. Lo miré, le lamí.
De un momento a otro me puse de rodillas frente a él, con ternura infantil coloqué mis manos sobre su cinturón y diestra habilidad lo abrí para encontrarme con un botón el cual con ternura separé tranquilamente, disfrutando ese momento previo. Su pantalón se abrió sin problema y desde los bordes lo hice descender por las piernas hasta que callera completamente, ahora, sólo su bóxer separaba su pene de mi cara. Por sobre este posé mis manos empecé a masajear su miembro: duro, delicado, mío.


Soltaba suaves gemidos entre risas nerviosas. Acerqué mi boca y empecé morder con delicadeza, mis dedos se infiltraron entre su piel y el elástico de su bóxer para empezar a hacerlo descender y dejar a clara vista aquel hermoso miembro, venoso, duro completamente, solo quería mamarlo, lamerlo, sentir su sabor.
-Hermanito, seré una buena hermana – con la diestra empecé a masturbarlo hasta dejar su glande a la vista- te haré sentir bien – le decía con ternura romántica casi ilegal.

Estaba hirviendo su pene, pero, se sentía bien masturbarlo, era ideal, cabía sin problemas en mis manos y quedaba bastante libre.

Primero, lamí su glande rápidamente, lo miré hacia arriba y le sonreí para luego, separar mis labios e introducir su pene en mí: aún recuerdo su sabor, aún recuerdo su calor, aún recuerdo su dureza, aún recuerdo el momento en que por primera vez mamaba el pene de mi hermano.

Empecé a mamarlo como siempre había sabido: masajear el glande con la lengua, presionar el cuerpo con los labios, succionar cada vez que mi cabeza fuese en dirección opuesta a su cuerpo y masturbar con mi mano.
Sentí sus manos hacer presión a mi cabeza, sentí su pene hacerse un poco más grande, sentí su voz gemir profundamente, sentí su bombeo, sentí su semen llenarme la boca en cada rincón, sentí como ese cálido líquido me explotaba en la lengua e impregnaba de su salado sabor cada lugar, cada centímetro de mi paladar, sentí como su semen recorría mi garganta mientras me lo tragaba.

No solté su pene hasta que la última gota de semen salió, tragué todo su salado, su delicioso semen, de mi hermano.
Se separó de mí y apoyó su cuerpo a la pared: estaba el semi desnudo, con los pantalones abajo, el pene semi erecto al aire y yo, de rodillas, aún húmeda, con gotas de semen en mis labios, mirándonos, respirado agitadamente.
Los minutos pasaron, volvimos al patio y la noche continuó tal cual la habíamos dejado, excepto que desde esa noche, esa noche a mis 17, despertó mi apetito por el incesto.

Espero que este, mi primer relato verídico les haya gustado. Hace tiempo me debatía entre si escribir o no mis sucesos hasta que encontré esta página que parece ser muy respetable entre los usuarios .
En fin, si les gusta y quieren seguirme leyendo, pues, agradecida estaré.

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