sábado, 13 de agosto de 2016

Un compás de dos cuerpos (Relato Corto)


Hay momentos celestiales que nadie espera pero ocurren. Lo que realmente casi nunca ocurre, es cuando esos momentos, se repiten.

El destino es una pequeña juguetona caprichosa. Lo sé.

Sí, las cosas tienen un por qué. El destino es quisquilloso, te manda bestiales cambios disfrazados de suaves aleteos de primavera. Ya verás que todo tiene un por qué. Todo es por algo y ese algo, puede ser un cambio hermoso, casi, divino.

Los días luego de aquel encuentro pasaron lento. Mi cabeza giraba en torno a esa noche en que fui de él. Pensaba en todo momento. Veía su amplia figura cruzar el umbral de la entrada y las sensaciones, oh aquellas sensaciones como alfileres calientes se hacían sentir en mi estómago, mi vagina, mi mente.

El recuerdo vivo de sus penetraciones, la sensación de su semen en mi interior, la calidez de sus manos apretando mi cintura, el hálito alcohólico y cálido recorriendo la extensión de mi cuello. Oh dios, me gusta, me gustó, no sé qué pensar.

Era la noche de un miércoles, estaba tomando un baño. La lluvia artificial recorría cada segmento de mi piel. Cerré mis ojos y las imágenes llegaron por si solas. El detrás de mí empuñando un falo que me penetró sin piedad. Vaivenes sexuales de brutales embestidas hacían que mis caderas se movieran al compás de su sexo. Muerdo mi labio, recuerdo, mis manos empiezan a juguetear entre mis piernas, los recuerdos, mis dedos recorren delicadamente mis labios, a el lo recuerdo, abro mi boca soltando un suave gemido…-¡YA NACHAAAAA! – El grito de mi madre luego de dos golpes a la puerta del baño me hacen olvidar. Volver del viaje que emprendía gracias a él. - ¡YAA!- Puta madre, estaba excitada.

Entre mis sábanas, con la mirada hacia el techo, pensaba en él.
El reloj indicaba las 2:30 del jueves, intentaba dormir pero entre pruebas y sorpresas, mi sueño se erradicó llegando a mí, un insomnio maldito.

Un sutil girar de manilla, un crujir de bisagras, la puerta de mi habitación se abría. Una cabeza se asomó -Nacha, ¿estás despierta? – era él. Mi papá volvía a mi habitación. – S…si… aún estoy despierta – Con nervios respondí.

Su cuerpo se alzó de un pasillo sin luz, cruzó la entrada a mi habitación y tras de el la puerta se cerró.
Su caminar descalzó no omitía sonido alguno en el suelo alfombrado de mi habitación. Una lucecilla de mi lámpara de descanso iluminó su cuerpo, unos bóxer ajustados blancos cubrían su entrepierna. Su abdomen desnudo, un torso grueso, hombros anchos y un cuello semi arrugado: era el cuerpo de un hombre, del que me dio la vida, del que me crió.
Y estaba allí, a dos pasos de mi cama.

Sin aviso pero con delicadeza, con su mano, abre las ropas de mi cama y se posa de costado a mi derecha. Lleva su diestra a mi boca y con su índice hace señal de que mantenga silencio.
Mis ojos no daban fe de su cercanía, mi respiración se agitó, mi corazón se aceleró el triple y todo gracias a su dedo posándose en mis labios. Se acerca, se posa sobre mí, me aprisiona con sus brazos, me besa. ¡ DIOS MIO ¡ abro mis ojos a mas no dar, siento sus labios posarse sobre los míos, su lengua empezar a buscar la mía.
Su respiración.
Su saliva.
Sus latidos.


El beso se extiende, se apasiona, cobra vida entre nosotros una química que prende una chispa mágica e irrisoria en mí ser. Cierro mis ojos, me dejo llevar. La música del placer me guía como una nota musical. Solo me dejo escuchar.

Rodeo con mis brazos su cuello posando una de ellas en su nuca. Mi cabeza se ladea y mis piernas se abren, quedando entre ellas su cuerpo y un espacio diminuto que separa una obvia unión emocional.

Entre besos siento sus manos desabotonar la camisa de mi pijama, abriendo a este de par en par y mostrando a la luna dos pequeños montículos blancos que nacen desde un rosado y pequeño pezón para morir en una de sus fuertes, dominantes y absorbentes manos.

Entre besos, suelto gemidos al sentir como masajea y pellizca mis pechos.

Entre besos, siento como mi pantalón de dormir desaparece de mis piernas y termina en las recónditas profundidades de una cama, nuestra testigo.

Entre besos, quedo desnuda a su merced. Bajo su cuerpo yace el mío, blanco, delicado, suave, infantil. Su cuerpo se proyecta sobre mí, grande, ancho, masculino.

Entre besos, el dirige mi mano bajo su bóxer para tocar, para por primera vez tocar con un miedo tierno, su pene. Caliente, duro. Lo masturbo. Me mira a los ojos. Me besa.

La armonía celestial de aquel momento detuvo cualquier conflicto universal. No sabría decir ni cómo llamar a aquel momento, pero, jamás volví a sentir lo mismo, jamás pude encontrar situación parecida, pero aquel momento…aquel momento. Sentí la ternura de su caliente y duro glande rozar mi vagina húmeda. Su glande besaba con timidez mis labios vaginales. Su glande frente a la entrada de mi humanidad, a milímetros de hacerme suya. Lo miré a los ojos, y en ellos pude ver que sentía lo mismo que yo… y, entre besos, me penetró.

Deslizó su pene dentro mío con dulzura. Mi vagina se abrió dejando entrar aquel majestuoso y potente miembro. Lo sentí entrar, abrirme, llegar al fondo. Mi boca, extendida. Mis ojos, apretados.
Mis gemidos, mudos. Mis manos, presionando su espalda.

Su cadera empezaba el rítmico vaivén sexual. Embestidas suaves, fuertes, rápidas, lentas. Mi cama se movía, mi cuerpo era guiado por el de él. Mis piernas enredadas en su cuerpo, abiertas, rodeándolo.


No podría describir sentimentalmente la situación, pero, me aproximo al decir que era todo hermoso.
Sentir como me embestía, como nuestros cuerpos chocaban en cada movimiento emitiendo sonidos sexuales. Mi cuerpo se deshacía entre sus brazos, mis caderas se hundían en el colchón recibiendo toda su fuerza mientras me lo hacía. Mi vagina se humedecía cada vez más al sentir su pene entrar y salir de mí. Mis oídos se enamoraban de la respiración agitada que emanaba su boca y moría en mi cuello. Sí, si ¡SIIII! Lo amo, amo esto, amo lo amo, lo deseo siempre, lo quiero dentro mío, lo quiero para mí, quiero ser de él en todo momento…Mis manos apretaban más y más su espalda, mis piernas se enrollaban y apretaban más y más sus caderas. Los dedos de mis pies se apretaban entre sí. Mi espalda se encorvó y lo sentí; ese cosquilleo que empieza a inundar desde los pies hasta el abdomen, ese cosquilleo eléctrico que empieza a dominar tus sentidos, tu sexo, hace que tu cuerpo se caliente el doble, que tus músculos se acalambren, esa electricidad maravillosa que hace convulsionar tus piernas, hace que tus ojos se cierren a mas no poder, que tu vagina se humedezca mucho y soltar un gemido potente: tuve un orgasmo.
Mi papá me dio un orgasmo.

Mi respiración muy agitada, entre cortada por gemidos –Si…dios…si…que rico…papá te amo…si – le decía al oído mientras mordía su lóbulo. El, empezó a embestir más rápido y más fuerte. Mis caderas dolían, mi cuerpo se hundía en la cama de la potencia que usaba para penetrarme – Mi amor, nacha. Mi vida…mi…hi…- Ya había sentido eso. Una última embestida a más no dar con la cual me penetró hasta el fondo. El bombeo de sus caderas, de su pene dentro de mí. La presión de su torso a mis pechos. Su pene eyaculando dentro de mí. Sentía como cada bombeo soltaba un chorro de semen que chocaba con mis paredes e inundaba todos mis rincones. Su respiración se transformó en jadeos.
Su cabeza se posó sobre la mía. Nos miramos a los ojos.
Nos besamos.
Nos besamos.
Nos besamos.

Su pene se achicó y por ende lo sacó de mí. Al hacer ello, sentí como una mezcla de mi humedad y su semen comenzaba a salir y recorrer mi muslo, mis nalgas y morir en mis sábanas. Miré entre nosotros y sólo vi un pene lacio, húmedo, rodeado de un vello púbico negro, salir de mi vagina, pequeña, casi rosa, con una pequeña motita de juguetones y ahora, húmedos vellos castaños claros. Lo medité en fracciones de segundos y ese par de sexos, hace segundos eran solo uno. El universo hizo de nosotros, por unos minutos, un solo ser. Que se amó, que se excitó, que se transformó, que ahora, se materializó en dos.

Se levantó de la cama, subió sus bóxer y me besó en la frente – eres lo mejor que me ha pasado.
Volveré a ti – me dijo antes de salir de mi habitación.

Yo quedé allí, tumbada, con las piernas apretadas, mis manos entre medio de ellas y sintiendo la textura de su semen salir de mi interior.

No pensaba nada, no podía pensar nada en ese momento. Un millardo de emociones me inundó el alma, un millardo de carismáticos sentimientos rodeó mi ser interior y bailaron con él en una majestuosa liturgia emocional. Las lágrimas llegaron a mis ojos, nacían, morían. No sé si aquellas lágrimas, en su corta vida, pudieron sentir la misma felicidad que estaba sintiendo en ese momento. La sonrisa me nació de inmediato. La sentí nacer y vivir, vivir, vivir, resplandecer e iluminar toda la habitación. Ya estaba clara, había nacido el amor.

Cuando menos esperé, me dormí. No sabía que sin dormir, se podía soñar.

Por shizu

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