martes, 13 de marzo de 2018

Travesuras con mi hermanita en el autobús (Relato Corto)


Por vacaciones, mi mamá nos había enviado a mí y a mi hermana Darla a una visita a casa de la abuela, que estaba en un pueblo algo lejos de nuestra ciudad.
Había que ir en autobús durante unas cinco horas, y ese era un tiempo que yo no estaba dispuesto a pasar sólo al lado de una mocosa de diez años, incapaz de callarse durante un segundo.

—¿Ya mero llegamos? —me preguntó Darla por enésima vez.
Apenas llevábamos una hora de viaje, y ella había estado mirando por la ventana durante todo ese lapso.

—No, y te dije lo mismo hace quince minutos —le eché un vistazo a Darla, que era como le gustaba que le dijeran.
Llevaba unos pequeños shorts floreados que mostraban una gran cantidad de sus piernas bronceadas y una blusa ajustada cuyas mangas dejaba sus hombros descubiertos.
Tenía dos bonitos aretes redondos en las orejas y su pelo castaño estaba amarrado con una coleta que le caía por el extremo izquierdo del cuello.


—Pero es que ya me aburrí, hermano.
Préstame tu celular.

—Ni loco —repliqué, suspirando y volviendo la vista a mi juego de vídeo.

Darla se aburrió.
Cruzó sus piernas y trató de jugar con su silla.
Por suerte, estábamos sentados hasta atrás y el camión turístico iba medio vacío.
Las cortinas estaban cerradas y el aire acondicionado creaba un ambiente perfecto para dormir.

La niña suspiró y empezó a jugar con sus piernas, dibujándose flores con un marcador.

—¡Mira! 
—Qué bonita… —dije sin importancia, aunque de repente comenzó a llamarme la atención lo bien torneadas que eran las piernas de Darla.
Ella jugaba voleibol, así que tenía que fortalecer sus muslos para poder dar saltos con la pelota.
Tenía un físico envidiable, e incluso mi hermana mayor, Ángela, se sentía un poco celosa por ella.

Suspiré y sonreí.

—Será mejor que duermas, pequeña.
Todavía quedan como tres horas y media.

—¡Qué aburrimiento! 
Le di una caricia en la rodilla.
Recliné el asiento y me recosté para tomar una siesta y hacer el viaje más rápido.
Quizá me quedé dormido durante unos treinta minutos antes de que unas risas infantiles me despertaran.

—¿Qué haces? —le pregunté a mi hermanita.

—Miró tus fotos.

—Te dije que no tomaras mi celular sin permiso.

La verdad es que me dolía la espalda, así que no tenía intenciones de ponerme a discutir con ella.
Estiré los brazos y me acomodé en el asiento.
Darla se arrebujó sobre mí, de modo que quedamos muy juntos.
Ella subió las piernas sobre el otro asiento y siguió mirando mis fotos.
En unas de ellas yo aparecía sin camisa y en bóxeres.
Ella las miraba con interés inocente.

—Tienes pelito en el estómago —observó, enseñándome una foto.

—Sí, y más abajo también.

—¡Qué asco! —rio.

—No digas eso, que a ti también te saldrá pelo en tu vagina.

—Pero todavía falta para eso —me guiñó un ojo y yo, encariñado por su ternura, le acaricié la frente.
Darla se acomodó mejor, de modo que ahora su cabeza estaba sobre mi entrepierna y sus hermosos muslos se apoyaban en la ventana.
Sus shorts se corrían incluso más, desnudando una carne tierna e infantil que me puso la carne de gallina.

Nunca antes había mirado a Darla con algo que no fuera afecto fraternal, pero extrañamente, tenerla así de cerca se me hizo un poco extraño.
De mí se apoderó una sensación de querer ser bueno con ella, de protegerla y de tocarla.
Esta última era más peligrosa.
No obstante, mi corazón se aceleró cuando la idea me sedujo por un momento.

Discretamente coloqué mi mano derecha sobre el vientre de la niña.
Descubrí la piel de su vientre y comencé a trazar círculos con mis dedos alrededor de su ombligo.
Ella comenzó a jugar abriendo y cerrando las piernas sin dejar de mirar mis fotos.
Tenía cientos de ellas.
Navegó hasta otra carpeta donde guardaba fotos que las chicas me pasaban.

—No veas eso —le dije como en broma.
Vi que su cara enrojecía.

—Puerco —rio, y siguió mirando.
Las muchachas estaban desnudas, con los senos grandes y deliciosos mojados por su saliva.

—¿Todas estas son tus novias?
—No todas.
Cuando una chica gusta de un chico, a veces le manda fotos.

—¿Yo también tendré que mandar fotos de mis pechos a algún chico?
Me reí.

—Creo que sí, pero cuando los tengas.
Apenas estás plana.

—No es verdad.
Me han crecido un poco —se acarició el busto plano.
Me reí y mi caricia en su vientre bajó un poco más, tentando el elástico de su short.
Tragué saliva y bajé un poco más, hasta meter una mano un par de milímetros dentro de su ropa.

Quizá a Darla le incomodó.
Se dio media vuelta, quedando ahora de espaldas.
Sus nalgas eran magníficas y tensaban la tela de su ropa como si quisieran salirse de su atadura.
Sus glúteos se dividían con la tela.

—¿No llevas ropa interior? —le pregunté, sobándole tiernamente la espalda.

—Nop.
Me incomoda.

—Oh —tragué saliva, nervioso—.
Yo tampoco tengo ropa debajo de mi bermuda, así que no te muevas tanto o vas a aplastarme la polla.

Soltó unas risitas tiernas y siguió mirando mis fotos.
Poco después se aburrió.
Me devolvió el celular y se acomodó en la misma posición que antes.
Su cabeza descansaba sobre mis piernas.

—Acicálame el pelo, Alex.
Me relaja.

—Está bien.

Hice lo que me pidió, y jugué con el lóbulo de su oreja.
Después bajé con mis dedos hasta su cuello.
Sobé sus delicados hombros asomándose por la blusa y luego sus costillas.
Ella sonrió.
Su piel era cálida al tacto.
Tragué saliva otra vez, y sin querer, mi miembro comenzó a atormentarse con la sangre que corría a través de él.

—Esto se está moviendo —dijo Darla, levantándose y sentándose en su silla.

—Me despertaste una erección.

—¿Erección? —todavía estaba adormilada.
Estiró sus brazos y respiró profundo.
Ya estaba atardeciendo, por lo que el autobús tenía que apagar las luces para dejar que los pasajeros durmieran a gusto.

Pasó como media hora.
En ese tiempo, no dejé de pensar en Darla.
Tenía sólo diez años y ya era una deliciosa niña en más de un sentido.
Estábamos solos, apartados del resto de los pasajeros en el último sillón.
Los respaldos eran altos.
Todos dormían.
El camión se bamboleaba en silencio.

No aguanté más.
Usé la oscuridad para meter mi mano en mi bermuda y tiré de mi pene con fuerza para cortar el flujo de sangre.
Estaba en una situación morbosa e indeseada, excitándome con una niña de diez años.


—¿Qué haces? —me preguntó Darla, alumbrándome con su pequeña linterna que llevaba a todos lados.
Mi mano cubría mi pene, y el foco dio directo sobre ella.
Darla se asustó y apagó la luz.

—Tonta.
Avísame si estás despierta.
Así no haré estás cosas.

La luz volvió a prenderse y alumbró mi verga por segunda ocasión.

—¿Por qué… está así? —preguntó con sorpresa—.
No hay ninguna mujer aquí, solo yo.

—Ahm… a los hombres se nos para sin querer —le mentí.
Hablábamos en susurros.
Levanté la vista para saber si alguien nos había oído.
Dos sillas al frente, un señor parecía estar leyendo.
El corazón me latía como loco—.
Mira.

—¿Qué cosa?
Me bajé un poco más las bermudas y mi sexo erecto quedó a la vista de Darla.
Ella rio cómplice, y ese simple gesto me hizo saber que ella aprobaba lo que sucedía.
La curiosidad de una niña es algo peligroso.
Darla se acomodó.
Estiré el cuello para que nadie nos viera, y de un movimiento rápido me quité todos los shorts.

Me masturbé mientras le nena no dejaba de mirarme.
La linterna me apuntaba, y el reflejo de la luz me hizo ver que mi hermanita lo estaba disfrutando.
El morbo se había apoderado de su infantil inocencia, y una parte de mí me decía que también debía de hacerlo.
Dejarme llevar por aquello.

—Darla —le susurré—.
¿Quieres chuparlo?
—¿Eh? —Habló quedito—.
No sé.

—Hazlo —le acaricié la boca y la aproximé.
Ella se resistió un poco.
Aumenté la fuerza hasta que cedió.
Me dio la lámpara y yo volví a estirar el cuello para ver si alguien nos estaba espiando.
Nadie.
Todo despejado.
Darla se acercó más hasta que sólo estaba a una pulgada de mi glande.

—¿Cómo se hace?
—Sólo abre la boca y chupa.
Trata de meterlo todo.

Se llevó un mechón de pelo detrás de su oreja.
Le apunté con la lámpara y entonces, anonadado, observé mi miembro ser engullido por aquella boca inexperta.
Darla cerró los ojos y se acomodó mejor para no aplastarse los brazos.
La sensación de estar dentro de su apretada boca, sentir la humedad de su saliva y el caprichoso movimiento de su lengua fue como un bálsamo que casi me hizo llegar al orgasmo.
Una de sus manos sujetó mi polla y empezó a masturbarla.
Noté mi prepucio bajar y dejar al descubierto toda mi carne, carne que ella se comía sin aviso y con muchas más ganas.

También quería tocarla.
Ardía en deseos de hacerlo, por lo que no me contuve.
Llevé una mano hacia su pecho sin abultar y metí las manos dentro de su blusa.
Darla me miró sin dejar de chupar, y luego, riendo, volvió a su labor.

De repente una luz se encendió.

—Alguien viene —dije.
Ella se separó rápidamente.
Me coloqué una mochila sobre el miembro erecto.
Darla se hizo la dormida, aunque estaba despeinada y sudorosa.

El hombre de enfrente se fue al baño del autobús.
Darla se volvió a acomodar para chupar sin que le dijera nada.

—Aguanta —le pedí, y ella esperó en silencio, con las piernitas cruzadas y mirando hacia la ventana.

El hombre salió del baño unos cinco minutos más tarde y pasó sin hacer mucho escándalo.
Volvió a su silla y apagó su luz.
Ahora si había silencio total.

Darla tomó su lugar.

—Quítate la ropa —le pedí al oído.

—Quítamela tú —pidió, más como ayuda que como otra cosa.
Le desabotoné los broches traseros de la blusa y se la saqué por completo.
Maldición, que odiaba lo oscuro que estaba.
No podía admirar a plenitud la piel bronceada de su cuerpo.
Eso no importó mucho, porque era cálida y suave.

Comencé a sudar.
Ni siquiera el aire acondicionado logró bajarme la excitación de una infantil boca recorriendo mi intimidad.

—Espera, Darla.
Quítate los shorts.

—Nos van a ver.

—Todos duermen —dije.

Ella obedeció, y de repente la nena estaba desnuda en la silla del autobús.
Apunté la lámpara hacia su cuerpo, y admiré lo bonita que era.
Estaba riéndose, mostrando un par de lindos dientes de leche y un hoyuelo coqueto en su mejilla derecha.
Sus senos aun no brotaban.
Sus piernas gruesas estaban apretadas, conteniendo su delicado sexo de mi vista.

Alcé la mano para tomar mi mochila de arriba del compartimiento y la puse a mis pies.
Saqué una sábana gruesa, sólo por si las dudas.
Recliné el asiento para atrás.

—Súbete —le indiqué.
La travesura que estábamos haciendo le divertía mucho a Darla.

Apurada, se colocó a horcajadas sobre mí.
Sentí el calor de su vagina abrazar la carne dura de mi polla.
Sus brazos se enredaron alrededor de mi cuello.
Coloqué mis manos en sus caderas y la hice bajar hacia mí.
No estaba penetrándola, claro, pero ganas no me faltaban cuando mi glande se rozaba con la separación de su raja.
Al fin pude tocarle las nalgas, y no estaban suaves, sino duras y firmes.
Tenía un mejor trasero que muchas chicas que mi edad.
Se inclinó hacia mí, de modo que el sudor de su cuerpo se pegó al mío.

Yo estaba más preocupado de que nadie nos viera, así que miraba al pasillo a cada rato.
Por momentos observaba la cara de Darla, y notaba esa coqueta sonrisa, esa señal de que estaba haciendo algo indebido, pero que se estaba saltando las leyes de la moralidad.
Conmigo, con su hermano.
Con un hombre de 18 años.

—¿No te has cansado? —le susurré.

—No —sonrió—.
Me gusta.
Me está haciendo cosquillas.

—Oh, dame un beso —le pedí, y ella accedió.
Sus labios estaban calientes y suaves.
Su lengua retozó dentro de mi boca con la misma violencia que mis manos acariciaban su espalda y sus nalgas redondas.
Era la gloria.

De repente la luz volvió a encenderse.

—Abajo —le dije a Darla, y ella se lanzó a su silla.
Estaba desnuda, así que le tiré la sábana para que se tapara por completo.
Yo me coloqué la mochila para tapar mi pene y fingí dormir.

El viejo maldito de la otra vez volvió a salir del baño.
Se fue a su asiento.
Darla asomó la cabeza.


—¿Se fue?
—Sí.
Ven.

De un rápido movimiento, volvió a ponerse sobre mí.
Ahora mi polla apuntaba a su entrada rectal, y esa estrechez me hizo suspirar.
Dirigí la punta hacia ese diminuto sitio y al sentir la irrupción, Darla lanzó un gritito.

—Lo siento —le dije.
Hizo un mohín inflando las mejillas.
Lucía muy hermosa en la oscuridad.
Volvió a enredar sus brazos a mi alrededor y frotó su vulva tierna contra mi pene experimentado.

Lo mejor de todo es que no estaba haciendo sus brincos con seriedad.
Se reía y jadeaba a la vez.
Se limpió un poco de sudor que le resbalaba por la cara y seguía a lo suyo.

—Bebe mi semen —le pedí.

—¿Qué?
—Hazlo.
Rápido.

Ella se quitó y se acostó sobre mi regazo.
Empezó a chupar con devoción, apretando mis testículos y jugando con la rosada punta de mi glande.
Acaricié su espalda húmeda y tiré de su cuero cabelludo.
Gemí.
Me sentía en el paraíso con esa lengua infantil bañando de saliva todo mi miembro.
Durante media hora más, la niña chupó mi polla hasta que se cansó el cuello.

—Auch… —dijo, sobándoselo.
Estaba bañada en sudor, igual que yo.

—Ya viene —me masturbé para ella, y entonces noté la descarga de semen a punto de venir.

En ese instante, el maldito anciano volvió a levantarse.
Yo no pude pensar en nada.
Iba a eyacular y no podía detenerme.

Por fortuna, Darla me salvó.
Se cubrió con la sábana.
También tapó mi cintura.
Su boca encerró mi pene.
Coloqué la mochila sobre su cabeza y eyaculé en la boca de mi hermanita.
Fue una descarga abundante.
Vi estrellas.
El señor paso junto a mí sin mirar nada.
La lengua de Darla se movió para tragarse todo el líquido blanco.
Esperó con mi polla entre su boca, dándole besitos en secreto.
Seguía cubierta por la sábana.

El hombre salió de baño y volvió a su asiento después de diez minutos.
Luego de eso, le quité a Darla el cobertor.
Ella salió al fin, empapada de sudor, con el pelo pegándose a sus mejillas y un poco de semen caliente en los labios.

—Uf… —exclamó.
Le di un pañuelo y ella se lo pasó por el cuello y los pechos—.
¿Cuánto tiempo nos falta?
—Dos horas para llegar —le dije, consultando el reloj.

—Genial.
Ya quiero ver a la abuela.

—También yo.
Anda, vístete.

Se rio encantadoramente, como si nada hubiera pasado.
Le ayudé a cerrarse la blusa.
Se acomodó el pelo y le hice una coleta para que lo tuviera más cómodo.
Dado que ya había eyaculado, la culpa me invadió y me quedé estático en mi silla, pensando en la desgracia que acababa de hacer con una niña de diez años.

—¿Alex?
—¿Sí?
—¿Lo podemos volver a hacer cuando regresemos?
La miré con una sorpresa en la cara.
Coqueta.
Perfecta.
Curiosa.
La adoraba tanto.

—Si te esperas unos minutos, podrás seguir haciéndolo.

—¿De verdad?
—Sí —le prometí, y unos diez minutos más tarde, mi pene estuvo listo de nuevo—.
Ya sabes qué hacer.

Me guiñó un infantil ojo.
Esta vez no se desnudó.
Simplemente se acomodó entre mis piernas y se dedicó a chupar con distracción.
Conversamos un poco sobre la abuela y cosas de la escuela.

A la hora de estar mamando su primera polla, Darla se quedó dormida.
Le acaricié la cabeza y los hombros.

—Te quiero —susurré, esperando que pudiera escucharme.

Por LadyClarisa

Las imagenes son del fotógrafo Jan Saudek, y son de libre circulación en internet, si tienes un problema con ellas te invito a salir del blog. 

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