viernes, 30 de noviembre de 2018

Mi primer intercambio (Relato corto)


Hola, soy Cristina. Tengo 39 años, tres menos que mi marido Rafa, y os escribo para contaros mi primer intercambio de parejas, el cual se produjo de forma muy fortuita y sin buscarlo, aunque ya desde hacía tiempo, se lo había llegado a proponer en alguna ocasión a él, la cual cosa no le hacía mucha gracia de momento y alegaba siempre que el tener que ir a esos sitios de intercambios por lo menos a él, le daba mucho corte.

Mi marido era más de la idea de que hiciéramos un trío con una buena transexual, ya que de esa forma lo veía todo mucho más fácil, y ambos podríamos pasar con ella un buen rato de sexo, con esos esculturales cuerpos que suelen tener.

Todas esas ideas y algunas otras, surgieron entre nosotros a raíz de que nuestra relación sexual de pareja, había caído ya en la monotonía, y tras probar con diferentes juguetitos eróticos tales como vibradores, bolas chinas y otros que al principio nos fueron bien, ahora tampoco nos motivaban ya a ninguno de los dos.



Así que como desde siempre mi mente ha sido mucho más calenturienta que la suya, fui insistiéndole en varias ocasiones para que probásemos con otras alternativas, y así surgió todo eso. Según decía, si se negaba a ello era porque ya tan solo el pensar que tenía que ir a esos locales para poder hacerlo, lo ponía muy nervioso y con un miedo tremendo al no saber si iba a poder cumplir como un hombre ante otra mujer que no fuese yo, puesto que nunca lo había probado, por eso, decidiéramos lo que decidiéramos, lo quería realizar en nuestra casa, sin presión y tranquilamente.

Así que, vista la improbabilidad de hacer un intercambio, lo tuve que dejar por imposible, aunque esa idea no se me iba nunca de la cabeza, y más aun cuando nos poníamos a hacer el amor y ninguno de los dos vibrábamos ya de placer como lo hacíamos antes de pasarnos eso.

Pero he aquí que el destino un día y sin buscarlo, puso ante mí una situación inmejorable para mis planes.

Todo ocurrió en una cafetería en la cual me encontraba tomándome un refresco, y en la mesa de al lado habían cuatro mujeres más o menos de mi edad, las cuales al parecer habían ido a llevar a sus hijos al colegio y ahora estaban allí tomándose algo, sin dejar de reírse y pasándoselo todas en grande, haciendo todo tipo de bromas y contándose unas a otras, cosas de sus matrimonios y también de sus respectivos maridos, aprovechando que en dicho local en ese momento, no había nadie más que ellas, las dos camareras y yo.

Así fue como desde mi mesa pude ir escuchando aun sin querer, como una de ellas les decía que su relación sexual estaba en horas bajas al igual que la mía, puesto que, aunque su marido siempre estaba dispuesto, ella nunca tenía ganas de hacerlo.

Otra, contaba que su esposo de un tiempo a esta parte, estaba obsesionado en querer metérsela por el culo, cosa a la que ella siempre se había negado por miedo al daño que eso pudiese ocasionarle.

Luego una de ellas se atrevió a reconocer que todo eso de la rutina, ellos lo habían superado gracias a unos juguetitos sexuales que se habían comprado ambos, los cuales siempre tenían a punto y dispuestos para darse todo el placer extra que los dos necesitaban.

Pero realmente, lo que me llamó más la atención, fue lo que contó la última de ellas cuando habló de su marido, el cual al parecer y al igual que yo, siempre tenía en su mente para acabar con aquella monotonía que también estaban sufriendo, el hacer un intercambio de parejas, cosa que ella, aunque estaba muy abierta a todo, no se veía en esos sitios intentando buscar otra pareja, para practicar sexo con ellos, al igual que le pasaba también a mi marido.

Así que, con todas aquellas confesiones tan sinceras que pusieron sobre la mesa, yo me fui poniendo muy nerviosa y cachonda a la vez, aunque traté de disimularlo riéndome con ellas y con todos sus comentarios, al igual que iban haciendo las dos camareras del local.


Después vi como cada una de ellas fue pagando su consumición y se fueron despidiendo y marchando según la prisa que tenían. Fue así como pude comprobar que una de ellas se quedó más rato y se pidió otro refresco, cosa que también hice yo, al darme cuenta de que era precisamente la que había dicho aquello sobre su marido, el cual quería hacer también un intercambio de parejas como yo.

De esa forma y siguiendo cada una en nuestra mesa con la bebida en la mano, al no haber nadie más por allí, nos miramos una a la otra, nos reímos y después nos saludamos. A continuación, pensé en todo aquello que le había oído decir a sus amigas, y me decidí a hablar un poco más con ella.

Para ello le dije riendo desde mi mesa, que me perdonase, ya que aun sin pretenderlo, les había estado escuchando hablar antes y me había sentido bastante identificada con cada una de ellas, incluso con lo que había dicho ella misma de su marido, el cual, si había entendido bien, quería hacer un intercambio de parejas.

Seguidamente y ante su cara de asombro, le pregunté si le importaba que me sentase con ella para así poder seguir hablando mejor, y al contestarme que no había ningún problema, así lo hice.

A continuación, me presenté y le dije que llamaba Cristina, que estaba casada, aunque sin hijos, y que mi relación sexual al igual que la de ella, también estaba en horas bajas, y que, aunque lo habíamos intentado también con juguetitos sexuales, ya no nos hacían gozar como antes y nos aburrían mucho, por no aportarnos ya nada nuevo.

A todo eso, ella seguía muy atenta a mis declaraciones, aunque no decía nada y continuaba mirándome con cara de incredulidad. Fue entonces cuando decidí atreverme poco a poco a ir explicándole lo que pensaba de todo aquello desde el momento en que la escuché diciéndoselo a sus amigas.

Así que me fui fijando más en ella y la verdad es que era una mujer muy atractiva y tenía un cuerpo precioso, por lo que pensé enseguida que a mi marido le iba a gustar un montón, y de esa manera se le pasarían todos sus miedos, puesto que con una mujer así para él, se le tenía que poner la polla al momento bien tiesa y dura con tan solo verla.

Yo por mi parte, me puse también a imaginar como podría ser su marido, del cual tan solo sabía que estaba obsesionado por comerse otro coño y meter su polla en otro agujero que no fuese el suyo, al igual que me pasaba también a mí, que quería probar otra polla diferente a la del mío.  Entonces me miró y me dijo que ella tampoco tenía hijos, aunque llevaba casada catorce años. Luego me comentó que, aun así, solía quedar allí con aquellas amigas para tomar algo y pasar un buen rato de vez en cuando. Seguidamente le empecé ya a preguntar sobre lo que le había estado contando a ellas y le confesé que a nosotros nos pasaba casi lo mismo que a ellos, pero al revés, puesto que, en nuestro caso, era yo la que siempre se lo pedía, y él se negaba, alegando que no quería ir a esos sitios y que tan solo aceptaría hacerlo, si lo pudiésemos realizar en nuestra propia casa.

Entonces, al decirle eso tan directamente, se puso a reír con una sonrisa nerviosa y reconoció enseguida que lo comprendía muy bien, puesto que a ella también le pasaba lo mismo. Dicho eso y sin querer incomodarla más, me levanté, le entregué una tarjeta, y le dije que se lo pensasen los dos, y que, si se decidían, me llamase para quedar cualquier otro día.

También le dije que, por mi parte, y a partir de ese momento, intentaría convencer a mi marido como fuese hasta hacerlo cambiar de opinión, cosa que también debería de pensar ella muy en serio, puesto que mi marido estaba todavía muy bueno y además tenía una polla muy grande y estupenda, con la cual, la iba a hacer disfrutar nuevamente como una loca.


Dicho eso, y al ver que se empezaba a ruborizar por momentos y la notaba además algo incómoda, aunque cachonda a la vez, le di un beso en la mejilla y tras pagar su consumición y la mía, me despedí de ella guiñándole un ojo y diciéndole: ¡adiós, guapa ¡, espero que, ¡hasta pronto!

A continuación, la dejé allí sola y pensativa en su mesa y abandoné el local. Ese mismo día cuando llegué a casa, estuve todo el rato pensando en aquello, al igual que debía de estar haciendo ella también, de la cual me di cuenta en ese momento, que no sabía ni como se llamaba.

Después, al llegar mi marido como me encontraba algo nerviosa y muy caliente a la vez, empecé a idear como iba a explicarle todo aquello tan extraño que me había pasado en la cafetería, aunque era algo estupendo para ambos. Así que me armé de valor y poco a poco y frente a él, se lo fui contando todo punto por punto.

En aquel momento vi que su reacción no fue muy buena, pero cuando ya le fui explicando que se trataba de una mujer muy atractiva, que estaba muy buena y que además pensaba como él, poco a poco fue cambiando de aptitud, y más aún, cuando le comenté que siendo así, podríamos realizarlo en nuestra casa y en la más estricta intimidad como siempre había querido.

Eso precisamente pensé que le estaría pasando también a ella con su marido (si es que había cambiado de opinión), cuando le dijera que siendo así, no le importaría llegar a hacerlo, y él, al oírselo decir, se habría puesto a dar saltos de alegría, y lo estarían celebrando, como lo íbamos a hacer nosotros en ese mismo momento.

Así que, una vez ya decididos los dos, tan solo nos faltaba que llamase aquella bella mujer, y eso ocurrió al cabo de unos días, cuando sonó mi móvil. Al contestar oí al otro lado una voz muy suave, la cual me dijo: ¡hola, soy Elena! La joven de la cafetería, ¿te acuerdas?, quería decirte que lo he estado hablando con mi marido y los dos estamos decididos a hacerlo, si es que vosotros aún seguís pensando en ello.

No obstante, mi marido quiere que primero nos veamos los cuatro, que tomemos algo, y así podamos ver si conectamos y nos gustamos. En ese momento al oírle decir todo aquello, me puse muy contenta y así se lo hice saber enseguida. A continuación, le dije que la idea me parecía muy bien, y que ya estaba deseando que eso pasase, así que le comenté que podíamos quedar el próximo fin de semana en algún sitio, cosa que a ella le pareció bien. Así que, una vez elegido el lugar de encuentro, nos despedimos con un ¡vale, pues…hasta pronto ¡.

Una vez llegado el día, mi esposo y yo estábamos muy nerviosos y nos arreglamos lo mejor que pudimos para estar bien presentables, al igual que debieron de hacer ellos, puesto que ambos venían muy bien vestidos y olorosos. Así que, tras presentarnos, me enteré que mi futura pareja se llamaba Fran, y por lo que pude ver, estaba como para mojar pan.

Mi marido por su parte congenió enseguida con Elena y ella con él, `por lo que ninguno por ese motivo podíamos tener excusas para no intentar hacer el intercambio.


Después de allí nos fuimos a varios sitios más, incluyendo una discoteca, en la cual estuvimos bailando cada uno con nuestra pareja al principio, y luego nos fuimos intercambiando. De esa manera, tanto ella como yo, pudimos ir notando de momento, al bailar tan apretados, las duras y largas pollas que tenían cada uno de ellos, lo cual a las dos nos alegró mucho podérselas sentir de aquella manera.

Luego, una vez perdida ya la vergüenza inicial, y con unas cuantas copas más encima, decidimos ese mismo día, irnos para nuestra casa todos juntos.

Al llegar los hicimos pasar a los dos y les ofrecimos una última copa según dijo mi marido. A continuación, cada pareja nos sentamos en los sofás del salón unos frente a los otros, y tras dejar las bebidas en la mesa, Rafa me pasó el brazo por encima y me empezó a besar en los labios hasta llegar a entrelazar nuestras lenguas sensualmente una y otra vez.

Fran por su parte y junto a su mujer, nos iban mirando sin parar, cosa que aún nos ponía más cachondos todavía, y más cuando vimos cómo él empezó a besarla, a la vez que le iba sobando las tetas, mientras que poco a poco le desabrochaba la blusa, dejándole a la vista aquel bonito sujetador que llevaba.

Toda aquella visión nos estaba poniendo a cien por hora y ambos no dejábamos ya de mirarlos, aunque seguíamos con lo nuestro. Elena entonces puso una de sus manos sobre la polla de su marido, la cual según se veía la tenía ya a punto de estallar bajo el pantalón, y él se dejaba ir haciendo mientras no paraba también de mirarnos.

Luego, aun siendo ella la que al principio no lo tenía muy claro, al igual que mi marido, se levantó del sofá y se vino al nuestro, colocándose junto a Rafa y dejando allí solo a su marido. Seguidamente y aunque yo seguía besando al mío, le fui poco a poco girando la cara, hasta dejársela frente a ella, la cual, al verme, empezó a besarlo muy ardientemente y a sobarle bien todo el paquete, al igual que había hecho ya antes con su marido.

Yo entonces me decidí también a hacer lo que estaba deseando desde hacía tanto tiempo, y tras dejarlos allí, me fui con mi nueva pareja. A continuación, empecé a besarle en la boca y a sobarle toda aquella polla que tenía tan tiesa y que presumiblemente parecía igual o más grande que la de mi marido.

Por eso en cuanto pude, y con mucha curiosidad, se la saqué al exterior y se la empecé a lamer y a chupar como una posesa. La verdad es que como ya me parecía, tenía una buena herramienta, aunque la de mi marido era bastante más gorda que la suya, por eso su mujer, que también se la había sacado ya fuera, se había quedado muy impactada por el grosor que tenía, ya que casi le costaba metérsela en la boca, aunque aun así lo lograba, y se la iba lamiendo y chupando de arriba abajo como una loca, mientras  miraba como yo me tragaba por completo la de su marido, puesto que al tenerla más normal, me era fácil conseguirlo.

Así nos pasamos un buen rato hasta que los dos nos fueron desnudando y empezaron a comernos las tetas y el coño. En ese momento hubo una sorpresa para todos, puesto que yo tenía el mío todo rasurado y ella lleno de pelos, aunque vi que eso a mi marido no le importó nada y a él tampoco, así que ambos nos los fueron chupando y lamiendo hasta que al final nos hicieron correr.


A continuación, decidimos tomarnos otra última copa y pasar todos a la habitación, para estar más a gusto. Luego, una vez ya desnudos y sobre la cama, fuimos chupándoles de nuevo las pollas. Ella la rasurada de mi marido y yo la del suyo con pelos, pero de una forma o de otra, eran dos pollas descomunales y estupendas y ambas estábamos deseando tenerlas dentro de nuestros coños, aunque en su caso, no sabía yo si el suyo iba a poder recibir todo aquel trozo de carne que tenía mi marido entre las piernas.

Luego nos hicieron poner a las dos a cuatro patas sobre la cama, y desde atrás, nos empezaron a chupar el coño y el culo sin parar, separando bien nuestras nalgas para trabajarnos mejor, sobre todo el orificio, en el cual se centraron los dos bastante tiempo.

Mi marido estaría alucinando mientras lamía y chupaba aquel culo tan peludo de ella, y a Fran posiblemente le debería de estar pasando lo mismo con el mío, el cual tenía todo rasurado y suave.

Pero, aun así, las dos recibimos nuestra buena ración y nos hicieron correr de nuevo maravillosamente. Después nos pusieron de espaldas en la cama  con las piernas bien abiertas, y nos empezaron a follar fuertemente hasta el fondo, por lo menos en mi caso, ya que, al ir mirando de reojo a Elena, veía que a mi marido le quedaba un trozo de polla fuera, y que por mucho que lo intentaba, no lograba metérselo, pero aun así, las dos estábamos disfrutando a tope, y ella y yo no parábamos de gritar de placer y de pedirles más.

A continuación, cambiaron sus posiciones y entonces sí que vi como ella recibía toda la polla de su marido hasta los huevos, los cuales iban chocando en sus nalgas una y otra vez. Seguidamente y después de disfrutar como locas por nuestros coños, a Elena se le ocurrió que nos podían dar también por el culo, aunque especificó que nos lo hiciera Fran, puesto que mi marido con aquella polla tan gorda que tenía, nos lo podía llegar a romper. Cosa que yo acepté enseguida y Rafa no tuvo ningún inconveniente, aunque sí que dijo que, mientras que Fran nos la metía por el culo, nosotras se la teníamos que ir chupando a él.

Así que, poniéndonos de nuevo a cuatro patas sobre la cama, los dos empezaron a lamernos el culo y su oscura aureola hasta que vieron toda la zona bien lubricada. Luego, nos fueron metiendo los dedos en é, hasta comprobar que teníamos ya el agujero bien dilatado y listo.

Después mi marido se puso de rodillas delante de nosotras para que se la fuésemos chupando, y Fran desde atrás, empezó a meternos a las dos, su polla en el culo alternativamente.

Con cada embestida que nos iba dando, la polla de mi marido nos entraba más adentro de la boca todavía, llegando en alguna ocasión a tocarnos hasta la garganta. Esa sensación de sentirse taladrada por ese orificio era estupenda e inexplicable, y aunque al principio sentí algo de dolor, por lo larga que la tenía, al final, al igual que le ocurrió a ella, todo era gozo y placer para ambas, y más aún, teniendo además aquel pedazo de carne de mi marido en nuestras bocas.

Así nos pasamos un buen rato hasta que los dos sintieron ya la necesidad de eyacular. Entonces pararon, nos hicieron poner de rodillas ante ellos y empezaron a masturbarse frenéticamente ante nuestras caras de satisfacción y nuestras tetas, en las que al final, acabaron corriéndose como locos, descargando sobre ellas, toda la leche que llevaban dentro para la ocasión.

Luego, cuando ya los cuatro lo dimos por terminado, cambiamos opiniones y llegamos a la conclusión de que todo había estado estupendo y que podíamos volver a repetirlo en alguna otra ocasión, aunque para no caer otra vez en la monotonía, deberíamos hacerlo con otras parejas diferentes, cosa en la que todos coincidimos.


Después, tras ducharnos y prepararnos, nos despedimos de ellos, quedando como muy buenos amigos por si nos volvíamos a ver.

Aun así, a nosotros por nuestra parte, todavía nos queda por probar con una buena transexual, como me había sugerido mi marido anteriormente, y si eso llega a producirse, ya tendré otro relato más para todos vosotros.

FIN.

Por Cristina

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