sábado, 5 de octubre de 2019

Curiosidad

Un hermoso rostro femenino es siempre un deleite y más si vas acompañado de un cuerpo esbelto, fino y armonioso, así es Claudia, mi mujer, más bien dicho mi compañera y amante. Cuando la conocí tenía alrededor de treinta, divorciada y con una hija de diez años, Carmencita, una niña muy particular. Nuestra relación siguió los cauces comunes y corrientes. Nos gustamos desde el principio aunque soy menor que ella algunos años eso no fue impedimento para que el deseo, el placer y después el amor verdadero se hicieran carne en nuestra vida. Recuerdo con mucho deleite nuestro primer encuentro sexual, nos fuimos a un motel y Claudia resultó todo lo que esperaba de una mujer como ella, suave, dulce y muy apasionada.

Sus tetitas, no muy grandes pero firmes con pezoncitos oscuros que resaltaban sobre la blancura de sus redondos senos, duritos de deseo, los besé y chupé con deleite, el aroma de su cuerpo y la suavidad de su piel me pusieron extremadamente caliente, tuve que hacer un esfuerzo para serenarme mientras la besaba en el vientre y seguía bajando hasta su pubis, mientras le bajaba sus calzoncitos, ella suspiraba y se movía casi sin control. Llegué a su vulva y la encontré suavemente rasurada, le abrí sus labios mayores y comencé a saborear la entrada de su vagina que olía y sabía exquisita, se dejó hacer mientras le abría bien las piernas y le levantaba los glúteos para tener una mejor vista hasta el botoncito de su ano.



Recibí sus primer orgasmo en mi boca mientras contemplaba el hermoso espectáculo de su hoyito contraerse rítmicamente con voluntad propia, signo inequívoco de su placer desbocado. La penetré con suavidad pero con firmeza, se quejó un poco cosa que me extrañó en una mujer que ya había parido, claro que hacía ya bastante tiempo, pero se notaba que había tenido poco ejercicio sexual, cosa que me agradó mucho, así que me detuve un poco para que se relajara y comenzamos a jugar al entre-salga, cuando noté que estaba a punto me relajé y aumenté el juego dejándome llevar por el frenesí del orgasmo hasta la eyaculación. No puedo decir que ella me siguió hasta el final porque simplemente no aguanté. Una cosa es cogerse una mujer simplemente y otra distinta es que esa mujer cumpla con las características que a uno le gustan, que era lo que yo tenía en mis brazos.

En el momento de la relajación pasan montones de imágenes e ideas por la cabeza y recuerdo vivamente que a mí me pasó una muy importante: – ¡Esta mujer me gusta, la quiero para mí siempre! Nos pusimos de costado frente a frente y seguí acariciándola con suavidad, esperé el momento oportuno y se lo dije, ella sonrió con alegría y un poco de picardía. – Lo sé querido. Mejor dicho, es lo que quería oír. Sí, seré tuya por el resto de mi vida por eso te elegí y accedí a estar en la cama contigo. – ¡Vaya, no me lo esperaba, así que planeaste comerme para saber si te gustaba! ¡Qué bien! – Perdón, ¿te molesta? – Sabes, en otra circunstancia me habría sentido manipulado y ofendido, pero contigo me parece encantador. Nos besamos con la satisfacción de haber encontrado el camino, seguimos acariciándonos y la segunda fue mucho más relajada y satisfactoria, esta vez no la solté hasta sentir, con un dedo en la entrada del ano, sus rítmicas contracciones, estábamos empezando a comprendernos profundamente como sería en adelante nuestra vida.

Comenzamos a planificar nuestra vida en común y para eso era esencial saber la actitud que tendría Carmencita, que a esa altura tenía poco más de diez años, una chica muy despierta para su edad, de hecho en más de una ocasión había hecho abortar los planes de su madre con respecto a posibles parejas, porque a su inteligencia y curiosidad acompañaba una gran persistencia como más delante comprobaría. Una chica muy linda y que a esa edad comenzaba a desarrollar sus características físicas que la haría poco más tarde una belleza, pero no nos adelantemos. Afortunadamente para nosotros le caí bien a la niña y ella me gustó por su viveza mental, aunque en ese momento no sabía si eso me jugaría a favor o en contra, lo cierto es que congeniamos, por lo menos aparentemente. Nos fuimos a vivir en una casita no muy grande pero cómoda, era inevitable que nos cruzáramos en diversas circunstancias en el diario vivir, y así transcurrió más de un año.

Como dije la niña era especialmente curiosa y pronto comenzamos a sentir esa presión, máxime cuando el amor y la pasión nos desbordaba con Claudia. Durante el día era frecuente que nos besáramos ya que estábamos viviendo nuestra luna de miel y por las noches nos entregábamos con ardor al sexo del cual disfrutábamos mutuamente. Esperábamos que fuera lo suficientemente tarde para que Carmencita no nos oyera porque el ruido era inevitable, el de la cama y los ayes y gemidos. Bueno eso era lo que pensábamos porque un tiempo después comprobamos que lo de dormida era un decir para la niña. Pasó algo más de un año y un día en que estábamos los tres sentados en el living, viendo una película por TV en que se mostraba una escena de romance y los protagonistas se besaban en la boca, Carmencita se volvió hacia nosotros y nos dijo: – Ellos abren la boca para besarse, igual que ustedes. – Sí, contestamos un poco cortados. – A mi me gustaría aprender a besar así ¿Por qué no me enseñan? Habríamos esperado casi cualquier cosa, menos esa pregunta. Nos quedamos en silencio desconcertados. – ¡Ejm!… Creo que más adelante aprenderás, atiné a contestar. Claudia estaba roja pero no perdió la compostura. La escena en la TV se puso más tórrida y la actriz se montó sobre las rodillas de su pareja y siguió besándolo apasionadamente. – Yo también quiero hacerlo así, dijo Carmencita y se subió sobre los dos abriendo mucho sus piernecitas. – ¡Carmen, Carmen! Atinó a decir Claudia tratando de bajarla de nuestras rodillas. – Espera, agregué. Tranquila, no pasa nada. La faldita de la niña se subió hasta mostrar el borde de sus calzoncitos, dejando al descubierto sus muslos delgados pero bien formados, no era la primera vez que los veía pero en esta ocasión no pude dejar de admirarlos. – ¡Bésense, quiero ver cómo lo hacen! – Está bien míranos, dije, esperando que eso la calmara. Volví la cabeza hacia  Claudia y comenzamos a besarnos con la boca abierta y metiéndo la lengua. Creí que eso sería suficiente, pero no me esperaba su reacción.

Tomó las dos cabezas con sus manitos y nos mantuvo pegados, después metió sus deditos entre nuestros labios y finalmente su lengua como queriendo participar en el beso. – ¡Basta! Dijo Claudia con firmeza. No puedes hacer eso. – ¿Por qué no, prefieres que lo haga con otras personas? – ¡No, por Dios! No quiero que lo hagas con nadie todavía. Se bajó de nuestras rodillas, se paró delante de nosotros y dijo: – Lo quiero hacer ahora, con ustedes, no después con otros, los he escuchado en las noches y los he visto en la cama y quiero aprender eso también y se levantó la faldita hasta mostrar todos sus calzones. Yo había visto esos calzoncitos más de una vez y los había olido en secreto y con culpa pero me excitaban mucho aunque no dejaba que se trasluciera nada, Claudia pagaba después las consecuencias de la calentura, pero como a ella le gustaba no me sentía especialmente culpable. Ahora la confusión era completa, Claudia se tapó la cara avergonzada  sin atinar a responder nada.

Yo reaccioné superando mi desconcierto y le bajé la faldita no sin rozarle las piernecitas como por descuido. – ¡Ejm! Mira amorcito, esas cosas las hacemos en privado porque son cosas que hacen las personas mayores cuando se aman, a ti también te amamos pero como hija. – ¡No soy tu hija! Protestó airadamente. Se fue a su pieza y cerró la puerta dando un portazo. Quedamos en silencio sin saber que hacer, al rato oímos sus sollozos ahogados desde su dormitorio. Nos miramos desconcertados un momento. – Nos quedan dos opciones, le dije, la dejamos como si no hubiera pasado nada y nos atenemos a las consecuencias, porque si está tan profundamente interesada de seguro lo hará con alguien más como ella dice o, dejamos que nos mire y le enseñamos. No hubo respuesta y no esperé que la hubiera en ese momento. La verdad es que me excitaba mucho servir de guía, Carmencita me excitaba más de lo que había pensado. En fin ya había pasado de los once y se empinaba a los doce, edad en que muchas niñas comienzan su vida amorosa.

Nos cuidamos de hacer el amor en las noches siguientes pero los dos sabíamos que eso no podía durar mucho. Al final todo se decidió de la manera en que había comenzado, es decir, con la iniciativa de Carmen. La chica decidió que estaba bueno de esperar y sencillamente se fue a meter a nuestra cama unos días más tarde. Con la luz apagada nos quedamos quietos sin atrevernos a dar el primer paso, nuevamente fue ella la de la iniciativa. Comenzó a tocarnos. Nervioso me di vuelta hasta quedar frente a Claudia dándole la espalda. Metió su mano entre nuestros cuerpos y comenzó a acariciar mi pecho con poco vello y los senos de Claudia. Temblando de emoción se subió sobre nosotros y comenzó a poner su carita entre las de nosotros como incitándonos a besarnos, decidí seguirle el juego y comencé a besar a Claudia, ella se dejó hacer sin moverse, seguí besando a Claudia pero sintiendo la lengüita de Carmen entre las dos bocas.

Claudia comenzó a reaccionar con un poco de timidez pero luego con más entusiasmo. Yo sentía la lengüita de Carmen entre nuestras bocas y mi excitación comenzó a crecer sin poder controlarla. Hasta que no di más, saqué mi brazo y pegué su cara a las nuestras y comencé a besar boca grande y boca chica sin discriminar, a esas alturas la calentura nos había ganado a los tres. Bajé mi mano y comencé a acariciarla, primero sobre la camisa de dormir y ya sin control metí mi mano bajo la camisa y toqué su maravilloso potito impoluto. Me separé un poco de Claudia y a la tenue luz que entraba por la ventana con la cortina mal cerrada, se veía  lo suficiente. Le saqué la camisa de dormir a Claudia y me saqué el pijama, ahora los dos completamente desnudos podía ella ver nuestros cuerpos. Le tomé una manito y la puse en la vagina de Claudia y la otra la llevé hasta mi pene completamente erecto, la hice que moviera la mano masturbando. Claudia con los ojos cerrados se dejaba hacer, le levanté una pierna para que viera en todo su esplendor la vagina cuidadosamente rasurada con sus labios mayores hinchados por la excitación y totalmente húmedos.

Puse mi pene en la abertura y empujé las caderas hacia adelante. Miraba con su cara roja por la calentura increíble en una chica de su edad, los ojos brillantes y la boquita entreabierta dejando escapar un hilito de baba. Mantuve la presión empujando y sosteniendo con la otra mano desde las caderas a Claudia para penetrarla cada vez más. Los gemidos de ella comenzaron a subir de tono y apuré el movimiento, la escena era de una morbosidad increíble, no duramos mucho tiempo, cuando sentí que llegaba el orgasmo le tomé una manito a Carmen y la puse tocándome la base del pene, justo en el lugar donde se juntaba con los labios vaginales de Claudia, entonces nos vinimos los dos al unísono en un gemido mutuo. Mantuve la mano de Carmen mientras retiraba mi miembro, quería que sintiera. Lo que no me esperaba era que ella, al salir el glande untado de semen lo tomó también con la otra mano y lo apretó como estrujándolo, le corrían lágrimas y baba por su cara y yo creo que también había tenido un orgasmo sin que nosotros lo notáramos.  Soltó mi pene y se miró las manos untadas, después se las pasó por la cara y el cuello.

Verdaderamente cada reacción era insólita para alguien de su edad. De rodillas frente a nosotros se sacó la camisa de dormir por sobre su cabeza quedando totalmente desnuda frente a nosotros. ¡Qué maravilloso espectáculo! Un cuerpecito núbil, caliente y totalmente entregado, verdaderamente era un volcán en plena erupción. – ¡Ahora lo quiero hacer yo! Dijo con absoluta decisión. Claudia no dijo nada pero movió los brazos como queriendo borrar esa visión, noté que estaba al borde del estallido. – ¡Calma, calma mi amor! Atiné a decir dirigiéndome a las dos. Con mi brazo libre la tomé y la apreté contra nosotros. – Cálmate y escucha, le dije: – Eso que acabas de ver se llama “hacer el amor” y lo hacemos porque nos amamos, a ti también te amamos, pero eres demasiado jovencita para hacerlo, especialmente con un hombre adulto como yo, ya vistes el tamaño que tiene mi pene  y tu cosita es muy pequeña todavía, te haría daño si pretendo metértela. Unos años más, tal vez. ¡No, quiero hacerlo ahora! No importa que no entre totalmente pero quiero sentirlo y sentir todo ese placer que sienten ustedes, además yo te amo, agregó escondiendo la cara avergonzada. – Está bien, si me amas no tienes por qué avergonzarte, yo también te amo, pero insisto en que no te haré daño. Claudia reaccionó y dijo: – Él tiene razón, si lo amas puedes esperar. – Está bien, acepto lo de la penetración por ahora pero lo demás quiero hacerlo con ustedes todas las veces. – ¡No, por favor! Insistió Claudia. – Bueno entonces buscaré quien me enseñe. – Si haces eso es seña de que no me quieres como dices, tercié yo, pero si insistes, agregué, hagámonos cariño sin penetración para que sepas lo que se siente. – ¡No! Insistió Claudia, si lo hacemos una vez querrá hacerlo siempre. – Bueno, entonces no sé, decídanlo ustedes.

Hubo silencio por un buen rato, cuando ya todo parecía volver a la normalidad Carmen volvió a tomar la iniciativa, de verdad la opinión de su madre no contaba mucho para ella, sin pensarlo y sorprendiéndonos a los dos bajó la cabeza, tomó mi pene y se lo introdujo en la boca, toso eso de un tirón y sin dar tiempo a reaccionar, tanto que di un salto asustado, pero ya estaba hecho y sin mediar palabra comenzó a chuparlo, parece que había visto hacerlo probablemente a la propia Claudia en más de una ocasión. Miré la cara de Claudia para ver su reacción que al comienzo fue de sorpresa igual que yo, pero rápidamente cambió a deleite, calentura y morbo, es decir, lo mismo que sentía yo, la dejé hacer por un momento mientras sentía como mi pene se iba poniendo cada vez más duro, luego la tomé de la cintura y en el aire la di vuelta para que quedaran sus caderas frente a mi cara, le abrí las piernecitas y comencé a hacer el sexo oral más rico que había hecho, en una vaginita estrecha y virgen, sus juguitos deliciosos me inundaban la boca y los saboreé mientras jugaba con su clítoris, ahora si la vi acabar una y otra vez, era delicioso ver su anito palpitar sin control, tanto que no pude aguantar mucho, sin pensarlo le apreté la cabeza contra mi entrepierna y acabé a borbotones dentro de su boquita. La enderecé y le miré la cara roja de excitación y la boca llena de semen, sin dudarlo le tomé la cabeza y se la acerqué a Claudia que me entendió perfectamente y abrió su boca para recibir parte de ese semen que le chorreaba a Carmen, juntaron sus bocas en un beso de sabores compartidos.

A partir de ese momento comenzó participar con nosotros casi todas las noches. Cumplí mi promesa y no traté de penetrarla aunque muchas veces ella se refregaba contra mi glande hasta alcanzar su éxtasis. En la siguiente sesión hice que Claudia se sentara en mi pene y se lo metiera todo y a Carmen la senté sobre mi cara y le metí la lengua todo lo que pude en su vaginita hasta alcanzar el orgasmo, así las dos disfrutaban tanto como yo.  Claro que eso duró así casi un año, a esas alturas el cuerpo de Carmen había comenzado a desarrollarse en plenitud, sus tetitas estaban firmes y abultadas incluso para su edad, la cinturita estrecha y las caderas tomaban la redondez que ahora las caracterizan.  El día de su cumpleaños número catorce dedidimos que había llegado el momento, sin decir palabra y luego de que sus amigos se fueron dando por terminada su fiesta de cumpleaños, nos fuimos al dormitorio. Nos desnudamos, entre besos caricias y suspiros como siempre hacíamos, después  a la cama y siguieron los besos y caricias, me puse de espaldas y ellas comenzaron a jugar con mi pene dándole suaves chupetones hasta que juntaron sus bocas con el glande entre ellas.

En ese momento nos miramos con Claudia y sin mediar palabra la pusimos de espalda, ella se puso detrás abrazándola y tomando sus muslos los levantó para dejar expuesta la entrada de su vagina, yo puse un almohadón bajo sus caderas y me acomodé entre sus piernecitas, tomé mi pene con una mano y comencé a pasarlo de arriba a abajo por sus labios mayores ya totalmente lubricados, busqué la abertura y comencé a presionar, Carmen se debatía y suspiraba pero sin esquivar los intentos, dejé pasar unos segundos y presioné con más fuerza hasta meter la cabecita y chocar con el himen, un gritito y otro forcejeo, otra pequeña pausa y otro empujón, esta vez el definitivo, otro grito más fuerte y ya… Estaba totalmente adentro. Miré su carita roja y con un par de lagrimitas, me abracé a ellas y comencé a meter y sacar, despacio primero y más rápido después, hasta que la calentura me dominó y me refregué en esa vagina estrecha con fuerza hasta eyacular llenando de semen ese hoyito maravilloso. Así comenzó Carmencita a ser mi mujer y no ha parado hasta ahora. Veinte años después.

Antes de terminar debo hacer una mención especial a Claudia, mi mujer, que me ha ofrecido el presente más grande que una mujer enamorada le puede dar a su amor: Una virgen hermosa y si esa virgen hermosa es su hija, vale el doble ¿Cómo no agradecerle con amor, el amor más grande brindado?

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