martes, 21 de enero de 2020

DISCIPLINA (Relato de incesto y BDSM)


Antonio apoyó los codos en la mesa del escritorio, mirando fijamente la hoja de cálculo en la pantalla de su ordenador. Maldita sea, llevaba ya una semana con aquel maldito plan trimestral. Y lo que le quedaba. Y ni siquiera podía tomárselo con mucha calma, porque el tiempo se le acababa, tenía que enviarlo a la junta de dirección lo antes posible.

Por eso se había ido a casa. A veces, en la oficina, las continuas reuniones y peticiones de ayuda de su equipo ni siquiera le dejaban tiempo para estar apenas una hora sentado en su mesa trabajando en lo suyo. En casa, por el contrario, podía encerrarse en su despacho y contar con que podría trabajar de forma más o menos ininterrumpida. Era su refugio. Con un escritorio más o menos grande y una estantería decente, se había montado allí una pequeña sucursal de su propia oficina en casa, con ordenador, e incluso una pequeña máquina multifunción con escáner e impresora. Poco a poco lo había ido poblando con algunos accesorios, como una pizarra vileda para sus notas, y un equipo de música.




Últimamente pasaba allí muchas horas, y hoy no iba a ser una excepción, suspiró. Fue a la cocina, se preparó una taza de té, y volvió a su despacho, donde se encerró. Antes de ponerse de nuevo con la contabilidad, se dirigió a la estantería y recorrió con los dedos la pequeña colección de discos de vinilo. Incluso aspiró para sentir su olor. Eran su pasión. En su otrora completamente rutinaria vida, su pequeña excentricidad. Sobre lo que se ponía a mirar en su ordenador o en su móvil cuando necesitaba un respiro del trabajo o la familia. Lo que llenaba sus escasos momentos de soledad. Se maravillaba con las composiciones de las imágenes impresas en las carpetas. Desenvolvía cuidadosamente los discos de su papel de cebolla. Leía cuidadosamente las etiquetas estampadas en la galleta central. Pasaba la mano cuidadosamente por ellos, sintiendo los surcos, acariciándolos como si él mismo pudiera leer la música que llevaban impresos. Después, si tenía suerte, se sentaba en un viejo y confortable sillón de su despacho, con los ojos cerrados y unos auriculares de estudio. Sólo a escuchar.

Si no tenía suerte, como era el caso, no le quedaba más remedio que poner la música por los altavoces y trabajar mientras tanto. Suspiró, resignado. Venga, un poco de música ambiental y a seguir. Algo de jazz. El jazz me ayuda a concentrarme.

Repasó con los dedos, uno tras otro, los lomos expuestos en la estantería. Qué raro, aquí no está mi disco de Hank Mobley, pensó ¿Dónde puede andar? Le dió vueltas... La niña. El otro día me pedía un disco. ¿Para qué lo querría? En ese momento se sintió feliz de que por fin su hija mostrara algún síntoma de buen gusto musical, en lugar de la Nicki Minaj y el maldito reggaeton ¿Lo tendrá ella? Joder, qué fastidio, no voy a poder trabajar ni siquiera en casa… Salió de su despacho.

¡Nuria! -la llamó, tocando a la puerta de su habitación- ¿Has cogido tú mi disco de Hank Mobley? ¡Nuria!

¡¿Qué?! -oyó su voz desde dentro-

Por dios, esto es ridículo. Tener que tocar a la puerta en mi propia casa. Desde que estaba en la edad del pavo, la niña era insoportable. No hacía más que darles desplantes. Siempre la habían educado lo mejor que habían sabido, pero de un tiempo a esta parte estaba caprichosa, pasota y contestona. Inaguantable.

¡Por dios! -Antonio perdía la paciencia- ¿Puedo pasar?

¡Jo, qué pesado! ¡Sii!

Abrió la puerta. Nuria estaba, cómo no, probándose ropa delante del espejo, con el móvil en la mano. La habitación parecía una zona de guerra, pero en tonos pastel y rosa. No se veía un palmo de suelo de la cantidad de prendas tiradas por todas partes. Antonio suspiró, renunciando a decirle nada. Vamos al grano o acabaremos discutiendo, como siempre. Y yo tengo que trabajar.

Digo que si has visto mi disco de Hank Mobley -volvió a preguntar, pacientemente-

No sé -dijo ella sin mirarle siquiera-

Dándole la espalda, vuelta hacia el espejo, de cuando en cuando miraba algo en su móvil, tecleaba algo, y se reía por lo bajinis. Estaba claro que su atención no estaba en su padre. A Antonio aquello le exasperaba, pero decidió armarse de paciencia por enésima vez.

¿Cómo que no lo sabes? ¿No sabes si lo has visto? El otro día me pediste un disco y te dije que vale y cogiste ése, ¿Dónde está?

No sé -dijo ella sencillamente-

¿¡Pero cómo que no lo sabes!? -Antonio estaba empezando a exasperarse- ¿Lo cogiste y ahora no sabes dónde está?

¡Claro que no! -se volvió ella, elevando el tono- Lo vendí por Wallapop, ¿¡Cómo quieres que sepa dónde está ahora!?

Y volvió a mirarse al espejo, retocándose las pestañas con el meñique. Seguía tan pancha. Mientras, a Antonio casi le da un infarto al oír aquello. No se lo creía.

Que has hecho... ¡¿Qué?! ¡¡¿Que lo has vendido por Internet?!!

¡Pues si! -dijo ella, con todo el desdén imaginable- Total, ¿Qué más da? Casi nunca lo escuchas. Un tío viejo ahí en blanco y negro que no lo conoce nadie… ¿Y total para qué? ¡Hazte una cuenta de Spotify, papi, debes de ser el único ser humano que no tiene una! Jaja, das pena... ¡Y mira! Me he comprado estos vaqueros con la pasta ¿Te gustan? -se dió la vuelta, mirándose desde todos los ángulos, satisfecha con el resultado- ¿Quién se iba a imaginar que algún pringao me pagaría cuarenta euros por la cosa esa?

A Antonio parecía que le habían drenado la sangre, estaba blanco como la nieve. La parte de sí mismo que no quería creerse que aquello estuviera pasando cedió ante la dolorosa certeza de la realidad. Cuarenta euros. Cuarenta euros por su Hank Mobley de 1957. Cuando lo compró en Londres, en una legendaria tienda de vinilos de Brixton, ni siquiera tuvo el valor de decirle a su mujer cuánto había pagado por él en realidad. Hubiera podido medirlo en meses de sueldo.

Y ahora Nuria lo había vendido en Wallapop por cuarenta euros. Cuarenta míseros euros. Y se había comprado unos vaqueros del Bershka con ellos. Unos vaqueros del Bershka. Y se reía.

Sintió cómo la rabia se le agolpaba en la cara hasta que no pudo aguantarla más. Perdió completamente los estribos.

Ella no tuvo tiempo ni de reaccionar. Se abalanzó sobre su hija, la cogió con fuerza del brazo, y tiró. Se sentó en su cama, y a Nuria, la colocó a la fuerza bocaabajo sobre su regazo, atenazándola con sus fuertes brazos como si fuera un pelele: Un movimiento reflejo de hacía unos años, cuando ella era muy pequeña. Irónicamente, en aquella época no habían tenido que darle azotes más que en un par de ocasiones. Casi se comportaba antes mejor que ahora.

Elevó el brazo derecho y, con toda la fuerza que fué capaz, descargó una palmetada en sus nalgas, embutidas en el vaquero, habló, y siguió cacheteándoselas con vigor una y otra vez. Nuria soltaba un quejido con cada una, pero por lo demás parecía estar más desconcertada que otra cosa. No se lo podía creer.

¡¡Se acabó!! -gritó Antonio, desahogándose y dándole un sólido azote, ¡PLAS!- ¡¡Hemos intentado razonar contigo!! -¡PLAS!- ¡¡Hemos intentado explicarte las cosas!! -¡PLAS!- ¡¡Hemos intentado castigarte!! -¡PLAS!- ¡¡Pero tú sigues empeñada en tu actitud!! -¡PLAS!- ¿Y sabes qué? ¡¡Tu madre y yo ya estamos muy hartos de tu actitud de niñata malcriada de mierda!! -¡PLAS!- ¡¡Y como te comportas como una cría desobediente, mimada y consentida!! -¡PLAS!- ¡¡A ver si así aprendes, con una buena zurra como a las crías desobedientes -¡PLAS!- mimadas -¡PLAS!- y consentidas!! -¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS!-

Y descargó una serie de media docena de fuertes azotes más en el culito de Nuria. Cuando dió el último, por fin paró. Se había calmado bastante. No se sentía especialmente orgulloso de haberlo hecho. Siempre se había jactado de educar a sus hijos con el diálogo y el entendimiento. Probablemente por eso le frustraba más el contínuo gesto estúpido y prepotente de su hija.

Ahora levanta -le dijo secamente-

Ella obedeció y se levantó. Él la miró. Esperaba una protesta, o una rabieta ¿Un llanto, quizá, como cuando era chica? Sin embargo, ella se limitó a quedarse de pie y mirarle, seria pero serena, casi desconcertada. Se sorbía un poco la nariz, tal vez había tenido el breve acceso de llorar. Había borrado la estúpida sonrisita de su cara, y ahora se limitaba a frotarse un poco el culo con ambas manos -debía de tenerlo dolorido- mientras le miraba, formal. Antonio no supo muy bien qué decirle.

Yo.. esto… No lo vuelvas a hacer, ¿Está claro? -dijo, intentando parecer firme-

Sí, papá

Antonio volvió a su despacho. Se sentó en la silla y reflexionó sobre lo que acababa de pasar.

Bueno, no ha ido tan mal. En lugar de intentar decirle algo de forma razonable, para acabar discutiendo y que al final nos grite a su madre y a mí y encerrándose en su cuarto, ahora por lo menos ahora parece haber servido de algo. Hacía ya años que no escuchaba un “sí, papá” de sus labios. No está mal, para variar. Vivir para ver ¿A que va a ser verdad lo de “una hostia a tiempo”?

*****

Al día siguiente, se quedó en casa a trabajar por la tarde, después de comer. Su mujer se fue a trabajar, y Nuria se encerró en su cuarto a estudiar, de manera inusualmente aplicada. Su comportamiento había sido intachable desde la tarde anterior. No les contestó o les ignoró ni una sola vez. Por fin pudo estar un buen rato trabajando. Estaba avanzando a buen ritmo con las cuentas y las predicciones del próximo trimestre cuando la voz de su hija le llamó desde la puerta. Llevaba una camiseta negra ajustada y corta, enseñando el vientre, y unos leggins blancos de algodón, finísimos y ceñidos como una segunda piel. Vestía zapatillas.

Papá

Dime Nuria, ¿Que quieres? -le contestó sin prestarle mucha atención-

¿Puedo coger un vinilo, por favor?

Antonio elevó la vista de su portátil y la miró, fijamente, extrañado por lo que acababa de oír. La expresión de ella era indescifrable. No estaba de broma, sino completamente seria, pero tampoco enfadada. No sabía muy bien qué contestar, así que se decidió por confirmar lo obvio.

No será para venderlo por Wallapop, ¿Verdad? -dijo casi con sorna-

No.. lo prometo. Ni siquiera lo sacaré de tu despacho -le tranquilizó ella-

Vaya, ése cuidado por mis cosas es nuevo, pensó Antonio. Todavía le inculcaré el gusto por la buena música, con un poco de suerte. Vivir para ver. Le contestó, mientras volvía a sus papeles.

Claro, cielo, coge el que quieras. Lleva cuidado con el tocadiscos, la aguja está un poco endeble

Nuria se acercó a la librería y miró los discos allí colocados durante unos segundos. Cogió uno al azar, miró la portada un par de segundos, sacó el brillante disco negro y sin más, lo estampó contra el suelo. Antonio lo vió incrédulo y se levantó de la silla, histérico.

¡¡Pero se puede saber qué coño haces!! -gritó-

Se me ha caído -dijo ella, tranquila. La expresión de su cara permanecía inmutable-

¡¿Me estás vacilando?! ¿¡Cómo que se te ha caído!? ¡¿Pero te crees que soy gilipollas?! ¡¡¡Acabo de verte estamparlo contra el suelo!!!

¿Me vas a azotar? -dijo ella inalterable. Había un matiz de esperanza en su voz. Casi sonaba más como una petición que como un temor o una duda de verdad-

Antonio se quedó helado al escuchar aquello. Así que era eso. Dios mío. Jamás hubiera imaginado las implicaciones de lo que había oído. En ése momento tampoco quería imaginarlas, así que optó por negarse, y seguir gritándola, enfurecido.

¡¡No!! ¡No te voy a azotar! -contestó, severo- ¡Te vas a ir a tu cuarto y te vas a quedar sin cenar! ¡Y no vas a salir hasta mañana, y entonces todavía te queda una semana castigada sin salir con tus amigas, señori...!

Se calló inmediatamente al ver a su hija sacar otro vinilo de la estantería y elevarlo sobre su cabeza, con gesto de ir a lanzarlo contra el suelo.

¡¡NO!! ¡¡No!! ¡¡Para!! -alzó las manos, gestualizando para que Nuria se detuviese- ¿¡Pero qué coño haces!? ¡¡Ni se te ocurra!! ¡¡¡Eso es una primera edición de un doble LP de Pink Floyd!!! ¡¡Como se te ocurra romperlo te...!!

¿...me darás unos azotes? -terminó ella conservando toda la tranquilidad, con su calma hierática-

Antonio no sabía qué hacer, pero la ira y la necesidad de intervenir antes de otra dolorosa pérdida le hizo actuar. Cruzó la habitación, cogió a su hija de las muñecas y le arrebató el disco por la fuerza. Después la llevó junto al sillón de su despacho, donde se sentó, y la puso bocaabajo tumbada sobre su regazo.

¡¡Me cago en…!! ¡¡Pero qué harto estoy de tí, Nuria, joder!! ¡¡No me das más que disgustos!! ¡¡Con que ésas tenemos!! ¡¡Te voy a enseñar a romper mis cosas, coño!! ¡¿¡No quieres azotes!?! ¡¡Pues TOMA!! ¡¡PLAS!!

Y abofeteó con fuerza uno de los cachetes de su culo. Pero esa vez fue diferente. El culo de Nuria se marcaba perfectamente bajo sus leggins, que eran tan bajos que quedaban por debajo de su cintura. Por encima de ellos surgía un pequeño tanga de hilo negro. Con la palmetada, pudo sentir sin problemas la perfecta redondez y firme consistencia de su espectacular trasero. No pudo evitar una punzada de deseo sobre el culito de su hija, y por si fuera poco, Nuria dejó escapar lo que sin duda fue un pequeño gemidito al notar la cachetada.

Se detuvo. Tenía que parar, o aquello les llevaría por un camino peligroso. Ahora ya no tenía ninguna duda de lo que había movido a su hija a actuar así, y no le podía traer más que problemas. Mejor dejarlo mientras aún estaba a tiempo.

¡Oh! ¡Si, Papá, sólo te doy disgustos, necesito que me metas en vereda! -dijo ella, pero Antonio dejó de azotarla-

Nuria debió inferir las dudas de su padre del tiempo excesivo sin cachetes, porque siguió espoleándolo.

Es que total, hago lo que me da la gana, porque ¿Qué más da? Mamá me deja hacer lo que quiera, y tú eres un panoli -dijo volviendo la cabeza con un brillo de travesura en sus ojos, mientras contoneaba su culito-

Antonio se encendió, y decidió desahogarse de nuevo

¡¡A mí no me hables así!! -PLAS- ¡Lo que hagas con tu madre me da igual, pero a partir de ahora vas a obedecerme! ¿Me has oído? -PLAS- ¡¡De lo contrario te cojo y te pongo el culo como un tomate, ¿Está claro?!! ¿Y sabes por qué? ¡Porque no eres más que una golfa! ¡PLAS!

Nuria gemía a cada azote, le estaba provocando a su padre una más que notoria erección, y restregaba su pelvis contra ella. Antonio al principio dudó, pero ahora incluso dejaba la mano sobre las nalguitas de su hija a cada palmada, agarrándoselas durante una fracción de segundo, disfrutando de aquella delicia mientras apretaba las caderitas de ella contra su duro paquete.

¡¡Oooh, si, Papi, no soy más que una golfa!! ¡¡Vamos, azótame como a una niña descaradaa!!

¡¡Toma en el culo, niñata!! -PLAS- ¡¡Te voy a enseñar a tratar bien mis discos!! -PLAS-

Después de una buena azotaína, Antonio la dejó. Tenía la impresión de que si hubiera seguido podría hasta haberse corrido agarrando el culo de su hija y frotando su paquete contra la pelvis de ella, y no quería ni pensar en hacer algo así. Además, ella no parecía tener límites, pero sabía perfectamente que como siguiera, a la hora de la cena ella no podría ni sentarse. Mantuvo el gesto severo.

Anda, levanta

Sí, papi -dijo ella, obediente. Estaba como sofocada, colorada y con los labios húmedos y entreabiertos-

Recoge los discos que has sacado y vete a tu cuarto, y a estudiar. No quiero volverte a ver hasta que llegue tu madre y cenemos, ¿Me has oído?

Sí papi.

Nuria obedeció, agachándose a recoger y colocar los discos que había tirado, mientras su padre le clavaba descaradamente la mirada en su culo. Ella no pudo evitar un deje de satisfacción en la expresión de su cara, que a Antonio no pasó desapercibida. Después salió del despacho.

*****

Los días siguientes pasaron como la seda. Nuria se convirtió de la noche a la mañana en la hija perfecta. Antonio sólo tenía que insinuar algo, o a veces incluso gestualizar con la mirada, para que ella obedeciese de inmediato. No terminaba de creérselo, era demasiado bueno para ser verdad. Decidió ponerlo a prueba. Exploró los límites de la nueva situación incluso un poco más allá de lo razonable, pero no encontró ninguno. Cualquier orden, ella la cumplía sin rechistar: Baja la basura. Sí, papi. Mañana tienes examen, ponte a estudiar. Sí, papi. A las nueve te quiero en casa. Sí papi. Con carraspear en dirección a la mesa sucia al acabar la cena, ella se levantaba sin más, la recogía, lavaba los platos, los secaba y colocaba en el acto. Era prácticamente como un perrito bien amaestrado. Ana, su mujer, alucinaba, sin dar crédito a lo que veían sus ojos.

Esa tarde, al acabar de comer, se despidieron, besándose. Ana se iba a la oficina, y él trabajaría desde casa. Nuria tenía exámenes. Antonio se retiró, como solía, a su despacho. Estaba de buen humor, por fin había entregado el plan contable, que había gustado bastante dentro de su empresa, y encima todo en casa iba sobre ruedas. Se sentía invencible.

Estaba poniendo orden en algunos papeles cuando su hija tocó detrás suya, dócilmente, en la puerta abierta. Él se volvió.

Llevaba el uniforme del colegio. O lo que quedaba de él, después de que ella misma le hubiera hecho todos los ajustes posibles para pervertir su intención original. Llevaba el polo blanco por lo menos tres tallas más pequeño y sin sujetador, y la falda gris tan acortada que le quedaba palmo y medio por encima de las rodillas. La mayor parte de sus muslos quedaba al aire. Por el contrario, de los calcetines sí que se había comprado varias tallas más, y en lugar de ser los recatados calcetinitos blancos que se suponían, eran prácticamente medias que le cubrían las pantorrillas enteras. Anda que no habían tenido peleas a grito pelado, su mujer y él, con ella, a cuenta de los arreglitos de ella en el uniforme. Casi semanalmente, las monjas del colegio no paraban de llamarles para quejarse de las pintas de Nuria.

Te has cambiado de ropa -constató Antonio-

Sí, es que así voy más cómoda -dijo ella con una voz dulce como la miel-

¿Más cómoda que con el chándal y la sudadera que llevabas? -recalcó Antonio- ¿No será porque se ha ido tu madre?

No, es que…

Cállate y no me repliques -la cortó-

Sí, papá

Antonio caminó despacio hacia ella y dió vueltas a su alrededor mientras ella se mantenía firme de pie. Paladeaba su posición de poder al tiempo que reflexionaba. Definitivamente le gustaba aquella situación, pero era un arma de doble filo: Ahora Nuria iba como una seda, pero irónicamente, era sólo porque él le daba una buena zurra de vez en cuando. Si dejase de dársela, ella volvería a las andadas, e incluso haría cosas peores y sin sentido, aunque sólo fuera para volver a ganarse la azotaína que tanto deseaba. Pudiera parecer que él tenía la sartén por el mango, pero en realidad era ella la que no había perdido un ápice de control. Simplemente, sus intereses habían basculado de las gamberradas ocasionales a… bueno, a aquello.

¿Qué te dijimos tu madre y yo de ponerte ese uniforme?

Es el del colegio… -protestó ella sin la más mínima convicción-

Déjate de tonterías -la cortó- ¿No te compramos uno de tu talla cuando Sor María nos llamó la última vez?

Sí, pero no me gusta, me está feo…

Cállate -la cortó de nuevo- Inclínate sobre mi mesa. Las manos sobre el escritorio.

Le pareció ver cómo Nuria reprimía una sonrisa de alegría al oír aquello. Pero en seguida recobró la seriedad. Con expresión adusta, obedeció a su padre y se inclinó ligeramente sobre la mesa de su despacho, sus piernas estaban ligeramente separadas e inclinadas y su torso hacía un ángulo de unos cuarenta y cinco grados. En consecuencia, el redondito relieve de su prominente y respingón culito tiró hacia arriba del bajo de su falda hasta casi dejarlo al descubierto. Podía verse el final de sus muslos.

Antonio alargó la mano y cogió una regla de plástico de su mesa, de treinta centímetros de largo. La empuñó por el extremo.

¿No te dijimos que no volvieras a ponerte esto? -preguntó-

Mientras, rozaba suavemente con la regla la pierna de Nuria, de abajo a arriba, desde sus pantorrillas hasta sus muslos. Podía ver al trasluz cómo se le iba poniendo la carne de gallina.

Sí -respondió ella, sumisa-

¿Y qué te dijo tu madre de esta falda? -dijo Antonio metiéndole la regla bajo ella-

Que era muy corta

Antonio descargó por sorpresa un azote con la regla en el culo de Nuria, por encima de la falda -¡PLAS!- Ella gimió.

¿Qué? -incidió-

Que parecía una buscona -corrigió Nuria, cerrando los ojitos y mordiéndose los labios-

Eso es, muy bien -siguió hablando Antonio- Y eso es porque lo pareces.

Levantó poco a poco el extremo libre de la regla, subiéndole a su hija la minifalda. Se la dejó vuelta hacia arriba, enseñando el culo. Un culito perfecto. Llevaba unas pequeñísimas braguitas de algodón blanco. Por la pura esfericidad de sus firmes cachetes, quedaban remetiditas entre sus nalgas, dejándolas, en su mayor parte, al descubierto. La piel de su trasero era tersa y suave como un melocotón.

Pareces una puta -¡PLAS! Descargó un azote con la regla en el culo de Nuria-

¡Ah! ¡Si!

Y te lo sigues poniendo -¡PLAS!-

¡Ah! ¡Si! ¡Soy muy mala!

¿Lo eres? -¡PLAS!-

¡Ah! ¡¡Si, papi!!

¿Y qué te mereces? -¡PLAS!-

¡¡Aaah!! ¡¡Unos buenos azotes por ser una niña mala!! ¡¡Un buen castigo en el culito!!

Antonio dejó la regla, y dió el último azote con la mano. Ella gimió. Era la primera vez que  tocaba el culo desnudo de su hija. Lo agarró. Era suave y duro, perfectamente redondito. Notó cómo también la piel de sus pequeñas y femeninas nalgas se le ponía de gallina conforme se las acariciaba con su áspera y masculina manaza. Sintió un calor proveniente de la entrepierna de ella. Se fijó. Ésa zona de sus braguitas estaba completamente empapada. No podía más, su polla estaba a punto de hacer reventar sus pantalones.

Bájate las braguitas -le ordenó-

Ella asintió sumisa, y se llevó, sin cambiar la posición, inclinada como estaba, las manitas a las caderas. Se bajó las braguitas hasta un poco por encima de las rodillas, y volvió a apoyarse con las manos en el tablero de la mesa, agarrándola por el borde.

Antonio pudo ver la preciosa vulva de su hija. Estaba húmeda y brillante, perlada de gotitas.

He sido una niña muy muy mala papi -dijo Nuria hablando casi entre gemidos. Realmente estaba al rojo vivo, lo necesitaba-

Por toda respuesta, Antonio se desabrochó el cinturón y los pantalones, consciente del efecto del sonido de su hebilla y su cremallera a la espalda de su hija. Pareció incluso humedecerse más todavía al oírlos. Entreabrió aún más las piernas.

Antonio apoyó su cipote a la entrada de la vagina de Nuria. Su polla tenía la consistencia de una barra de acero. Dura, gruesa y venosa. Lento pero sin detenerse, la penetró toda la longitud de su pene. Fue como introducir un cuchillo caliente en mantequilla, ella estaba estrecha, pero ardiente y humedísima. Antonio no pudo reprimir un gruñido. No había sentido un placer así desde ni se acordaba cuándo. Nuria gemía a cada centímetro que él avanzaba, abriéndose paso por sus entrañas. Cuando llegó al final, cogió a su hija de las caderas y empezó a follarla a placer.

¡¡¡Oooh, joder, nena, siii!!!

¡¡¡Ahh, aahh!!!

A cada embestida se oían sus testículos chocar contra el culito de Nuria. Decidió darle lo que quería.

¡¡No eres más que una golfa!! -dijo, dándole un azote en en culo mientras la follaba ¡PLAS!-

¡¡¡Aaaahhhh, siii!!! -gimió su hija. Parecía disfrutar aún más si cabe con el juego que con el polvo-

¡¡A partir de ahora vas a hacer lo que te diga, o te bajaré las bragas y te daré lo que te mereces por el culo, ¿Me has oído, puta?!! -¡PLAS!-

¡¡Sí, papi, siii!! ¡¡Seré una niña buena, lo prometoo!!

La manaza de Antonio quedaba impresa, colorada, en los blanquitos y desnudos cachetes de Nuria a cada azote. Ésta parecía alcanzar el orgasmo con cada uno de ellos, y suplicar más y más. Antonio la agarró de la coleta con fuerza desde atrás, llevándole el ritmo de la follada, y con la otra mano cogió sus turgentes tetas por debajo del polo. Tuvo que hacer un verdadero esfuerzo por no correrse al sentir los suaves pechos y sonrosados pezones de su hijita, pero ya no aguantaría mucho más. Nuria, por su lado, parecía haberse corrido ya innumerables veces entre la follada y los cachetes. Cuando Antonio la cogió del pelo y tiró hacia atrás, ella exhaló un grito desangelado, las piernas le temblaron del brutal orgasmo, puso los ojos en blanco y abrió la boca en una mueca de exceso, cayéndosele la baba, en un hilillo, hasta la mesa.

¡¡¡Oaaaahhhhh siiiii, papáaaaaAAAHHH!!!

¿De verdad que lo vas a ser? -gimió Antonio ya descontroladamente-

Como para probarlo, ella se giró, dándose la vuelta. Sin sacarse la verga de su padre, se puso cara a él, sentada sobre el escritorio, y le abrazó con ambas piernas, y con los brazos. Le miró a los ojos. En su mirada había amor, gratitud, y una lujuria infinita. Devoción.

Si, papi, voy a ser una niña muy buena

Y le plantó un húmedo beso de tornillo en la boca. Antonio pudo saborear los labios de su hija y su lengua navegar en su boca, mientras ella movía endiabladamente las caderas hasta provocarle un demencial orgasmo.

¡¡¡Aaaahhh, me corro, Nuria, me corro, jodeeer!!! -gritó salvajemente Antonio notando cómo eyaculaba una brutal cantidad de semen en el interior de su hija-

¡¡Aaah, papi, si, joder, vamos, córrete dentro de mi, quiero sentir cómo me rellenas de lefaaa!!

Fue como si ella le exprimiese los huevos directamente con su coño, hasta que no le quedase ni una sola gota.

Tras el éxtasis, ambos se separaron, jadeando. Antonio se sentó en el sofá, y Nuria cayó hacia atrás, tumbándose bocaarriba sobre el escritorio. Al rató, Antonio habló.

Ve y dúchate y cámbiate de ropa antes de que llegue tu madre

Si, papi

Y después a estudiar, que mañana tienes examen. Y como saques una buena nota… voy a tener que darte unos azotes

Claro papi -dijo ella sonriendo, y dándole un beso-

Y obedeció.

Por PericlesJantipo(periclesjantipo@zoho.eu)

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