martes, 14 de enero de 2020

El Secreto de Beatriz


En algún lugar al oeste de Andalucía...

1
Estaba yo en mi miso jugando a la PS4 una mañana de verano, cuando tocaron al timbre. ¿Quién será? —pensé—. De mala gana me levanté sin camiseta, únicamente vestido con unos pantalones cortos, pues era verano y hacía calor.

Al abrir me sorprendió ver a mi vecina Aurora junto a su hija Beatriz, ambas muy sonrientes me miraron de arriba abajo, tal vez impresionadas por mi poca indumentaria, lo que me dio algo de vergüenza, pero me habían interrumpido en un interesante juego, ¿acaso esperaban que me pusiera la camiseta?

—¡Hola Guille! —dijo la madre muy sonriente.

—Hola Aurora —dije yo no tan sonriente.

—Verás Guille, es que tengo que ir a la peluquería y Beatriz siempre se aburre cuando viene conmigo y acaba desesperada, ¿te importaría que se quedase contigo?

Vaya papelito —pensé—, la mañana iba bien hasta ese momento: soledad, un juego para disfrutar de ella… Pero todo estaba a punto de romperse. Me pareció mala idea negarme aunque lo intenté.

—¿Tardará mucho?

—No, creo que no mucho —dijo Aurora restando importancia a la mentira que me estaba echando.

En qué quedamos, la niña se aburría porque tardaba mucho, ¿no?

—Bueno, no pasa nada quédese tranquila, venga Beatriz pasa —le dije a la hija.

Ésta me sonreía mientras se mordisqueaba la uña del dedo índice. Beatriz era morena, de pelo corto hasta el cuello, peinada hacia dentro, no era muy alta y estaba algo gordita. Yo la conocía desde pequeño. Beatriz no hablaba mucho, mi madre me dijo algo así como: “falta de oxígeno al nacer”, como causa de sus pocas palabras. Por lo demás entendía lo que le decías y se comportaba de forma algo tímida.

De pequeño recuerdo que jugaba con ella cuando nuestras madres tomaban café juntas, pero poco a poco ellas se distanciaron y yo con Beatriz también.

—Venga Beatriz, pasa y quédate con Guille, ¡jugará contigo! —le dijo la madre para animarla a entrar.

Pero sus insinuaciones no parecían tener mucho efecto en la hija, ésta me miraba y se sonreía. Ni los pequeños empujoncitos en su hombro por parte de la madre la animaban. Así que le tendí mi mano y tras un par de segundos de indecisión, ésta la cogió y pasó conmigo al interior de mi piso.

Me despedí de la madre, cerré la puerta y la llevé a mi habitación, donde tenía el juego de zombies al que estaba jugando. Nada más entrar, Beatriz se quedó mirando la pantalla y su cara de horror me dijo que ya no podía seguir jugando a aquel juego. Así que lo quité y puse otro de carreras.

La situación era algo incómoda la verdad, la senté a mi lado en la cama y me dispuse a echar alguna carrera. Ella me miraba interesada pero no decía palabra alguna, eso sí, me sonreía como antes.

—¿Quieres probar? —le dije ofreciéndole el mando.

Asintió con la cabeza así que le presté el mando y le indiqué por encima cómo acelerar, frenar y conducir. Pero la verdad es que no se le daba muy bien y terminó yendo por la hierba como si condujese un cortacésped en lugar de un bólido de carreras.

Lo cierto es que le hacía mucha gracia y comenzó a proferir alaridos y risotadas cuando se salía de las curvas a lo que definí como su especialidad: ¡cortar el césped! Bueno, si se divertía no pasaba nada supongo.

De vez en cuando le cogía el mando y trataba de enseñarla, poniendo mis manos sobre las suyas y mis dedos sobre los suyos en las palanquitas del mando. Así descubrí que olía bien, tal vez como la madre al entrar.

Y durante mis clases también descubrí lo suaves que tenía los pechos, al rozarme con ellos con mientras la enseñaba. Esto me provocó una súbita erección y supongo que me puse rojo, pero después de todo estábamos solos así que me recreé en dichos roces y sentí sus pechos achuchándose contra mis brazos todo el rato.

Entonces me entraron unas ganas tremendas de hacer pis, así que le dije que iba al baño y le pedí que esperase allí.

Cuando llegué al váter, mi pene estaba erecto así que no podía hacer pis en aquel estado, de manera que traté de relajarme un poco para ver si se aflojaba y se dejaba dominar para no poner todo perdido.

Por fin lo conseguí y mi agüita amarilla empezó a mezclarse con la clara del fondo del váter, oyéndose el sonido característico al caer.

Ya casi había terminado cuando me noté observado, giré la cabeza y allí estaba mi vecina Beatriz, tan sonriente como antes, observando atentamente mi miembro mientras hacía pis.

—¡Tu un pito es muy bonito! —exclamó para mi asombro y vergüenza.

—¿Tú crees? —dije yo terminado de escurrirlo.

—¡Si, es bonito! ¿Lo puedo acariciar?

Su pregunta me dejó pasmado y no supe que decir por unos momentos. Me limité  a cortar un poco de papel y a secar la punta.

—Pues, bueno, si quieres ven —dije sintiendo como se me aceleraba el corazón y comenzaba a latir con fuerza en mi pecho.

Tímidamente su mano rozó la punta y mi pito, como ella lo llamó, dio un respingo, como activado por un resorte oculto. Entonces lo cogió con firmeza y comenzó a masturbarme de una forma que me sorprendió aún más.

—¿Has hecho esto antes? —le pregunté pensando que la respuesta sería negativa.

—Si, ¡pero es un secreto! —dijo llevándose el dedo índice a sus labios y emitiendo un siseo.

No podía creerlo, la hija de la vecina no era la primera vez que cogía un pene y se notaba a juzgar por los meneos que le daba. No hace falta que diga que a estas alturas mi pene estaba ya en plena erección y apuntaba alto, mientras con su mano lo empuñaba con firmeza y lo movía perfectamente.

—¡Venga Beatriz, quien te ha enseñado! —insistí.

—No te lo puedo decir, es secreto… —se limitó a repetir.

Encelado como estaba me coloqué detrás de ella y le cogí los pechos abrazándola. Sus tetas me parecieron deliciosas, era la primera vez que tocaba unas de verdad y su tacto esponjoso y suave me turbó lo bastante como para meter las manos por su escote y tocarlas dentro del sujetador.

—¡Oh Beatriz! ¿Y qué más sabes hacer? —le pregunté entusiasmado.

—Se chupar, ¿quieres? —me dijo mirando hacia atrás.

2
Sin poder creer lo que mis oídos habían escuchado, dude por un momento, pero era mucha la tentación, así que la senté en la taza y me puse verga en mano delante de su cara.

Esta la miró extasiada, alargó su mano y yo me acerqué un poco más retirando la mía. Entonces me la cogió y la hizo entrar en su boca, comenzando a chupármela suavemente.

¡La sensación fue brutal! Nunca antes había experimentado algo así, pues lo confieso, era virgen. La dejé seguir unos minutos mientras disfrutaba de un gozo inigualable, acompañándola con movimientos míos de cadera, algo que pronto me pasaría factura si no paraba y cuando sentí que me corría me detuve.

—¡Para Beatriz! —le dije retirándola de su boca.

Esta se limpió la comisura con el dorso de su mano y sonrió.

—Si quieres que sigamos, también este será nuestro secreto, ¿de acuerdo? —le dije muy excitado.

—De acuerdo, también será nuestro secreto —repitió ella sonriente.

Entonces la levanté y me arrodillé ante ella, le subí el vestido y descubrí sus braguitas blancas. Con mis manos temblorosas bajé sus bragas y descubrí su poblada vulva, sin duda Beatriz no se depilaba y la madre tampoco vería necesidad de tal acto.

Lo cierto es que acariciar un Monte de Venus poblado de pelos cuando estaba acostumbrado a tanto porno de rajas depiladas, fue toda una novedad.

Comencé a besar sus muslos mientras le tenía el vestido por la cintura y al final este cayó por mi cuello y terminé bajo su vestido besándole la raja y buscándola con mi lengua ávido de saborearla.

Su sabor salado me embriagó y la lamí con mi lengua, degustando los jugos que de ella manaban, sin duda Beatriz también estaba excitada.

La llevé a mi cuarto y la desnudé. Fue algo muy excitante, pues era la primera mujer a quien desnudaba. Cuando la tuve delante, echada en la cama, tan blanca, con sus curvas generosas, pues Beatriz estaba gordita, como ya dije, no me pareció en absoluto fea, ni me acordé de los cuerpos escuálidos de las jovencitas de porno, aunque lo cierto es que en el porno había de todo.

Sonriente, ella esperaba echada en la cama y me tendió su mano, tal vez invitándome a cubrirla. ¡Pero qué digo, cómo iba a cubrirla! ¿Y si era virgen?

Decidí cerciorarme de esto último y me zambullí de nuevo en su raja, la penetré con mi lengua y saqué de ella cuantos gemidos podían oír mis oídos, como una música celestial. Beatriz respondía a mis caricias melosa y yo me deleitaba con su sexo en mi boca. Para no haber comido nunca un coño aquella mañana me harté.

Entonces pasé a penetrarla con un dedo y lo hundí hasta el fondo sin dificultad, y lo más importante, sin que Beatriz se quejase.

Presa de una excitación sin par, la penetré con dos dedos y de nuevo Beatriz me regaló sus gemidos de aprobación. Así que me lancé sobre ella y tragando saliva coloqué mi polla justo en la entrada de su coño y la paseé por su raja arriba y abajo.

Estaba dispuesto a perder la virginidad y por lo que había probado, Beatriz ya la había perdido antes, seguramente con la misma persona que la había enseñado a chupar pollas. Así que la penetré muy despacio, sintiendo entrar cada centímetro de mi miembro en su raja de labios gruesos cubiertos de pelo.

Beatriz gimió y se llevó las manos hacia atrás, mientras abría bien sus muslos para que llegara hasta el fondo y eso hice, empujé hasta que choqué con su pelvis llena de pelos y dicho sea de paso, éstos se mezclaron con los míos, pues yo también tenía mi pelambrera ahí abajo.

Respiré hondo y sentí el calor abrasador, era como si me quemase, ¡pero vaya sensación!  Intenté hacerlo despacio, así que comencé a sacarla y luego a volverla a meter, pero eran tales las ganas que en un par de segundos estaba dando enérgicas culadas mientras Beatriz arreciaba en sus gemidos y se aferraba a mi culo mientras la follaba.

No sé lo que aguantaría, pero dudo que pasara del minuto, mi excitación creció exponencialmente y cuando sentí que iba a estallar la saqué y comencé a esparcir mi leche sobre su barriga mientras me masturbaba con fuerza, sintiendo salir andanada tras andanada, mientras mi pene se contraía una y otra vez y yo mantenía los ojos cerrados.

Extasiado abrí los ojos y contemplé a Beatriz toda llena de leche mía, estaba respirando aceleradamente aún y me miraba con los ojos muy abiertos. Vi que mi leche llegó a alcanzarle hasta las tetas y me quedé contemplando el guarro y zafio espectáculo por unos segundos antes de caer en la cuenta de que tendría que limpiarla a conciencia.

Saqué una toalla de un cajón y esmeradamente limpié cada centímetro de su blanca piel, mientras Beatriz me sonreía y jugueteaba con mi pelo enredándose los dedos en él.

Cuando hube terminado la miré una vez más desnuda, sabía que la tendría que vestir ya, pues temía que la madre volviese así que era la despedida. Me acerqué a su cara echándome una vez más sobre ella y la besé en los labios. Esta me sonrió y me devolvió el beso.

Entonces le hice la señal del silencio y le rogué que guardase nuestro secreto. Ella asintió y me imitó con su dedo sobre los labios y un siseo característico.

Fui a la cocina y saqué zumo y algo de picar para ambos, luego la llevé al salón y le puse la tele. Así nos relajamos tras nuestro fugaz encuentro hasta que llegó su madre, una media hora más tarde.

—¡Buenas! —dijo una sonriente y arreglada Aurora.

—¡Buenas! —respondí algo cortado, temiendo lo que diría Beatriz a su madre, algo que me había atormentado mientras la esperaba.

Beatriz corrió a abrazarla y darle un beso delante de mis ojos.

—¡Hola mi niña! ¿Te lo has pasado bien con Guille?

Ahora vendría la respuesta que tanto temía.

—¡Sí! ¡Guille es muy bueno, me ha invitado a zumo y patatas fritas! —dijo Beatriz para mi alegría.

—¡Eso está muy bien! —exclamó Aurora—. Muchas gracias por cuidar tan bien de mi hija —añadió mirándome a los ojos.

La madre, a diferencia de la hija, lucía una melena rubia de bote, melena que se había retocado hoy en la peluquería, pero que le sentaba bien. Como mujer madura, se conservaba aceptablemente, luciendo un generoso escote, con unos pechos como melones, en los que me fijé nada más verla llegar en la mañana.

—Ha sido un placer cuidar de ella Aurora, es muy buena chica, si necesita que se la cuide otro día, no dude en pedírmelo.

—¡Qué amable por tu parte Guille! Para agradecértelo me gustaría invitarte a comer algún día, ¿te gustaría?

—No tiene porque hacerlo, pero aceptaré encantado si quiere.

—Muy bien, ya te avisaré —dijo a modo de despedida cogiendo a su hija por la cintura.

Así que contento y feliz como una lombriz, cerré la puerta, suspirando por volver a poder estar a solas con Beatriz, la dulce e inquietante Beatriz. ¿Quién sería su maestro? —me preguntaba mientras volvía a mi cuarto para descansar.

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