martes, 7 de enero de 2020

Mi Lolita


Ca, Cami, Camila, Camilita. Puta, putana, putita. Digo su nombre y mis garras se estremecen, mi boca añora el sabor de la cereza que tenía entre las piernas. La recuerdo: piernas delgadas, largas, lampiñas, las rodillas lastimadas por subir a los árboles a coger fruta. Era el encuentro anual de la promoción de la Escuela de Literatura. Un año más.

La mocosa había crecido. Pero ni tanto, seguía siendo una niña. Subió al columpio y se elevó por los aires. Le vi el calzoncito blanco con mariposas y quedé prendado de ella.

¿Cómo va tu libro de relatos, Agustín? Ahí, a paso lento. Si ganara un buen premio literario, solo me dedicaría a escribir. Carlos había firmado contrato con Alfaguara para publicar Recuerdos de una puta. Rafael, con unas copas de más, dijo que Planeta le había ofrecido su multimillonario y codiciado premio por La loca del colegio, un homenaje a Martha Lucía, su ex.





Ella seguía subiendo y bajando. Era la única hija de Chichi y Gustavo. Bonita la niña, iba a ser una hembra espectacular dentro de algunos años. Puta que si a mí me ofrecieran el Planeta, me volvería loco. Ni tanto, es un premio desprestigiado. ¿Quién se acuerda de la María Pau Janer? Bayly no ha vuelto a escribir nada interesante después de ese polémico galardón. Subía y bajaba. Yo prefería que esa niña estuviera en mis brazos a tener el Planeta. En mis brazos y desnuda. Ahí estaba su calzoncito blanco con mariposas cubriéndole El Secreto. Debía tenerla peladita. ¿En qué piensas, Agustín? En nada. ¿Te llamaron los de La Católica? Ni mierda. Y ni me importa. Si a este huevón le han ofrecido el Planeta, a mí me darán el Seix Barral, el Primavera o el Nadal por Llámame puta. ¿No era un nuevo talento según La Católica?

Ya llegaría el día en que los jodiera. Bajó del columpio y fue a lavarse la cara y las manos. Un minuto después, se acercó con una bandeja llena de copitas de vino. Sírvase, señor. Mi hija, Agustín. Hola. Camila, él es Agustín, finalista del último premio PUCP, premio Cuentos Ciudad de Trujillo, Premio Horacio, premio Sex o No Sex. Este cabrón está arrasando con todos los premios que hay en el Perú. Solo le falta el Copé y el de las Mil palabras. Oh, mucho gusto. Un besito cerquita de los labios. Esos labios debían ser suavecitos. Tenía el aliento fresco, limpio, no viciado como el de tantas chupapingas que habían pasado por mis armas. ¡Putas y haciéndose las estrechas! ¿En qué año está tu niña? En tercero. Tendría trece o catorce añitos. Tenía un buen culito. Tenía unas tetitas.

Ah, tenerlas en los labios. Morderlos. Chuparlos. Una pesadilla tener una hija. ¿Por? Los lobos están que le echan el ojo. Cualquiera. Alguien se la tiene que tirar, ¿no? Mmm. Lástima que no sea yo. Risas. ¿Y qué te pareció Los detectives salvajes? Hasta yo lo hubiese escrito mejor. Creo que exageran con Bolaño. Carajo, Bolaño, en mi modesta opinión, escribe mucho mejor que tantos huevones que pululan por ahí. La chiquilla volvió con bocaditos. ¿Es cierto que fue finalista en el último premio PUCP?

Sí. Papá también participó. Una pena que no haya obtenido ni una mención. Será para la próxima. Leí su libro de cuentos. ¿En serio? Sí. Me encantó La chica del cine. ¿En quién se inspiró? En una chica que gusta de ver películas hechas a partir de novelas. ¿Y Lima-Aruba-Ámsterdam? En Burralinda, una amiga burrier presa en Santa Mónica.

Esta nena me había leído bien. ¿Es cierto que usted tiene su taller de creación literaria? Sí. Pero tu padre también escribe. Escribe huevadas, dijo. Aburre. Demasiado académico. ¿Por qué cree entonces que perdió el premio PUCP? Usted sí me hace reír.

¿Por qué puso tantas lisuras en Karaoke mexicano? Ay, Camila, no seas tan preguntona con Agustín, le reprochó su madre, que acababa de llegar. La tía tenía fama de haberle puesto unos buenos cuernos a su marido. ¿Y cómo hago para entrar a su taller? ¿Cuánto cuesta? Nada. Es gratis. Yo no lucro con el talento. No soy La Católica. ¿Seré talentosa?

Eso se descubre escribiendo. ¿Escribes? Poemas nomás. Date una vuelta por el taller cuando quieras. Gracias. Carlos hablaba de los cuentos de Cortázar. Tu Tiempo de morir tiene aires cortazarianos, Agustín. Era el primer huevón que lo notaba. ¿Quién es mejor, Cortázar o Borges? A Borges no lo pasaba ni con vaselina. De los argentinos me quedo con Cortázar y Puig. Mi hija es un talento en bruto. Se ha leído toda mi biblioteca. Te felicito, huevón. No cualquiera tiene una hija bella e inteligente. Adoro a García Márquez, dijo Consuelo, sumándose al grupo. Gabo siempre me ha llegado a los cojones, dijo Carlos. Estás picón porque a los ochenta años a ti apenas te llevarán un ramo de flores a tu tumba. Y eso. Risas. A ver si me la moldeas. La dejo en tus manos, Agustín. El tío me miró como diciéndome no te vayas a tirar a mi princesa, dicen que eres gay, pero por un culito como el de Camila eres capaz de sacar al macho que llevas muy adentro de ti. Ella se apareció con más vino. Sírvase, Agustín. Gracias… Camila, me llamo Camila, pero si quiere, puede decirme Cami. Cami, Camila, Camilita. Puta, putita. El resto de la reunión transcurrió sin novedad alguna.
Dos días después Camila cruzó las puertas de mi taller. Estaba más linda de lo que la recordaba. Llevaba una minifalda blanca que dejaba ver en todo su esplendor sus largas y elásticas piernas. A esta nena me la tengo que tirar, pensé.

Esa vez hablamos de Donoso, de Vargas Llosa, de Onetti, de Fuentes, Cortázar, Puig, mis héroes literarios, y de los nuevos como Fuguet, Loriga, Mañas, Muñoz Molina.

–Mi viejo no los tiene en su biblioteca –se quejó Camila–. Ese huevón lee a los clásicos nomás, por eso aburre.

Me hizo reír.

–¿Es cierto que eres gay, Agustín? –me preguntó a bocajarro.

–Así dicen las malas lenguas.

–¿No se te para el pipí o qué?

–Claro que se para, pero con ayuda.

Risas.

–¿Y cuánto mide?

–Caramba, esas cosas no se preguntan, Camila.

Rió. Esta niña es un ángel de alas negras, pensé, recordando las palabras de Pía. Hablamos de Isabel Allende, de Laura Restrepo. Le presté Delirio, que no me había animado a leer desde que me lo regalaron. Lee y aprende, le dije. Leyendo se aprende a escribir. Y practicando. Hay que escribir todos los días. ¿Cómo empezaste a escribir, Agustín? Es una larga historia. Algún día te contaré.
Eso fue todo por ese día. No la podía sacar de mi pensamiento. Me la corrí con ella un par de veces. ¿Qué mierda me estaba pasando? ¿Yo fijándome en mocosas? Debería cerrar el taller, irme de vacaciones, buscar un culo de mi edad. Dos días después, volvió a cruzar las puertas del taller.

–¿Has leído Las edades de Lulú? –me preguntó.

–Hace años.

–¿Lo tienes en tu biblioteca?

–Debo tenerlo.

Se puso a buscarlo. Como no estaba en las primeras filas del estante, subió a una escalera. Ese día llevaba minifalda. Desde mi privilegiado lugar, podía verle las nalgas redondas y blancas que no alcanzaba a cubrir su calzoncito celeste. Mi verga estaba dura como los cuernos de un toro.
Lo encontró. Se lo presté. Esa noche no pude dormir pensando en lo que Camila estaría leyendo. Se estaría mojando, se estaría metiendo el dedito. Ah, debía tener una cerecita deliciosa. ¿Hace cuánto tiempo que no tenía una cereza jugosa en las fauces? Años ya. Me la corrí una y otra vez presa del delirio. El fin de semana al fin la vi aparecer en el taller. Estaba más linda que nunca. Me pareció que había crecido.

–Aburrido Las edades de Lulú –me dijo.

–¿Por?

–Ay, no sé.

–Tú eres muy exigente, Camila.

Rió.

–¿Será verdad todo lo que cuenta Almudena?

–Debe ser.

–Yo no me dejaría afeitar la chucha por nadie –dijo.

Decidí arriesgarme:

–¿Y si la tienes lleno de pelitos?

Me miró.

–Ay, no sé.

–¿Lo tienes peluda o pelada?

Me miró.

–¿Tú qué crees, Agustín?

–Mmm. A tu edad, supongo que apenas tendrás una pelusita.

Soltó una carcajada.

–¿Se lo has visto a una chica de mi edad?

–No.

–¿Qué darías por vérmela?

–No sé. Qué quieres tú.

–Vértela. Una con otra. ¿No te parece justo?

–Claro que sí.

–Tú primero.

Me bajé el pantalón. Se rió.

–¿Tan chiquita la tienes, Agustín?

–Es que está dormida. Si la tocas, despertará.

–Ay, qué asco, parece un gusano.

–Tócala.

Me la tocó. Tenía las manos suaves como el algodón. Sigue dormida. Muévela para que se despierte. ¿No me picará? Claro que no. Empezó a movérmela hasta que se puso dura.

–Oh, era grandota. ¿Todo eso se la metes a una chica?

–Sí.

–Me la metes, y me matas –dijo.

Reímos. Si quieres, la puedes probar. Ni loca, Agustín, yo pienso llegar con la cereza intacta al matrimonio.

–Ahora te toca a ti.

–¿En serio me lo quieres ver?

–Sí.

–¿Pero me prometes que no te vas a reír?

–No, nena. No me reiré.

Se sentó con las piernas abiertas, apartó su calzoncito y allí estaba su cereza perfectamente dibujada. Despedía un aroma a flores. Tenía apenas una pelusita.

–¿Te gusta?

–Sí. ¿Le puedo dar un besito?

–¿No te dará asco?

–Claro que no.

–Bueno, si quieres.

No me hice repetir la invitación. Me puse de cuclillas frente a ella y hundí mi boca en su sexo. Primero fue un contacto delicado, breve, como en un sueño, luego aparté sus labios y busqué con mi lengua su clítoris. Se lo manipulé hasta hacer que se pusiese duro. Lo chupé, succioné, lamí. Lamí sus labios vaginales, su ingle, escalé su Monte de Venus abriéndome paso por entre su escaso follaje. Fue delicioso, nunca había gozado de las mieles de una criatura, puras putas nomás habían habido en mi vida. Camila gemía como una gatita en celo. Se ve que yo tenía una lengua experta en los menesteres amatorios. Manipulé su clítoris hasta que sus largas piernas fueron presa de descontrolados movimientos y estalló en un múltiple orgasmo.

–Ahora te toca a ti –le dije.

–¿Quieres que te lo bese?

–Me gustaría.

–¿Cómo lo hago?

–Como si fuera un caramelo.

–Me corriges si me equivoco.

Yo la tenía dura. Huele feo, dijo, respingando la nariz. Pero te gustará. Ojo que tu cereza tampoco huele muy bien que digamos. Risas. Está muy salada, dijo, después de darle el primer lenguazo.

–Métetelo en la boca nomás.

–Lávatelo. Tampoco me voy a meter cualquier cosa en la boca, ¿no?

Mierda, esta chiquilla es especial. Me lo lavé bien.

–Ahora huele mucho mejor –dijo.

Un lenguazo, un besito, métetelo ya. Se lo metió. Se lo tragó todo la muy putita. Tenía la boquita caliente. Le agarré la cabeza y se lo empecé a meter y sacar. Qué rico. Verla con los ojos abiertos clavadas en mí me excitaba. Verla media asfixiada por el volumen de mi verga era un espectáculo único. Me moví hasta derramar un río de semen dentro de su boca. Casi lo vomita todo.

–Te has orinado en mi boca –protestó.

–Es semen, amor.

–Qué asco –dijo, mientras se acomodaba el calzoncito y la minifalda.

–¿Vienes mañana? –le pregunté, esperanzado.

–Sí –dijo–. Me gustó que me beses abajo.

Por Agustín de Luisa

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