jueves, 20 de febrero de 2020

Virgos fuera


Desde muy niños mi prima Monchita y yo jugamos juntos. Vivía muy cerca de mi casa y cada vez que yo salía a jugar al camino, Monchita, aparecía. Era cómo uno de esos amigos que sales a la calle y sin decir nada se pone a caminar a tu lado, y si le dices que vas a comprar a la tienda, te dice que te acompaña. Ella hacía eso para todo. Se pegaba a mi lado y lo mismo iba al cine que yo iba que me acompañaba a robar fruta... Yo jugaba con ella a la comba, al pañuelo, a la rayuela, a la gallinita ciega.... Éramos uña y carne. Crecimos juntos. Vi cómo nos salían espinillas. ¡Joder con las espinillas! No me podía ver una... Apretaba con las dos uñas de los dedos pulgares y salía el pus a toda hostia. Me dolía de verdad, pero la dejaba porque ella disfrutaba. ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Vi cómo crecía, cómo sus piernas se hicieron largas y perfectas, cómo le salieron higuitos, que luego se hicieron limones... Vi cómo se fue haciendo más bonita cada día, y cómo todos los cambios de su cuerpo llevaron a que un hijo de... Un hijo de papá, la separara de mí.

Una tarde que estaba apastando mi burra en una cantera abandonada llegó Monchita a traerme la merienda, traía un bocadillo de membrillo para ella (se lo había hecho la madre) y una tableta de chocolate con leche y media barra de pan para mí. Al abrir la bolsa de tela, después de los bocadillos sacó una botella de vino tinto. Le pregunté:



-¡¿A quién le robaste el vino, gamberra?!

-Lo compré en la tienda junto al chocolate que me mandó comprar para ti tu madre.

-¡Si no bebemos! Nos va a hacer daño.

Se puso chulita.

-¿Tienes miedo a emborracharte?

-Lo que tengo miedo es que te emborraches tú y lleve yo la culpa de que te emborraché.

Era la dueña de la situación.

-¡Baaaaaah! Mi madre bebe un cuartillo de vino a la comida y no le hace nada.

De pie, le quitó el corcho a la botella y a morro echó un trago largo. Al acabar de beber, me miro, cerró los ojos, miró para abajo y me dijo:

-Estás borroso.

Con un trago ya estaba mareada.

Monchita levantó los brazos y se quitó la goma del pelo con el que se hacía una coleta. Llevaba puesto un vestido azul sin mangas y le vi los pelos de los sobacos. Ya no la vi cómo a una amiga. Si tenía tantos pelos en los sobacos, en el coño debía tener un bosque. Le pregunté:

-¿Por que te soltaste el pelo?

-Quiero estar guapa para tí.

-¡Uy qué peligro tienes!

Sonrió cómo solo ella sabía hacero, excitando.

-Di que sí.

-¿Ya no me ves borroso?

El vino le soltara la lengua.

-No. ¿Sabes lo que dicen mis amigas de nosotros?

-Que pudimos ser novios. Mis amigos también lo dicen.

-Ya que lo dicen.... ¿Quieres ser mi segundo novio?

-Eso lo pregunta el vino o tú.

-No estoy borracha. ¿Quieres serlo?

-¿Quieres que sea segundo plato?

-Dicho así suena mal.

Quise entrar al ataque.

-Los novios se besan.

-Por unos besos...

-Y hacen cochinadas, ¿Quieres hacer cochinadas conmigo?

-Otra vez suena mal.

-Eché el freno.

-¿Comemos los bocadillos?

Lo tomó a contra pecho. Con cara de pocos amigos, me preguntó:

-¿No te gusto?

-Claro que me gustas, eres la chica más guapa de la aldea.

Rompió a llorar.

-¡Pero no quieres ser segundo novio de quien te dio 16 años de su vida!

El vino le había hecho más efecto del que yo pensaba. Le dije:

-No bebas más que te puede dar algo.

Se limpió las lágrimas con el vestido y al levantarlo, sin darse cuenta, me enseño sus bragas blancas.

-¿Me deseas?

-Claro que te deseo.

Iba a piñón fijo.

-¿Entonces por qué no quieres ser mi segundo novio?

Se echó otro trago. Me levanté y le quité la botella. Me plantó un beso en la mejilla. Le dije:

-Si no estuvieras borracha...

Se sentó sobre la hierba, se echó hacia atrás, y coqueteando, me dijo:

-¿Qué me harías, travieso?

-Ya te lo diré cuando se te pasen los efectos del vino.

Dio palmaditas sobre la hierba, y me dijo:

-Siéntate aquí que te quiero contar una historia.

-Ni borracho me sentaría a tu lado. No quiero aprovecharme.

-¿No quieres saber en que pensé al hacerme la última pera (dedo)?

Ya me importó una mierda que estuviera contenta. Le eché un trago a la botella que casi la dejo seca. Empecé a marearme y me senté a su lado. Estaba a su vera y parecía que la veía entre la niebla. Sus palabras me llegaban de muy lejos, cuando me dijo:

-Pensé que me untabas las tetas de chocolate y me las comías y después que me untabas el coño con membrillo y me lo lamías mientras yo acariciaba la pepita (clítoris).

Ya la veía bien.

-¿Te corriste?

-¿Para que se hace una pera?

Ya tiré para delante.

-Chocolate tenemos y membrillo también. ¿Quieres hacer cochinadas?

-Solo si quieres ser mi segundo novio.

Le respondí:

-Vale, soy tu segundo novio.

-Así me gusta -agachó la cabeza-. Baja la cremallera de mi vestido.

Monchita medía un metro sesenta y seis, era morena y en los meses de verano su moreno parecía de mulata. Sus ojos de un color azul intenso brillaban en su cara como luceros, sus labios eran gruesos, su nariz chiquita y su cabello era de color negro azabache.

Le bajé la cremallera, que tenía a su espalda. Se quitó el sujetador y bajó el vestido hasta la cintura. Eché la mano a la tableta de chocolate, y al abrirla. ¡Sorpresa!, con el calor estaba media derretida. La cogí en la mano y pringué con ella palma y dedos. La pasé a la otra mano y después la metí entre el pan. Le eché las manos a las tetas, unas tetas cómo naranjas, con areolas de color marrón oscuro y pequeños pezones y se las embadurné de chocolate. Magreándolas, me beso. Nos gustó tanto el beso, que nos seguimos besando por cinco o seis minutos, y eso que eran besos sin lengua, pues aún no sabíamos que se daban con ella... Al comerle las tetas el chocolate que echara sobre ellas ya estaba seco. Mientras se las lamí y se las chupé, lentamente, cómo si estuviera saboreando un pastel, Monchita, se quitó el vestido y quedó en bragas y sandalias. Vi cómo su mano derecha se perdía dentro de sus bragas. Algo después cogí su bocadillo de membrillo. Al ver cómo lo cogía levantó el culo y quitó las bragas y las sandalias. Vi su coño rodeado por una gran mata de pelo negro. Ya me había pasado el contento. Ahora lo que tenía era la polla tan empalmada que quería romper la cremallera de mi pantalón. Monchita abrió las piernas de par en par y flexionó las rodillas. Le unté el coño con membrillo. Estaba tan mojada que mis dedos resbalaban por sus labios. Luego se lo lamí. Monchita se acarició la pepitilla con un dedo, lo apretaba contra ella y lo frotaba de abajo a arriba y de arriba a abajo. Pasados unos minutos levantó la pelvis. Me pregunté porque hacía eso. Lo supe cuando comenzó a quejarse cómo si le doliera algo. Yo había seguido su coño con mi lengua, y de repente, cómo si del pitorro de un botijo se tratase, salió un chorro de jugos calentito que entraron en mi boca y bañaron mi cara. Se había corrido y yo casi me corro en el calzoncillo. 

Quedó sin fuerzas y tirando del aliento. Estaba más bella que nunca. Al recuperarse, me preguntó:

-¿Me enseñas cómo hacéis la pera los hombres?

-¿Quieres aprender para hacérsela al mamón ese?

-No.

Saqué la polla. Al verla, exclamó:

-¡Coñooooo! ¡Vaya chorizo gordo tienes ahí!

Moví la mano de arriba abajo y de abajo a arriba.

-Se hace así.

Me cogió la polla y me la meneó.

-Es fácil.

-¿Me la chupas?

Metió la polla en la boca, al sentir el contacto de su lengua con mi glande me corrí, a Monchita le comenzaron a dar arcadas. Dejó de menearla y me dijo:

-¡Voy a vomitar!

Vomitó echando fuera la comida y todo el vino que había tomado. La leche siguió saliendo de mi polla. Aquella peste que echaba el vómito no me cortó la corrida. Al acabar de vomitar, con los ojos llorosos, me dijo:

-Sabía a carne cruda.

-Pensé que fuera por la leche que te dieran las arcadas

-No, fue por el sabor a carne cruda de la cabeza de tu nabo.

-La próxima vez la asamos -bromeé-, y si eso le echamos unos pimientos.

Volvió a sonreír. Enjuagó la boca con vino, hizo gárgaras, lo escupió, y después, sin ninguna vergüenza, me dijo:

-Tengo ganas de mear.

Quedé cortado. Yo nunca le diría eso a una mujer. Le dije lo que me vino a la boca.

-Nunca vi mear a una mujer.

Puso las manos en su cintura, después en sus anchas caderas, y muy seria, me dijo:

-¡Señor Enrique, es usted un cerdo! -me acarició el cabello-, pero esta se la voy a pasar.

La estaba viendo y no me lo acababa de creer. Mi prima estaba en pelotas, mostrándome su delicioso coño y sus preciosas tetas. Le dije:

-¿A ti no te picaría algúna bicha?

Sonrió y me dio mala espina. Se agachó a mi lado, abrió con dos dedos el coño, y me preguntó:

-¿Ves ese agujerito que tengo en la parte de arriba?

Veía un agujerito. Si era por donde se metía la polla por allí solo cabía la cabeza de un alfiler. Pero no era aquel agujerito, no, era otro, y por él salió un chorro de meo que me puso la cara perdida. Me aparté dando un brinco cómo lo daría un gato para escapar del agua. Le dije:

-¡Cerda!

Mi burra comenzó a rebuznar. No se si alguna vez visteis como mueve la boca una burra cuando algo le hace gracia, la mueve hacia los lados y se ríe. Sí, las burras se ríen, y la cabrona estaba rebuznano y riéndose de mí. Monchita también rompió a reír y con la risa el meo se salió a chorros cortitos y largos. Al acabar de mear y de reír, me dijo:

-¿No querías saber cómo mea una mujer, guarro?

-¡Sí! Pero no cómo mea por mí, cochina.

Rompió a reir de nuevo. ¡Que maldad tenía la chavala!

-Lavémonos en el canalillo para quitarnos el olor.

Cogió su ropa, se calzó las sandalias y fuimos hasta el canalillo, que pasaba a unos diez metros de donde estábamos.

El canalillo era un canal de unos veinte centímetros de alto y cuarenta de ancho hecho con piedras y con cemento, de unos dos kilómetros de largo que iba desde una fuente a un embalse y con esa agua se regaban los cultivos.

Monchita, en un lugar de poca visibilidad, entre acacias, me lavó la cara con agua. Estaba muy seria. Y sin perder esa seriedad, me quitó la camiseta, los pantalones, los calzoncillos y las playeras. Yo me dejé hacer y tampoco dije nada. El silencio que había entre los dos lo decía todo. Al estar desnuda hizo que me echara al lado del canalillo, donde había hierba verde. Se echó encima de mí. Nos besamos otra vez largo rato. Saboreando sus dulces labios, sintiendo su olor a jabón de la Toja. sintiendo su calor corporal, el tactol de sus duras tetas, el de su plano vientre, mi polla latía como el corazón de una potra desbocada. Cuando cogió mi polla y la acercó al coño presentí la tragedia. Empujó con el culo y lo rompió todo, su himen y mi frenillo. Los ojos se le cerraron, cuando los abrió los tenía llorosos, pero no se quejó. Me preguntó:

-¿Eres consciente de lo que te acabo de dar?

Le mentí.

-Sí, por eso lloro.

Lentamente la fue metiendo. Me besaba. Sus besos me sabían salados. Era el sabor de sus lágrimas. Jamás había visto a una mujer tan dura. De su garganta no salió ni un quejido de dolor. A mí me escocía la polla pero me gustaba.

Mi polla, herida, latía dentro de su coño. Aguanté más de veinte minutos. Cando ya dejara de llorar y sus gemidos eran de placer, no pude más, tuve que quitarla y correrme sobre la hierba.

Al acabar de correrme se quitó de encima y se echó boca arriba en la hierba. Sonreía. Sin haberse corrido estaba feliz. Me dijo:

-Nunca fuiste el segundo.

La besé, y le dije:

-Lo sé, me lo acabas de demostrar.

Metí mi cabeza entre sus piernas. No sabía comer un coño, pero viera cómo acariciaba ella la pepita. Así que le cogí las tetas, apreté mi lengua contra la pepita y lamí de abajo arriba y de arriba abajo. En nada, y cuando digo en nada es en nada, me dijo:

-Me voy a correr.

Le metí la polla, despacito. El placer que la estaba acercando al orgasmo se le fue... Un cuarto de hora después, más o menos. Me clavó las uñas en el culo. Me metió un bocado en los labios, y sacudiéndose debajo de mi soltó una corrida tan intensa y tan larga que en la cima del placer perdió el conocimiento. En cuestión de segundos lo recuperó. Cuando abrió los ojos, me dijo:

-Te quiero.

Pasaron muchos años de eso. Hoy solo sé de ella que tiene my mala hostia y que como tarde en ir a la cocina a comer me va a echar la bronca.

Por Quique

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