viernes, 17 de abril de 2020

Diario Sexual de una Adolescente Parte 1


Aprendí sobre el sexo desde muy joven.

No todas las personas poseen una madre que se preste de forma tan abierta y liberal a que su hija experimente desde joven lo que es la sensualidad, y se inicie lo antes posible en el mundo de las experiencias eróticas.

Tal vez todo comenzó un día, cuando era muy pequeña, en el que vi a mamá amamantar del pene del cartero, aunque en aquel momento no supe muy bien lo que estaba pasando.  Mamá ya habría cumplido los treinta y cinco y el chico que repartía el correo era un jovencito de veinte años, tímido, pero enamorado de las tetas de mi madre. A mí me parecía un hombre atractivo, pero para mamá no dejaba de ser un yogurt, muy bien dotado, con el que desayunarse casi todas las mañanas.

Aquel día no había clase y mamá debió de olvidarse de que yo jugaba en el jardín trasero. El cartero llegó sin verme ni yo verle a él.

Escuché ruidos raros y entré en casa para ver que sucedía. Me moví con sigilo. Miré clandestinamente a través de la rendija de la puerta de la cocina y vi a mamá arrodillada junto al fregadero, escupiendo en el pene del chico mientras le masturbaba lentamente.



¡Dios mío! Jamás había visto el pene erecto de ningún hombre, tan solo la pequeña colita de algún niño orinando. Aquel descomunal cilindro de carne con el que jugaba mamá, aparentemente hipnotizada, era algo totalmente novedoso para mí. Él estaba apoyado en la pila, con el cinturón desabrochado y la cremallera y los calzoncillos bajados. Se le veían los testículos y desde las dos bolas peludas brotaba un leño venoso, totalmente hinchado y duro. La cabeza redonda en la que terminaba el pene, enrojecida y con la forma de un casco, brillaba por el efecto de la saliva de mamá.

El chico tenía la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados y emitía unos ruidos que me parecieron en principio como si mi madre le estuviera haciendo daño. Pero enseguida descubrí que sus quejidos eran debidos al placer que le proporcionaba lo que mamá le hacía con las manos y la boca.

Mis ojos quisieron salirse de sus órbitas cuando vi que mi madre lamía el pene cómo si fuera un caramelo, pasando la lengua y luego tragándolo hasta la mitad, metiendo y sacando el caramelo carnoso del cartero de su boca con un ritmo lento, pero sin parar. Lamer, tragar, lamer y tragar. Todo mientras sus manos igual acariciaban los testículos que le agarraban del culo sobre el pantalón.

El joven cartero balanceaba las caderas adelante y atrás, sin parar de gemir y suspirar.

– ¡Me vas a matar, zorra! –dijo de repente.

Me asusté de momento, hasta que descubrir que mi madre no le iba a hacer nada malo. No iba a matarlo, desde luego no así.

Durante años, permanecería en mi mente la visión del final de aquella escena. Mi madre tragó entero el pene, hasta pegar su nariz en el vientre tembloroso, cuando sintió que él iba a explotar. Los gemidos de placer del chico crecieron de repente y en pocos segundos, vinieron unas poderosas contracciones de todo su cuerpo. El semen espeso y blanco, tras inundar toda la boca de mamá, brotaba de la comisura de los labios con la base del bastón, desbordando la abundante leche que el chico no dejaba de manar.

Cuando crecí un poco más, recordando aquellas escenas que me perseguían, no pude evitar colocar mi mano entre las piernas y tocarme más de una vez. Pero lo cierto es que la inexperiencia hacía que me tocase sin mucho éxito, sin encontrar todo el placer posible. Sólo sabía que me gustaba tocarme y acariciarme en todas las partes de mí.

Cierto día en el que estaba en la bañera con mamá ella me preguntó:

–Katia. ¿Has tenido ya tu primer orgasmo?

– ¿Orgasmo? Pregunté girando la cabeza hacia ella.

Mamá estaba sentada en la gran bañera y yo también, entre sus piernas de espaldas a ella. Mi cabello cubría sus senos abundantes y ella me abrazaba cariñosa.

–El orgasmo sucede cuando el placer obtenido de las caricias en el cuerpo se eleva como un ave gloriosa sobre el cielo.

–Creo que no he sentido eso todavía, mamá–respondí sin saber muy bien si había acertado o no. Pero me acordé del cartero y de su eyaculación tremenda. Y con la inocencia de una niña pregunté:

– ¿Cómo cuando le lamiste el pene a aquel cartero?

Mamá rió a carcajadas.

– ¡Así que nos estabas observando! –exclamó mientras y asentía tímidamente con la cabecita.

–Si hija. Lo que le sucedió a aquel chico fue un orgasmo. Pero las mujeres no derramamos leche blanca, sino una especie de aceite transparente.

Las manos de mamá subieron acariciando mi vientre hasta colocarse una sobre cada uno de mis senos.

–Katia. Si te duele un poquito lo que te voy a hacer aguanta.

– ¿Qué vas a hacer mamá?

–Tú aguanta –me dijo mientras pellizcaba mis dos pezones con fuerza.

Refrené un grito que quiso salir de mi boca. Pero no pude evitarlo en el segundo pellizco en mis pezones, aún más fuerte. Realmente me había hecho daño.

– ¡Auuu mamáaa! Me haces daño.

–Aguanta –dijo mientras me propinaba un tercer pellizco, tan fuerte como el segundo.

Mis pezones se hincharon y dejé de gritar. No porque no me doliese, que sí. Sino porque comenzaba a sentir cierto regusto en aquel dolor. Mi gesto era de sufrimiento. Mi cabecita entre los pechos de mamá y mi espalda contra su vientre. Finalmente mi trasero encajado entre sus piernas rozaba los vellos de su sexo.

–Ahora tendrás los pezones mucho más sensibles –dijo finalmente después de ocho o diez pellizcos y enseguida comenzó a acariciar con increíble suavidad, en pequeños círculos de las yemas de sus dedos anulares sobre mis botones doloridos y sensibles. Apenas rozándolos.

–Seguro que esto te gusta más.

Asentí con la cabeza. Era la primera vez que una caricia tan liviana provocaba una ola de placer tan inmensa en mi cuerpecito.

–Debes procurar que los chicos te lo hagan así y también experimentar con tu cuerpo tú sola, en busca de la forma en que obtengas más placer –dijo sin dejar de amasar y rozar sus dedos en mis aureolas. La piel de mi trasero se erizó y mi coñito comenzó a producir el aceite que mamá había dicho.

–Katia, abre bien las piernas –me dijo buscando con su mano derecha mi rajita, mientras la izquierda volvía a pellizcar el pezón con firmeza, pero más dulce.

Yo gemí. Mezcla de dolor y un intensísimo placer.

–Esto que estoy tocando ahora es el clítoris–me susurró en el oído y después apartó el pelo y comenzó a lamer mi oreja. Aquel dedo había ido directo al punto más sensible de mi anatomía. Mis muslos temblaban y mis manos los agarraron para sujetarlos y también para sujetarme en mí misma.

¡Ufff…! Tenía los pezones como escarpias, doloridos, acariciados, pellizcados, amasados; la mano derecha de mamá recorriendo en círculos mi clítoris y de vez en cuando jugando a hundirse en mi rajita; y su boca lamiendo mi oreja y mordisqueando el lóbulo.

–Hija, abandónate a tus sensaciones. No te resistas, ni te preocupes. Llega hasta donde tengas que llegar.

–Mamá –dije jadeando.

– ¿Qué hija?

–No pares.

Metió casi toda su lengua en mi oreja, pellizcó mis pezones y los acarició con la mano izquierda. Ambos pechos, por turno. Y su mano derecha me apretó contra ella aferrándome desde el coñito. Sentí su sexo contra mis nalgas y dos de sus dedos en mi rajita mientras me masajeaba el clítoris con la palma de la mano.

Las contracciones de mi orgasmo fueron espasmos brutales mientras ella me apretaba en un abrazo tierno y me susurraba en el oído. Goza Katia, goza.

–Lo que acabas de tener ha sido un orgasmo –me dijo mientras secaba y peinaba mi largo cabello. Ambas desnudas frente al espejo. Mis pezoncitos totalmente enrojecidos.

Por katia2020(katiajimenez2020@gmail.com)

Por favor, si te ha gustado escríbeme contándome tus sensaciones al leerme. quiero mantener correspondencia con mis lectores.

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