lunes, 24 de junio de 2024

Aquella noche que perdí el control (Continuación de “La Segunda Noche”)


Tras perder la virginidad un lunes, y mantener un segundo encuentro, tan placentero como el primero, solo veinticuatro horas después, mi pequeña prima y yo estábamos más que dispuestos a aprovechar cuanto pudiéramos una aparente situación de libertad ilimitada para explorar nuestra sexualidad. Siempre en su habitación, gustosamente volvimos a entregarnos a los placeres de la carne las tres noches siguientes. A aquellos maravillosos cinco días, sin embargo, les seguirían dos de forzada abstinencia. El compromiso que había contraído con mi tía, mismo que me permitía estar a solas con su hija de siete a ocho y media, se aplicaba solo durante los días de clases. Sin una razón que justificara mi presencia en su casa los fines de semana, no me quedaba de otra que aguantarme las ganas hasta que llegara el lunes.


SI bien dos días podrían no parecer mucho, lo cierto es que, tras cinco días seguidos de haber podido disfrutar de las delicias de Maribel, el sexo con ella se había convertido para mí en una necesidad. Sin ella a mi lado, aquel primer fin de semana pude experimentar por vez primera los efectos de la abstinencia sexual. Tras unos minutos realizando cualquiera de mis actividades diarias, no podía evitar pensar de pronto en ella, y la dificultad para concentrarme, el deseo sexual, y la frustración, en conjunto, terminaban poniéndome algo irritable.

El tan esperado lunes llegó finalmente, y luego de una tranquila mañana en casa y una tarde soportable en mi escuela, nuevamente esperaba a mi prima a las puertas de la suya. Tras unos minutos apareció, y de inmediato nos pusimos en marcha. Su compañía era para mí lo que un vaso de agua para un hombre perdido en el desierto. Mi sed se calmaba de momento, y, de camino a casa, me deleitaba con la vista de su cuerpo. Nuevamente llevaba su uniforme de educación física, consistente en una camiseta de manga corta, un short, calcetines largos y unas zapatillas deportivas; todo de color blanco con excepción del short, que era rojo. Si bien las prendas no eran tan ajustadas como las que solía llevar puestas en casa, no pude evitar ponerme caliente, y la sola vista de sus nalgas al caminar me produjo una erección.

Si bien era un hecho que el período de separación había servido, y muy bien, para avivar mi deseo sexual, lo mismo no podía decirse de Maribel; aún peor, parecía haber perdido gran parte de su buena disposición. A diferencia de la semana anterior, avanzaba sin tratar de pegarse a mí o hacer comentarios sugerentes en voz baja; tan solo se limitaba a ir hacia adelante. Si bien aquello me preocupaba un poco, faltaban apenas unas cuadras para llegar a nuestro destino, y, ya en su habitación, podría confirmar qué tan bien o mal irían las cosas entre nosotros.

Entramos y, ya en la sala, lo primero que hicimos fue dejar nuestras mochilas sobre uno de los sillones. Seguro entre cuatro paredes y sin poder esperar ni un solo minuto más, tomé a Maribel y la aprisioné contra mí en un abrazo. Un instinto animal parecía haberse apoderado de mí, pues empecé a jadear al solo contacto con ella. Decir que la deseaba sería poco; quería hacerla mía, cogérmela y terminar dentro de ella. Le di la vuelta y, tras llevar una de mis manos a su rostro, empecé a besarla. “Espera. Vamos a mi cuarto”, dijo Maribel desviando su mirada hacia la puerta, quizás preocupada porque alguien pudiera entrar y vernos. “No, aquí”, respondí al tiempo que tocaba su sexo. Casi de inmediato, nos fuimos al piso y, frente al sofá, nuestros cuerpos empezaron a confundirse el uno con el otro.

En pocos segundos le quité las zapatillas, el short y la ropa interior. Acostada sobre el piso alfombrado de café, y con los ojos bien abiertos, reflejo de un miedo a ser descubierta, mi prima se resignaba a lo que estaba por venir. Rápidamente me bajé pantalones y calzoncillos, y me puse encima de ella; el contacto con su entrepierna desnuda fue liberador. Sin dejar de ver esos hipnóticos ojos suyos, me dispuse a penetrarla, pero no me resultaba tan fácil como cuando lo hacíamos en la cama. Con cierta molestia, y tras unos segundos moviéndome encima de ella, pude por fin encontrar una posición adecuada. Mientras Maribel se mantenía acostada con los brazos a los lados y las piernas abiertas, yo intuitivamente adopté aquello que en yoga se conoce como la postura de la cobra. Con el pecho abierto, los brazos flexionados y las manos a los lados de su cuerpo, afiancé mi dominio sobre ella, y lo aseguré mediante un perfecto contacto de nuestros sexos.

Producto de la testosterona acumulada en los días de inactividad sexual, mi deseo por Maribel había alcanzado niveles insospechados. Dominado por una erección como ninguna de las que había tenido hasta ese momento, y prescindiendo de cualquier juego previo, dejé que el solo peso de mi cuerpo hiciera su trabajo y, en pocos segundos, ya estaba en su interior. Acelerado desde el principio, el ritmo de la penetración no hizo más que aumentar. Sin apartar aquella mirada de grandes ojos de los míos, los gemidos de Maribel no se hicieron esperar, transformándose pronto en quejidos que no hicieron otra cosa que excitarme todavía más. Con un dolor intenso, pero extrañamente placentero a la vez, no tardé en correrme abundantemente dentro de ella.

Si bien aquella noche estuvo caracterizada por un notorio desequilibrio en términos de actividad y pasividad, al final ambos quedamos sorprendidos por igual. Tras unos minutos en silencio, mi prima se levantó con dificultad, tomó su ropa, y, sin vestirse ni decir palabra alguna, se fue directamente a su habitación. Yo, por mi parte, empecé a experimentar un terrible dolor. A ello se me sumó otra preocupación: al ver las manchas de semen en el suelo, no pude evitar pensar de nuevo en aquel peligro que representaba un potencial embarazo de Maribel. Pensando en ello, y como si quisiera deshacerme de cualquier rastro de mi simiente, me dirigí al baño, solo para sentir un insoportable ardor al momento de orinar.

Solamente después pude pensar en la condición de Maribel y, asustado, me dirigí a su habitación. La puerta estaba entreabierta, pero no me animé a pasar; me limité a tocar y a llamarla por su nombre. “Pasá”, respondió Maribel, y solo entonces entré. Ya con su ropa de casa, se encontraba sentada a un lado de la cama; yo me senté junto a ella. Tras mirarnos tímidamente, cual si ambos hubiésemos hecho algo digno del mayor castigo, buscamos como tantas veces consuelo en nuestros cuerpos, y nos abrazamos con fuerza. Unos cuantos besos cerraron aquella noche en la que perdí el control.

Por AFORTUNADOENELAMOR

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