viernes, 21 de junio de 2024

La Segunda Noche


Tras dos años de ausencia, he decidido darle continuidad a mi primer relato. Debo aclarar, antes de iniciar el presente, algo que, de no hacerlo, podría confundir al lector. En “Mi Prima la Primera”, había señalado que Maribel, al momento de perder la virginidad, contaba con siete años de edad. Eran tiempos en los que el mantenimiento de mi identidad me preocupaba un poco más que ahora. Confío en que el perjuicio para el lector sea mínimo, ya que solo es necesario aumentarle un año a la protagonista. A manera de compensar ese pequeño agravio, haré una revelación: Maribel es el verdadero nombre de aquella pequeña niña que, con su cabello negro, piel ligeramente oscura, y apetecible cuerpo, ya desde sus tiernos ocho años, llegaría a ser la fuente de tantas noches de placer, mismas que espero poder plasmar por escrito con más regularidad. Comencemos por ahora con los siguientes párrafos.


Menos de veinticuatro horas habían pasado desde que perdiera la virginidad junto a Maribel, mi pequeña prima de ocho años. Al que fuera sin lugar a dudas el momento más placentero de mis doce años de vida, sin embargo, le sucederían horas y horas de remordimientos. Antes de que terminara la noche, había incluso llegado a la resolución de no volver a acostarme con ella. No obstante, sin poder hacer nada para evitarlo, me encontraba nuevamente a pocos metros de aquella niña que, para colmo, parecía estar más que dispuesta a volver a entregarse a mí. ¿Cómo evitar a Maribel cuando le había prometido a su madre hacerme cargo de la tarea de recogerla de la escuela? Era lo que me preguntaba, sentado en el sofá de su sala, mientras ella me esperaba en su habitación.

Casi sin haber cruzado palabra en el camino, habíamos llegado a su casa hace no más de media hora. Ya en la sala, ella se veía contenta y, aún con su uniforme, con una sonrisa dibujada en los labios, me dijo: “Me voy a ir a cambiar. No vas a entrar”. Fiel a la promesa que me hiciera la noche anterior, me senté en el sofá y encendí la televisión, decidido a no moverme de ahí hasta que fuera la hora de irme. Tras pocos minutos, Maribel volvió, y se quedó de pie a mi lado; su apariencia no pudo menos que trastornar los latidos de mi corazón. Por encima, llevaba un top naranja de mangas cortas que, gracias a su diseño, me dejaba ver parte de su vientre. Por debajo, un short celeste, tan corto como ajustado, remarcaba la voluptuosidad de sus nalgas a la vez que dejaba totalmente al descubierto sus piernas torneadas. Unas sencillas sandalias blancas adornaban sus pequeños pies.

“Ya, ya me he cambiado. Ya puedes ir a mi cuarto si quieres”, fueron las palabras que ella usó a manera de invitación, y que yo, con fingida indiferencia, rechacé. “Si vas a mi cuarto, te dejo que me bajes mi short”, agregó ella, acercando su boca a uno de mis oídos. “Mi calzón más”. Con el corazón latiéndome a mil por hora, pero aún determinado a no ceder, atiné con voz quebrada a responderle: “Estoy viendo la tele. Más tarde”. Ante mi negativa, y con cierta molesta reflejada en su rostro, ella terminó aquel intercambio tan tenso con un “Si quieres, nomás. Tampoco te estoy obligando”. Se retiró entonces con gravedad.

Los siguientes minutos en soledad, se desató una breve pero intensa batalla interior. Para convencerme de no ir tras Maribel, traté de encontrar todos los argumentos posibles: ella podía contarle a alguien, alguien podía descubrirlo, quizás incluso alguien nos había escuchado la noche anterior… Como argumento de fuerza mayor, finalmente, invoqué al fantasma de un potencial embarazo, ello con el fin de espantarme. Fue ese último intento el que terminaría por derribar mis defensas y rendirme al deseo.

Para que un embarazo fuera posible, era necesario no solo un acto sexual, sino uno llevado hasta las últimas consecuencias. De pronto fui arrollado por el recuerdo de la noche anterior. A mí volvió la imagen de mi pequeña prima, totalmente entregada en su desnudez sobre la cama; la imagen de su boca entreabierta y sus ojos en blanco. Volvieron a mis oídos los dulces ecos de unos jadeos y gemidos que, afectados por una deliciosa voz infantil, parecían gritarme “tiene ocho; tiene ocho”. Volvió a mí, sobre todo, el recuerdo de aquella inigualable sensación que solo el acto de la penetración y la posterior eyaculación podían proporcionarme.

Mi corazón se detuvo de repente; aquellos tormentosos latidos que golpearan mi pecho con fuerza fueron cesando, y una sensación de libertad fue invadiendo todo mi cuerpo. Ya no había vuelta atrás, pues aquella noche sentía remordimiento por última vez. Simplemente me levanté y, guiado por el puro deseo de poseerla nuevamente, me dirigí a la habitación de Maribel.

Finalmente había cedido a mi deseo por Maribel y, tras dejar todas mis dudas en el sofá de la sala, ascendía por las gradas que me llevarían a mi pequeña amante. Por unos segundos permanecí frente a la puerta de su habitación y, tras disfrutar de mi acelerado estado de ánimo, y con la satisfacción que me proporcionaba el saber que tenía a una niña de ocho años a mi plena disposición, entré.

Sentada sobre su cama, Maribel jugaba con algunas muñecas. Me senté a pocos centímetros detrás de ella, y, tras mirarla y sentir aquel embriagador aroma suyo, empecé a acariciar su tan ansiado cuerpo, Mi prima parecía seguir molesta, pues no respondía a mis atenciones, y solo cuando la besé en el cuello, señaló: “No has querido cuando te he dicho, ahora ya no quiero”. Tal y como otra niña de la misma edad reclamaría por habérsele negado el juguete anhelado, mi prima me reclamaba el haberla privado de los placeres del sexo. Lejos de desanimarme, ello avivó aún más mis ansias de poseerla.

Decidida a mantener su posición, Maribel se resistía a cualquier intento mío de moverla, mas no me impedía seguir con mis besos y caricias, que poco a poco irían haciendo mella en sus defensas. Con el cuerpo menos tenso y cada vez más abierto a mis avances, aquella niña se limitaba a entregarse a la complacencia. En unos cuantos minutos, la tenía ya con su espalda pegada a mi pecho, mis brazos suavemente aprisionándola, y mis manos jugueteando con cada parte de su ser. Una leve sonrisa empezaba a dibujarse en su rostro.

Por unos minutos dejamos que la calentura hiciera su trabajo, y luego nos pusimos de pie. Por puro instinto, llevé una de mis manos a su sexo y, superando aquella endeble barrera formada por su short y su ropa interior, pude hacer contacto directo con aquel suave tesoro, fuente de placeres incalculables. Maribel dejó su felicidad al descubierto en el momento en que empecé a masturbarla. La sonrisa terminó de dibujarse en su rostro, y tras colocarse una de sus manos sobre la mía, llevó la otra hacia atrás para acariciar uno de mis muslos. Interpreté ese último acto suyo como una petición para ponernos en igualdad de condiciones. Tras desabrocharme el cinturón y dejarme con los pantalones y los calzoncillos al nivel de las rodillas, llevé su mano a mi miembro y lo dejé a su disposición. Sin necesidad de voltearse, Maribel se puso a la tarea de devolverme el favor.

Tras aquél agradable toma y daca de placer manual, llevé ambas manos a su cintura, y con el fin de invitarla a pasar a algo más, con mi pene desnudo empecé sus nalgas a frotar. La diferencia de tamaño me obligaba a flexionar las rodillas, pero el mensaje llegaba a ella con total claridad. Moviéndome de abajo hacia arriba, pude deleitarme al ver cómo ella terminaba una y otra vez de puntillas, tratando de prolongar cada contacto lo más que podía. Me detuve entonces, y antes de que pudiera proponérselo, Maribel se me adelantó preguntando: “¿Quieres que me baje mi short?”. Asentí, y ella lo hizo de inmediato.

Al solo contacto con sus nalgas desnudas, una punzada me hizo soltar un suspiro. Abrazándome a ella, y tomando su vientre con mis manos, me deleité con el rítmico movimiento. Así estuvimos por un buen rato hasta que finalmente, con la voz entrecortada por el placer, le pregunté: “¿Quieres tener sexo… como anoche?” Apenas se lo dije, mi prima soltó aquella infantil risa suya, tan contagiosa como incitadora, y tomándome por sorpresa, me respondió: “¿Con quién habrás tenido sexo?, pero conmigo no era”. Tras unos segundos de inmovilidad, volví a mi labor, pero ella entonces agregó: “Oscuro estaba. Te has debido equivocar”.

No entendía a qué estaba jugando mi prima, pero estaba teniendo un claro efecto sobre mí. Quise verla a los ojos para encontrar una respuesta, así que la volteé, haciéndola con ello soltar un suspiro semejante al mío. Aún hoy no creo haber vuelto a encontrar una expresión de lascivia tan perfecta como la que aquella noche me ofrecía el rostro de Maribel. Con una sonrisa jadeante, reflejaba complicidad, felicidad y satisfacción a la vez. Con unas pupilas totalmente dilatadas y una tentadora curvatura en los párpados superiores, invitaba al desenfreno y a la ruptura de todo posible tabú. Un delicioso rubor en sus mejillas, finalmente, servía para calentar aún más los ánimos y producir en definitiva un ardor imposible de apagar.

Atraje su pelvis a la mía, y nuestros sexos hicieron contacto en completa desnudez. Empezamos a movernos, y los jadeos no se dejaron esperar. Fundidos en un abrazo, dejamos subir la temperatura lo más que pudimos, tanto como para poder entregarnos de la mejor manera a otra placentera noche de sexo incestuoso y sin límite de edad. Tras soltar algunos de los más dulces jadeos, con sus labios pegados a mi oído, y una voz arrebatada, Maribel volvió a aquel juego de provocación suyo diciendo: “Nunca he tenido sexo yo”. Ya dispuesto a seguirle el juego y, sin abandonar aquel vaivén nuestro, repliqué: “Si nunca has tenido sexo, ¿quieres hacer la prueba?”. Ella dejó pasar unos cuantos segundos, asimilando y disfrutando de mi ofrecimiento, para por fin responder: “Mmm… Vos me tendrías que enseñar, pero”. Poco a poco dejamos de movernos, y quietos, aunque algo agitados todavía, nos miramos a los ojos por unos segundos hasta que le dije: “Vamos a tu cama”.

Tras desnudarnos, y tal y como hiciera la noche anterior, Maribel se acostó dejando sobresalir sus piernas por uno de los laterales. Con una altura perfecta para nuestros propósitos, la cama de mi prima facilitaba en extremo el acto sexual. De pie, me bastaba con acercarme a ella y colocarme entre sus piernas para que nuestros sexos quedaran a la par. Tomando su cintura con las manos, y haciendo mi glande contacto con sus labios vaginales, dimos inicio al acto de penetración.

A diferencia de nuestra primera noche, que había estado caracterizada por una carga de romanticismo, la segunda lo estaría por el sexo puro y duro. Para mi pequeña amante, nuevamente sería motivo de dolores la penetración inicial. Pese a los quejidos que no pudo evitar soltar, sin embargo, se mostró dispuesta a aquel pequeño sacrificio que sería en breve recompensado. Dándome unos segundos para apreciar el hecho de estar nuevamente dentro de ella, empecé a complacerla con mi movimiento, y ella volvió a dedicarme aquella perfecta expresión de lascivia que siempre atesoraré.

Veinticuatro horas antes, ciego a las convulsiones de su cuerpo y sordo a sus gemidos y gritos, había terminado perdiéndome en la placentera sensación de la penetración (sobre todo al momento de la eyaculación). Lo mismo no volvería a ocurrir en nuestra segunda noche. Si bien volvió a invadirme aquella embriagadora sensación al momento de entrar y salir de ella, pude mantenerme lo suficientemente consciente como para poder apreciar las múltiples maneras en las que su cuerpo expresaba la tan ansiada satisfacción sexual.

Al son de sus jadeos y gemidos, cada vez más acelerados, mi prima volteaba la cabeza a izquierda y derecha cual posesa. Sus brazos, desorientados, se revolvían a los lados, y sus manos hallaban por momentos refugio al sujetarse de las sábanas. Sus piernas, dominadas por el placer que producía entre ellas, pataleaban y acariciaban mis muslos a la vez. Preciosos minutos del mayor goce sexual fueron pasando para finalmente concluir con el orgasmo de Maribel, mismo que, fascinado, pude captar en todo su esplendor. El rubor en su rostro alcanzaba una tonalidad rojiza sin igual. La tensión de su abdomen era seguida por un incontenible temblor. Las contracciones vaginales daban lo mejor de sí, haciendo fuerte presión sobre mi humanidad y extrayendo finalmente, de manera inevitable, la simiente de mi interior. Aquel fantasma de un potencial embarazo que me acompañara hasta hace poco no había podido evitar que terminara nuevamente dentro de ella.

Retrocedí unos pasos tras terminar, y unos segundos después, con la mirada fija en el sexo de Maribel, pude ver cómo el semen chorreante escapaba de su interior. Aquella satisfactoria imagen habría de repetirse incontables veces en los días por venir.

Por AFORTUNADOENELAMOR

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