lunes, 8 de julio de 2024

El padre de mi mejor amiga



Soy Paula y esto me ocurrió cuando tenía 19 años. Tengo el pelo ondulado, por encima de los hombros y castaño claro, con los ojos verdes. Me crié en un pueblo del mediterráneo, en el que había pocos habitantes. Lo habitual era que empezases una relación a los 14/15 años y la mantuvieras toda la vida. Eso es lo que creía que me iba a pasar, pero a los 18 mi ex-novio se fue a la universidad, iba a estudiar en otra provincia y lo consideró motivo suficiente para terminar la relación. Yo me quedé en el pueblo, que siempre había trabajo para atender a los turistas.


Había pasado un año soltera y había tenido relaciones esporádicas, siempre con turistas, porque la mayoría de los chicos de mi pueblo ya tenían relaciones largas. Empezaba a asumir que, o me iba del pueblo o me quedaría "para vestir santos". Mi amiga Alba siempre me decía que tenía que ampliar horizontes. Es por eso que ibamos a aprovechar las ferias del verano para conocer a chicos de otros pueblos.

En agosto de ese año fuimos a las fiestas del pueblo de al lado con esa intención, al menos por mi parte. No teníamos coche, pero toda la familia de Alba iba a ir a las fiestas, así que me fui con ellos en la furgoneta de su padre. Su padre. Tenía cuarenta y largos, era alto y estaba fuerte, de trabajar en el campo. El pelo canoso y los ojos azules, casi parecía uno de los turistas que atendía todos los días en el hotel, de no ser porque él sí tenía la piel morena de trabajar de sol a sol. Desde que empecé a notar que me gustaban los hombres bromeaba con mi amiga Alba acerca de lo bueno que estaba su padre. Ella se enfadaba y me pedía que parase. Yo reía, todo era una broma, aunque en el fondo sabía que no era una broma.

Para la feria me había puesto un vestido blanco de flores, muy veraniego. Llevaba un tanga de hilo, blanco también, y no llevaba sujetador. Mi pecho no era muy grande y estaba firme, no lo necesitaba. Llegamos al otro pueblo a media tarde, y para antes de la hora de cenar, Alba y yo, ya estabamos borrachas como cubas. Habíamos pasado la mayor parte del rato con un grupo de chicos. Al parecer eran de un equipo de futbol del pueblo. Todos eran muy guapos y atléticos, pero yo me encapriché del entrenador. Tendría unos 35 años. Estaba claro que los prefería mayores.

Mientras bailabamos me agarró de la cintura y me besó. Yo me dejé besar y acepté, sumisa, que me llevara de la mano hasta un callejón poco concurrido. Nos besamos un poco más, pero no tardó en darme la vuelta y empujarme contra la pared. De un tirón, me arrancó el tanga de hilo, que cayó al suelo.

-"¡Tío!" le dije, fingiendo enfado cuando en realidad me había puesto cachondisima.- "Más vale que merezca la pena".- concluí con todo sugerente.

Apoyó su mano en mi espalda para que no me separara de la pared, y yo la arqueé para poder levantar mi culo y facilitarle el trabajo.Tardó un poco porque se estaba poniendo el condón, pero finalmente noté su polla dura en la entrada de mi sexo. La metió de una sola embestida y grité. Me dolió, pero no pasaba nada, me gustaba que doliese al principio, me hacía sentir que su polla era más grande y me daba morbo.

-"¡Ay sí!¡Dame fuerte!" - le dije.

Dió dos embestidas más y se corrió. Noté su polla palpitar dentro de mi, sin dar crédito a lo que acababa de pasar.

-"¿Ya?"- pregunté.

-"Sí, ha sido genial, chica".- dijo tirando el condón al suelo y subiendose el pantalón. Luego se marchó sin que intercambiaramos más palabras.

Sin duda no había merecido la pena. Llorosa, fui a buscar buscar a Alba.

-"Tía, vámonos, esta fiesta es una mierda".- le dije.

-"Pero mi familia aún se va a quedar hasta los fuegos artificiales, quedan horas".- me dijo.- "Pero bueno, puedo pedirle a mi padre que te acerque a casa si estás mal".- terminó diciendo, al ver que se me saltaban las lágrimas.

Su familia estaba cenando tranquilamente en una terraza. Alba le dijo a su padre que me encontraba mal por la regla y que si me podía acercar a casa. Eran 20 minutos en coche, así que llegaría de sobra para los fuegos y luego volver a llevarlos a todos a su casa. El padre aceptó, aunque me miró con cara de no creerse que fuera por la regla.

Me acompañó al coche. Yo andaba dando tumbos. Entre la ansiedad que sentía y el alcohol que me había terminado de subir, estaba claro que no me encontraba mal por el periodo. Él me abrió la puerta del coche y me puso el cinto. Sus manos rozaron mis pechos mientras me lo ponía. Los pezones se me pusieron duros al momento, marcándose exageradamente a través del vestido. Cabeceé hacia un lado, a punto de dormirme, y me pareció ver un enorme bulto en su entrepierna mientras cerraba la puerta del coche. Le había mirado el paquete miles de veces durante mi adolescencia y sabía que ese bulto no era el estado normal de ese pene.

-"¿Se habrá puesto cachondo de tocarme?¿De verme?".- pensé, mientras me dormía.

Desperté pocos minutos después, ya en la carretera.

-"Venga, no te duermas, que luego es peor".- escuché su voz mientras me zarandeba la pierna, directamente en la piel de mi mulso, para despertarme. Aún tenía los pezones duros y notaba humedad en mi entrepierna. "A lo mejor me ha tocado mientras dormía", pensé fugazmente.

-"Ay qué vergüenza".- dije finalmente.- "Lo siento"

-"No te disculpes, que yo también me pegué fiestas así a tu erdad".- dijo, con tono comprensivo.- "¿Te han hecho daño?"

El sabía cosas.

-"No, daño no...solo decepción".- alcancé a decir.

-"Ay, el desamor".- dijo, mientras volvía a posar su mano en mi muslo.- "Ya pasará"

-"Tampoco te pases".- dije, riendo, sin molestarme en que quitara la mano.- "Sólo es un chico que he conocido hoy, que me ha dejado a medias".- aún estaba borracha, si no, no habría podido decirle algo así al padre de mi amiga.

-"Hay chicos que se pierden cuando tienen a una mujer delante".- mientras lo decía, me apretó un poco el muslo con sus manos rugosas de trabajar la tierra. Me llamí la atención que me llamase "mujer" y no "chica" o "niña" como había hecho siempre.

Posé mi mano derecha en su mano con una caricia, mientras mi mano izquierda se posaba en la parte alta de su muslo, cerca de la ingle. - "Estoy seguro de que tu sabrías qué hacer con una mujer delante".- Él me miró de reojo y contestó:

-"¿Qué haces, Paula?".- mostraba una contrariedad fingida, porque no hizo el más mínimo ademán, ni de quitar mi mano ni de quitar la suya.

-"Lo mismo que tú, no te hagas el niño bueno ahora".- dije, y moví mi mano hacia su paquete, que estaba duro como una roca.

Paró el coche en el arcén y se giró para mirarme a la cara.

-"Podrías ser mi hija".- dijo, pausadamente.

-"Pero no lo soy".- respondí con firmeza.- "Soy una mujer adulta, y tengo deseos y necesidades".- concluí, y me dispuse a bajar la cremallera de su pantalón y desabrocharlo. Con un pequeño forcejeo con su calzoncillo, al fin conseguí liberar su enorme pene. Era mucho más largo y gordo que cualquiera que hubiera probado en mi vida. Me quedé boquiabierta, salivando, ante su visión.

Él no había hecho ningún gesto ni ningún movimiento para impedirmelo. Simplemente se quedó sentado, con la polla fuera, esperando que yo llevara la iniciativa. Y así lo hice. Me desabroché el cinturón de seguridad y me puse de rodillas encima del asiento de la furgo, para luego cinclinarme y comenzar a lamer de abajo a arriba el cilindro de su polla, y más tarde lamer en círculos su glande. Estaba hambrienta así que no tardé en meter esa punta en mi boca y comenzar a succionar. Le escuché gemir, y eso me puso más cachonda aún.

Noté una de sus manos posarse en mi cabeza. Daba empujones leves, más para marcarme el ritmo que para forzarme. Su otra mano se posó en mi culo. Me levantó el vestido para dejarlo al aire y comenzó manosearlo.

-"No llevas nada".- dijo con sorpresa, aunque tampoco me dejó contestarle. Su dedo corazón se deslizó dentro de mi sexo, que estaba más mojado que nunca. Aún con su polla en la boca, comencé a gemir de gusto, al notar su dedo explorarme el interior.

-"Qué coñito más rico".- dijo.- "Voy a probarlo".- Me sacó la polla de la boca y me guió hasta la parte de atrás de la furga. Yo obedecí sumisa. Me tumbó de espaldas y me levantó las piernas por encima de sus hombres. Acercó su boca a mi coño y lo comenzó a lamer con avidez. Era la primera vez que me practicaban sexo oral, siempre había sido yo la que lo había practicado. No concebía la idea de recibirlo, pero ahí estaba, viendo el cielo por primera vez.

Mientras lo lamía, también me introdujo los dedos, moviendolos con habilidad para estimular mi punto G. Yo gemía y gemía, le pedía más, hasta que no aguanté más y tuve un orgasmo de los que te hacen temblar las piernas. Él se levantó, aun con mis piernas sobre sus hombros, y puso su polla, dura como un roble, en la entrada de mi coño. La fue metiendo poco a poco mientras yo me derretía. Cuando la hubo metido entera, su cuerpo estaba muy cerca del mío, y también su cara. Nos miramos a los ojos y nos besamos. Ya no tenía las piernas sobre sus hombros, así que las usé para rodearlo, al igual que mis brazos. Comenzó a follarme lentamente, y yo a gemir suavemente.

-"Ya se que he dicho que eres una mujer"- me dijo al oído.- "Pero sigues siendo una jovencita...una jovencita y una putita."- siguió diciendo.

-"Lo sé, soy una putita".- contesé mientras gemía.

-"No"- dijo él, poniendome un dedo en los labios.- "Eres MI putita".- dijo y aumentó el ritmo y la fuerza de sus embestidas.

Yo aumenté la intensidad y el volumen de mis gemidos, que ya eran casi gritos. Me metí su dedo en la boca y lo chupé para intentar controlarlo.

Finalmente me sacó la polla de un tirón, y me guió hasta que estuve de rodillas en el suelo de la furgoneta. Me pudo la polla justo delante de la cara y se comenzó a pajear. Yo abrí la boca para recibir su corrida.

-"Dame tu leche, soy tu putita".- le decía repetidamente, hasta que finalmente ocurrió. Su corrida me llenó la cara y la boca. Cuando terminó de soltar lefazos, me la metió en la boca para que la limpiara. La dejé bien limpita, chupando y lamiendo cada gota de semen que hubiera. Con la mano, retiré los restos de mi cara y los chupé también, no quería desaprovechar nada.

Lo que quedaba de camino hasta mi casa lo pasamos en silencio. Solo se escuchaban los jadeos que emitiamos intentando recuperar el aliento después de la follada que me había metido. Al llegar me giré hacia él, con mirada suplicante. No supe articular palabra, pero en mi mente estaba el decirle que por favor no fuera la única vez que lo hicieramos. Quería repetir. Él puso su mano en mi cara y acercó su pulgar a mis labios, acariciandolos. Yo me lo metí en la boca por puro instinto.

-"Eres mi putita".- concluyó.

Por AliceNympho

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