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martes, 10 de noviembre de 2020

El mejor Papá del mundo


ESCENA 1. Interior, living.

María está terminando de servir la cena, con suma prolijidad y esmero. Revisa que esté todo en su lugar, reacomoda algunos utensilios, hasta que por fin asiente satisfecha.

MARÍA- ¡Paapiiii! ¡A comeeer!

Entra Padre. Se lo nota serio, concentrado, taciturno. Sin decir palabra, ocupa su lugar y empieza a comer lentamente. Otro tanto hace María. Pasan así unos segundos en silencio. María va a servirse jugo de la jarra, pero se arrepiente, la deja y antes le escancia vino a Padre, que tenía el vaso vacío; recién entonces se sirve a ella misma. Siguen comiendo callados otro rato. María cada tanto mira furtivamente a Padre, quien come con la vista clavada en el plato.
MARÍA- ¿Está rico, Pa?

PADRE (distraído)- Msí.

Siguen comiendo. María lo observa cada vez más insistentemente, con expresión preocupada. Paulatinamente va dejando de comer hasta que abandona el tenedor sobre el plato.


MARÍA- ¿Qué pasa, Papi? ¿Por qué estás tan serio?

Padre la mira por primera vez. Termina de masticar y traga lo que tenía en la boca, y se limpia con la servilleta.

PADRE- Tenemos que hablar, hija.

Padre se pone de pie, toma a María del brazo y la conduce hasta el sillón, donde ambos toman asiento. María lo mira expectante y angustiada.

PADRE- Tenemos problemas, hija. Mirá: resulta que a Papá le salieron mal unos negocios. Pidió plata prestada y ahora no la puede pagar. Eso es lo que pasa.

MARÍA- Uy... ¿Mucha plata?

PADRE- Y... sí. Mucha.

MARÍA- ¿Y entonces?

PADRE- Lo que pasa es que puse la casa como garantía, entendés. Y como no puedo pagar... la voy a tener que entregar.

MARÍA (abriendo los ojos como platos)- ¿¿¿La casa??? ¿¿¿Nuestra casa, Papá???

PADRE- Sí.

MARÍA- Pero... pero.... ¿Y dónde vamos a vivir?

PADRE- Hay una sola solución. Yo me puedo ir a trabajar al interior.

MARÍA- ¿¿¿Y yo???

PADRE- Y vos... podés ir a vivir con las tías. Ya les dije y no tienen ningún problema.

MARÍA- ¡No!

PADRE- ¿Qué, no las querés a las tías?

MARÍA (lagrimeando)- ¡Sí las quiero! ¡Pero yo te quiero a vos! ¡Yo quiero vivir con vos!

PADRE- Yo también, hija, sabés que sí. Pero no queda más remedio.

MARÍA- ¡No! ¡No! ¡No! ¡Si vos te vas al interior, yo me voy con vos!

PADRE- Imposible. Voy a vivir en cuartuchos de hotel de mala muerte, yendo de acá para allá. Y vos tenés que ir al colegio.

MARÍA- ¡No me importa nada del colegio ni de nada! (cae de rodillas en el piso y se abraza a las piernas de Padre) ¡Mi papá sos vos! ¡Yo quiero vivir con vos!

PADRE- Sí, hija. Pero...

MARÍA (llorando desconsolada)- ¡No, Papi! ¡Algo hay que poder hacer! ¡No puede ser! ¡No me dejes sola, Paaaapiiiiii!

PADRE (se incorpora, soltándose de los brazos de María)- Basta, hija, por favor... Me hacés sufrir más todavía...

MARÍA- Pero...

PADRE- Por favor... Dejame un rato solo... Necesito pensar...

Padre se incorpora y con paso sufrido se retira del living. María, aún de rodillas en el piso, hunde la cara entre las manos y la apoya en el sofá, llorando desconsolada. Suena el timbre. María se para y, haciendo pucheros, se acomoda el pelo, se limpia un poco la cara con la manga de la remerita y va hasta la puerta. Abre, y del otro lado lo vemos al Señor. Es un hombre en la cincuentena, de traje, corpulento, desagradable y repelente por donde se lo mire. Aunque desaliñado y ataviado con pésimo gusto, viste ropas caras y luce ostentosos anillos de oro en sus choricescos dedos.

MARÍA- ¿Sí?

SEÑOR- ¿Está tu papá, nena?

MARÍA- Sí, Señor, está adentro, ya lo llamo.

SEÑOR- Bueno...

El Señor la aparta como si de un objeto cualquiera se tratase, y entra en la casa.

MARÍA- Pero... ¡No puede entrar así! ¡No es su casa!

SEÑOR- ¡Ja! Eso es lo que vos te creés. Claro que es mi casa. Preguntale a tu papá.

MARÍA- Ah... Usted es....

SEÑOR- Sí, yo soy. Así que ya ves.

Padre retorna al living y se acerca a ellos.

PADRE- Ah, cómo le va... (le da la mano al Señor) Venga, siéntese.

Señor se acomoda en el sillón grande, con actitud de dueño del mundo. Padre se sienta en un sillón de un cuerpo al costado. María se queda parada un poco más allá, frotándose las manitos, mirándolos angustiada.

SEÑOR- Vine para ver bien la propiedad, ¿no? Como mañana tomo posesión...

MARÍA- ¿¿¿Mañana???

PADRE- Hija, por favor, que estamos hablando los grandes. De acuerdo, mañana a primera hora dejamos la casa. ¿Cómo quiere que hagamos con las llaves?

SEÑOR- ¿Las llaves? No se preocupe, no hacen falta. Acuérdese que acá vamos a poner un estacionamiento al aire libre, así que vamos a venir directamente con las topadoras.

MARÍA- ¡Pero...!

PADRE- Hija, va a ser mejor que te vayas a tu pieza.

María atina a responder, pero la firme mirada de Padre la calla, y corre llorosa hacia la pieza. Padre y el Señor se quedan cuchicheando en voz tan baja que no llegamos a oír qué dicen. Al rato, reaparece María, que se acerca tímidamente cargando un objeto semiescondido entre las manos.

MARÍA- Perdón... ¿Le puedo decir una cosa al Señor, Papi?

PADRE- Vas a terminar haciéndome enojar, hija.

SEÑOR- Bueno, hombre, no sea tan estricto, si a mí no me molesta... Pobre chica, yo la comprendo... Decime, nena, pero rápido que soy una persona ocupada. Dale.

MARÍA- No, lo que pasa es que yo... estaba pensando... A lo mejor... se puede hacer algo... para pagarle... Yo tengo unos ahorros...

María extiende hacia el Señor lo que traía: una alcancía rosada con forma de chanchito. El Señor, sorprendido, toma la alcancía y la sacude: se oye ruido de monedas. El Señor lanza una grosera carcajada.

SEÑOR- Un chanchito... Me muero.... ¿Nena, vos tenés idea de lo que me debe tu padre? ¿Te creés que va a alcanzar con un chanchito?

MARÍA- No, ya sé... pero... Tengo más cosas... y además, podría trabajar...

SEÑOR- ¿Cosas? ¿Qué cosas tenés vos que me puedan interesar a mí?

MARÍA- Eh... Tengo mis cds, mi ropa...

PADRE- Por favor, nena, no me hagas pasar vergüenza...

SEÑOR- No, espere... Vamos a ver... A lo mejor sí se puede hacer algo... Tus cds no, para que quiero yo esa música de porquería que debés escuchar vos... Pero tu ropa puede ser que me sirva; tengo sobrinitas de tu edad... Y capaz podés trabajar para mí, además... Quién sabe...

MARÍA (ilusionada)- ¿En serio?

SEÑOR- Con calma. Vamos por partes. Empecemos por la ropa. A ver.

MARÍA- ¡Bueno!

María comienza a caminar hacia su pieza.

SEÑOR- ¡Eh! ¿Dónde vas?

MARÍA- A buscar mi ropa, para mostrársela...

SEÑOR- ¡Pero nena! ¿Te dije o no te dije que soy un hombre muy ocupado? ¿Te creés que tengo tiempo para esperar que revuelvas en tu ropero? Nada de eso. No, lo que quiero es lo que tenés puesto. Vení acá.

María se acerca, y el Señor se pone a palparla.

SEÑOR- Sí, lindas sandalias, y la remera, me viene bien. Y este shorcito... Sí... bárbaro... ¿A ver? Date vuelta... Sí, de atrás también es lindo... Buena tela... Mmm, qué suavecita... Dale, los llevo.

MARÍA (dirigiéndose hacia la pieza)- Bueno, Señor.

SEÑOR- ¡Otra vez! ¿A dónde vas?

MARÍA- A cambiarme, así le doy...

SEÑOR- No, nena. Así empezamos mal, eh. Si no entendés que soy alguien muy ocupado y que mi tiempo vale oro, no vamos a llegar a ninguna parte. Si me vas a dar tu ropa en parte de pago, te la sacás y me la das. Y si vas a andar con vueltas, no hay negocio y listo.

MARÍA (abriendo los ojos como platos)- Pero... ¿acá, adelante suyo?

SEÑOR (fastidiado)- ¡Y qué! ¿Te creés que me voy a escandalizar por una pendeja desnuda? ¿Que nunca vi ninguna? Tengo sobrinas, te dije. Qué tanto lío.

MARÍA- Pero... Papi...

PADRE- Hija, no estás obligada a nada. Ya te dije para mí lo que tendríamos que hacer.

MARÍA- Pero yo...

SEÑOR- Bueno, se acabó. (Saca un handy del bolsillo interior del saco) Capataz, ¿me copiás? Decile a los muchachos de la topadora que lo de mañana se hace, nomás.

MARÍA- ¡No! ¡No! ¡Espere!

SEÑOR- ¿Qué?

María lo mira desesperada a Padre, que se encoge de hombros, desentendiéndose.

MARÍA- Espere, espere... Está bien...

María se sienta en el piso, se desabrocha las sandalias y las deposita prolijamente a los pies del Señor. Luego se para y, tras vacilar unos momentos, se saca la remerita, la dobla y la pone en el sillón junto al Señor.

SEÑOR (al handy)- Esperá, Capataz. No hagas nada todavía.

María se desprende el botón de su short, baja el cierre y calza los pulgares como para bajárselo pero, evidentemente violentada y muerta de vergüenza, queda paralizada en mitad del movimiento. Lo mira al Señor, implorante, pero cuando éste hace gesto de llevarse otra vez el handy a la boca, María, despacito, se baja el short hasta el piso, da un pasito hacia adelante para liberarlo de sus pies, lo levanta y lo pone en el sillón, y queda ahí parada en bombacha, tratando de ocultarse como puede con las manitos. El Señor guarda el handy en el bolsillo.

SEÑOR- Bueno, así es otra cosa. A lo mejor nos entendemos, al final. A ver, acercate un poquito. Dejame ver. Dale che, corré esas manos y dejame ver. Mmm, que linda, con elefantitos... Sí, a Laurita le va a encantar... Dale, la llevo.

MARÍA- ¡No! ¡La bombacha no!

SEÑOR- ¿Qué? ¿No me dijiste que podía agarrar cualquier ropa tuya que me guste? ¿En qué quedamos?

MARÍA- ¡No! ¡Digo sí! Si quiere se la lleva, ¡pero no me la voy a sacar acá! ¡Me da mucha vergüenza!

SEÑOR- Bueno, perfecto. Así no se pierde tiempo. (Saca el handy)

MARÍA- ¡No! ¡Espere! ¡Está bien! Pero aunque sea dese vuelta, o cierre los ojos, ¡por favor!

SEÑOR- ¡Cuánta historia! Mirá nena: esa bombacha ya no es más tuya, es mía, así que si quiero la agarro y listo, qué tanto.

El Señor se inclina hacia adelante hasta tomar a María del brazo, la acerca a sí y con brusquedad le baja la bombacha y se la saca, tirándola sobre el resto de la ropa. María retrocede un par de pasos. Se la nota muy nerviosa y avergonzadísima, por cómo se le mueven las piernas y se retuercen los deditos de sus pies. Vemos, incluso, que justo debajo de ella se forma un pequeño charco. María lo mira disimuladamente y da un pasito al frente intentando ocultarlo, y se queda ahí parada con las manos cruzadas sobre su sexo para taparlo.

SEÑOR- Bueno, ahora pasemos al tema del trabajo. Porque te imaginarás que con estos dos trapos no vas a pagar semejante deuda... Lo que no sé es qué va a saber hacer una borrega como vos... ¿Para qué me vas a servir? No sé si es tan buena idea, eh. Me parece que mejor te devuelvo la ropa y rompemos el trato.

MARÍA (asustada)- ¡No! Yo, em... (disimulando, se mueve tratando de ocultar todo lo posible el charquito con sus pies) Yo acá en casa lavo la ropa, los platos, cocino, limpio la casa, todo...

SEÑOR- Cocinar no me interesa, yo como siempre afuera, haciendo negocios. No. Pero limpiar capaz me sirve.

MARÍA (otra vez ilusionada)- ¿¿¿Sí???

SEÑOR- Capaz, dije. Hay que ver. Mostrame. Buscá algo sucio y limpialo, así veo.

MARÍA- ¡Y mire la casa! ¿¿¿No ve que limpito está todo???

SEÑOR- Ah, ¿y cómo sé que fuiste vos? Además, tengo que ver si sabés trabajar en mi estilo. Te tengo que ver en acción, ¿entendés?

MARÍA- ¿Algo sucio...? (Camina por el living, buscando) No veo nada... Hoy temprano limpié toda la casa...

PADRE- No del todo, hija. Estoy viendo un charco, ahí.

MARÍA (sonrojándose completamente)- ¿Qué charco?

PADRE- Ése, mirá. ¿Qué será?

MARÍA- No sé... Recién lo veo, yo...

SEÑOR- Bueno, ¿qué importa qué es? Agarrá y limpialo así veo si servís y a otra cosa.

MARÍA- Sí, Señor. Enseguida.

María se dirige a la cocina.

SEÑOR- ¡Otra vez! ¿Y ahora a dónde vas?

MARÍA- A buscar un trapo, Señor, para limpiar eso...

SEÑOR- No hay caso con vos, eh. No aprendés más. Cuando YO doy una orden, no hay tiempo de ir a buscar nada, hay que cumplirla ahí mismo como sea. Siempre. ¿Es claro lo que digo? ¿Entendés?

MARÍA- Sí, Señor, pero...

SEÑOR- Entonces, si yo a alguna mis mucamas le digo limpiá eso, ella inmediatamente lo limpia. ¿Sabés lo que quiere decir inmediatamente?

MARÍA- Sí, Señor... Pero ¿y si justo no tiene un trapo en la mano? ¿Cómo hace?

SEÑOR- ¿Qué sé yo? ¡Problema de ella! Con la ropa, con las manos, a mí que me importa. Con tal que obedezca. Y si no, la despido ahí mismo.

MARÍA- Pero... yo no tengo ni ropa...

SEÑOR- Problema tuyo.

MARÍA- Y un charco con las manos no se puede...

SEÑOR- Problema tuyo.

María mira para todos lados, pero no ve nada que le sirva. El Señor mira su reloj, impaciente. María da dos pasos hacia la mesa, a unos metros, donde hay servilletas.

SEÑOR (al handy) -¿Capataz?

MARÍA- ¡No! ¡No! (Vuelve corriendo hasta el charco) ¡Espere!

María se arrodilla frente al charco y lo empieza a juntar con las manitos, pero lógicamente se le escapa entre los dedos; lo mira al Señor, ve que esta por apretar otra vez el botón del handy y entonces, cediendo a un impulso desesperado, se inclina hacia el piso y acerca la boca al líquido; vacila, como juntando coraje, abre y cierra los labios temblorosos, se los muerde, hasta que al fin, cerrando los ojos, aplica la boca contra el charco y con un "¡slurrrrp!" junta un poco. Sigue sorbiendo hasta llenarse la boca, pero al ver que no llegó ni a la mitad, intenta tragar para poder seguir juntando. Pero le da un ataque de tos, y el líquido vuelve al piso. Apenas se repone, vuelve a sorber pero menor cantidad y así, apretando los párpados y con ostensible esfuerzo, esta vez consigue tragar. Repite la operación tantas veces como es necesario hasta haberlo sorbido todo y luego, al notar que permanece cierta humedad delatora en el piso, completa la tarea pasando la lengua hasta dejar no más que una imperceptible película de su propia saliva. Se reincorpora entonces, y se para otra vez frente al Señor. Tiene los ojos hinchados por el esfuerzo al tragar, la tos y las arcadas; las lágrimas le llegan hasta el cuello. Pero ahora luce satisfecha y hasta como orgullosa de sí misma.

MARÍA- ¿Así estuvo bien, Señor? ¿Me va a contratar, eh? ¿Nos va a dejar la casa?

SEÑOR- No sé. Todavía tenemos que ver.

MARÍA- Pero... ¡si yo lo limpié todo, como usted quería!

SEÑOR- Msé... No estuvo mal eso... Se ve que servís para limpiar... Lo que estoy pensando ahora es QUÉ me podrías limpiar... Porque personal de servicio ya tengo... Mucamas, ni hablar... No necesito más...

MARÍA- No... Pero piense... Algo tiene que haber... Yo soy muy buena, ya le mostré...

SEÑOR- Sí, querida, pero... Qué tonto, no lo había pensado... En fin, qué le vamos a hacer...

MARÍA (suplicando de rodillas)- ¡No, por favor, Señor! ¡No sea malo! ¡Déjeme limpiarle algo! ¡Lo que sea, yo se lo limpio!

SEÑOR (chasqueando los dedos)- ¡Claro! ¡Ya lo tengo! ¡Cómo no se me ocurrió antes! ¡Ya sé qué me podés limpiar!

MARÍA (ilusionada)- ¿¿¿Sí??? ¿¿¿En serio???

SEÑOR- Sí, te digo que sí. Vení, sentate acá al lado que te voy a explicar bien de qué se trata. Tenés que conocer muy bien tu trabajo, para que te salga bien.

MARÍA- Sí, Señor.

María se sienta y lo mira al Señor con expresión atenta y concentrada, los ojos muy abiertos.

SEÑOR- Por ejemplo. Ya te dije qué persona ocupada que soy, ¿no?

MARÍA- Sí, Señor.

SEÑOR- Bueno. Entonces, para bañarme siempre tengo de 2 a 3 minutos, nunca más. Entendés que yo no puedo dedicarle más tiempo a eso, con tooodo lo que tengo que hacer.

MARÍA- No, Señor.

SEÑOR- El problema es que 2 ó 3 minutos me alcanzan para lavarme la cabeza, el cuerpo, pero hay una parte que nunca alcanzo a lavármela porque ya tengo que salir corriendo y no llego.

María traga saliva.

SEÑOR- Lavarse la pija, ¿sabés? es algo complicado, lleva su tiempo. Hay que correr la piel para atrás, enjabonar bien, repasar bien por abajo de donde empieza la cabeza, todo alrededor, porque ahí se junta más mugre, ¿entendés?

MARÍA- ...

SEÑOR- Y encima, para que quede bien limpia de verdad, con la pija así blandita no se puede; hace falta tocarse un poco para que se pare, así se puede acceder a todos los recovecos y lavarla mejor. ¿No es verdad? Dígale.

PADRE- Indiscutiblemente. Lavarse bien la pija siempre fue todo un tema.

SEÑOR- Y a mi edad, eso no es joda. Que se me pare, quiero decir. O sea, que debería dedicarle de 5 a 10 minutos nada más que a la pija, que ya es más del triple de tiempo que dispongo para todo el baño. Conclusión: nunca me la puedo lavar.

MARÍA- ...

SEÑOR- Y como si eso fuera poco: yo siempre ando de acá para allá, viste, a las corridas. Y cada vez que tengo que ir al baño a mear, siempre estoy en medio de una reunión o algo. Y cuando uno mea, se supone que al terminar hay que sacudirla bien, esperar un poco para que bajen las últimas gotas, volverla a sacudir, después enjuagarla en la pileta o al menos secarla con papel higiénico, etcétera... ¡Ni loco voy a perder todo ese tiempo! Y como siempre mientras estoy usando el handy o el celular, menos, todavía. Así como terminé de mear, la guardo, nomás. Toda chorreando. Qué le voy a hacer.

María vuelve a tragar saliva.

SEÑOR- Y después, como ya te expliqué, ni tiempo de lavarla. Es todo un problema para mí, ¿sabés? Porque a veces tengo reuniones donde hay mujeres, no pendejas de merda como vos, señoras importantes hay, y yo ando con mucho olor a pija sucia, tanto que atraviesa la tela del pantalón, y es un poco molesto, sabés.

MARÍA- Y entonces, yo... Usted quiere... O sea... ¿Yo se la tendría que lavar, a Usted?

SEÑOR- Claro... O sea, no exactamente. Lavarla ya viste que es un lío; imaginate que estoy en mi oficina, tengo que ir a una reunión o viene gente, y yo con la pija toda sucia... Y ahí te llamo... ¿Qué vas a hacer? Calentar agua, llenar una palangana, traerla, con una toalla, enjabonarme, enjuagarme, me tengo que sacar los pantalones para que no se mojen, después secarme, etcétera... Ya perdimos más tiempo que si me la lavaba yo mismo al bañarme. No, no, no.

MARÍA- ¿Entonces...?

SEÑOR- Por eso se me ocurrió que podías servir: ya mostraste que sos buena limpiando con la boca.

MARÍA (con los ojos desorbitados)- ¿¿¿...!!!

SEÑOR- Sí, nena. Con la boquita. Es ideal. Se hace enseguida, y ni siquiera tengo que parar de trabajar. Hasta puedo seguir atendiendo gente, mientras, si te metés abajo del escritorio y hacés lo tuyo, total nadie te ve. Me vendría bárrrbaro.

MARÍA- Pero Señor... Yo... yo...

SEÑOR- Otra cosa no hay. Lo tomás o lo dejás, y llamo a las topadoras.

MARÍA- ¡No! Pero yo... No sé si voy a poder...

SEÑOR- ¡Y probá! Si te sale, bien. Y si no, ya sabés.

MARÍA- Y no... ¿No hay ningún otro trabajo que me pueda dar?

SEÑOR- Nada.

MARÍA- Pero no sé... ¿La puedo ver, aunque sea, primero?

SEÑOR- ¿Me vas a hacer sacar la pija acá, nada más que para verla?

MARÍA- Por favor...

SEÑOR (tras pensar unos momentos)- Bueno, me agarraste en un buen día. Pero ocupate vos. (Abriendo las piernas) Toda tuya. Y rápido, eh.

MARÍA- Gracias, Señor.

María se arrodilla en el piso, entre las piernas del Señor, y tímidamente extiende sus temblorosas manitos hacia la bragueta. Despacito, temerosa, baja el cierre relámpago, y más despacio y más temerosa aún mete la mano dentro y baja el slip del Señor todo lo que puede. Mira a Padre, que tiene los ojos clavados en las manos de ella, con una expresión rara. Mira al Señor, que también la está mirando expectante. Vuelve su vista a la bragueta, mete la mano y hurga dentro hasta que, con mucho cuidado, consigue sacar hacia afuera el miembro del Señor. Es éste un miembro regordete, fláccido, oscuro y un tanto deforme. Apenas sale, María empalidece, y se notan en su carita los esfuerzos por reprimir una expresión de asco y las arcadas que la acometen. El Señor, en cambio, no reprime nada y cierra los ojos asqueado.

SEÑOR- ¡Puh! ¿Ves lo que te digo? ¿Te parece que yo puedo andar por ahí haciendo negocios con semejante baranda a pija? ¿Usted que opina?

PADRE- Totalmente de acuerdo. Hasta acá llega el olor. Y huele como el baño público de una estación de trenes de la línea Roca, si me permite.

SEÑOR- ¿Vio? Y eso no es nada. Espere a que me baje la piel y se descubra la cabeza. Dale, nena. Tirá para abajo.

María, con cierta torpeza pero compensándola con el cuidado que le pone, tira la piel hacia abajo hasta descubrir la cabeza del miembro del Señor. Una especie de crema amarillenta lo recubre todo, particularmente debajo del nacimiento del glande, donde la sustancia luce especialmente concentrada. María, que mira el espectáculo como hipnotizada, ya no está pálida sino blanca como un papel. Parece al borde del desmayo.

SEÑOR- ¿Y, nena? No tengo todo el día. ¿Vas a probar o no?

María, como un zombi, se acerca unos centímetros, pero a mitad de camino retrocede asqueada.

SEÑOR- En fin... Sí, es demasiado para vos. Bueno, acuérdense que mañana a las 6 llegan las topadoras y empiezan directamente a demoler; les recomiendo haber desalojado, ya.

MARÍA (hablando con dificultad)- Señor... Espere... Antes de irse... ¿No me dejaría hablar un minuto con mi papá? Un minuto, nada más. Por favor.

SEÑOR- Cuánta vuelta, querida... Dale, pero apurate, querés.

MARÍA- Gracias, Señor.

María va hasta Padre con paso tambaleante, se sienta a upa de él y se aferra a su cuello, al tiempo que rompe a llorar. Padre también la abraza.

MARÍA- ¡Paaapiiiiiiiiiiiiiiiiiii! ¿¿¿Qué hago??? ¡¡¡Yo no quiero que nos quedemos sin casa, yo quiero vivir con vos, pero no puedooooo!!! ¡¡¡Me da mucho ascoooooo!!! ¡¡¡Voy a vomitar!!!

PADRE- Entonces no lo hagas, hija. Nadie te obliga. Yo ya te dije que lo mejor es que te vayas con las tías...

MARÍA- ¡¡¡NO QUIERO!!!

PADRE- ¿Qué querés que le haga?

MARÍA- No sé... Pero eso no puedo... Es demasiado asqueroso, no se puede hacer...

PADRE- Bueno; todo depende. Hay muchos trabajos que a casi todos les daría demasiado asco, y sin embargo hay gente que los hace.

MARÍA (atenuando su sollozo)- ¿Sí?

PADRE- Y sí... Vos pensá nada más: los basureros, los que limpian baños... Los que limpian cloacas y pozos ciegos...

MARÍA- Es verdad... ¡Y los que cuidan enfermos! Como la bisa, que a lo último se hacía encima y esa señora la limpiaba...

PADRE- ¿Viste?

MARÍA- Pero... Ponele que agarro y lo hago...

PADRE- ¿Qué?

MARÍA- Vos... ¿Vos me vas a querer igual, aunque yo haga algo tan tan asqueroso?

PADRE- ¿Y cómo no te iba a querer? Sos mi hija. Y además: esos trabajos alguien los tiene que hacer, ¿no? Imaginate lo que sería si no hubiese basureros, o enfermeras. Es algo muy digno y respetable, para mí. ¿Y vos te creés que los papás de esa gente no los quiere?

MARÍA- No, sí, tenés razón... Pero una cosa es juntar la basura o cuidar enfermitos, son cosas buenas... Pero trabajar de limpiarle... la cosa a un Señor que la tiene tan sucia... ¡Y con la boca, Pa!

PADRE- Sí, pero el Señor es un hombre muy ocupado, no tiene tiempo de limpiarse la pija y entonces contrata a alguien para que se lo haga, es lógico... Yo no digo que esté bien... Pero así es el mundo... A Papá nunca le gustó mucho trabajar, ya lo sabés, ¿y no trabajó toda la vida para mantenerte?

MARÍA (abrazándolo fuerte)- ¡Es verdad, pobre Papá! Entonces... ¿Vos decís que lo tengo que hacer?

PADRE- No, hija; yo nada más te respondo lo que me preguntás; la decisión es tuya...

MARÍA- Yo si no vivo más con vos me muero, Papi...

PADRE- Yo también te extrañaría mucho, mucho...

MARÍA- ¿¿¿De veras...???

PADRE- Muchísimo...

MARÍA- Entonces... Yo... Está bien... Pero...

PADRE- ¿Qué?

MARÍA- Pero vos... Ya entendí que me seguirías queriendo igual, pero...

PADRE- ¿Pero?

MARÍA- Pero... (bajando la vista, avergonzada) ¿Me... seguirías dando besos, Papá?

PADRE- Mmmm... bueno; si te asegurás de tragar todo lo que limpies, para que no te quede nada adentro de la boca, y te lavás bien los dientitos, como Papá te enseñó, entonces sí, sí te sigo dando besos.

MARÍA- ¿¿¿En serio??? (Lo abraza fuerte) ¡¡¡Sos el mejor papá del mundo, Papi!!!

SEÑOR- Nena... se me hace tarde...

MARÍA- ¡Enseguida voy, Señor! Tengo que ir a trabajar, Papi. ¿Me querés?

PADRE- Sí que te quiero.

MARÍA- ¿Y si yo voy y hago ese trabajo horrible para que no nos tengamos que separar, me vas a querer más todavía?

PADRE- Mucho más no, porque ya te quiero muchísimo; pero un poquititito más, a lo mejor, puede ser.

MARÍA- ¡Entonces seguro que voy a poder!

María estampa un beso en la mejilla de Padre, y luego se dirige hasta el Señor.

MARÍA- Acá estoy, Señor. Vine a limpiarle.

SEÑOR- Así me gusta. Dale, nena, a trabajar.

MARÍA- Sí, Señor.

María, con actitud decidida, se arrodilla frente al Señor, toma su miembro, cierra los ojos, junta aire, y se inclina hasta metérselo en la boca. Una fracción de segundo después está a un costado con un acceso de tos y arcadas. Se lleva una mano a la boca, tratando de reprimirlas, sin apenas conseguirlo.

SEÑOR- Ya me parecía que no podías ser tan buena, que este trabajo es demasiado para vos.

MARÍA (haciendo esfuerzos por recuperarse)- No, Señor... Perdón, Señor... Primera vez... Ya se me pasa...

SEÑOR- Vale, pero que sea la última vez que interrumpís tus tareas, eh. Por mucho menos que eso despedí a unas cuantas, ya.

MARÍA- No, Señor. Se lo prometo.

SEÑOR- Mejor así. Y apurate que es tardísimo.

MARÍA- Sí, Señor.

María, aunque no luce ni lejanamente recuperada, se pone en posición y, con un esfuerzo sobrehumano, poniéndose de todos los colores y temblando, comienza a chupar el horroroso miembro del Señor. Chupa un poco, se lo saca de la boca para apreciar el resultado, pasa la lengua por las partes más sucias y (cerrando fuerte los ojos) va tragando lo que logra quitar.

SEÑOR (jadeante)- Eso... Así... Muy bien... Toda limpita la tenés que dejar... Sssssssssí... Mirá: ¿ves cómo me la estás haciendo agrandar? ¿Te acordás lo que te expliqué?

MARÍA- Sí Señor, que así es mejor para limpiarla...

SEÑOR- Claaaro... Seguí... Toda, desde abajo hasta la punta...

María continúa lamiendo y chupando, hasta que por fin puede examinar el miembro por todas partes y no descubrir ni rastro de la suciedad que había al principio. Aliviada por haber terminado, lo suelta y se sienta sobre sus talones.

MARÍA- Listo, Señor.

SEÑOR- ¿¿¿Listo???

MARÍA- Sí. Terminé. Quedó toda limpita, fíjese.

SEÑOR- ¿A ver? Sí, es verdad, como nueva... Muy bien... Pero...

MARÍA- ¿Pero qué?

SEÑOR- Es que así no va a durar mucho...

MARÍA- ¿No? ¿Por qué?

SEÑOR- Mirá, nena, no sé si sabés que yo soy un hombre solo... Nunca me casé... No tengo mujer...

MARÍA- ...

SEÑOR- Y por eso no tengo... relaciones sexuales muy seguido, sabés. Entonces... Bueno, no sé si sabés que a los hombres cuando tenemos relaciones nos sale una... cosa de ahí, un juguito...

MARÍA- Sí, Señor. Lo sé del colegio. (orgullosa por sus conocimientos) Se llama esperma.

SEÑOR- Sí, bueno, eso... Se nos acumula si no tenemos relaciones, sabés... Entonces después cuando dormimos, nos pasa una cosa... No me acuerdo cómo se llama, tiene un nombre...

PADRE- Polución nocturna.

SEÑOR- Eso, gracias.

MARÍA- ¿¿Polución nocturna?? ¿Qué es eso?

SEÑOR- Es... Explíquele usted, hágame el favor... Que tiene más facilidad de palabra...

PADRE (en tono didáctico)- Cuando los hombres pasamos mucho tiempo sin sexo, se nos acumula el semen y entonces, para descargarlo, naturaleza nos hace soñar que está con una señora y así descargan el semen, gracias al sueño pero de verdad.

María suelta una risita.

PADRE- ¡Es cierto! ¿De qué te reís?

MARÍA- No, Papi, si te creo, pero me causo gracia porque...

PADRE- Decime...

MARÍA (tras mirar de reojo al Señor)- Me da vergüenza... ¿No te lo puedo decir en secreto?

PADRE- A ver...

María se acerca a Padre y le cuchichea algo al oído.

PADRE- ¿Y por soñarlo te hacés encima ahí en la cama? ¡Qué chancha!

MARÍA (toda sonrojada, dando una patadita en el suelo)- ¡Papi!

PADRE- Perdoná mi vida, se me escapó.

SEÑOR- Mmmm... Entonces no sé si me conviene, eh... Justo voy a contratar para limpieza a una pendeja que se anda meando y ensuciando todo...

MARÍA- ¡No, Señor! ¡Me pasaba de más chiquita! ¡Hace muuuuuucho...! ¡Ahora que soy grande no me pasa más! Por favor, contráteme, me voy a portar bien.

SEÑOR- ¿Muy muy bien?

MARÍA (asintiendo enfáticamente)- Muy muy bien. Le juro.

SEÑOR- Entonces, empezá por hacer bien tu trabajo. ¿Te parece bien que me limpies la pija solamente por afuera, dejándome toda la suciedad de adentro que apenas me vaya a dormir o me eche una siestecita en la oficina, como hago a veces, se me salga todo para afuera y otra vez todo hecho un desastre? ¿Sabés el olor que larga eso?

MARÍA- ...

SEÑOR- ¿Ves? Tenés que hacer bien las cosas. Me tenés que limpiar por dentro también.

MARÍA- ¿Y cómo hago?

SEÑOR- Igual... si seguís chupándomela como venías haciendo, te aseguro que en un ratito nomás se me sale eso y ya está. ¿Dale? Vamos.

María se queda parada donde está, con los brazos cruzados en pose desafiante.

SEÑOR- ¿Y? ¿Qué esperás?

MARÍA- Nada. No voy a hacer más nada.

SEÑOR- ¿Ah no? ¿Llamo a la topadora entonces?

MARÍA- Haga lo que quiera. Yo a usted no le creo más nada. Es un mentiroso.

SEÑOR- ¿Yo?

MARÍA- Usted.

SEÑOR- ¿A ver? ¿Y por qué?

MARÍA- Porque me tuvo toda la tarde así: hacés esto y te contrato, y yo lo hago, y después no, ahora resulta que tal otra cosa, y después otra, y al final nunca me contrata nada. Me cansé.

SEÑOR- Bueno... Si es por eso, te juro que esta es la última prueba. Si la pasás, quedas contratada.

MARÍA (ilusionada)- ¿¿¿En serio???

SEÑOR- Es más. Para que te quedes segura. (El Señor saca una hoja en blanco y una lapicera del ataché, y las pone sobre la mesita ratona frente al sillón). Sentate ahí que te voy a dictar una cosa.

MARÍA- Sí, Señor.

María se sienta en el piso ante la mesita, toma la lapicera y se dispone a escribir.

SEÑOR- Con letra linda, eh. Empiezo: En el día de hoy... poné la fecha, ahí... los abajo firmantes, el Señor y María, se comprometen a lo siguiente: Uno: una vez que María le haya limpiado bien la pija al Señor, por fuera y por dentro...

María, que venía escribiendo sin pausa, parece detenerse ante la dificultad que le provoca la escritura de alguna palabra. Tras vacilar un poco, y sonrojada, escribe rapidito esa palabra y continúa. Lo mismo les sucederá varias veces durante el dictado del Señor.

SEÑOR- el Señor la contratará a María como su... Este... ¿Qué vendría a ser? Personal de limpieza no, mucama tampoco, secretaria menos... Usted, que se ve es un hombre culto... ¿Qué vendría a ser una empleada que se dedica a limpiar pija con la boca? ¿Cómo se llama ese trabajo?

PADRE- Y... yo diría que... de puta.

MARÍA- ¡Papi!

PADRE: Hija, ese trabajo se llama así. No podemos andar inventando, es un contrato.

SEÑOR- Es verdad. Tiene que estar bien claro. Y si te vas a poner a protestar por pavadas y formalidades, lo dejamos ahí, eh.

MARÍA- No, Señor, está bien.

SEÑOR- ...a María como su puta... no, que sos menor; mejor poné: putita, ahí está, putita personal, para que la aludida se encargue de limpiarle la pija chupándosela, y/o, por el mismo procedimiento, sacarle toda la leche que tuviere acumulada... Cada vez que el Señor se lo ordene... Por tiempo indefinido, hasta que con sus servicios cubra la deuda contraída por el Padre. Dos: el Señor, por su parte, se compromete a no tomar posesión de la propiedad ni demolerla mientras María cumpla adecuadamente sus funciones.

MARÍA (sonriente y complacida)- ...funciones. Ya está, Señor.

SEÑOR- Bueno. Dame que te lo firmo. Ahí tenés. Ahora firmalo vos. Y listo. Guardalo bien, eh.

MARÍA- ¡Gracias, Señor! Perdone por haberme enojado.

SEÑOR- Ya, no importa. Ahora a lo tuyo.

MARÍA (arrodillándose)- Enseguida, Señor.

SEÑOR- No, no. Esperá. Así no. Tenés que ir aprendiendo algunas cosas.

MARÍA (parándose otra vez, solícita)- Sí, Señor. Dígame.

SEÑOR- Yo, como siempre ando tan ocupado, me distraigo, me olvido de las cosas... Por eso mis empleadas están todo el día muy atentas. Por ejemplo, a veces me olvido de desayunar, o me pongo la misma corbata que use ayer, cosas así. Mis empleadas buenas, las que me duran, son las que están siempre listas y me hacen acordar. ¿El Señor quiere desayunar algo? ¿Quiere el Señor que le alcance otra corbata?, me dicen las mucamas. ¿El Señor quiere un café, necesita una aspirina?, cosas así me dice mi secretaria todo el tiempo. ¿Entendés?

MARÍA- Sí.

SEÑOR- Entonces ensayemos. Por ejemplo, yo estoy sacando cuentas, lo que sea. Vos justo pasás, y me decís...

MARÍA- Emmmm... ¿El Señor necesita... que... que le limpie ahora?

SEÑOR- Nena, nena, nena. Sabés la de empleadas que tengo yo. Te creés que me acuerdo de lo que hace exactamente cada una. ¿Que voy a dedicar tiempo a mirate la cara y tratar de acordarme qué hacías vos? Por favor...

MARÍA- No, Señor.

SEÑOR- Bue. Empecemos de nuevo. Dale.

MARÍA- Sí. Este... El Señor necesita que... que yo le...

SEÑOR- Tres segundos más y te despido. Uno, dos...

MARÍA- ¿ElSeñornecesitaquelelimpielapijayquelesaquelaleche?

SEÑOR- Bueeeno. Ahí vamos mejor. Pero si hablás tan rápido, ni te voy a entender, nena. Tenés que articular bien. Sobre todo las palabras pija y leche, que son las propias de tu función.

MARÍA- ¿El Señor necesita que le limpie la...?

SEÑOR- ¿La?

MARÍA- P-pija...

SEÑOR- Pija.

MARÍA- P... pija.

SEÑOR- Practicá. Pija.

MARÍA (suspira)- Pija.

SEÑOR- Eeeeso, muy bien. Varias veces ahora.

MARÍA- Pija. Pija. Pija. Pija.

SEÑOR- Leche.

MARÍA- Leche.

SEÑOR- Un poquito más larga la L. LLLeche.

MARÍA- LLLeche.

SEÑOR- Así, dale.

MARÍA- Leche. Leche. Leche.

SEÑOR- Pija. Leche.

MARÍA- Pija. Leche. Pija. Leche. Pija. Leche.

SEÑOR- Y no digas limpie. Decí chupe. Es más preciso.

MARÍA- Chupe. Chupe. Chupe. Leche. Pija.

SEÑOR- Ahora todo.

MARÍA- ¿Necesita el Señor que le chupe bien la pija y le saque toda la leche?

SEÑOR (un tanto sacado)- Vení acá. Vení acá, putita. Vení acá y chupámela. Arrodillate y chupá. Chupame la pija de una vez.

María, un poco asustada pero obediente, se arrodilla y comienza a chupar.

SEÑOR- Así. Muy bien. Eso. No, más adentro. Más, te digo. (Toma la cabeza de María con ambas manos y la empuja hacia abajo).

MARÍA- G-g-g.

SEÑOR- Chupá, putita. Chupá. Chupá. Chupa. (De improviso, toma a María de los pelos y le hace levantar la cabeza) ¿Qué estás haciendo?

MARÍA (jadeando, los ojos hinchados, unas lágrimas surcando sus mejillas)- ...Chupo, Señor.

SEÑOR (volviendo a hundir la cabecita de María entre sus piernas)- Sí, putita. Chupás. Chupás. Tan pendeja y tan puta. Mirá qué bien que chupás. (Levantándole otra vez la cabeza) ¿Y qué chupas?

MARÍA- ...Chupo pija, Señor.

SEÑOR (bajándosela)- Sí, putita. Chupás pija. Pija. Chupás. Puta. Putita chupapijas. (Subiéndola) ¿Y qué tenés que sacar de esta pija?

MARÍA- ...LLLeche, Señor.

SEÑOR- Te voy a llenar la boca, putita. Te la voy a llenar, de leche. En la garganta te voy a acabar, puta. Aunque te ahogues. Puta. Putita. (sacudiendo su pelvis a bruscas embestidas) Pendeja puta. La leche. Acabo. ¡Acabo! ¡Tomá! ¡Tomate la leche putita! ¡Tomá leche! ¡TOMÁAAAAAHHHHHHHHHHHHH!

Los bracitos y piernas de María se mueven convulsivamente, pero sea porque el Señor la sujeta con firmeza, o por celo profesional, no abandona su lugar entre las piernas del Señor. El Señor sacude su pelvis varias veces más, pero paulatinamente va aminorando las embestidas hasta quedarse totalmente quieto, y por fin la suelta. María se echa hacia atrás y queda sentada en el piso.

SEÑOR- ¡Ahhhhhh! Cómo necesitaba esto. (Se pone de pie) Nena, no te asustes si me pongo un poco loquito en esos momentos, sabés, es que a mi edad... Me tengo que entusiasmar, ¿entendés?

María, escurriéndose aún las lágrimas, asiente con la cabeza.

SEÑOR (subiéndose la bragueta)- Bueno nena, me voy a la oficina. Te espero ahí mañana temprano. Tu papá sabe dónde es. ¿Usted me la trae?

PADRE- Por mí...

SEÑOR- Bárbaro (se dan la mano). Hasta mañana entonces. Acompañame a la puerta, nena.

María corre a abrirle al Señor. Al salir, él le da unas palmaditas en la cabeza. Ella lo saluda con la manito y cierra la puerta. Y corre hasta quedar frente a Padre.

PADRE- Qué, hija, decime.

María se señala la boca con el dedo. Tiene el buche hinchado.

PADRE- Sí, ya te veo, ¿qué pasa?

María trata de explicar algo por gestos, pero desiste y finalmente abre la boca y se señala dentro, y podemos ver que aún la tiene llena con la espesa y grumosa descarga del Señor. Una vez segura de que Padre la ha visto claramente, cierra la boquita y, apretando los párpados y luego de unos momentos juntando coraje, hace un movimiento con el cuello, sacude la cabeza como de un escalofrío y abre otra vez la boca, bien grande, la lengua afuera. Está completamente vacía, ahora.

MARÍA- ¿¿Viste, Papi?? Me lo tragué todo, como te prometí...

PADRE- Muy bien, hijita. Así me gusta. Muy muy bien. Pero sabés, mi vida, te quedó un aliento...

MARÍA- Perdón, Papi. ¡Ya vengo!

María, revoleando las piernitas, corre hacia el baño. Se siente ruido de agua al correr. Al rato, María asoma por la puerta: se está lavando los dientes concienzudamente, exagerando los movimientos, un poco payasescamente. Padre le sonríe. María se vuelve a meter al baño. Pasa otro buen rato. Cesa el ruido del agua, y María emerge toda limpita y peinada (aunque siempre desnuda).

MARÍA (corriendo hacia Padre)- ¡Paaaaaaaapiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! (echándose a sus brazos). ¿¿¿Papi, estás contento??? ¡No nos tenemos que ir nada! ¡No tenés que ir a vivir a esos hoteles feos! ¡Y nos podemos quedar juntitos!

PADRE- Sí, hija, estoy muy contento.

MARÍA (con brillito en las pupilas)- ¿¿¿Me querés???

PADRE- Sí, hija, te quiero mucho (la besa en la frente). Bueno, y ahora andá a recalentar la comida, que se enfrió, y ahora que pasó todo a Papá le volvió el hambre... ¿A vos no?

María retrocede dos pasos y se lo queda mirando, incrédula. De a poco su carita se va deformando con la expresión del llanto, hasta que pega una patadita en el suelo, dos, tres, y tapándose la cara con las manos da media vuelta y corre hacia su pieza, entra y cierra de un portazo. Padre se queda mirando unos instantes, finalmente suspira, se pone de pie y camina hasta la puerta de la pieza. Golpea, y no hay respuesta.

PADRE- María... (golpea otra vez) ¡María!

Padre abre la puerta. Adentro está a oscuras. De pronto empiezan a llover sobre padre: almohadones, muñecas, un osito...

MARÍA- ¡Salí! ¡Andate de acá! ¡No te quiero más!

PADRE- Hija...

MARÍA- ¡Malo! ¡Sos malísimo! ¡Andate!

PADRE- Me querés decir que te pasa...

MARÍA- ¡Andate!

Padre, atajando la lluvia de almohadones y muñecos, se acerca la cama y prende el velador. María, hecha un ovillo en un rincón de la cama contra la pared, se tapa la cara con la almohada.

PADRE- Hija...

MARÍA- ¡Te vas! ¡Sos un mentiroso!

PADRE- Pero por qué...

MARÍA- ¡Todo lo que hice para que no nos echen! ¡Le chupé la cosa toda sucia a ese viejo asqueroso! ¡Y me tragué toda la cosa que le salió!

PADRE- Sí, hija, y te di las gracias...

MARÍA- ¡Tuve que trabajar de putita! ¡¡¡De pu-ti-ta!!! ¡O no! ¡Y encima! (asomando la cara por sobre la almohada) ¿Sabés que era ese charquito que limpié? ¿Sabés qué era? ¡Era pis! ¡Era pis mío! ¡No sabías, eh! ¡Ahí tenés! ¡Y yo me lo tragué igual! ¡Tragué pis del piso! ¡Hice un montón de cosas horribles! ¡Pero vos me prometiste que no te iba a dar asco yo si hacía todo eso! ¡Me men-tis-te!

PADRE- ¿Por qué decís eso, hijita?

MARÍA (haciendo burla)- ¿Por qué decís eso, hijita? ¿Por qué decís eso, hijita? ¿Te creés que soy tonta? ¡Siempre me das besos en la mejilla, y esta vez me diste en la frente! ¡Porque te doy asco, ahora! ¡Yo sabía! ¡Yo sabía! ¡Y eso que me lavé los dientes cinco veces seguidas, y la cara y todo!

PADRE- Te equivocás, hijita. (Le acaricia la pierna) No me das ningún asco.

MARÍA- ¡NO me TOQUES! ¡Salí! ¡Mentiroso!

PADRE- María... si te doy un beso como vos decís, ¿me creés?

MARÍA- ¡No! ¡Ahora lo vas a hacer porque lloro, y después vas a ir corriendo a lavarte!

PADRE- ¿Para qué si ya te lavaste mucho vos, y antes tragaste todo todo, yo te vi?

MARÍA- ¡Mentiroooooooosoooooooooooooooooooooooooooo!

PADRE- ¿Y si hago una cosa especial, me creés?

MARÍA- ¿Qué, a ver? ¿Qué?

PADRE- Vos sabés que los papás besan a sus hijas en las mejillas, porque los besos en la boca son para más de grandes, con el marido....

MARÍA- ¡A mí qué me importa! ¡Yo nunca me voy a casar! ¡Yo quería vivir toda la vida con vos! ¡Ahora no me importa nada! ¡Voy a vivir sola! ¡Sola!

PADRE- Pero hija... ¿Y si yo agarro y, como una cosa especial, por una vez, para que me creas, te doy un beso en la boca? ¿Me creés ahí?

MARÍA (menos enfáticamente que antes)- No.

PADRE- ¿No? Pero un beso beso, eh, con la boca abierta... Y con la lengua... No tendría, porque soy tu papá, pero para que veas...

MARÍA- Mentira. No te creo.

PADRE- Dejame y te muestro...

María baja la cabeza, pensativa.

PADRE- ¿No querés? Bueno... (amaga levantarse)

MARÍA- Pará... (lo mira furtivamente, ilusionada y vergonzosa al mismo tiempo) Bueno... Está bien, una vez sola, ¿no? Para que yo te crea...

PADRE- Eso, sí. Pero con una condición, eh.

MARÍA- Qué...

Padre le saca la almohada que María aún tenía abrazada, la tira al piso, y se acuesta a su lado.

PADRE- Primero me abrazás...

MARÍA (abrazándolo fuerte, del cuello)- Sí, Papi...

PADRE- ...me decís que me querés...

MARÍA- Te amo, Papá.

PADRE- ...y me repetís eso que me dijiste hoy hace un rato, que me gustó mucho.

MARÍA- ¿Hoy? ¿Qué te dije?

PADRE- Tenés que adivinar...

María mira hacia arriba, pestañeando, y tras unos instantes sonríe y lo mira, pícara.

MARÍA- Papi...

PADRE- Hija...

MARÍA (suspirando)- Sos el mejor Papá del mundo, ¿sabés?

PADRE- ¿El mejor mejor de todos?

MARÍA- Besame, Papá................

Padre acerca lentamente su boca a la de María, hasta que los labios de ambos se funden en un profundo e interminable beso.

ESCENA 2. Interior, oficina.

Vemos la típica recepción de una oficina. De un lado un par de sillones individuales, del otro, sentada a su escritorio, está la Secretaria, limándose las uñas. Es una mujer en los treintaitantos (muy bien llevados), de formal elegancia, el pelo recogido en un tirante rodete. La entrada es una puerta de cristal transparente, que da al pasillo del edificio; la otra puerta, junto al escritorio de la Secretaria, luce una chapa donde se lee "SEÑOR". Otra puerta da al baño.

Tras la puerta de cristal vemos aparecer a María, toda peinada y arregladita, que viene aferrada a la mano de Padre. Miran un poco hacia adentro, hasta que Padre empuja la hoja y ambos entran.

PADRE- Buen día...

SECRETARIA- Buen día.

MARÍA (con vocecita apenas audible)- ...día.

Padre se sienta en uno de los sillones, toma una revista de la mesita ratona y se pone a hojearla. María se queda parada en medio del lugar, desorientada. La Secretaria, concentrada con sus uñas, no le presta la menor atención. María se acerca a Padre, y le tira de la manga para llamar su atención. Padre la mira.

MARÍA (en voz baja)- Pa... ¿qué hago?

PADRE- ¿Y qué sé yo? Es tu trabajo, hija. Yo vine a acompañarte, nada más, porque sos muy chiquita para andar sola por la calle y viajando. Pero no tengo nada que ver.

MARÍA (impaciente)- Ya sé... Pero qué tengo que hacerrr...

PADRE- Te digo que ni idea, nena. Empezá por anunciarte con la Secretaria, supongo.

MARÍA- ¿Y qué le digo?

PADRE- Que venís a trabajar, qué le vas a decir...

María da unos pasos tímidos hasta ubicarse frente al escritorio de la Secretaria, y se queda ahí como esperando que noten su presencia, cosa que no sucede. María se lleva la mano a la boca y lanza unas tosecitas; la Secretaria levanta la vista, pero para examinarse las uñas al trasluz, y retoma su tarea. María carraspea, y nada; entonces se moja los labios y por fin se decide a hablar.

MARÍA- ¿...Señora?

SECRETARIA (siempre limándose y sin mirarla)- Sí, nena, decime.

MARÍA- Estem... vengo a verlo al Señor.

SECRETARIA- ¿Tenés cita?

MARÍA (tras mirar de reojo a Padre, que sigue inmerso en la lectura)- Sí...

SECRETARIA- ¿Por qué asunto?

MARÍA- Yo... vengo a trabajar.

Por primera vez, Secretaria se digna mirarla, de arriba a abajo, con una mueca despectiva.

SECRETARIA- ¿Vos? ¿A trabajar, acá?

MARÍA (un tanto picada)- Sí, yo. El Señor me contrató.

SECRETARIA- ¿A vos?

MARÍA- Sí, a mí.

SECRETARIA (retomando el limado)- Ajá... Supongo que habrán firmado un contrato, entonces.

MARÍA- Eh... Sí.

SECRETARIA- Y supongo que lo habrás traído, entonces.

María, desconcertada, mira a Padre, y ve cómo éste, indiferente al punto que entretanto ni deja de leer, saca un papel del bolsillo interno del saco y se lo extiende.

MARÍA- Sí, señora, lo trajimos.

SECRETARIA- A verlo...

MARÍA (sonrojándose a pleno)- ¿Se lo tengo que mostrar?

SECRETARIA- Sí, nena.

MARÍA- ¿A usted?

SECRETARIA- Sí, nena...

María toma el papel de manos de Padre, vuelve despacito hasta la Secretaria, vacila unos momentos, hasta que de pronto en un rápido movimiento deja caer el papel en el escritorio y retrocede unos pasos, quedando con la cabeza gacha aunque espiando de reojo a Secretaria, que se sigue limando. Al rato, recién cuando parece considerar que esa uña quedó impecable, toma el papel y lo desdobla. Apenas lee, se le dibuja una sonrisa burlona y maliciosa, y mira en dirección a María, que inmediatamente clava la vista en el piso. Secretaria levanta el teléfono, marca una tecla y se pone al habla.

SECRETARIA- Señor... Está una chica acá... Su nueva putita, Señor... Sisí, ésa, la chupa pija... Sí... Ajá... Perfecto... Le digo... Sí, Señor. (cuelga) Putita...

MARÍA (la cabeza más gacha que nunca)- Sí, señora.

SECRETARIA- Vení que te explico, pero mientras, ya que estás, haceme un favor...

MARÍA- Sí, señora.

SECRETARIA- Vení y sacame la sandalia, que me voy a pintar los pies.

MARÍA- ...Sí, señora.

La Secretaria desplaza un poco su silla hasta descubrir tras el escritorio su pie, calzado con una sandalia de taco altísimo, que se ajusta a la pierna con dos tiras que se van entrecruzando casi hasta la rodilla. María se arrodilla y comienza, con torpeza pero con el mayor cuidado, a desentrelazar las tiras. La Secretaria saca de un cajón un frasquito de esmalte morado y se pone a agitarlo.

SECRETARIA- Las órdenes del Señor son éstas. Te tenés que quedar acá hasta que te mande llamar.

MARÍA- Sí, señora.

SECRETARIA- Mientras tanto, dijo que te saques toda la ropa, porque se la tenés que dejar acá.

MARÍA- ¿¿¿La ropa???

SECRETARIA- ¿Sos sorda o tonta? La ropa, dije. Dice el Señor que toda tu ropa le pertenece y se la tenés que ir dejando.

MARÍA- Pero... (mira instintivamente hacia la transparente puerta de entrada) ¿Y cómo voy a hacer para trabajar?

SECRETARIA- Yo te doy un delantal de los que usan las de limpieza, tonta.

MARÍA (aliviada)- Ah, bueno.

María concluye de descalzar el pie de la Secretaria, que lo sube encima del escritorio y comienza a pintarse una uña. María se queda paradita a un costado, las manos cruzadas, esperando. Cuando termina la primera uña, la Secretaria la mira como sorprendida.

SECRETARIA- ¿Y? ¿Que esperás?

MARÍA- ¿Para qué, Señora?

SECRETARIA- No, si se ve que sos tonta. Por algo tenés que trabajar de putita chupa pija; se ve que para otra cosa la mente no te da... ¡La ropa, nena! ¡Qué te dije yo!

MARÍA (con ojos desorbitados)- ¿¿¿Acá???

SECRETARIA (suspirando)- ¿Y dónde va a ser? ¿En la calle, preferís?

MARÍA- Pero... (señalando la puerta del baño) ¿No puedo ir a cambiarme ahí?

SECRETARIA- El baño de la oficina es para el personal jerárquico, los de maestranza tienen que ir al del subsuelo. Y vos no te podés ir porque el Señor te puede mandar llamar en cualquier momento, y guay de que no estés acá.

MARÍA- Pero...

La Secretaria levanta el tubo del teléfono y aprieta una tecla.

SECRETARIA- ¿Señor?

María, asustada, le hace gestos de que se detenga. La Secretaria la mira expectante, pero sin dejar el tubo, y María entonces comienza a desprender uno a uno los botones de su camisita.

SECRETARIA- No, nada Señor, disculpe (cuelga).

María, despacito, se va quitando la camisa, la pollerita, cada prenda la dobla prolijamente y la coloca sobre el escritorio, hasta quedar en zapatillas y bombacha. La Secretaria, entre pincelada y pincelada, controla cada uno de sus movimientos.

SECRETARIA- Señor, ¿le puedo hacer una pregunta? A ver qué opina usted.

PADRE- Por favor, adelante.

SECRETARIA- Dígame, para usted: la ropa interior, ¿es o no es ropa?

PADRE (tras reflexionar unos momentos)- Y, por definición, la ropa interior es ropa, innegablemente.

SECRETARIA- O sea que, en su opinión, una bombacha, por ejemplo, vendría a ser ropa también...

PADRE- Me temo que sí.

SECRETARIA- Perfecto, gracias.

PADRE- Faltaba más.

SECRETARIA- ¿Ese señor que es tuyo, nena?

MARÍA- Es mi Papá.

SECRETARIA- Tu papá... y oíste lo que dijo...

María agacha la cabeza.

SECRETARIA- ¿Y qué hacés todavía con la bombacha puesta, me querés decir?

María, tras titubear como buscando algo que decir, con actitud resignada se saca la bombachita y la deja, sin mirar, sobre el escritorio. Sólo le quedan puestas las zapatillas. La Secretaria abre un cajón, mete adentro la pila de ropita, y luego con una lapicera engancha la bombacha de María, la levanta para examinarla críticamente por todos lados, tras lo cual la deja caer en el cajón, y lo cierra. Luego retoma su trabajo de pintura. María queda parada esperando, tapándose como puede con los bracitos, y dirigiendo miradas nerviosas hacia la puerta de cristal. Transcurre así un largo minuto.

MARÍA- Señora...

SECRETARIA- Qué, nena.

MARÍA- Eh... Mi delantal...

SECRETARIA- Lo tengo que ir a buscar al depósito. Cuando termine con las uñas.

MARÍA- Pero... puede entrar alguien... o me ven desde afuera...

SECRETARIA- Sí, nena. Cuando termine voy. Mirá, ya termine este pie. (extendiendo la pierna hasta poner el pie a pocos centímetros de la cara de María) Quedó lindo, ¿no?

MARÍA (bizqueando para poder ver las uñas, de tan cerca que las tiene)- Sí, señora, muy lindo.

SECRETARIA- ¿Viste? Si te portás bien, a lo mejor un día te enseño.

MARÍA- ¿¿Sí...??

SECRETARIA- Si a tu papá no le parece mal, claro.

PADRE- Mmm, no sé. Sos muy chiquita todavía para ese tipo de cosas, me parece.

MARÍA- ¡Ufa, Papi!

SECRETARIA (bajando el pie)- Dejá, yo después lo convenzo. Vení.

MARÍA- Sí, señora.

SECRETARIA- Te enseño un truco.

MARÍA- Bueno.

SECRETARIA- Si las soplás, las uñas, se secan más rápido.

MARÍA- ¿Ah, sí?

SECRETARIA- Claro. Por qué no me ayudás soplándolas un poco, así puedo ir más rápido a traerte el delantal.

MARÍA- Sí, señora.

La Secretaria, flexionando la pierna, apoya el pie en la misma silla donde está sentada. María se arrodilla en el piso, y comienza a soplar, bien de cerquita. La Secretaria, en tal posición, ofrece ostentosamente su entrepierna a la vista: podemos observar que no usa ropa interior. María, sorprendida, no puede evitar que su mirada curiosa se desvíe hacia el velludo espectáculo, tan cerca de sus ojos, atrayéndolos como un imán.

SECRETARIA (en tono socarrón)- ¿Qué mirás tanto?

MARÍA (sonrojándose y clavando la vista en las uñas en proceso de soplado)- Nada, señora, nada.

SECRETARIA- Ah. Me pareció. Bueno, mientras soplás, andá sacándome la otra sandalia, dale.

MARÍA- Sí, señora.

María se entrega, como puede, a la complicada tarea de desentrelazar las tiras mientras sopla el otro pie. La Secretaria la mira divertida. Cuando termina de ser descalzada, la Secretaria levanta los dedos del pie y aplica las yemas sobre la boca de María, tapándosela.

SECRETARIA- Bueno, bueno, ya está bien, que te vas a marear. Ya están secas. (dando con el pie unas palmaditas en la mejilla de María) Buen trabajo.

MARÍA (retirándose y poniéndose de pie)- Gracias, señora.

La secretaria sube el segundo pie al tapete del escritorio y comienza a pintarse una uña. Da una pincelada, la examina críticamente, da un retoque, limpia la cutícula con papel tisú, vuelve a examinar, etc. María se va intranquilizando a ojos vistas; cada tanto se oyen voces procedentes del pasillo exterior, lo cual la hace cada vez pegar un respingo. Mira a la Secretaria implorante, como urgiéndola con la mirada, pero la otra no le presta la menor atención, concentradísima en lo suyo. De súbito se abre la puerta del despacho del Señor, haciendo a María pegar un salto de sorpresa y contener el aliento. El Señor asoma por la puerta, busca con la mirada hasta dar con María y la llama con un gesto autoritario.

SEÑOR- Vení, nena.

MARÍA- Pero...

María mira a la Secretaria, que se encoge de hombros como diciendo qué le vamos a hacer, pero sonriendo burlonamente.

SEÑOR- Dije: vení, nena.

MARÍA (resignada)- Sí, Señor. (da dos pasos hacia la puerta, pero se detiene) Señor, perdone.... ¿No puede pasar mi Papá, también?

SEÑOR- Por mí... Mientras no te distraigas y hagas bien tu trabajo...

MARÍA (aliviada)- No, Señor, lo voy a hacer muy bien. Gracias, Señor.

El Señor vuelve a meterse en su despacho. María se queda paradita ante la puerta esperando a Padre. Cuando éste llega, María le hace gestos implorantes de que entre él primero. Padre entra. María lo sigue, con la vista clavada en el piso.

PADRE- Buenos días.

VARIAS VOCES- Buenos días, buenos días.

María levanta la vista sorprendida, y descubre que sentados en varios sillones dispuestos en semicírculo, se hallan sentados el Señor y uno, dos, tres, siete hombres (los Socios) ataviados con el mismo ostentoso mal gusto del Señor, y a cuál más viejo y desagradable. Todos la comen con los ojos, descaradamente. María, anonadada, busca a Padre con la mirada, pero éste no le está prestando atención, sino que se dirige a los Socios.

PADRE- ¿Puedo tomar asiento?

SOCIOS: Faltaba más, cómo no, siéntese nomás.

PADRE (ocupando un sillón al extremo del semicírculo) -Gracias.

Padre se sienta y cruza las piernas, adoptando una actitud absolutamente neutra.

SOCIO 1- ¿A ver...? ¿Ésta es la nueva putita que contrataste?

SOCIO 2- ¡Es una pendeja!

SOCIO 3- ¡La verdad! ¿Te parece que va a servir para chupar pija?

SEÑOR- ¿Por quién me tomaste? Ya la probé, antes de nada. Para ser tan mocosa, la chupa bastante bien. Bien limpita me la dejó, la verga.

SOCIO 4- Eso espero. Yo hace no sé cuánto que no me la lavo. Hasta a mí me da impresión el olor (risas generales).

SOCIO 5- Y yo, hace semanas que vengo acumulando leche. Tengo los huevos que me revientan.

SOCIO 6- Hablando de huevos, me parece que yo además de la pija tengo bastante sucios los huevos. ¿Entra en sus funciones limpiar los huevos, también?

SEÑOR- Por supuesto. Con la plata que nos deben, mejor que limpie lo que sea, si no se quiere quedar sin casa. ¿No es así?

PADRE- Es verdad, la deuda es muy alta, debo reconocer.

SOCIO 1: Bueno, qué esperamos, entonces.

Socio 1 se desabrocha la bragueta y desenfunda. El resto de los Socios lo imita, Señor incluido. Los miembros exhibidos son tan repelentes como el del Señor en la escena previa, si no más. María, desorbitada, va con la vista de uno a otro sin poder otorgarle crédito a sus ojos. Sus manos y piernitas se retuercen angustiosamente; podemos ver, incluso, cómo un nuevo charquito se va formando a sus pies.

SEÑOR- ¿Y, nena? Vamos, ponete a trabajar.

MARÍA- Pero... pero... ¡No!

SEÑOR (con expresión incrédula)- ¿No? ¿No qué?

MARÍA- ¡No vale! ¡Usted me contrató para limpiarle la cosa a usted! ¡No a todos éstos!

SEÑOR- Mirá querida: primero que yo no tengo ninguna cosa, lo que tengo es pija. Ya te lo enseñé, eso. Hablá bien. Segundo, cómo te atrevés a hablarle así a tus superiores. Ellos son mis socios y vos personal subalterno, así que tenés que dirigirte a ellos con el mismo respeto que a mí, ¿está claro? ¡Cómo "éstos"! Pedí disculpas inmediatamente.

MARÍA- Perdón Señor, tiene razón, estuve mal. (se acerca unos pasitos al semicírculo de Socios) Disculpenmé, señores. (desafiante, al Señor) Ya está. Pero tampoco les voy a limpiar nada. Es trampa.

SEÑOR- Estás muy equivocada, mijita. Vos firmaste un contrato.

MARÍA- ¡Sí! Que decía bien clarito que iba a trabajar de limpiársela a usted. A usted solito.

SEÑOR- ¿A mí?

MARÍA- Sí. A usted.

SEÑOR- ¿Sí? ¿Y cómo me llamo, yo?

MARÍA- ¿Usted? Señor, se llama.

SEÑOR (soltando una carcajada, a la que pronto se suman todos los Socios)- ¡Pero si serás tonta, mocosa! ¡Cómo me voy a llamar Señor! ¡Dónde se vio ese nombre!

MARÍA- ¿Ah, no?

SEÑOR- ¡Pero claro que no! Todos me dicen Señor por respeto, porque soy muy importante; pero Señor no me llamo yo, "Señor" se llama esta empresa, Señor S.A., de la cual soy presidente, y estos señores son socios miembros del directorio. Así que según tu contrato, nos tenés que chupar la pija a todos nosotros, y/o a cualquier otro miembro de la empresa Señor que se te designe.

MARÍA- ,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,

SEÑOR- Está en el contrato que firmaste de puño y letra y por libre voluntad. Y que si lo rompés, no solamente pierden la casa sino que además deberás afrontar el juicio por incumplimiento de contrato, daños y perjuicios.

MARÍA- ,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,!!!!!!!!!!!

SEÑOR- Claro que, como sos menor, el que respondería legalmente es tu papá. Y podría terminar en la cárcel.

MARÍA (espantada)- ¡No!

SEÑOR- Usted firmó, señorita, debería haberlo pensado antes.

MARÍA- ¡No! (haciendo pucheros) ¡Papi...!

PADRE- Hija, me temo que tiene razón, no se puede hacer nada...

SOCIO 2- Creenos, nena. Varios de nosotros somos abogados.

María baja la vista, confundida. Tras unos momentos:

MARÍA- ¿Señor, puedo hablar un minutito con mi Papá?

SEÑOR- Si mis socios no se oponen...

Los Socios, cada uno sosteniendo (y meneando un poco) su respectivo miembro, asienten con la cabeza.

MARÍA (aguantando las lágrimas)- Gracias.

María corre hacia Padre, se le sube a upa y se aferra a su cuello.

MARÍA- ¡Paaaapiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!

PADRE- Bueno, hijita, bueno, no te pongas así.

MARÍA- ¡Pero mirá lo que hice! ¡Cada vez peor!

PADRE- No importa, hija.

MARÍA- ¡Cómo no va a importar! ¡Papi, no pueeeedooooooooo! ¡Ayer por limpiarle la cosa al Señor, nada más, casi me muero del ascooooo! ¡Y ahora son un montón de viejos horribleesssss!

PADRE- Y sé, hija. Si no podés, no podés.

MARÍA- ¡Pero Papi, como vas a ir preso! ¡Y por mi culpa! ¡Por firmar eso como una tonta!

PADRE- Es cierto, hija, pero fue con buena intención... Además Papá te quiero mucho, y prefiere ir preso antes que verte haciendo algo que no querés.

MARÍA- ¡Nooo, Paaaapiiiiiiiiiiiiiiiiiii! ¿Ves? ¡Vos sos el mejor papá del mundo! ¡¡¡Y vas a ir a la cárcel por mi culpaaaaa!!!

SEÑOR- Bueno, no es para tanto, hija. Además, nos podríamos ver. Una vez por mes, eso sí, y 15 minutos, hablando por ese teléfono con un vidrio en el medio; pero aunque sea así, nos veríamos igual...

MARÍA- ¡Papi eso es muy feeeeooooooo!

PADRE- Qué le vamos a hacer, hija.

MARÍA- No. No. No. Yo tengo que poder. Ayudame, Papá.

PADRE- ¿Que te ayude? Cómo es eso...

MARÍA- Claro, como ayer. Que yo no podía limpiarle la cosa al Señor y vos me hablaste y me dijiste cosas re inteligentes y me ayudaste.

PADRE- O sea, a ver si te entiendo... Vos querés que yo le encuentre el lado bueno a la situación, así te doy ánimos...

MARÍA (asintiendo enfáticamente)- Eso. Eso, Papá.

PADRE- Pero... ¿estás segura de que vos querés?

MARÍA- Sí, Papi... O sea: no, ¡pero menos quiero que vayas preso! ¡Me muero si vas preso!

PADRE- No quiero que te mueras, hijita.

MARÍA- Por eso... Ayudame, Papá...

PADRE- Bueno. A ver... Pensalo así: el Señor te paga por cada pija que limpies y leche que saques, ¿no es cierto?

MARÍA- Sí.

PADRE- Bueno. Y con tanta plata que debe Papá, tendrías que estar mucho, mucho tiempo limpiándosela al Señor hasta cancelar la deuda...

MARÍA- Y... sí, claro.

PADRE- Y mirá si en el medio pasa algo, o cambia de idea... Pero si vos, así como te dicen ahora, en una sola mañana chupás ocho pijas juntas, en vez de una sola, es más trabajo, claro; pero descontás tanta deuda como si vinieses ocho veces... En una mañana, dos semanas de trabajo, capaz...

MARÍA (reflexiva, metiendo un dedito en un ojal del saco de Padre)- Verdad... No lo había pensado...

PADRE- Viéndolo así, hasta te conviene; pensá que mucho más pronto cancelarías la deuda y podrías seguir viviendo con Papá pero lo más tranquila, sin que nadie nos pueda sacar la casa nunca más.

MARÍA- Cierto...

PADRE- Y si traen más señores de la empresa, mejor todavía, más rápido adelantás...

MARÍA- Sí... tenés razón... pero...

PADRE- ¿Pero?

MARÍA- Que yo... el asco me lo puedo aguantar... Por vos, Papi, yo lo hago...

PADRE- ¿Y entonces?

MARÍA- Nada, que me da un poco de miedo estar limpiando todos los días a unos señores desconocidos, yo solita... Mucho miedo...

PADRE- Y si siempre estoy yo, ¿te quedás mas tranquila? ¿Es eso?

MARÍA- Claro, Papi... Pero vos tenés cosas que hacer, no me vas a estar trayendo todos los días...

PADRE- Sí, se me complicaría un poco; pero con el esfuerzo que vas a hacer por nosotros... Además, que esté yo es más seguro; yo puedo constatar que se atengan a lo que corresponde y no abusen de vos ni te hagan nada que no corresponda...

MARÍA- ¿Si, Papi? ¿Y ellos querrán?

PADRE- Y, preguntales...

MARÍA- Bueno... Pero ¿me vas a seguir queriendo mucho, y dándome besos, aunque ahora tenga que chupar un montón de cosas sucias todos los días?

PADRE- Mirá. Te prometo que si te tragás todo pero todo todo, y al llegar a casa te lavás mucho mucho como ayer...

MARÍA- Sí...

PADRE- ...yo después voy a tu pieza, y te doy besos como el de anoche...

MARÍA- ¿¿¿Sí...??? ¿Como el de anoche...?

PADRE- Sí, pero no uno: un montón, te doy todos los que quieras, para que veas.

MARÍA- ¿Todos todos los que yo quiera?

PADRE- Todos.

MARÍA- ¿Aunque seas mi Papá?

PADRE- Aunque sea tu Papá; te los ganaste.

MARÍA (abrazándolo fuerte y suspirando)- Papi...

PADRE- Hija...

MARÍA- ¿Viste? Yo sabía que me ibas a ayudar. Gracias, Pa.

PADRE- De nada, hija.

MARÍA- Te amo, Papá.

PADRE- Te amo, hija.

Ante esta declaración, María se echa hacia atrás para poder mirarlo a los ojos, sonríe, lo vuelve a abrazar una vez más y luego marcha decidida hasta el centro del semicírculo de Socios.

MARÍA- Bueno. Está bien. Pero con una condición.

SOCIO 4- A ver...

MARÍA- Que siempre me acompañe mi Papá, porque si no tengo miedo, y además porque el tiene que conts... cos... cons.. tatar que ustedes se... se... (mira a Padre en busca de ayuda)

PADRE- Atengan.

MARÍA- ...se atengan a lo que dice el contrato y no se aprovechen y no me hagan cosas feas.

SOCIO 3- Mirá: desde ya que acá nadie tiene la menor intención de abusar de vos ni hacerte nada malo; pero por mí, si a vos te da más tranquilidad, y mientras no interfiera con tus tareas...

SOCIO 6- O sea: si tu papá está presente, ¿vas a trabajar igual de bien?

MARÍA- Si está mi Papi, voy a trabajar mejor.

SOCIO 2- ¿Segura?

MARÍA- Mejor que nunca.

SEÑOR- Bueno. ¿Todos de acuerdo, entonces? (asentimiento general) Perfecto. Nena, a trabajar. Acordate, como te enseñé, eh.

MARÍA- Sí, Señor. (poniéndose frente a Socio 1, modosita, con la típica actitud de nena tratando de demostrar que "ya es grande") Señor, ¿necesita que le limpie la pija, y/o que le saque toda la leche?

SEÑOR 1: Y bueno, dale. Pero empezá por los huevos primero, y cuando estén bien limpitos te ocupás de la pija.

MARÍA- Sí, señor.

María se pone de rodillas y se inclina hasta alcanzar con su boca las correspondientes partes del Socio 1, que rebalsan abundantemente, cayendo en cascada desde la bragueta. Se pone a lamer y a chupar metódicamente, con delicadeza y dedicación.

SOCIO 3: ¿Y? ¿Qué tal chupa?

SOCIO 1: Mmmmmmmm... Ah... No sabésss... Impresionah!!! ¡Ah! Mmmmmmmmmmnte... Hay que ser putita, eh, para chupar tan bien los huevos siendo tan mocosa...

SOCIO 2: ¡Puf! Muy putita...

SOCIO 3: Putísima...

SOCIO 4: RE puta...

SOCIO 5: Una puta redomada...

SOCIO 6: Una reverenda puta...

SOCIO 1: Yo les digo que esta pendeja nació para chupar los huevos... Pero a ver, nena, veamos qué tal chupás la pija... Vamos...

MARÍA- Sí, señor.

María se eleva hasta enfrentarse al miembro de Socio 1, y allí se detiene, el ceño fruncido: luce tan inmundo como el del Señor en la escena anterior. Pero tras unos instantes de vacilación, junta aire, cierra los ojos y decididamente se lo mete en la boca. Por las convulsiones de su cuerpito y las diversas coloraciones que va tomando su rostro, parece que va a sucumbir otra vez ante el esfuerzo; pero esta vez, mal que mal, logra resistir la impresión inicial y a los pocos segundos ya está chupando con ahínco.

SOCIO 1: Ah... Pero qué pedazo de chupa pijas... Ah, cómo la chupa... Ni que viniera chupando pijas desde que nació... Putita... Chupá, putita... Chupala toda...

María, cada tanto, deja de chupar, examina el aparato del Socio 1, y luego retoma, hasta que por fin la inspección parece dejarla satisfecha.

MARÍA- Ya... quedó... bien limpita... señor... ¿Sigo hasta... sacarle... toda la... lempfgggghhhh!!!

María es interrumpida en su pregunta por el Socio 1, que empuja su cabeza hacia abajo y le hunde el miembro en la boca tan adentro que desaparece de la vista.

SOCIO 1: Chupá, putita, lo único que faltaba, dejarme con los huevos llenos de leche, vas a ver, te voy a llenar, medio litro de guasca te vas a tragar, puta, pendeja puta, chupá pendeja, chupá cerdita, chupá, te la doy, te la doy putita eh, toma leche, toma leche putita, tomá, tomá, ¡¡¡TOMAHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!!!

María resiste los empellones en su garganta sacudiendo los bracitos, hasta que el Socio 1 se detiene y queda en una pose relajada. María se desprende de su miembro, se incorpora, hace seña con las manitos de que la esperen y corre hacia Padre. Una vez frente a él, abre la boca, permitiéndonos ver cómo la tiene llena con una cantidad de líquido blancuzco casi suficiente como para llenar un pocillo; luego cierra la boca, los ojos, aprieta los puñitos; un estremecimiento, un escalofrío, y abre grande la boca, sacando la lengua, para mostrarla completamente vacía. Respira hasta recuperar el aliento, y vuelve corriendo hasta encarar al Socio 2.

MARÍA- ¿Necesita que le...?

SOCIO 2- Arrodillate y chupá, putita, vamos.

MARÍA (arrodillándose y colocando la punta de su dedo índice sobre los testículos del Socio 2)- ¿Acá también, señor?

SOCIO 2- Ni falta hace que preguntes, nena. Todos queremos probar tu boca en los huevos.

TODOS LOS SOCIOS RESTANTES- Sí, sí, los huevos, seguro, yo también.

MARÍA- Sí, señor.

María repite el mismo procedimiento que aplicó con el Socio 1, mientras Socio 2 no deja de soltar su retahíla de obscenidades y guarangadas, de similar calibre a las de su predecesor. A María, aunque en este caso la pringue no es menor, parece costarle un poco menos la limpieza. Otra vez, apenas completada su labor, corre a mostrarle a Padre la descarga recibida, y la vaciedad final de su boca. Lo mismo, uno por uno, va ocurriendo sucesivamente con Socio 3, Socio 4 y Socio 5. La descarga de este último parece haber sido particularmente generosa, pues al mostrársela a Padre María se ve obligada a abrir la boca adelantando mucho (y elevándolo lo más posible) el labio inferior, y hasta se coloca instintivamente la palma de la mano bajo la barbilla, como previniendo un inminente derrame, que de todos modos no se produce; y porque el momento de tragar se prolonga bastante más que con los anteriores, mientras sacude ambas manitos con los dedos abiertos y pega unos saltitos. Pero finalmente logra exhibir su boca bien vacía.

MARÍA- Uf, Papi... Este costó... Un montón, le salió...

PADRE- Me di cuenta, hija... Pero ya faltan menos...

MARÍA- Sí, Papá, yo me estoy apurando mucho porque quiero que volvamos a casa... Me prometiste una cosa, vos...

PADRE- Sí, y no me olvido.

MARÍA (tirando a Padre un besito en el aire)- ¡Muack!

María corre hasta caer de rodillas entre las piernas del Socio 6, y se pone a lamer lo que debe lamer, y a chupar lo que debe chupar. Si bien pone gran empeño, haciendo gala de toda su experiencia recientemente adquirida: se lo introduce lo mas profundamente posible, aguantando la respiración y sufriendo las consabidas arcadas; se ayuda meneando, acariciando y masajeando con sus manitos todas las partes que sobresalen de su boca, etc; la descarga final, empero, nunca se produce. María, desde allí abajo, mira hacia arriba con ojos curiosos, pero Socio 6 permanece silencioso, la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados. Como éste es el único que no agarró su cabeza para empujarla hacia abajo, María toma las manos de Socio 6 y ella misma las coloca sobre su nuca, como para ver si eso ayuda; pero aunque el hombre responde y empuja, el cambio no produce el resultado esperado. Entretanto, Socio 7, que hasta el momento no había abierto la boca, abandona su sillón y se acerca a la pareja. Es un hombrecito insignificante, bajito y pelado, pero, en compensación, exhibe el miembro de proporciones más respetables entre los vistos, sobre todo en cuanto a su grosor.

SOCIO 7 (carraspea)- Disculpe, colega...

SOCIO 6 (enderezando la cabeza y abriendo los ojos)- ¿Mm? ¿Le parece momento?

SOCIO 7- Sí, me parece. ¿Va a demorar mucho todavía? Porque tengo los huevos que me revientan, sabe. Si le va a llevar mucho más, si no es molestia, podría dejar a la chica que se ocupe de mí y después termine con usted.

SOCIO 6- Sinceramente, yo preferiría que aguarde su turno, como todos los demás.

SOCIO 7- Todos los demás no tuvieron que aguardar ni la décima parte, amigo.

SOCIO 6- Bueno; cada uno tiene sus tiempos.

SOCIO 7- Si los suyos son tan largos, podría ponerse en último lugar y tomarse todo el que necesite sin joder a los demás.

SOCIO 6- ¡Acá el único que jode es usted! ¿Me puede dejar tranquilo mientras me chupan la pija, carajo?

SOCIO 7 (avanzando un paso amenazador)- ¡Cómo me va a hablar así!

SEÑOR- ¡Señores, por favor, haya calma! ¡Lo único que faltaba, peleas entre nosotros!

SOCIO 7- Bueno, pero ¿qué quiere que le haga? ¡No doy más! ¡Mire cómo la tengo!

SEÑOR- Veo, pero eso se arregla fácil. En vez de entrar en discusiones, por qué no usa la cabeza. ¿No ve que la mocosa tiene ahí dos agujeros más a su entera disposición?

PADRE (abandonando su pose indiferente)- Momentito, momentito; que yo estoy aquí para velar por los derechos de mi hija. El contrato nada dice acerca del uso de otros orificios aparte del bucal.

SEÑOR- No, pero dice bien clarito que su obligación es limpiar pija y sacar leche inmediatamente se le ordene, y si tiene la boca ocupada en ese momento, pues tiene que arreglárselas como pueda, qué tanto. Es perfectamente legal.

PADRE (tras reflexionar unos instantes)- Me temo que está en lo cierto. Nada que objetar (retoma su actitud neutra).

SOCIO 7- De acuerdo entonces. Pero a ver... (junto con el Señor se inclinan detrás de María, y examinan) Mire qué curioso: el agujero de la concha está hecho un enchastre, todo pegajoso... Mire estos muslos chorreados... Qué cosa, ¿no? Y el otro agujerito, no se caracteriza precisamente por su higiene... No me parecen del todo adecuados para una buena limpieza de pija...

SEÑOR- Hombre, le dije que use la cabeza... Use cualquiera de estos agujeros para sacarse la leche de encima, que es lo que le urge; y después, tranquilo, cuando se libere la boca, la usa para terminar de limpiársela bien por fuera, y a otra cosa.

SOCIO 7 (estrechando la mano del Señor)- Brillante. Por algo es nuestro presidente.

El Señor agradece el cumplido con una inclinación de la cabeza, y retorna a su sillón. El Socio 7 se encarama detrás de María, frotándose las manos.

SOCIO 7- Y bueno. Puesto a elegir, por qué privarme de romper bien este culito tan pero tan apretadito.

MARÍA (entendiendo los brazos hacia atrás y sacudiendo las manitos desesperadamente)- ¡¡¡ ¡¡¡¡NNNNNNNNNNNNNNNNNNNNMM MMMMMMMMMMMMMMMMMMM!!!!!! !!!!!

SOCIO 7- ¿Pero qué hacés, putita? ¡Sacá esas manos! ¡Carajo!

SOCIO 6 (sujetando su cabeza firmemente)- Sí, nena, que te vayan a romper el orto no es excusa para dejar de chuparme a mí, eh.

EL RESTO DE LOS SOCIOS: Sí, que te creés, dejátelo romper puta, habráse visto.

SOCIO 1 (incorporándose repentinamente)- ¡Por favor, caballeros! ¡Un poco de humanidad! ¡Y de comprensión, que se trata de una pobre niña! (silencio culposo general) ¡Pónganse un segundo en su lugar, caramba! ¡Cómo van a pretender que en su situación no trate de defenderse! Ya vieron hasta ahora con qué buena voluntad vino cumpliendo sus obligaciones. Espíritu de subordinación no es lo que le falta. ¡Seamos justos!

EL RESTO DE LOS SOCIOS: Sí, es verdad, muy cierto.

SOCIO 1- Ahora, otra cosa es que le vayan pasando una a una las pijas por la boca, y otra muy distinta verse ante la inminencia de que le vayan a meter semejante pedazo de verga en su culito virginal... ¡Cómo no va a intentar protegerse con sus bracitos! ¡No lo puede evitar! ¡Es instintivo! (acercándose e inclinándose a un lado de María) Seamos un poco más caritativos, amigos, y en lugar de increpar a esta criatura por una reacción natural e involuntaria, ayudémosla a cumplir con su deber. Vamos, cada uno agarre una muñeca o un tobillo, con firmeza, y así nos ganaremos el agradecimiento de esta criatura, impidiéndole adoptar una conducta que podría enviar a su amado padre a la cárcel.

EL RESTO DE LOS SOCIOS (rodeando a María): Brillante, qué oratoria Doctor, impecable, sabias palabras.

MARÍA- ¡¡¡¡¡¡¡ ¡¡¡¡¡GGGGGGGGGGNNNNNNNNNNNM MMMMMMMMMMMMMM!!!!!!!!!! !!!!!!!!

Los Socios rodean a María y sujetan firmemente cada uno de sus miembros, todos con los ojos clavadísimos en el pequeño orificio que, dada la forzada posición genuflexa de María, luce cual ofrecido al sacrificio. Socio 7 lo escupe y con un dedo desparrama la saliva.

MARÍA- ¡M! ¡M! ¡M!

SOCIO 7- Sí, putita, ya sé que tenés miedo. Ya sé que te va a doler. Pero ¡oh!, todo eso me da más ganas de rompértelo bien roto.

MARÍA- ¡M! ¡M! ¡M!

SOCIO 7- Y cuanto más protestás, más se me para la pija, y más roto te lo voy a dejar. Seguí, dale, seguí.

MARÍA- ¡¡¡M!!!

SOCIO 7 (escupiendo y untando de saliva su miembro, con toda parsimonia)- ¡Y sigue nomás! ¡Voy a terminar pensando que se muere de ganas de que se lo destrocen!

El Socio 7 apoya la punta de su miembro en el minúsculo y ensalivado orificio de María.

SOCIO 7- De bueno que soy, para que te prepares voy a contar hasta tres, eh. Uno...

MARÍA- ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡M!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

SOCIO 7- Dos...

Cuando todavía está pronunciando la "s" de "dos", el Socio 7 embiste brutalmente, hundiendo su ariete hasta el fondo, de un solo empujón.

MARÍA- ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ ¡¡¡¡¡¡!!!!!!!!! !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

SOCIO 7- Perdón... No aguanté... Se me escapó...

MARÍA- Hhhhhhhh hhhhhhhhhhhhh.. ............................ ...........,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,, ,,,,,,,,,,,,,,

SOCIO 6 (mirando hipnotizado la perforación)- Uy... Sí... Ahora sí... Ahora sí... Ahí viene... Viene... La leche... La... Tomá... ¡¡¡¡¡TOMAAAAAAAAAAAÁ!!!!!

MARÍA- G... g... h... ,,,,,,,,,-

SOCIO 6 (una vez calmado, acariciando tiernamente el pelo de María)- Pobre ángel... Un minuto más y se salvaba... Un minutito apenas... Pobrecita...

MARÍA- H,,,,,,,,,,,,,,,,,,, ,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,

SOCIO 7- Lo que es yo, agradecido... Ay putita, como te late el orto... Te late...

Se oye un taconeo, se abre la puerta e ingresa la Secretaria, con una bolsita de nylon en la mano.

SECRETARIA- Nena, acá te conseguí el delan... ¡Aghhhhh! (levantando un pie) ¿Qué es este asco en el piso? ¿Quién hizo esto?

María de pronto levanta la cabeza, saliendo de su sopor, y mira de reojo hacia la Secretaria, sonrojadísima.

SEÑOR- A ver... ¡Otra vez! ¡Y quién va a ser! La pendeja ésta, que resulta que es una meona, y anda dejando charcos en la cama, en el piso, por todos lados...

SECRETARIA- ¿¿¿Esto es meo??? (con expresión de asco infinito) ¿¿¿Acabo de meter el pie en un charco de meo??? ¿¿¿Con mis sandalias nuevas y las uñas recién pintadas???

MARÍA- Yo... (traga saliva) Fue sin querer, señora... Perdón...

SECRETARIA- Perdón, nada. (acercándose y clavando el taco de su sandalia mojada en el borde del apoyabrazos del sillón frente al cual esta María, el pie apuntando al techo) Me limpiás esto YA. Asquerosa.

María, en su abandonado estado de cuasi desmayo, y para colmo avergonzada y culposa, ni atina a esbozar una protesta.

MARÍA- Sí, señora.

Los Socios la liberan de su sujeción, y María se incorpora hasta alcanzar con su boca el pie de la Secretaria, saca la lengüita y comienza la lamer la suela, dócilmente. A cada embestida de Socio 7, que a todo esto sigue enclavándola por detrás, sus labios y la punta de su nariz chocan contra el zapato. Tras unas cuantas lamidas, la Secretaria empuja hacia atrás la cara de María con el pie, y lo coloca suspendido sobre la cara de María.

SECRETARIA- El taco, nena.

MARÍA- Sí, señora.

María se estira hacia arriba hasta que el taco entra íntegro en su boca, y lo chupa. Al rato, la Secretaria vuelve a levantar el pie, y luego lo clava otra vez el taco en el apoyabrazos, ahora de manera que el pie queda en posición horizontal.

SECRETARIA- Y los dedos. Bien limpitos, eh.

MARÍA- Sí, señora.

María lame los dedos del pie de la Secretaria, y los recorre con los labios en pico para con sendos "slurrrrps" ir sorbiendo la humedad que los cubre.

SECRETARIA- Eso. Y ahora todo junto.

MARÍA- Sí, señora.

María abre la boca bien grande, y cubre con ella todo lo que puede la punta del pie de la Secretaria, dedos y zapato. A cada embestida del Socio 7 le entra un poco más de pie en la boca. Y las embestidas del Socio 7, un poco ladeado para poder mirar a gusto boca y pie, se van haciendo cada vez más violentas y rápidas.

SOCIO 7- Puta... Te lleno el orto de leche, putita... Te lo rompo y te lo lleno de leche... Tomá... Tomá, putita del orrrrto... ¡¡¡¡¡TOMAHHHHHHHHHHHHHHH!!!!!!!!!! ¡Ah! ¡Por fin!

Socio 7 se corre hacia atrás, desprendiéndose de un inmisericorde tirón de María.

MARÍA- ¡¡¡¡¡M!!!!! ¡¡¡M...!!! ¡¡M...............!!

SOCIO 7 (retornando a su sillón del principio)- Puf... Bueno, y ahora vení a terminar de limpiármela, nena, dale.

María alza una mirada interrogante hacia la Secretaria, quien con un gesto le indica que puede proceder. María abandona su pie y se vuelve.

MARÍA- Sí, señor.

María cae arrodillada entre las piernas de Socio 7, ya no firme y derechita como al principio, sino desparramada, rendida, y realiza su tarea de limpieza.

SOCIO 7 (sosteniendo en alto el cabello de María para que nadie pierda detalle)- Eso... Pero qué putita... Miren cómo me limpia la pija que le acabo de sacar del agujero del orto... Ni que fuera un helado... Puta sucia...

Apenas termina de limpiar, María se recuesta en el piso y allí queda, hecha un ovillo, el pelo revuelto.

SECRETARIA- Señor, tengo una emergencia. Necesito ayuda.

SEÑOR- Decime.

SECRETARIA- Resulta que recién voy al baño, a hacer mis necesidades, y ahí me doy cuenta de que justo me había venido la regla. Y yo sin tampones ni nada.

SEÑOR- Oh.

SECRETARIA- Y encima, por supuesto, sin bombacha, que está prohibida por reglamento, en esta empresa.

SEÑOR- Lo sé, lo sé. Yo mismo lo redacté.

SECRETARIA- Entonces me digo: bueno, sentate, hacé lo tuyo, te limpiás bien con papel higiénico, te metés un poco ahí para taponar, y después vemos. Así que me senté, hice lo mío... y al terminar me doy cuenta de que también se había acabado el papel.

SEÑOR- Oh.

SECRETARIA- Un desastre. Imagínese que en estas condiciones no puedo trabajar. Mire...

La Secretaria, de pie como está, se levanta la falda y, entreabriendo las piernas, ofrece a la vista de todos un chocante espectáculo: desde su entrepierna hasta las rodillas, la cara interna de ambos muslos están cubiertas por surcos de rojísima, oscura y espesa sangre.

SEÑOR- Qué barbaridad.

SECRETARIA- Sí, es que siempre fui medio bruta para menstruar... Y mire acá, es peor todavía...

La Secretaria abre un poco más las piernas, y se separa los labios de la vulva, y gira para que todos puedan apreciar sus vellos pegoteados de sangre, en parte fresca, en parte seca, cuando no son directamente majestuosos coágulos que le cuelgan de allí. Otros vellos lucen perlados por gotitas ambarinas.

SECRETARIA- ¿Ve? Ahora, por culpa de los de limpieza, que nunca reponen el papel, estoy con la concha toda menstruada y meada. Una asquerosidad. No puedo estar así.

SEÑOR- De ninguna manera. Bueno, para algo la tenemos acá a la putita de limpieza. Que limpie toda esa porquería, y que después vaya a comprar el papel, y de paso te traiga los productos íntimos femeninos que necesites.

SECRETARIA- Gracias, Señor. ¡Nena!

María, desde el piso, levanta un poco la cabeza. Tiene la mirada perdida, ausente, como si estuviese borracha o drogada, y la actitud de no entender muy bien dónde está ni lo que sucede. Parece haber perdido todo viso de voluntad y hasta de conciencia.

MARÍA- ¿Mhhh...?

SECRETARIA- Dale, vení acá, que me tenés que limpiar todo este enchastre.

MARÍA (apenas audible)- Sí, señora.

María, como sonámbula, gatea hacia las piernas de la Secretaria. Sus ojos, al encontrarse con tal sangriento derrame, se abren sorprendidos. Recorre con la vista un muslo, desde la rodilla a la entrepierna, se detiene unos segundos ahí, pestañeando, y luego baja por la otra. Luego frunce el ceño, como si estuviese tratando de pensar algo que se le escapa.

MARÍA (apuntando todo el conjunto con su dedito, en un gesto abarcador)- ¿Todo esto tengo que limpiar?

SECRETARIA- Todo.

MARÍA- Pero...

María piensa unos momentos pero, como si ello le costara un esfuerzo sobrehumano, pronto recae en su sopor, y se limita a asentir. Se moja los labios, saca la lengüita y toca con ella apenas la más baja de las gotas en la pierna izquierda de la Secretaria, la mete para adentro de la boca y degusta, lo que le produce un estremecimiento. Pero vuelve a acercarse y a lamer. Va lamiendo pierna arriba, con lo que la sangre se va acumulando en su lengua, de tal modo que llega un momento en que ensucia más de lo que limpia. Entonces, con su confusa mirada recorre el lugar, hasta ubicar a Padre, sentado donde siempre, y lo llama con la manito. Padre se acerca y se pone de cuclillas a su lado; María le muestra la boca abierta y llena, la cierra, aprieta los párpados, temblorosa, y vuelve a mostrarla abierta, ahora completamente vacía. El Señor y los Socios también se acercan y las rodean, para poder observar en detalle. María retoma lo suyo. Va remontando el muslo, lamiendo o (cuando llega a puntos de mayor concentración) aplicando los labios y, emitiendo unos chup-chups, mediante la succión directa. Cada tanto se vuelve hacia Padre y le muestra cómo va tragando todo. Así hasta que llega a la ingle.

SECRETARIA (con la respiración entrecortada)- Pará ahí... Ahora... la otra pierna...

MARÍA- Sí, señora.

María desciende hasta la altura de la rodilla derecha, y desde allí comienza a lamer muslo arriba, siempre deteniéndose a mostrar cada vez que traga. Así hasta alcanzar la correspondiente ingle. Ambos muslos lucen ahora prístinos.

SECRETARIA- Muy bien... Eso... Ahora los pelitos... Los pelitos, nena...

MARÍA- Sí, señora.

María se eleva y estira hasta alcanzar con su boca los vellos púbicos de la Secretaria. Traga saliva, se muerde el labio inferior, suspira, hasta que al fin abre la boca para cerrarla alrededor de un buen mechón de pelos de los que cuelgan. Los chupa, los exprime apretando los labios, los encierra en su boca realizando ciertos movimientos con la mandíbula que denotan cómo los frota entre la lengua y el paladar, todo hasta que logra quitar hasta los últimos vestigios del pegote reinante. Luego (previo mostrar cómo tragó todo) arremete contra un segundo mechón. Y un tercero.

SECRETARIA (jadeando)- Mmm... Eso... Así... Toda limpita me la vas a dejar... Toda...

En un momento, al tirar con sus labios de un mechón de pelos, cae de allí un largo coágulo de sangre, y María no puede evitar que la arcada que esto le produce lo expulse de su boca; pero en un rápido gesto coloca su manita abierta bajo la barbilla, y el coágulo va a parar allí. Apenas se repone de la arcada, se lleva la mano hasta la boca y con los labios y la lengua sorbe el cuajo y, con un fuerte estremecimiento, lo traga. Tras lamerse la palma de la mano hasta quitar todos los restos, retoma su tarea. Y la prolonga hasta que todo el vello púbico de la Secretaria luce húmedo de saliva pero, por lo demás, completamente aseado.

SECRETARIA- Y ahora... ahora... (separándose obscenamente los labios de la vulva con los dedos de ambas manos) Ahora la concha, putita... Me chupás bien la concha...

MARÍA- Sí, señora.

María se acerca a la zona. En la abiertísima vulva de la Secretaria, podemos ver cómo el amplio y latiente orificio de entrada rezuma espeso y oscuro flujo menstrual. María se ubica debajo, con la cabecita echada hacia atrás, abre la boca, y saca la lengua y apoya la punta de la lengua ahí mismo.

SECRETARIA- ¡Ah...!

Maria remueve un poco con la lengua, y el líquido fluye hacia su boca, siendo inmediatamente reemplazado por nuevas existencias, que a su vez fluyen lengua abajo también.

SECRETARIA- Mmmmmmmmmmmhhhhhhhhhhhhhhh...

María hace una pausa para tragar, y vuelve a las lamidas. Cada vez que pasa la lengua, quitando el flujo allí presente, el orificio vuelve a obturarse enseguida con una nueva cantidad. María lame y traga, lame y traga.

SECRETARIA- Ay putita, ay pendeja puta, cómo la chupás. Chupame la concha, puta, chupámela. ¡Ah! ¡Ah! ¡Pero miren qué perra! ¡Miren cómo se chupa una argolla toda menstruada! ¡Y meada! ¡Puta! ¡Puta!

La Secretaria suelta sus labios y, tomándola por los pelos, hunde la carita de María en su entrepierna, mientras sacude su pelvis convulsivamente. María, para no perder el equilibrio, se aferra a ambos muslos de la Secretaria.

SECRETARIA- ¡Puta! ¡¡¡No la podés chupar ASÍ!!! ¡¡Me vas a hacer acabar!! ¡¡Te voy a llenar la cara de jugo de concha!! ¡¡La cara y la boca de menstruación y jugo de concha!! ¡¡¡Por puta!!! ¡Pendeja puta chupa pijas y chupa conchas! Te acabo. Te acabo. Te acabo. Ah. Ah. ¡Ah! ¡¡¡Ahhhhhhhh!!! ¡¡¡AHHH!!! ¡¡¡AHHH!!! ¡¡¡AHHH!!! ¡¡¡AHHH!!!

Los espasmos pélvicos de la Secretaria van amainando paulatinamente, hasta detenerse por completo, y suelta la cabeza de María, que cae sentada sobre sus talones. Sus labios y toda la zona aledaña, desde la nariz hasta la barbilla, lucen teñidas de rojo.

SECRETARIA- Mmmmmmmmmmmm... Miren esa carita... Putita asquerosa... Vení acá... Vení que todavía no terminé con vos...

La Secretaria toma a María del brazo, obligándola a pararse, y la conduce hasta un sillón. La Secretaria arrodilla encima de espaldas, apoyando su abdomen sobre el respaldo, abre las piernas, y se sube toda la falda, ofreciendo a la vista un magnificente par de redondas y carnosas nalgas, en tal posición completamente empinadas. Colocando una mano sobre cada una de ellas, las separa todo lo que puede.

SECRETARIA- Mire, Señor... No le conté todo todo... Por vergüenza, ya sabe lo tímida y pudorosa que soy... Pero... No fui a mear nada más al baño, sabe... También fui a cagar... Y cagué... Y como cagué, se me ensució el agujero del culo...

SEÑOR- Si está sucio, para algo tenemos putita de limpieza acá. Que se encargue.

SECRETARIA- ¿Oíste? Si está sucio, lo tenés que limpiar... Porque vos acá sos la putita que limpia, la putita que limpia chupando...

MARÍA (siempre ausente y sonámbula)- Sí, señora.

SECRETARIA- Fui y cagué y no me limpié y ahora me pica el orto... Me pica el orto... Rascámelo con la lengua, vení...

MARÍA- Sí, señora.

La Secretaria se inclina más hacia adelante, empinando más los glúteos, los cuales suelta para colocar una mano bajo su entrepierna, y comienza a frotarse con ella. María, entretanto, se arrodilla en el sillón, entre las pantorrillas de la Secretaria, y es ella ahora quien le abre las nalgas con sus manitos. El esfínter y la zona circundante lucen ostensiblemente sucios. María, siempre con su actitud de abandono, saca la lengua y se pone a lamer.

SECRETARIA- ¡Ah! ¡Mmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmmm! ¡Cómo chupássssssss! ¡Puta, puta, puta! ¿Sabés lo que sos, vos? ¡Una putita de mierda, eso es lo que sos! ¡Para limpiar culos cagados, para eso servís! ¡Para eso naciste! ¡Dale, puta, por adentro también! ¡Meté la lengua! ¡Metela! ¡Más! ¡Mássssssssssssssssssssss! ¡Así no me vas a limpiar todo el agujero! ¡Más adentro, te dije!

María, hundiendo la cara entre las nalgas de la Secretaria, empuja hacia adelante todo lo que puede.

SECRETARIA- ¡Más! ¡Puta! ¡Más adentro! ¡Más!

MARÍA- Es que mi lengua es chiquita, señora... La estoy metiendo toda...

SECRETARIA- ¡Salí!

La Secretaria se escupe los dedos de la mano libre, y luego enfila uno, dos dentro de su agujero. Los retira casi totalmente y los vuelve a hundir, varias veces, en rápidas y violentas acometidas.

SECRETARIA- ¡Mm-mm-mm-mm-mm-mm-mm-mm-mh....! ¡Abrí la boca, perra, preparala para limpiarme estos dedos sucios del orto!

MARÍA- Sí, señora.

María abre la boca. La Secretaria retira completamente los dedos de su orificio y los lleva a la boca de María, que los chupa dócilmente. Vuelve a metérselos, y de allí a la boca de María, y repite el movimiento varias veces.

SECRETARIA- Limpiá, putita. Chupá. Limpiá. Mirá cómo chupás. Del orto. Qué putita. Y ahora, putita del orto, me vas a terminar de chupar el orto. Pero con todas las ganas, eh.

MARÍA- Sí, señora.

María empieza a inclinarse sobre el pequeño orificio, pero a último momento se detiene y, en vez de dedicarse a él, se poner a lamer toda la zona circundante, varios centímetros a la redonda.

SECRETARIA- ¡Ah! Hummmm... ¡Oh! Mmmmmm... ¿Por qué hacés eso...?

MARÍA- Porque tiene todo manchado de rojo, señora, debo haber sido yo con mi cara, me parece. Y después se va a enojar si queda así.

SECRETARIA- Mmmmmmmmmmmsí... Muy bien, putita, vas aprendiendo... Yo te voy a sacar buena... Vas a ser la mejor limpia conchas y limpia culos del mundo, conmigo... Dale... Cuando termines volvé al ¡Ahhh...! Mmmmmmmmm... Msssssssí... Chupalo... Chupame el agujero... Así... Assssssssssssssssssí... Adentro... Meté... El orto... El orto... ¡El orto! ¡El orto! ¡El orto! ¡¡¡El orrrto!!! ¡¡¡El orrrto!!! ¡¡¡¡¡EL ORRRRRRRRRRRHHHHHHHHHHHH................................................!

La Secretaria cae hacia adelante, laxa, y María también, sobres sus talones. Tras unos instantes de quietud, la Secretaria baja del sillón y se acomoda la pollera.

SECRETARIA- Uf... Qué bárbaro... Bueno, nena, andá a comprarme los tampones, ahora. Antes que me empiece a chorrear toda de vuelta.

MARÍA- Sí, señora.

SOCIO 1- Ah, no, momentito. Ahora no. Mire cómo me puso el espectáculo que acaban de dar ustedes dos. Se me llenaron los huevos de vuelta. Más leche que antes, tengo.

SOCIO 2- ¡Y yo, ni hablar!

SOCIO 3- ¡Lo mismo digo!

SOCIO 4- Si no me sacan ya mismo la leche que junté, mato a alguien. Lo juro.

SECRETARIA- Ah, no. Primero esta lo mío. Es una urgencia.

SOCIO 5- ¿¿¿Y lo nuestro que es???

SOCIO 6- ¡Saquemos a esta puta del medio, y cojámosle la boca a la pendeja! ¡Qué tanto!

SEÑOR- Señores, por favor. Haya paz. La chica tiene otras cosas que hacer. Y nosotros también, tenemos que seguir con nuestros negocios. No vamos a estar todo el día con esto.

MARÍA- Y yo me tengo que volver a casa con mi Papá...

SEÑOR- Además. Ya va siendo hora.

SOCIO 7- ¡Y qué! ¿Nos vamos a quedar así?

SEÑOR- Yo no dije eso, hombre. Todo tiene solución. Vení, nena.

MARÍA- Sí, Señor.

SEÑOR- De rodillas. Eso, muy bien. La cabecita para atrás. Un poco más. Aaaasí. Ahora abrí la boquita. Grande. Un poquito más. Bien. Sacá un poco la lengüita. Ahí. Perfecto. Quietita así. Bueno, señores, ahí está. No tienen más que depositar sus leches en esa boca abierta a tal fin, y santo remedio: en dos minutitos todo solucionado.

LOS SOCIOS- Brillante. Genial. Excelente. Insuperable.

SEÑOR- Coincido en que no es lo mismo que una limpieza directa, pero yo mismo, para dar el ejemplo, voy a darme por satisfecho con este método, y eso, que conste, que yo aún no fui chupado el día de hoy. Adelante, señores.

El Señor y los Socios rodean a María en un desaforado círculo, todos meneando sus miembros como si en ello les fuera la vida y barbullando toda clase de obscenidades. Bastan pocos instantes para que una lluvia de chorros blancos empiece a caer sobre María, mayormente dentro de la boca, pero también sobre la cara, el pelo, las orejas... De a dos, de a tres, de a cuatro, todos realizan su descarga, y cuando hasta el último ha terminado, uno por uno acercan su aparato, exprimiéndolo y sacudiéndolo para que hasta las últimas gotas caigan sobre su designada depositaria.

Una vez concluido esto, el círculo se abre y María, con sus deditos, corre el líquido acumulado sobre sus párpados para poder abrir los ojos, y busca con la mirada a Padre; tras asegurarse de que él la está observando, cierra la boca, con cuidado para que no rebalse (el semen le llega casi hasta los labios), baja la cabeza y, en medio de estremecimientos, apretar de puñitos, temblores, tambaleos, arcadas contenidas, palideces, convulsiones y quejidos, finalmente puede abrir la boca vacía. O casi: vuelve a cerrarla y realiza varios movimientos tendientes a recolectar los restos entre dientes, encías y diversos recovecos bucales, traga otra vez, y ahora sí la muestra vacía del todo.

SECRETARIA- Bueno, ahora sí. Tomá tu delantal y andá a comprar.

MARÍA- Sí, señora. (poniéndose de pie con dificultad, tambaleante, el pelo pegoteado, la cara toda enchastrada hasta el cuello de grumos gelatinosos, alrededor de la boca algunos rojos subsisten bajo el blanco) ¿Dónde me puedo lavar, así voy?

SECRETARIA- No, nena, el baño que podés usar queda en el subsuelo, y hasta que bajás y todo, no puedo esperar tanto tiempo. Andá y te lavás a la vuelta.

María, saliendo del sopor en que estuvo sumida por largo rato, la mira con ojos desorbitados.

MARÍA- ¿¿¿Eh??? ¿Usted quiere que salga ASÍ a la calle?

SECRETARIA- Lo que te digo es que vayas de una vez. Que estés así es problema tuyo.

MARÍA (dando una patadita en el suelo)- ¡No!

SECRETARIA- ¡Cómo que no!

MARÍA- ¡Eso sí que no! ¡Ya me hicieron limpiando un montón de cosas asquerosas que no estaban en el contrato, y me metieron una cosa atrás, y me la aguanté calladita porque me quiero ir a mi casa con mi Papá, pero eso sí que no! ¡Yo a la calle así no salgo!

SECRETARIA (apoyando una rodilla en el piso para descender a su altura) - ¿Ah, no?

MARÍA- ¡No y no!

SECRETARIA- Bueno... (de sopetón, captura un pezoncito de María entre dos dedos, atenazándolo) ¡Si yo te doy una orden la cumplís, putita! ¡Qué te creíste!

MARÍA- ¡AAAAAAAAAAAAAAAYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYY!

SECRETARIA- ¡Lo único que faltaba, mocosa, tu primer día y desobedeciéndome a mí que trabajo acá hace años!

MARÍA- ¡AAAAAAAAAAAAAAAYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYY!

PADRE (poniéndose de pie)- Señores, esto es un abuso. No corresponde. No puedo permitir, bajo ninguna circunstancia, que mi hija sea sometida a ninguna clase de trato inapropiado ni atenten contra su dignidad.

MARÍA- ¡AAAAAAAAAAAAAAAYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYY!

SOCIO 1- Yo estoy de acuerdo. Es verdad que la chica desobedeció una orden directa y merece algún castigo, pero esta mujer no tiene la atribución de aplicarlo sumariamente por sus propias manos. Después de todo, ella tampoco es más que una empleada, acá.

MARÍA- ¡AAAAAAAAAAAAAAAYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYY!

PADRE- A eso me refiero, precisamente.

SEÑOR- ¿Todos de acuerdo, colegas? (asentimiento general) Proceda, nomás.

PADRE- Gracias.

MARÍA- ¡AAAAAAAAAAAAAAAYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYY!

PADRE- Señora, le aconsejo soltar inmediatamente a mi hija, antes de que me vea forzado a tomar medidas drásticas.

SECRETARIA- Señor, con todo respeto, su hija es una putita rebelde y desobediente y necesita una lección.

MARÍA- ¡AAAAAAAAAAAAAAAYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYY!

PADRE- Quizá esté usted en lo cierto, pero como bien dijeron sus propios superiores, usted no está calificada para aplicar castigo alguno sobre mi hija.

SECRETARIA- Pero me desobedeció a mí, así que no pienso soltarla.

MARÍA- ¡AAAAAAAAAAAAAAAYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYY!

PADRE- ¿Es su última palabra?

SECRETARIA- Definitivamente.

Rápidamente, Padre toma las solapas de la camisa de la Secretaria y las abre de un tirón, haciendo saltar los botones, y (aprovechando la total ausencia de corpiño) aprisiona uno de sus pezones con ferocidad.

SECRETARIA- ¡AAAAAAAAAAAAAAAYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYY!

MARÍA- ¡AAAAAAAAAAAAAAAYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYY!

PADRE- Suéltela. Por su bien, se lo digo.

SECRETARIA- ¡¡¡¡Nnnnnnnnnnno!!!!! ¡Suélteme usted!

La Secretaria levanta la mano libre y agarra el otro pezón de María.

MARÍA- ¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYY!!!!

Padre agarra el otro pezón de la Secretaria.

SECRETARIA- ¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYY!!!!

PADRE (apretando los dientes)- Puta, la soltás ya mismo a mi hija, o te juro que te va a doler tres años seguidos.

La Secretaria, en vez de obedecer, clava las uñas en los pezoncitos de María.

MARÍA- ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYY!!!!!!!!!!!

Padre retuerce brutalmente los pezones de Secretaria.

SECRETARIA- ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAAAAYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYYY!!!!!!!!!!!!!

La Secretaria, su rostro desfigurado por el dolor, suelta finalmente a María y aferra las muñecas de Padre, buscando desprenderse, sin lograrlo. María, entre hipos y sollozos, queda sentada sobre sus talones, masajeándose los apenas incipientes pechitos.

SECRETARIA- ¡Por favor, señor! ¡Duele demasiado! ¡No lo soporto! ¡Ya la solté! ¡Suélteme a mí!

PADRE- Te voy a soltar, puta, cuando le hayas pedido perdón a mi hija, y ella te haya perdonado.

SECRETARIA- ¡Por favor!

PADRE- Y te aviso, puta, que no estoy aplicando ni la mitad de mi fuerza. Puedo aumentarla en cualquier momento.

SECRETARIA (palideciendo)- No. No. Está bien. Nena, perdoname. Estuve muy mal. Nunca más te vuelvo a hacer eso.

MARÍA- ¡No! ¡No la perdono nada! ¡Por mala!

SECRETARIA- ¡No! Yo soy buena, te lo juro, me porté mal nada más, pero soy buena, por favor, por favor...

MARÍA- ¡No! Embrómese. Yo soy buena, que la limpié toda. Usted es malísima.

SECRETARIA- Nena... Te juro... Yo... ¡¡¡AIAAAA!!! Yo... soy buena también... Como vos... Mirá... (al borde de la desesperación, gatea hacia el charquito que había pisado, acompañada por Padre que la sigue aferrando de los pezones, se inclina y lame el líquido del piso) Mirá... ¿Ves? Yo también te limpio... Tu pis... Mirá: slurrrp, slurrrp, slurrrp... (se incorpora, la boca chorreando hasta el mentón, y vuelve gateando hasta María, que mantiene su expresión severa) Por favor... Perdoname... Soy buena yo... ¿No viste como limpié tu pis? Y... ¡¡¡¡AAAAAYYY!!!! Y... y te quiero mucho... En serio... Mirá... Te limpio la boquita sucia de leche... (lame los labios de María y, como los encuentra entreabiertos, desliza su lengua por entre ellos y recorre con ella la boca de María) Mirá... ¿ves cómo te doy besos? ¿Te daría besos si fuera mala, eh? Perdoname... dale... (vuelve a besarla, esta vez un largo y profundo beso de lengua, al tiempo que instintivamente se bambolea hacia delante y atrás) Mmmmmmmmmm... Mmmmmmmmm... ¿Mmmmmmm...?

María, que en un principio se dejó como quien no quiere la cosa y luego se abandonó al beso, finalmente la aparta con sus manitos.

MARÍA- Bueno. Ya está. Basta de babosearme. La perdono. Pero que sea la última vez.

Padre suelta a la Secretaria que, aliviada, se lleva las manos a los pezones. Tras unos instantes se acerca a María y le toma la carita suavemente entre sus manos.

SECRETARIA- Gracias, nena...

Al tiempo que agradece, dirige a María una mirada asesina que sólo ella puede ver, borrando su aire condescendiente y haciéndole abrir unos ojitos asustados. La Secretaria se incorpora y se vuelve a la audiencia.

SECRETARIA (encarándose con Padre) - Señor, le pido perdón a usted también, y le agradezco el castigo que me propinó, porque me puso en mi lugar. Y señores, les pido perdón por haberme tomado atribuciones fuera de mi posición en la empresa. Ahora pueden aplicarle a esta chica el castigo severo y ejemplar que corresponde, y no como el mío, que fue antirreglamentario y por tanto debe ser declarado nulo.

SEÑOR- Bien dicho. Por supuesto. Yo diría que una buena tunda en ese culito sería un correctivo apropiado. ¿Qué les parece? (asentimiento general) Bueno, nena, (frotándose las manos) vení y ponete acá que te voy a dar tu merecido.

MARÍA (cruzando los bracitos, desafiante)- No. Ni loca. Usted no es mi Papá, para andar pegándome.

SEÑOR- Mirá vos. Así que yo no te puedo pegar. Y tu papá sí.

MARÍA- El que me puede pegar es mi Papá. El ú-ni-co.

SEÑOR- ¿Ah, sí? ¿Y te pega él?

MARÍA- ¡Y claro! ¡Si me porto mal, sí! ¡Para eso están los papás!

SEÑOR- Mmmmmno sé. Para mí decís eso porque tenés miedo que te pegue yo, que soy grandote y fuerte, y preferís que te pegue el flacucho de tu papá que te va a pegar despacito, porque no es tan fuerte como yo.

MARÍA- ¿¿¿Que mi Papá no es fuerte??? ¡Ja! Es RE fuerte. Y más fuerte que usted, además.

SEÑOR- ¿Te parece? ¿Y puede pegar buenas palizas?

MARÍA- Mi Papá puede pegar unas palizas tremendas, si quiere.

SEÑOR- Mirá vos. Bueno, que te la dé él la paliza, a ver si es cierto. Pero mirá que si nos damos cuenta que hacen trampa y la paliza es de mentira y despacito, no vale, y te vamos dar otra nosotros, eh.

MARÍA- A mí no me va a pegar nadie que no sea mi Papá.

SEÑOR- Pero que no haga trampas.

MARÍA- Mi Papá no es ningún tramposo.

SEÑOR- Y que no sea la paliza de un debilucho.

MARÍA- Mi Papá no es ningún debilucho.

SEÑOR- Ni de un papá miedoso que no sabe educar a la hija.

MARÍA- Mi Papá no es ningún miedoso. Y me sabe educar per-fec-to.

SEÑOR- Mmmmmmmmmmmmmno sé, no sé, no sé. Me parece que vos decís todo eso porque sos la hija y lo querés mucho. Pero capaz te parece a vos, nada más.

MARÍA (enojada, dando una patadita en el piso)- ¡Papi!

PADRE- Hija...

MARÍA- ¡Mirá lo que dicen! ¡Mostrales!

PADRE- Qué querés que haga, hija.

MARÍA- Dicen pavadas, Pa. Mostrales cómo me sabes educar y castigarme si me porto mal. Mostrales que sos fuerte.

PADRE- ¿...Una paliza, hija...........?

MARÍA- ¡Sí! Dame una buena paliza, así estos se tiene que callar.

PADRE- Como quieras, hijita. Traé aquella silla.

MARÍA- Sí, Papi.

María marcha a paso decidido y trae una silla que había en un rincón.

PADRE- Ponela ahí. Eso. Ahora subite. No, al revés, arrodillada. Eso. Y agarrate del respaldo. Pará el culito, hija............... Así............ ¿Un poquito más, podés.....................? Ahí.............. Listo.

MARÍA- Papi...

PADRE (acercándose para que ella le pueda hablar al oído)- Hija...

MARÍA- ¿Después que compre eso, como era...?

PADRE- Tampones.

MARÍA- Eso, ¿Nos vamos a casa?

PADRE- Sí, hija.

MARÍA- ¿Y me vas a dar muchos besos?

PADRE- Miles.

MARÍA- Pero cómo hago, Pa... Con la cara así... ¿Se me nota mucho?

PADRE- Y... sí, hija. No te voy a mentir. Tenés toda la carita cubierta de leche seca. Cómo no se va a notar...

MARÍA- ¡La gente me va a mirar, Pa!

PADRE- Y sí, hija. Yo te miraría, la verdad.

MARÍA- ¡Ves! ¿Y qué pensarías de mí?

PADRE- Y, qué putita tan sucia llena de leche, qué voy a pensar.

MARÍA- ¡Ves! ¡Ves!

PADRE- Claro que si supiera...

MARÍA- ¿Qué?

PADRE- Si supiera por qué quedó así, pensaría: pero qué buena hija esa putita sucia; una hija maravillosa, lo que hace...

MARÍA- ¡Pero la gente no sabe, Pa!

PADRE- Pero vos sí sabés.

MARÍA- Sí, pero...

PADRE- Entonces, aunque te dé vergüenza, vos por dentro sabés por qué estás así, y podés estar orgullosa. Y que la gente piense lo que quiera. Si vos estás trabajando de putita es por tanto que me querés a mí, así que no sos una putita cualquiera. Sos la putita de tu Papá.

MARÍA- ¿Sí? ¿Soy tu putita...?

PADRE- Mi putita.

MARÍA- La putita de mi Papá...

PADRE- De tu Papá.

MARÍA- ¿Sabés, Pa? No me gustaba mucho ser putita, es un trabajo sucio y feo... Pero ahora que me decís así...

PADRE- ¿...Te gusta?

MARÍA- Me parece que sí... A ver, decímelo...

PADRE- Sos mi putita.

MARÍA- Te quiero mucho, Pa.

PADRE- Yo también, hija. (se aparta para ponerse en posición)

MARÍA- Papi...

PADRE (vuelve)- Hija...

MARÍA- Me duele mucho mucho atrás, que ese señor malo me metió su cosa... ¡Y las tetitas, Pa!

PADRE- En casa me voy a ocupar, hija. Te voy a pasar unas cremitas y te voy a curar.

MARÍA- ¿¿Sí?? Gracias, Pa...

PADRE- De nada, hija. (se aparta para ponerse en posición)

MARÍA- Papi...

PADRE (vuelve)- Hija...

MARÍA- Gracias por defenderme hoy de esa señora mala, Pa.

PADRE- Hija, yo siempre te voy a defender y a cuidar.

MARÍA- Ya seeeeé, Papi. Pero gracias, igual.

PADRE- De nada, hija.

MARÍA- Y Pa, no tengas miedo y pegame fuerte fuerte, eh. Así después no empiezan que me tienen que pegar ellos. Me quiero ir a casa... Y además quiero que vean que lo que dijeron eran todas estupideces.

PADRE- Está bien, hijita.... Es más, se me ocurre una idea...

MARÍA- ¿Qué, Papi?

PADRE- Si te animás... Si no te da miedo...

MARÍA- ¿De vos? ¿¿Cómo te voy a tener miedo a vos, Pa??

PADRE- Entonces... ¿Y si uso el cinto?

MARÍA- ¿¿¿El cinto???

PADRE- Claro... Imaginate la cara que van a poner... Con las cosas que dijeron... Cuando vean que me saco el cinto...

MARÍA- Pero... ¿No va a doler mucho, Pa?

PADRE- Tenés razón... Mejor no. Sabés que no soporto verte sufrir. Aunque sea para que éstos queden como unos pelotudos.

MARÍA- ¡No! Pará... Está bien, usá el cinto... Yo me la aguanto... Quiero que queden como unos pelotudos re re re pelotudos, porque son unos re pelotudos.

PADRE- Dale. Y para que quede peor, yo me voy a hacer el que estoy muy enojado, y te voy a decir muchas cosas feas, ¿dale?

MARÍA- Dale. Decime cosas bien bien feas.

PADRE- Y vos también: hacete la que gritás, protestás, hacés escándalo... ¿De qué te reís?

MARÍA- De que si me das con el cinto, me parece que no me va a costar mucho, Pa...

PADRE- ¡Linda que sos!

MARÍA- ¡Ay, Papi! No veo la hora de lavarme toda esta porquería de la cara para que me des besos...

PADRE- Esa boquita. Te la voy a comer.

MARÍA- Papi... Papi... ¡Pegame esa paliza de una vez!

PADRE- Con todo mi amor, hija...

MARÍA- ¡¡¡Muack!!!

Padre se para detrás de María, adoptando una actitud severa y terminante.

PADRE- Putita, oí muy bien lo que te voy a decir, y contestame fuerte para que todos oigan bien, eh. Sos una putita desobediente, una vergüenza, me hacés quedar muy mal, y te voy a tener que castigar muy fuerte, para que aprendas. ¿Estamos?

MARÍA (con voz exageradamente aterrorizada)- Sí, Papi, perdón, Papi.

PADRE- ¿Cómo te portaste?

MARÍA- Muy muy mal, Papi.

PADRE- Porque sos una putita malcriada, y te tengo que corregir.

MARÍA- Sí, Papi.

PADRE- ¿Qué sos?

MARÍA- Una... putita malcriada, Papi.

PADRE- Peor que eso. Ya te lo dijeron. Sos una putita de mierda.

MARÍA- Sí, Papi.

PADRE- ¿Qué sos?

MARÍA- Una putita de... de mierda, Papi. Soy una putita de mierda.

PADRE- Y por eso te voy a dar la paliza de tu vida.

MARÍA- Sí, Papi.

PADRE- Te la merecés.

MARÍA- Sí, Papi.

PADRE- Y para que sea la paliza de tu vida de verdad... (se saca el cinto, y lo blande frente a los ojos de María)

MARÍA (sobreactuando)- ¡¡¡Noooooooooooooooooooooooooooooooooo Paaaaaaaaapiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!!!

PADRE- Claro que sí.

MARÍA- ¡¡¡Con el cintooo noooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!!!

PADRE- Te dije que sí.

MARÍA- ¡¡¡Por favorrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!!!

PADRE- ¡¡¡Basta, puta!!! ¡¡¡Te callás!!!

MARÍA- Pero... pero...

Padre le da un cintazo en las nalgas: ¡KSH!

MARÍA- ¡¡¡Ay!!!

PADRE- Para que aprendas, putita. ¡Tomá!

Padre le da un buen cintazo en las nalgas: ¡¡¡KSH!!!

MARÍA- ¡¡¡AYYY!!!

PADRE- A ser obediente y respetuosa. ¡Tomá! ¡Tomá! ¡Tomá!

Padre le tres fuertes cintazos en las nalgas: ¡¡¡¡¡KSH!!!!! ¡¡¡¡¡KSH!!!!! ¡¡¡¡¡KSH!!!!!

MARÍA- ¡¡¡¡¡¡¡¡AYYYYYYYYYYYYYY!!!! ¡¡¡Dueeeeeeeeeeeleee eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!!!

PADRE- Y todavía ni empecé, puta. ¡¡¡Tomá!!!

Padre le cinco tremendos cintazos en las nalgas: ¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!! ¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!! ¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!! ¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!! ¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!

MARÍA- ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAAAA AAAAAAAAAAAAAAYY YYYYYYYYYYYYYYYYYY!!!!!!! !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

PADRE- Te voy (¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!) a dejar (¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!) el culo (¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!) todo marcado (¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!) por semanas (¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!) así cuando vengas acá (¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!) pueden ver (¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!) que si te portás mal (¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!) es porque sos (¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!) una putita (¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!) de (¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!) mierda (¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!) y no (¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!) porque yo (¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!) no sepa (¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!) cómo hay que tratar (¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!) a las putitas (¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!) de (¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!) mierda (¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!) como (¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!) vos (¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!) puta (¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!).

MARÍA- ,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

PADRE- ¿¿¿Te vas a portar bien desde ahora???

MARÍA- ;;;;;;;;;;;; ;;;;;;;;;;;;;;;;;;;; ;;;;;;;;;;;;;;;;;;;;;;;;;;;;

PADRE- ¿Aprendiste la lección?

MARÍA (entre sollozos)- Sí, Papi... Sí, Papi... No me pegues mássssssss...

PADRE- ¿Nunca más vas a desobedecer?

MARÍA- Nunca,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,, ,,,,,,,,,,,,,,,,,

PADRE- ¿Segura?

MARÍA- Te... lo... juro... Pa... pá.

PADRE- Bueno. Entonces tres cintazos más, pero esta vez fuertes en serio, y terminamos.

MARÍA- NNNNNNNNNN NNNNNNNNNNNNNNNNNOOOOOOO OOOOOOOO OOOOOOOOOO

¡¡¡¡¡¡¡¡¡ ¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!! !!!!!!!!

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡KSH!!!!!!!!!! !!!!!!!!!!!!!!!!!!

MARÍA- ---------------------------- ---------------------------------

SEÑOR- Bueno, suficiente. Por esta vez está bien. Vos, dale el delantal a la pendeja. Que vaya a hacer esas compras y se vayan de una vez, que acá tenemos que trabajar.

SECRETARIA- Sí, Señor.

La Secretaria le tiende a María un delantal azul. María se lo pone, despacito, casi sin fuerzas, la cabeza gacha, acuosos mocos chorreando de su naricita.

SECRETARIA (tendiéndole un billete) -Tomá. Andá al chino de acá a la vuelta, doblando a la derecha a mitad de cuadra. Así no tenés que cruzar la calle.

MARÍA (estrujando el billete y guardándolo en el bolsillo del delantal)- Sí, señora. Un segundito y voy.

María se para frente a Padre, muy muy seria.

PADRE- ¿Qué pasa, hija?

MARÍA- No te quiero más. Te odio.

PADRE- ¿Me odiás?

MARÍA- Te odddio.

PADRE- ¿Y por qué?

MARÍA- Sos una bestia. No sos bueno. Sos muy malo y muy mentiroso.

PADRE- ¿Y por qué?

MARÍA (puchereando)- Me pegaste... Me pegaste muy fuerte... Me hiciste doler... Mucho... Sos malo...

PADRE- No digas eso, hija.

MARÍA- Malo...

PADRE- ¿Quién me pidió que le pegara muy fuerte?

MARÍA- Yo... ya sé... Pero sos malo... No me mientas más...

PADRE- Hija, yo sé cuál es el problema acá. ¿No me querés más porque te pegué tan fuerte? ¿O porque de tan fuerte que te pegué, vos ahora pensás que no te quiero más?

MARÍA- Callate. No te oigo. ¡No te oigo!

PADRE- Hija... Cuando le decías a esos señores tontos que solamente yo te puedo pegar... Y después me pediste la paliza... Tan orgullosa... Todo eso, ¿no fue porque me querés tanto? ¿Hubieras querido que yo te de la paliza si no me quisieras tanto?

MARÍA- Sí... No... Pero vos...

PADRE- Y al revés es lo mismo, hija. ¿Te creés que te podría haber pegado así, si no te amara con toda mi alma?

MARÍA- Mentira. Basta.

PADRE- Vos querías que te pegue fuerte, para demostrar cuánto que me querés. O no.

MARÍA- No: que te quería, porque sos malo y me lastimaste.

PADRE- Hija, si era para demostrar tu amor, yo te tenía que pegar tan fuerte como vos me querés. Si no, ¿cómo se iba a notar?

MARÍA- Entonces no te salió, porque yo te quería más fuerte de lo que me pegaste. Re más fuerte.

PADRE- No parece; ahora no me querés más.

MARÍA- ¡Porque vos sos mi Papá y me tenías que cuidar! ¡Y en vez de cuidarme me lastimaste!

PADRE- Por supuesto que te tengo que cuidar, hija. Y te cuido.

MARÍA- ¡Mentira! ¡No me cuidás nada!

PADRE- ¿Ah no? ¿Quién era el que hace un ratito estaba por ir preso por vos, para que no tuvieras que hacer cosas feas, y no le importaba?

María abre la boca para responder algo, pero la cierra y baja la cabeza, refunfuñando.

PADRE- Lo que pasa, mi vida, es que yo te tengo que cuidar, pero de los demás, ¿entendés? No de mí mismo... Porque yo soy tu Papá... Y sabés... Sabés por qué me puse así... Cuando te empecé a pegar, me imaginé si en otra parte del mundo no habría otra nena con otro papá... Que le tenía que dar una paliza para que ella muestre cómo lo quiere... Eso pensaba... Y me imaginaba que ese papá le pegaba muy muy fuerte, más fuerte que yo a vos... ¿Te imaginás?

María lo mira un segundo y vuelve a bajar la vista; su expresión se va suavizando.

PADRE- Y yo decía: ¡no! ¡Somos el Papá y la hija que más se quieren en el mundo, así que si esta paliza es para demostrar eso, que sea la paliza más fuerte del mundo! Y por eso te pegaba cada vez más y más fuerte, porque cada vez te quería más y más y más.

MARÍA- Me dolió mucho, Pa...

PADRE- Sí, y yo pensaba: ¡¡cómo me tiene que QUERER para que quiera que le pegue así y que le guste aunque le duela tanto!!

MARÍA- ¿¿¿Que me guste??? ¡¡No me gustó nada!! Bah, primero sí, pero después...

PADRE- Hija, que soy tu Papá y te conozco y soy grande y sé muchas cosas. Sé más cosas de vos de las que te imaginás.

MARÍA- Qué...

PADRE- Por ejemplo... ¿Te creés que no sé que cuando algo te gusta mucho, como cuando Papá te agarra a upa o cosas así, vos sentís una cosa (le pone una mano entre las piernitas) acá?

MARÍA- Ay...

PADRE- ¿Te creés que Papá no sabe que te tocás ahí, después, en tu cama?

MARÍA (coloradísima) - ¡Papi...!

PADRE- No te preocupes; es algo normal, le pasa a todas las chicas.

MARÍA (sorprendida)- ¿¿Sí??

PADRE- A todas. Y Papá se da cuenta de como te frotás contra él cuando están jugando o haciéndose mimos o cada vez que podés.

MARÍA (bordó, índigo, bermellón)- Yo...

PADRE- Te digo que es normal, le pasa a muchas hijas con sus papás; lo que pasa es que como me querés tanto pero tanto, entonces a vos te pasa más fuerte que a las demás... Pero lo importante es esto: Papá sabe que cuando algo te gusta mucho, te sale un juguito de acá. O no.

MARÍA- Ay...

PADRE- Y decime la verdad... No me mientas eh, que me voy a dar cuenta... Mientras Papá te pegaba... Fuerte... Fuerte... ¿Qué pasaba por acá abajito?

MARÍA- Ay...

PADRE- Acá, acá...

MARÍA- Ay...............

PADRE- No seas mentirosa vos, y confesale a Papá que mientras él te pegaba a vos se te mojaba la conchita.

MARÍA- ¡Pa ¡ay! pi...!

PADRE- ¿Sí o no?

MARÍA- ........sí..............

PADRE- Entonces. Te portaste mal y te iban a castigar, y vos me pediste que te pegue yo. Fuerte. Y te pegué fuerte. Y encima te gustó. ¿Y por eso me vas a odiar?

MARÍA- Yo...

Padre repentinamente la alza a María, la hace parar en el sillón de espaldas a él, cubre con sonoros besos sus enrojecidas, amoratadas, surcadas y latientes nalguitas.

MARÍA- Ay... Pa... Ay..........

PADRE (bajándola y poniéndola otra vez frente a él)- Te llené todo el culito de besos, y adelante de todos los pelotudos éstos. Y no me importó. ¿Me odiás todavía?

MARÍA (poniendo cara de mala)- Sí.

PADRE- Pero también me querés un poquito, o no.

MARÍA (lo abraza)- Te amo.

PADRE- Entonces... Dejá de estar triste, y terminá tu trabajo que tenemos que ir a casa...

MARÍA- A casa...

PADRE- A casa.

MARÍA- Nuestra casa.

PADRE- Nuestra.

MARÍA- Bueno... voy... ¿Me vas a esperar, Pa?

Padre le toma las manitos con ternura.

PADRE- Por supuesto que te voy a esperar, hija. Siempre te voy a esperar. Toda la vida, si hace falta.

María abraza a Padre fuerte, fuerte, y entonces por fin, con una mezcla de preocupación y temor pero también dulzura en su enchastrada carita, se dirige despacito hacia la puerta.

Por MonteCristo

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