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lunes, 25 de mayo de 2020

Juego de niños


Soy la menor de cuatro hermanos, dos chicas y dos chicos. Todos están casados y tienen hijos. Manolo es el mayor, tiene cuarenta años y está casado desde hace quince con Ana, tiene dos hijos, Carlos de doce y Maria de siete. Sonia es mi segunda hermana, tiene treinta y cinco años, también está casada desde hace doce años y Mario, su hijo, tiene diez años. Pedro es el que va delante de mi, tiene treinta años y lleva casado con Eva dos años, tiene un dulce bebé de año y medio. Y yo, Sara, que tengo veinticinco años y estoy soltera, no tengo novio aunque pretendientes no me faltan.

No soy muy alta, uno sesenta y cinco mas o menos, pero el resto de mi anatomía resalta a primera vista. Lo primero que llama la atención de mi es mi pecho, pues uso una talla cien de sujetador y, debido a mi corta estatura, destaca mucho. Mi trasero es redondito, bien formado, pues me gusta el deporte y voy asiduamente al gimnasio, en resumen, mis medidas son 100-65-90. Siempre me ha gustado de vestir provocadora, minifaldas o pantalones ajustados, camisetas escuetas o blusas apretadas, ambas con pronunciados escotes, lo que me ha provocado alguna que otra charla de mi familia.

Cuando algún miembro de la familia cumple años, lo celebramos todos juntos con una comilona en casa de quien sea el cumpleaños, nos juntamos todos y lo pasamos en grande, pues somos una familia muy alegre.


Nunca pensé que me pudiera pasar lo que me pasó en el último cumpleaños. Fue el de mi hermana, el que hacía treinta. Nos juntamos todos como siempre, mis hermanos y hermana y sus respectivos/as, los niños y mis padres.

Yo tenía pensado salir por la noche con unas amigas, por lo que ya iba vestida para cuando llegara el momento. Como era verano, iba ligerita, pero al estar en casa de mi hermana, tampoco quería que pensaran que soy una fresca, así que llevaba unos pantalones y una camiseta, pero en una bolsa, llevaba una minifalda que, una vez puesta, subía por encima de las rodillas palmo y medio dejando ver bastante de mis muslos, y un top de color azul, de tirantes y bastante escotado.

El caso es que cuando llegué a casa de mi hermana con mis padres, no habían llegado mis otros hermanos, y después de saludarnos y demás, me quedé en la cocina con mi hermana y hablamos de cosas nuestras. En un momento dado, salí de la cocina y fui al piso de arriba, pues mi hermana vive en un chalet, y entré en el baño de su cuarto. Cerré la puerta, pero no eché el cerrojo y me senté a mear. Escuché a Mario, el hijo de mi hermana, correr por el pasillo de fuera, mientras decía:

-¡Vale mamá!.

Justo en ese momento abrió de golpe la puerta del baño, sin darme tiempo a reaccionar. Allí estaba yo sentada, con los pantalones y el tanga en los tobillos y abierta de piernas, cuando Mario entró en el baño. Se quedó paralizado, blanco del susto, pensando que le iba a echar un broncazo por entrar de esa manera en el baño y, medio tartamudeando, me dijo:

-Tía, dice mamá que bajes a ayudarla.

-Dile que enseguida bajo.- Le dije cerrando las piernas de golpe y sin dejar de mirarle a los ojos.

-Lo siento tía, no sabía que....

-Tranquilo, no pasa nada. Pero la próxima vez llama a la puerta antes.

Y se fue.

Yo no le di importancia al asunto, pues había sido un accidente y Mario era un niño, aparte de mi sobrino. Pero cuando llegué a la cocina mi hermana me miró seria, no enfada, pero seria.

-Mario me contado lo que ha pasado, está un poco asustado, dice que le vas a regañar.

-Pero Sonia, si ha sido un accidente. Además la culpa ha sido mía, tenía que haber echado el cerrojo.

-Ya lo sé, pero él es un niño.

-Voy a hablar con él.

Salí al jardín y me encontré con Mario sentado al borde de la piscina. Dio un respingo al verme llegar a su lado y, con ojos asustados, me dijo:

-Tía, me perdonas.

-Mario, no hay nada que perdonar. Ha sido un accidente y punto. Y, si alguien tiene la culpa, esa soy yo. Tenía que haber echado el cerrojo.

-Entonces,¿me perdonas?.

-Bueno, si así te quedas más tranquilo, si, te perdono.

-Gracias tía.

Poco a poco fueron llegando el resto de mi familia, se empezó a revolucionar el ambiente. Los saludos iban y venían, los niños corrían de aquí para allá, mientras yo seguía en la cocina preparando el ponche. En el momento que iba cargada con la ponchera para guardarla en el frigorífico, los niños se cruzaron en mi camino, intenté esquivarlos y, cuando creía que lo había conseguido, tropecé con la silla y lo ponchera se me cayó de las manos, empapándome entera y haciéndose añicos en el suelo. El estruendo fue tal, que el revuelo se paró en seco. Dos segundos más tarde, entraban todos en la cocina, viendo el panorama. Yo empapada de ponche de pies a cabeza, miles de cristales en el suelo y los niños asustados en un rincón. Se armó una buena bronca con los niños y yo tuve que irme a duchar.

Mi hermana se ofreció a dejarme algo de ropa, pero como yo traía mi ropa para cuando saliera por la noche, pues le dije que no hacía falta.

Subí a la habitación de mi hermana con mi bolsa de ropa nueva, y me dispuse a ducharme. Abrí el grifo y comencé a desnudarme, cuando me quité el tanga, me di cuenta de que estaba mojado, así que tenía que quitarle uno a mi hermana. Me enrollé una toalla sobre el pecho y salí a la habitación. Al llegar a la cómoda y abrir el cajón, escuché las voces de mis dos sobrinos en la habitación de al lado. Mario le estaba contando, a Carlos, el incidente que tuvo conmigo en el baño. Bajaron el tono de voz y ya no pude oír lo que decían, así que regresé al baño. Estaba dentro de la bañera, debajo del grifo y con los ojos cerrados. La mampara que encierra la ducha es de cristal liso y transparente, y pude ver como la puerta del baño se entreabrió dos o tres centímetros. Recordé a los dos niños hablando en la habitación de al lado y supuse que eran ellos. No hice nada, y les dejé mirar. Cuando cerré el grifo y abrí la mampara para salir, les pude ver observándome, pero en cuanto me giré, cerraron la puerta. Aquella forma de espiarme me había calentado un poco, así que decidí no ponerme el tanga, así esa noche podría provocar algo más.

Bajé al porche y estaban todos esperándome para cenar. Nadie dijo nada, por que me conocen y, aunque llevaba mi escueta minifalda y mi escotado top, me da igual lo que digan. Cenamos y reímos, nos contamos anécdotas de unos y otros y lo estábamos pasando realmente bien, pero algo tenía que pasar.

Los niños empezaron a jugar al escondite en el jardín y, como siempre, le tocaba a María buscarlos. Comenzó a contar de cara a un árbol y los otros dos fueron a esconderse debajo de la mesa donde estábamos entados los demás. Con la charla, el vino y la deliciosa cena, no recordaba que no me había puesto tanga y, claro, con mi minifalda y las piernas un poco abiertas, los dos niños vieron todo mi felpudito. La niña empezó a andar por el jardín llamándolos, mientras una manita se acomodó en el interior de uno de mis muslos, lo que hizo que me sobresaltara un poco, pero nadie de la mesa se dio cuenta. Aquella inexperta mano se deslizó hacia el interior, comenzaron a aparecer leves sudores en mi cara y, intuitivamente, cerré las piernas, apresando la mano entre mis muslos a escasos dos centímetros de mi vagina. El dueño de la mano luchó por sacarla y no lo conseguía, dejando de luchar. Cuando creía que se retiraría, y sin abrir yo las piernas, estiró sus dedos rozando mis pelos. Ese contacto, me provocó un respingo que hizo que abriera las piernas, como tenía su mano aprisionada, al soltarla, fue a dar de golpe con la entrada de mi vagina, lo que hizo que tuviera que morderme un dedo para no dejar escapar un gemido. El niño, al ver que ya no tenía resistencia, siguió investigando. La conversación en la mesa no era muy interesante y nadie se percataba de lo que estaba pasando bajo la mesa, la niña seguía buscando a sus primos y yo ahogaba mis suspiros en vasos de agua. Una segunda mano se posó en mi otro muslo, no podía creerlo, mis dos sobrinos me estaban metiendo mano y me estaba gustando, por lo que les facilité el trabajo abriendo más las piernas. Uno de los dedos de la primera mano, encontró la entrada de mi raja y entró, suavemente, con miedo, pero a la vez deliciosamente, mientras la otra mano acariciaba mis piernas, yo ya estaba entregada, tenía los ojos cerrados y me mordía el labio inferior. Las dos manos se encontraron y otro dedo, de la segunda mano, entró dentro de mi, lo que provocó un suspiro sonoro en mi.

-¿Te pasa algo Sara?.- Dijo mi hermana.

-No, nada, es que... me aburro con tanta conversación.- Y sonreí forzadamente.

Las miradas dejaron de posarse en mi, mientras los dedos de mis sobrinos seguían hurgando en mi interior. Sentía que estaba mojadísima y los dedos querían entrar más adentro de mí. De pronto las manos se retiraron y me sorprendí con un gesto de frustración, pero al instante siguiente, sentí un aliento rozar los pelos de mi raja y tuve que morderme muy fuerte el labio para no gritar.

-¡¡¡Carlos. Mario!!!, ¡¡donde estáis, no puedo encontraros!!.-Interrumpió la niña.

-Están debajo de la mesa.- Contestó mi hermana.

Los niños se retiraron de dentro de mi y salieron de debajo de la mesa, dejándome muy mojada, sobre excitada y a medias. Corrieron al centro del jardín y allí prosiguieron con sus juegos.

-Voy al baño.-Dije excitadísima y sudorosa.

-¿Estas bien Sara?.- Volvió a preguntar mi hermana.

- Si, es que creo que he bebido mucho vino.

Subí al baño del cuarto de mi hermana y me senté en la taza y continué con lo que los niños habían dejado a medias.

Con los ojos cerrados me acariciaba y me buscaba, sin pensar que la puerta estaba abierta. En esto entró Mario, que seguía jugando al escondite y se quedó mirándome, yo no lo vi, pero él a mi si.

Estaba suspirando fuertemente y jadeando, cuando siente una mano en una de mis tetas que, debido a mi excitación, se había escapado del top. Abrí los ojos asustada y vi a Mario que me tocaba con ojos inexpertos, dejándole hacer por que debido a mi excitación.

Yo le miraba a los ojos pero él solo tenía ojos para mi teta, así que saqué mi otra teta del top, le agarré la mano, a lo que el se sorprendió, y se la puse encima:

-Toca todo lo que quieras, pero no se lo digas a nadie.

Y me tocó, me acarició, por encima, por debajo y sobre mis tetas, mis manos estaban ocupadas en mi raja y mis ojos cerrados. Con el ímpetu tropezó y cayó encima mío y pude sentir su bultito al tocar mis manos. Me miró, le sonreí y, de golpe, le bajé los pantalones y los calzoncillos.

-Prométeme que no le dirás nada a nadie de lo que pase,¿Vale?.

-Si tía, te lo prometo.

Y le acaricié su colita mientras él hacía lo mismo con mis tetas. Una de mis manos en su colita, la otra en mi raja y las dos suyas en mis tetas. Quité mi mano de la raja, le hice acomodarse entre mis piernas sin que él se diera cuenta y, con mi mano libre, le empujé hacia mi, provocando que penetrara de golpe.

-Ahora muévete atrás y adelante, pero muy suave.

El no dijo nada pero actuó. Entraba y salía de mi suavemente, sin prisa, jadeando sobre mis tetas y sin quitar sus manos de ellas, hasta que de golpe, me inundó con su inocente lechita, lo que me provocó un enorme orgasmo.

Estuvimos cinco minutos abrazados, sudando y recobrando el aliento. Luego me dijo:

-Tía, te prometo que no se lo diré a nadie pero,¿podremos hacerlo otra vez algún día?.

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