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jueves, 21 de diciembre de 2023

Incesto en el funeral


Mi esposa yacía bajo tierra. Mi hija estaba arriba mientras el resto de los invitados comía galletas, pan y bebía café. Todos me daban palabras de aliento y murmuraban cuando pasaban junto a mí. Mi rostro serio sólo les daba más lástima.

Escuché la puerta abrirse y vi a Miriam, la mejor amiga de mi esposa y a su hija Greta. Venían de negro como los demás. La chica de quince años llevaba una falda anormalmente corta para un evento como de mi esposa.


—¿Podemos hablar contigo? —Me preguntó Miriam. Las llevé al piso de arriba, al viejo estudio de mi esposa.

Miriam la tetona era como todos le llamaban. Los que la habían visto crecer recordaban bien cómo los chicos se formaban para usar sus tetas para masturbarse. Algunas veces la atábamos a algún árbol o poste y nos turnábamos. La dejaron en paz cuando quedó embarazada. Su cabello castaño rizado no se lo heredó a Greta, la nueva tetona. Ella tenía el cabello castaño rojizo, pero mucho más liso. Las blusas de adolescentes siempre se le veían apretadas. Siempre se veía vulgar.

—¿Qué necesitan? —pregunté. Era lo que siempre le decía a quienes me buscaban. Siempre me buscaban para algo. Sabían que siempre estaba para ayudar.

—Greta vino a darte el pésame.

La quinceañera se puso de rodillas y acercó sus manos a mi pantalón. Yo me recargué en el escritorio y dejé que hiciera lo que buscaba. Sentí cómo la bragueta se desabrochaba y cómo sus finos dedos sacaban mi verga de debajo de la ropa interior. Su manita tuvo que estimular poco. Una hermosa rubicunda como ella de rodillas puede excitar a cualquiera al instante. La sostuvo por un momento como si contemplara el tamaño y grosor. No era la primera vez que la veía, pero seguía sorprendiéndole.

—Vamos, niña. Muéstrale para qué eres buena.

Greta hizo la misma expresión que su madre cada vez que le metíamos la verga en la boca. La diferencia fue que esta chiquilla lo hacía por convicción propia. Miriam rara vez.

Comenzó a chupar, demostrando que era una digna hija de su madre. Salivó perfectamente toda la longitud y luego la comenzó a meter y sacar de su boca hasta bien adentro. Riquísimo. Pero seguía sin hacer algo bien.

—Mírame, niña —le dije.

Sus ojos se abrieron y me miraron. Esos no se parecían a los de su madre. Ese atributo era mío y de mi familia.

Miriam se embarazó a los dieciséis. Los chicos empezaron a usarla para masturbarse a los trece o catorce, cuando sus tetas crecieron. Yo me enteré a través de amigos. Nos organizábamos para emboscarla y llevarla a unas casas en construcción cercanas. En ocasiones, cuando su mamá no estaba, entrabamos a su casa y usábamos sus tetas para nuestros penes. Su boca siempre recibía nuestro semen.

Ella solía llorar, patalear y resistirse, pero luego de que un chico grande la golpeó, se limitó a sólo gimotear mientras estimulábamos nuestros penes en su cuerpo. Sólo tenía una amiga, Sarah, así que casi nadie se enteraba de lo que le hacíamos. No puedo negar que me sentía mal por ella luego de verla llena de nuestro semen y con lágrimas en los ojos. Un amigo y yo decidimos empezar a darle dinero, pero eso sólo provocó que otros la empezaran a llamar puta. Culpable, sólo la pude compensar de la única forma que se me ocurrió: me la cogí.

Entré a su casa como era nuestra costumbre. Ella se encerraba en su cuarto, pero como era pobre no tenía siquiera una perilla en la puerta. Entre dos o tres chicos solíamos empujarla y la forzábamos que nos la mamara. Esta vez, sólo yo, le dije que sólo quería hablar con ella. Me recibió con un poco de miedo, aunque sabía que yo era de los pocos que no la maltrataban de más. Le pregunté que qué sentía cuando la atacábamos, la escuché por un rato y le conté por qué era importante que ella nos desahogara. Ella me contó que acudió a la policía, pero cuando les dijo que se solía mojar cuando la forzábamos, desestimaron el caso. Desde entonces, se concentró en aguantar, juntar dinero y esperar a huir a la casa de su tía en otro barrio.

—¿Cómo podemos acelerar eso?

—No lo sé. Supongo que, si corriera peligro, o me embarazara, o tuviera un novio que no aprobaran mis papás.

Le sonreí y dije:

—No se diga más.

Tal vez la forcé un poco. La empujé contra su cama y metí mi lengua en su boca. Ella trató de empujarme y de patalear, pero mi rodilla en su coño convirtió sus movimientos de rechazo en movimientos de aceptación. Se empezó a frotar. La seguí besando mientras le abría la blusa y le bajaba la falda. Sus enormes tetas apenas eran contenidas por su brasier que no combinaban con sus pantis infantiles.

Dejé de besarla y pasé a lamer su cuello y sus tetas. Muchos las habíamos usado, pero sólo para masturbar nuestras vergas. Yo las succioné como bebé. Le saqué algunos gemidos que sólo me la pusieron más dura. Luego pasé a su vientre plano y luego a sus pelitos bajo las pantis, las cuales deslicé para poder chupar a gusto. Estaba más que mojada. Yo era el primero en ese lugar. Primero mi lengua para hacerla gemir, luego mis dedos para acostumbrarla y finalmente me puse de pie, abrí aún más sus piernas y luego me abrí paso por entre sus labios lubricados.

Todos habíamos pensado en cogerla alguna vez, pero sabíamos que eso era violación y también un crimen. Éramos chicos buenos si sólo la forzábamos a mamárnosla o si usábamos sus tetas para terminar en su cara.

Yo era el primero en abrirse paso por entre sus labios vaginales. Estaba mojada y me dio la bienvenida como me merecía. Estaba un poco apretada, pero bastó un buen empujón para llegar al fondo. Ella empezó a llorar, pero sus gemidos no fueron de dolor o rechazo, sino de placer. Los míos también. Se la metí y saqué sin problemas, disfruté cada segundo. Su rostro se debatía entre el placer y la vergüenza, y por suerte parecía ir ganando el goce. Mi cuerpo pedía más, ella me pedía ser amable; peticiones incompatibles. Tuve que aumentar la velocidad a pesar de lo que gritaba. Sus ojos en blanco me excitaban más y más.

—Con esto te salvaré de dar mamadas —le susurré al oído.

Se vino con fuerza mientras yo llegaba a lo más profundo de cuerpo. No era consciente del tamaño de mi verga, pero ahora sé que golpeaba su cervix sin problemas. Venirme fue una total delicia en aquel lugar tan apretadito.

—Eres una puta —le dije mientras sacaba mi verga y veía todo el semen que brotaba de ahí.

—Tu puta.

Nueve meses después nació una bebé. Quince años después esa misma niña me mamaba la verga en mi estudio mientras mis amigos y familiares hablaban del funeral de mi esposa.

Solté una buena cantidad de leche en la boca de Greta. No le avisé, así que la tomó por sorpresa y por poco se ahoga. Sin mi esposa mi leche se estaba acumulando. Los tocidos de aquella bastarda me agradaron.

—¿Te sirvieron nuestras condolencias? —dijo Miriam, la misma que había sido enviada a la casa de sus abuelos luego de resultar embarazada por un chico desconocido.

Miré a Greta. Mi leche le resbalaba por la barbilla hasta el cuello y las tetas. Su blusa negra estaba manchada por mi abundante semen.

—Son suficientes por ahora. Gracias —Me guardé la verga dentro de mi pantalón— Ahora dime qué hacen aquí.

Miriam se acomodó el cabello de forma casual.

—Sin Sarah, tu casa tiene un espacio libre…

—No puedo tomar lo que no me pertenece.

Miriam no era mía. Luego de haber quedado embarazada y haber dado a luz a Greta, busqué formar una relación con ella, pero ya había sido reclamada por alguien más. Cuando la volví a encontrar, su enorme vientre se volvía a levantar una vez más con un bebé de su abuelo, quien se suponía que le daba protección y asilo. Esa situación se repitió dos veces más.

—Mi abuelo quiere tomar a Greta. Acéptala en tu casa. Confirma tu paternidad.

Volví a mirar su rostro lleno de semen.

—Les daré mi respuesta. Ahora, será mejor que vaya con los invitados.

Las hice salir y las encaminé al baño para que la madre ayudara a su hija a limpiarse. Yo, en vez de bajar, me dirigí al cuarto matrimonial, donde mi hija se vestía.

—¿Qué te parece, papi?

Mi hija, la hermosa Elsa, había heredado la delgada figura de su madre y el cabello rojizo de mi madre. Tenía sólo doce años, pero se veía genial en el vestido de noche de su mamá. Era demasiado corto, apenas suficiente para cubrirle el culo. El pronunciado escote le llegaba hasta el ombligo. Sus pequeñas tetas, apenas un par de ligeras curvaturas en su piel no llenaban la tela que sostenía el vestido. El negro le quedaba fabuloso.

—Magnifico, pero no es adecuado para una hija de luto.

Ella se dio vuelta con una sonrisa.

—No es para una hija de luto. Es para celebrar que ahora dormiré en esta cama.

Por BRENDY

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