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jueves, 24 de septiembre de 2020

La tía Carmen quiere más


Parte 1

Los que hayan leído mi anterior relato, "Mi iniciación sexual, mi prima Visi y otras dos más", recordarán a mi tía Carmen. Una mujer de 35 años, mas bien alta, curvas espectaculares, seria, recatada, al menos eso pensaba todo el mundo, hasta que, como nosotros tuvimos oportunidad de comprobar, había sexo de por medio.

Para poner en situación a los que no lo hayan leído, os diré que estos hechos ocurrieron en la España represora e hipócrita de finales de los cincuenta, sobre todo en lo referente a estos temas de sexo y relaciones sexuales.

Una vez realizada mi iniciación sexual con mi prima Visi, Cristina y mi tía Carmen, continuaron los escarceos sexuales aprovechando las salidas regulares de mis padres, los lunes y viernes por la noche. Visi, esplendorosa con sus 19 años, y yo con mis trece, aprovechábamos para poner en práctica las enseñanzas de nuestra tía en todas las oportunidades, es decir, cada vez que nos quedábamos a solas, masturbándonos mutuamente con unas comidas de coño y de verga antológicas. La verdad es que resultamos ser unos alumnos muy aventajados. Como por otra parte, ganas no faltaban, no había oportunidad, en que en aquellas veladas, no nos corriéramos un par de veces cada uno, por lo menos.

Mi tía después de aquella lección magistral estuvo durante unos meses sin volver a pasar a casa, quizás algo pesarosa de lo que había provocado. Nosotros la echábamos de menos y así se lo insinué el día de mí 14 cumpleaños. Su regalo me había hecho mucha ilusión, una bicicleta grande, como decíamos entonces, de carreras. En un momento en que estábamos a solas, abrazándola con toda la pasión de la que fui capaz, acerque mi boca a su oreja y mordiéndole el lóbulo con malicia, le dije que estaba encantado con la bici, pero que quería poder agradecérselo de una forma más personal, como yo sabía que a ella le gustaba.


Zafándose del abrazo y de mis caricias, sonrió muy picarona, diciéndome que el lunes siguiente estaría sola en casa, ya que mi tío marchaba de viaje y que nos invitaba a cenar a Visi y a mí. Salté lleno de lujuria y le di un beso fugaz en la boca, quedando sellado el pacto, que prometía una noche caliente de desenfreno y casi con seguridad, la certeza de repetir la follada con mi tía, cosa que con mi prima era imposible, ya que para Visi guardar su virginidad para el día de la boda era incuestionable; la del coño claro, ya que la de la cabeza, la tenía perdida hacía tiempo.

El lunes siguiente mi tía les dijo a mis padres que quería que le hiciésemos compañía, así que nos había invitado a cenar y a oír la radio en su casa, y que no muy tarde nos enviaría a la cama.

Nada más salir mis padres de casa, pasamos al piso de al lado, donde vivían mis tíos, llamamos a la puerta y oímos el ruido de la mirilla que se abría, una vez comprobado que éramos nosotros y que estábamos solos, se abrió la puerta y confirmamos que la noche prometía. Mi tía apareció con un picardías muy escotado, negro, de gasa transparente, que dejaba entrever aquellas tetas turgentes, rotundas, preciosas, con los pezones agresivos, que ya estaban duros, lo que me hizo pensar que mientras se preparaba, había ido adelantando el calentamiento. Abajo, unas bragas de satén negro recogían y moldeaban su maravilloso culo, completando su atuendo unas finas medias de cristal, también negras, sujetas con unas ligas, negras con una cinta roja. Calzaba unos zapatos negros de tacón alto y fino, resultando un conjunto tremendamente hermoso, insinuante y excitante.

Nosotros, tanto mi prima como yo mismo, también nos habíamos puesto cómodos, sin ropa interior, lo que nos proporcionaba un calorcillo especial por el simple detalle de transgredir las normas, pero desde luego admirábamos la voluptuosidad del conjunto de nuestra tía.

Cerrada la puerta y echado el pasador, mi tía volvió a ser la gran maestra de ceremonias que habíamos visto en nuestra casa la vez anterior. Pasamos al comedor y vimos que había preparado una cena fría, rápida, ya que sabía bien que lo que todos queríamos era el postre. Rápidamente nos hizo poner cómodos, es decir, desnudos, y por su parte con aquel conjunto excitante se desplazaba con un contoneo tan insinuante que la reacción de mi pene no se hizo esperar. Me gustaba sentir aquel calor tan especial dentro de mí y mientras esperábamos, intercambiábamos con Visi tocamientos y besos lascivos, que nos iban calentando y preparándonos para lo que se avecinaba.

Terminamos de cenar, una cena llena de toqueteos, caricias, besos y roces de nuestros cuerpos, que nos pusieron muy a tono. Nos sentamos en la sala de estar, ellas dos en un pequeño sofá de dos plazas y yo en un sillón orejero frente a ellas. Recuerdo aquella escena, mi tía besando las tetas de Visi y esta acariciando las piernas y la espalda de mi tía. Lentamente Carmen se fue despojando de su picardías y arrellanándose en el sofá se ofreció para que jugásemos con ella.

Me levanté y situándome de rodillas entre sus muslos, sujeté fuertemente sus tetas, apretando quizás más de lo conveniente, besé y martiricé dulcemente sus enhiestos pezones; mis manos se desplazaron por su cuerpo explorándolo, mientras mi erección estaba en todo su apogeo. Tomé sus bragas por la parte exterior de sus muslos y fui bajándolas suavemente, mi tía se irguió ligeramente y fui deslizándolas hasta sacárselas totalmente, al tiempo Visi, había bajado del sofá y le estaba quitando sus zapatos, dejando sus medias por indicación mía, ya que ver aquel contraste me ponía tremendamente cachondo.

Visi aprovechó aquella postura debajo del sofá, para hacerse con mi pene y empezar una mamada que comenzaba a descontrolarme. Carmen abrió sus piernas apoyando una de ellas en reposabrazos del sofá y mandando la otra al otro extremo, abriéndose totalmente y dejándome a la altura de mis labios aquel coño sonrosado, jugoso y deseable, con el que había soñado desde la vez anterior. Mi lengua se deslizó a lo largo de la raja, mezclando mi saliva con sus jugos. Aquel aroma, ligeramente acre, me embriagaba, acaricié sus labios vaginales, mordisqueándolos, sintiendo los gemidos y suspiros de mi tía, que ya estaba tremendamente caliente y receptiva. Me apoderé de su clítoris, prominente y duro; poniéndolo entre mi lengua, los dientes y el paladar lo titilaba, presionando y succionándolo de forma que veía a mi tía perder el control y agitarse, retorciendo su cuerpo de placer.

Pedí a Visi que dejase su trabajo con mi polla, ya que estaba a punto de correrme, y que ayudase a la tía comiéndole sus tetas, buscando a aquel primer orgasmo que se preveía inminente y devastador. Carmen sujetaba mi cabeza con sus manos, apretándola contra su coño firmemente y retorciéndose de gusto. Metí uno de mis dedos en su húmeda vagina, empezando un metisaca lento y profundo, me di cuenta que aquello era poco para aquella cavidad tan glotona y llegué a meter hasta tres dedos, antes de que nuestra tía, con una cara desfigurada por lo intenso del orgasmo, chillase y como ya habíamos tenido oportunidad de experimentar la vez anterior, perdiendo el control, nos insultase llamándonos cabrones, mamones y otras lindezas por el estilo.

Quedó absolutamente derrengada sobre el sofá, con sus brazos descolgados a lo largo de su cuerpo, mientras que yo seguía acariciando su coño suavemente con la mano y besaba su cara y su cuello, mientras iba recuperándose en medio de unas postreras convulsiones.

Visi volvió a sentarse a su lado. Echándome hacía atrás, pude observar a aquellas dos mujeres espléndidas, calientes, que destilaban lujuria por cada uno de sus poros. La mata de pelos rizados de Visi, no permitía ver la humedad de su coño, pero su cara sofocada y algo desencajada denotaba una calentura fuera de lo habitual. Supongo que mi semblante no era muy diferente del de mi prima, por lo que había pasado y por la visión de aquellas dos beldades desnudas, estaba cachondo a más no poder y mi pene, en plena erección, era un signo elocuente de mi estado.

Carmen se levantó y nos hizo seguirla hasta el dormitorio, mientras nos dirigíamos hacía la cama cogidos de la mano, Visi se atrevió a insinuarle que la había visto muy excitada cuando llegamos, hasta el punto que su coño se veía húmedo y jugoso como si hubiésemos interrumpido algo caliente. Nos confesó que había tenido un día de lo más turbador. La noche anterior había celebrado la despedida con mi tío como si fuese la última vez, con una sesión de sexo furiosa y extenuante, quizás todo ello, pensando en la noche del lunes. Nada más marchar mi tío de viaje de buena mañana, nos confesó que había tenido que masturbarse urgentemente, ya que una desazón interior le obligaba a tocarse, pensando que de esta forma se calmaría.

Había salido de compras con la intención de distraerse y no pensar más en ello, pero lo que hizo fue pasarse por una tienda de lencería y probarse conjuntos, los más sexy que vio, con lo cual su calentura fue en aumento. Mientras preparaba la cena y se arreglaba, tuvo que echar mano de sus "amigos" y nuevamente se había masturbado salvajemente, por eso la habíamos visto tan alterada, ya que este último orgasmo tampoco logró calmarla. En plan confidencial nos dijo, confiando en nuestra madurez y discreción, que durante todos estos meses que habían pasado desde aquella primera y última vez, en numerosas ocasiones estuvo a punto de pasar a casa y repetirlo, pero no lo hizo por esos miedos atávicos, sociales y religiosos, al pensar que yo era muy pequeño.

Cuando el día de mi cumpleaños se lo pedí con tanto cariño, echó todas las dudas por la borda y se prometió que haría todo lo posible para recuperar el tiempo perdido y con solo pensar en eso, se había puesto tan excitada, que desde entonces había asombrado a su marido, forzándole a un sexo repetido y salvaje.

Le pregunté muy intrigado que había querido decir con eso de echar mano de sus "amigos"; se sonrió maliciosamente y después de decirme que era un cabroncete al que no se le escapaba nada, nos dijo que nos iba a revelar un secreto. Se dirigió contoneándose muy misteriosa hasta su armario y sacando una caja de madera muy trabajada y bonita, la depositó en la cama y con una llavecita dorada que llevaba colgada del cuello con una cadena y una medalla, la abrió. En su interior se encontraban una serie de artilugios muy curiosos, algunos en forma de pene, dos juegos de cinco bolas ensartadas por una cuerda, uno de ellos tenía unas bolas de unos cuatro centímetros de diámetro y el otro de dos, más tarde supe que se llamaban bolas chinas, había también una especie de recipiente ovalado que en su interior tenia algo que se movía, al parecer se introducía en la vagina y proporcionaba gran placer con el movimiento, también había algunas revistas, "París-Hollywood", de chicas desnudas y otras de chicos desnudos, que creo recordar que se llamaba "Absolu", o algo parecido. Por primera vez en mi vida vi una revista "Playboy".

Tenía libros y una novela en francés, con muchas fotografías en blanco y negro, elocuentes, que contaba y mostraba una historia pornográfica de un grupo de parejas pasando sus vacaciones en una "péniche" por el río Loira, en Francia, donde había relaciones entre todos los miembros del grupo, desde orgías hasta relaciones homosexuales y de todo tipo. Más tarde tuve oportunidad de leerla y aficionarme a este tipo de literatura.

El artefacto que más llamó mi atención era un pene artificial de plástico, de un tamaño considerable, unos 20 cm. de largo, con un grosor proporcionado, que reproducía perfectamente la constitución de uno natural, con sus venas y rugosidades. Estaba provisto de un arnés para poder colocarlo en la posición adecuada y terminaba en su parte posterior en una bolsa simulando los testículos, que más tarde supe que se trataba de un recipiente en el que podía ponerse leche templada, para simular, en el último momento, la eyaculación de una forma más realista.

Visto aquel tesoro y aclaradas nuestras dudas, ya que tanto para Visi como para mí fue todo un descubrimiento, mi tía nos explicó que algunos fines de semana mis tíos pasaban a Biarritz, en Francia, para ir a ver películas porno y visitar algún Sex-Shop. Hoy puedo decir que eran pioneros en esta costumbre, ya que, mediados los sesenta y en los setenta, cantidad de españolitos hacían esas excursiones de fin de semana, con el mismo objetivo, ya que en España, hasta después de la muerte del dictador en el año 75, estas actividades estaban absolutamente prohibidas. A partir de entonces la situación ha cambiado drásticamente y, afortunadamente, en estos momentos, España es uno de los países más liberales y con leyes más avanzadas al respecto.

Volviendo a la historia, mi tía hizo sentar a Visi en el borde de la cama, en el centro y la obligó suavemente a tumbarse boca arriba, me hizo una indicación y yo me situé entre sus piernas, separándolas, colocándolas sobre mis hombros y comenzando con unos lametazos en su coño que la transportaron a otra galaxia. Si de por sí, ya estaba suficientemente caliente, aquellas lamidas y mordisqueos en su raja y en su clítoris la estaban descontrolando, haciéndola gritar, suspirar y revolverse, aplastando su nuca en el colchón y levantado su pelvis, tratando de presionar aun más su sexo contra mi boca. Mi tía me susurró que estaba a punto para que la penetrara, sorprendiéndose, cuando yo le comenté su rechazo a la penetración por el tema de la perdida de la virginidad.

Carmen dijo no entender nada y sacando un pequeño recipiente de su caja de tesoros que contenía vaselina, me dijo que llegase con mi lengua hasta su pequeño ojete y se lo acariciase. Debió gustarle a Visi, porque siguió con sus convulsiones y exclamaciones, absolutamente lujuriosas y viciosas. Mi tía me iba indicando que con un dedo untase de vaselina su ojete y que fuese introduciéndoselo lentamente, ensanchando el agujero suavemente. En un primer momento Visi, pareció que rechazaba la caricia, pero yo seguía con mi trabajo en su coño y poco a poco introducía más y más mi dedo en su culo. Cuando había avanzado unos cinco centímetros, escuchamos que decía que eso era bueno y que siguiera moviéndolo más fuerte y más profundo.

Mi tía me hizo separarme y poniéndome un poco de vaselina en mi endurecido pene y de nuevo en su rugoso rosetón, me indicó que la penetrará por ese agujero suavemente. Lo intenté y tuve que presionar con fuerza hasta hacer pasar mi glande por el esfínter, Visi acusó el dolor, pero Carmen, al tiempo que acariciaba sus tetas, le decía que se relajase, que le iba a seguir gustando como antes. Dejé pasar un instante y sujetándola por sus caderas, comencé con un suave bombeo, rápidamente Visi volvió a retorcerse, pero esta vez de placer, acelerando y forzando la penetración hasta el fondo. Yo por mi parte estaba gozando locamente, aquella estrechez, aquel calor, que no recordaba desde el día que follé a mi tía, me tenía absolutamente congestionado, el corazón bombeando a mil por hora y mi pene penetrando, ahora ya salvajemente, en aquel agujero tan acogedor. Visi se aferró a mis brazos que la sujetaban y clavó sus dedos como garfios, mientras experimentaba un orgasmo descomunal. Yo no pude aguantar más y me corrí en su interior, soltando una gran cantidad de leche que inundó sus intestinos.

Permanecimos abrazados mientras terminaban nuestras convulsiones, manteniendo mi pene en su interior durante unos minutos que fueron maravillosos. Cuando finalmente lo saqué, sonó un pequeño, plof, y mi prima salió disparada al baño, ya que al parecer mi regalito le había revuelto un poco en su interior.

Mi tía me limpió el pene dulcemente con un pañuelo y permanecimos acostados y cogidos de la mano hasta que regresó Visi, con una alegría en su cara, que denotaba su satisfacción interna. Ágilmente salto sobre mí y cabalgándome, me agarró suavemente las orejas con sus manos y dándome un beso rápido en los labios me dijo, Primito, esto ha sido demasiado bueno, vas a tener que repetirlo muchas veces; siempre a tu servicio, le respondí.

Carmen nos miraba con una sonrisa de satisfacción y ambos caímos en la cuenta de que la tía quería algo más de sus sobrinos. Alegremente saltamos sobre ella metiéndole mano, besándola y chupeteándola por todas partes. Al llegar a su coño vimos que tenía ensartadas aquellas bolas chinas, las grandes, que antes habíamos visto, nuestras bocas se apoderaron de cada uno de sus pezones, mordisqueándolos, empezando un pequeño tormento para Carmen, mi mano acariciaba con malicia su coño, mientras que las manos de Visi arañaban suavemente su cintura y sus costados, desencadenando una desazón en nuestra tía, lo que determinó que nuevamente tomase la iniciativa. Fue sacándose una a una las citadas bolas con gran placer y dirigiéndose a su caja mágica, se apoderó del pene gigantesco con arnés, dándoselo a Visi le ordenó ponérselo. Una vez ajustado nos confesó que quería hacer realidad una fantasía que tenía hacía tiempo y que solo había podido realizarla a medias. Quería que la follasemos por ambos agujeros a la vez.

Eran poco más de las once de la noche, por lo que teníamos algo más de una hora para jugar, seguimos con el calentamiento hasta que mi tía entre suspiros entrecortados, me pidió que se la metiera y empezase a bombear con ganas, cruzó sus piernas a mi espalda, pidiendo que se la metiera más y más fuerte. Durante un rato seguí así, yo en la gloria, y Carmen mordiéndose los labios y suspirando entrecortadamente. Súbitamente me separó y ordenó a Visi que se acostase boca arriba, con aquel falo descomunal apuntando al techo. Ágilmente se puso sobre mi prima y empezó a meterse aquel pollón en su vagina. Poco a poco fue entrando hasta que quedó totalmente ensartada, empezando a bombear, suavemente, mientras su organismo se adaptaba a él, tumbándose sobre Visi, dejó a mi vista aquel culo desafiante, diciéndome que ya sabía lo que tenía que hacer.

Dejé la cajita de vaselina cerca, lanzándome como loco a por aquellos glúteos que me atraían desesperadamente, los besé, los apretuje y los mordí con saña, luego, más sosegado y como me había enseñado Carmen, pasé mi lengua por el espacio que quedaba entre su coño y su ojete, ensalivándolo bien, tratando de meter la punta de mi lengua en aquel agujero portentoso. Ella seguía bombeando y yo untándole su rugosa entrada con vaselina, fui introduciendo uno de mis dedos abriendo camino. Supongo que aquel agujero tenía algo de experiencia en la operación, ya que fue más fácil que con Visi. Cuando entendí que estaba a punto, cambie de dedo, metiendo mi polla de un solo envite, hasta el fondo. Carmen dio un respingo, pero solo le oí decir, cabrón, con rabia, entrecortadamente.

Para mí fue otra experiencia increíble, notaba perfectamente las protuberancias del otro falo a través de una delgada membrana de carne y una vez superado ese momento de sorpresa, acompasé mi movimiento con el de mi tía, que estaba gozando como una posesa, mis manos estaban libres y apoyando mi cuerpo en su espalda agarré sus tetas y continué masajeando sus pezones enérgicamente, hasta que dio una sacudida y se corrió entre convulsiones, suspiros, gritos y espasmos de todo su cuerpo.

Fue sacando el falo artificial de su vagina, mientras yo seguía moviéndome y eyaculando en su interior, permaneciendo sobre ella un largo rato hasta que nos calmamos. Visi soportaba el peso de los dos, abrazándonos y besándonos cariñosamente. Nos levantamos, mi tía recogió los aparatos que se habían utilizado y se dirigió, cojeando ligeramente, al baño a arreglarse y a limpiar adecuadamente sus herramientas, para guardarlas hasta que nuevamente fueran necesarias, lo que conociendo a Carmen, no creo que fuese por mucho tiempo.

Pasamos a la sala y todavía tuvimos una charla muy cariñosa en la que cada uno contó las sensaciones que había tenido. Visi estaba super contenta, ya que una puerta se había abierto para nuevas y gratificantes experiencias, podía ser penetrada sin perder su virginidad. Carmen reconoció que las sensaciones que había experimentado y su orgasmo final habían sido realmente salvajes, si bien aquel pene, tan rígido, le había molestado, sobre todo al final. Nos confesó que estaba muy contenta por la experiencia y mirándome con esa sonrisa maliciosa en sus labios, me dijo que tenía que trabajar en la solución a ese problema, y que ya sabía como resolverlo. Mañana después de clase ven y te lo cuento.

Nos arreglamos y después de unos besos muy cariñosos, volvimos a nuestra casa a dormir y a soñar, no con los angelitos, al contrario, en mi caso con aquellas dos angelitas, que me transportaban al cielo.

Parte 2

Recordareis que mi tía Carmen me había citado la tarde siguiente en su casa, para contarme como solucionaría el pequeño problema que había tenido con la doble penetración.

Efectivamente, aunque la experiencia fue extraordinariamente satisfactoria, la excesiva rigidez del aquel falo artificial, le había producido molestias que había que eliminar en próximos encuentros, la búsqueda de un sustituto adecuado era imprescindible para seguir gozando plenamente y sin reservas.

Al día siguiente como un sobrino obediente, nada mas salir de clase estaba llamando a la puerta de la casa de mis tíos. Previamente había pasado por mi casa para lavarme y asearme ligeramente, mientras comprobaba que mis padres seguían fuera.

Llamé y una vez se aseguró que era yo quien llamaba, Carmen abrió la puerta, estaba deslumbrante, vestía una bata negra transparente que dejaba entrever un cuerpo delicioso, solo cubierto por una escueta braga, también negra, que modelaba su imponente trasero. Sus tetas se transparentaban orgullosas, agresivas y especialmente deseables. Calzaba unas zapatillas negras con tacón muy fino, que hacían que al andar, el contoneo de su cuerpo fuese de lo más enervante.

Cerró la puerta con pasador. Ya en la sala de estar se sentó en el sofá de dos plazas, haciéndome sentar a su lado. Me dio un beso muy cariñoso al principio, pero que enseguida se convirtió en un apasionado intercambio de lenguas, fiel reflejo del estado en que se encontraban nuestros cuerpos, después de pasar un día pensando en este encuentro, en el que daríamos rienda suelta a nuestra lujuria.

Aunque en un principio Carmen quiso que hablásemos, que nos tomásemos las cosas con un poco de paciencia, la visión de aquellas tetas me había puesto fuera de mí y me lancé a chuparlas y mordisquearlas ávidamente, mi tía me dejó hacer. Aquello ya era muy difícil de parar, ella no era una mujer indiferente a esas caricias y rápidamente soltó los botones de mi camisa, que salió por los aires, igual que mi camiseta.

Nos deslizamos hasta el suelo y allí en la mullida alfombra, entrecruzados nos devorábamos nuestros pezones, siempre ha sido una zona especialmente sensible para mí y esta vez no iba a ser menos, mi pene estaba en su máximo apogeo y pugnaba por salir de su prisión. Carmen así lo entendió y desabrochando mi bragueta bajo mis cortos pantalones, dejándome como única vestimenta unos calcetines que me llegaban hasta cerca de las rodillas.

Entretanto, la había despojado de su bata, acariciando todo su cuerpo y arqueándome como podía, bajé sus bragas, que ya estaban húmedas de un deseo contenido, que pronto iba a ser colmado. De costado ambos, en el suelo, comenzamos un delicioso 69. Carmen elevó una de sus piernas, pasándola por encima de mis hombros, facilitándome el acceso a aquel delicioso manjar, sorbí sus jugos mezclados con la saliva de mi lengua viciosa, lengua de un chaval de catorce años, que se aplicaba como si el más dulce de los postres se ofreciese para su deleite.

Carmen se había apoderado de mi polla, transportándome al más maravilloso de los mundos, su lengua recorría mi pene, deteniéndose, puñetera, en el frenillo y en la rajita del glande, haciéndome estremecer de placer, luego, súbitamente cerraba la boca metiéndose hasta la garganta aquellos catorce centímetros de dura carne, en un violento metisaca que descargaba corrientes eléctricas por todo mi cuerpo.

Mis caricias a su clítoris tampoco dejaban indiferente a Carmen que empujaba su coño contra mi cara con furia, como si quisiera meter mi cabeza en su agujero. Mis manos jugaban con sus nalgas, estrujándolas y atrayéndolas hacía mi boca, boca que iba frenética de su coño a su arrugado ojete. La postura no me dejaba jugar con él con comodidad, por eso uno de mis dedos, debidamente lubricado con los jugos que salían de su vagina y que humedecían la zona, fue introduciéndose en su ano, moviéndose morbosamente y elevando la calentura de mi tía hasta cotas insospechadas.

Unas bruscas convulsiones me dieron a entender que Carmen llegaba al clímax y un aparatoso orgasmo comenzaba a desencadenarse en su interior. Para mí también fue el momento de correrme, lanzando chorros de semen en la boca de mi tía que nos los desperdició, tragándolos en medio de sonidos guturales, suspiros, imprecaciones y como siempre, insultos que sonaban dulcemente en sus labios y en mis oídos.

Seguimos acariciándonos y limpiándonos suavemente con nuestras lenguas, hasta que los últimos estremecimientos, dejaron nuestros cuerpos relajados, pero todavía calientes y con deseo de seguir explorando nuevas cotas de placer. Me giré lentamente y besé a mi tía con un beso dulce, cariñoso y apasionado. Ayudé a que se incorporara y nos sentamos nuevamente en el sofá.

Pasé una pierna por encima de su cabeza, haciendo que su espalda se recostase sobre mi pecho, mientras mis manos sujetaban sus senos con delicadeza y con mi boca recorría su cuello, orejas y nuca, en una suave caricia que yo sabía que le gustaba.

Comentamos lo bueno que había sido, tomando por mi parte buena nota de los detalles que ella resaltaba como más excitantes, para ir completando mi formación sexual y el conocimiento de las reacciones femeninas, para procurar el máximo placer a mis futuras eventuales parejas.

Carmen se levantó ofreciéndome ir a la cocina a tomar un Cola Cao con leche, ya que sabía que no había merendado y como dijo ella necesitaba estar fuerte más tarde. Merendamos animadamente entre furtivos toqueteos que mantenían nuestro deseo a flor de piel. En este ambiente de complicidad, le pregunté si ya sabía como resolver el problema. Riéndose alegremente, me dijo que la solución era lo más fácil, la dificultad era como enfocar el tema con la solución.

No entendí este juego de palabras y pedí que me lo explicase. La solución es Eugenio, me dijo, pero tengo que pensar muy bien como y cuando se lo planteó. Eugenio era mi tío, es decir, su marido, la persona más simpática y campechana que conocía. Adoraba a mi tía y era igualmente correspondido, quizás él hecho de no haber podido tener hijos, les había unido más que lo habitual en otras parejas. Yo era muy joven y deslumbrado por mi experiencia con mi tía, no había pensado nunca como sería la sexualidad de aquella pareja a la que tanto quería.

La curiosidad me picaba y directamente pregunté a mi tía si hacían muchas cosas como nosotros. Sacó su sonrisa más seductora y me confesó que su relación sexual era maravillosa, acercándose muy picara a mi oreja, me dijo, aunque él es muy viril y tiene mucho aguante, tu tía es muy viciosa y necesita más, por eso tenemos nuestra cajita mágica, para ayudarnos cuando ya no puede más. Me hizo jurar que sería nuestro secreto y que sobre todo, no lo tenía que comentar delante del tío, pasase lo que pasase.

Volviendo sobre la solución, había pensado contarle a Eugenio, adecuadamente, como nos había sorprendido y, con delicadeza, conseguir de su marido, que tanto Visi como yo, pudiéramos llegar a practicar sexo con ellos. Carmen sabia, que al igual que ella, Eugenio era muy liberal en sus ideas y nada celoso, pero aun así, dada la relación familiar, la propuesta podía molestar a Eugenio. Hasta ahora nunca habían hablado de abrir su sexualidad a otras personas de la familia, y tenía que plantear muy bien la situación para evitar el rechazo, y que su marido no llegara a descubrir, lo que estaba pasando entre tía y sobrinos.

Me comentó que había pensado en una historia muy parecida a lo que en realidad había sucedido y que dada la forma en que se lo iba a explicar, casi esperaba que la propuesta de sexo en grupo, partiera de su propio marido. Eugenio volvía en dos días y en la mente maliciosa de Carmen ya se estaba gestando la solución.

Por nuestra parte, la conversación y las alusiones a lo que podría ser el futuro, nos habían vuelto a calentar y nos dirigimos directamente a su habitación, jugando con nuestros cuerpos, pellizcándonos y besándonos furtivamente. Carmen sacó su caja mágica y tomando un consolador, que a mí me pareció muy delgado, nos tiramos a la cama iniciando lo que otra vez iba a ser una sesión de sexo desenfrenado, como todas las de mi tía.

Me acaricio el pene y me pidió que le comiera el coño como antes, obedecí de buen grado y cuando iba a introducir uno de mis dedos en su estrecho agujero trasero, me dijo que lo sustituyera por aquel consolador, cosa que hice una vez estuvo bien lubricado. Me hizo introducir mi polla en su ansioso coño y comenzar una cabalgada de antología. Notaba la presencia de aquel intruso en el culo de mi tía y solo de pensar en eso y lo que podría pasar mas adelante con Eugenio, hacia que mis envites fueran tremendamente fuertes y profundos, arrancando ordenes, gritos e insultos de Carmen que me animaban a ser más agresivo y salvaje. Continuamos así un buen rato, mordiendo sus pezones, mientras su mano martirizaba su clítoris. Cuando sentí que le llegaba su orgasmo, apreté con todas mis fuerzas, dejando enterrado mi pene en lo más profundo de su cueva, como a ella le gustaba, saboreando aquella corrida monumental que Carmen me estaba brindando, finalmente me deje ir, inundando su coño y manteniendo mi polla en su interior, abrazados, hasta que quedamos relajados y satisfechos.

El jueves por la tarde llegó Eugenio y Carmen desplegó todo su saber erótico para recibirlo como se merecía. Mientras cenaban, después de un primer polvo de alivio y, cuando la conversación tomó el giro conveniente, mi tía le dijo que tenía que contarle una cosa que le había pasado que la tenía preocupada y en vilo, ya que no sabía si había actuado convenientemente. Así, le explicó como había pasado a nuestra casa y como nos había pillado masturbándonos.

Eugenio lo encontró muy natural entre dos personas jóvenes, riéndose y haciéndole gracias acerca de la cara que se le habría quedado a su mujer. Ella siguió su explicación, comentándole que, apresuradamente, nos había aconsejado que tuviéramos cuidado y salió huyendo de nuestra casa, prosiguió diciéndole, que estaba preocupada porque sabía que seguíamos haciéndolo y no estaba segura de que, sin una orientación adecuada, fuese bueno especialmente para mi formación. Como por otra parte no se había atrevido a decírselo a mis padres, se sentía culpable por si algo salía mal.

Como mi tío se lo había tomado muy bien, hizo algún que otro comentario, muy intencionado, acerca de las tetas de Visi y de su felpudo, así como del grosor y tamaño de mi pene, todo esto relajó el ambiente y, hábilmente conducido por ella, llegaron a la conclusión de que deberían asesorarnos adecuadamente y que mejor forma de hacerlo, que invitarnos a participar en una sesión conjunta de iniciación.

Mi tía estaba muy animada cuando nos contó como se había desarrollado la conversación, y sobre todo, como había conseguido dirigir a su marido a proponer la reunión tal y como ella lo había planeado. El lunes siguiente, aprovechando la salida de mis padres, estábamos invitados a cenar en su casa y a la fiesta posterior. Nos pidió que fingiésemos estar un poco asustados e ir evolucionando a medida que los acontecimientos lo aconsejasen.

Hablando y planeando lo del próximo lunes, Visi y yo, tuvimos el sábado por la tarde, solos y tranquilos en casa, una tarde de sexo muy ardiente. Estábamos nerviosos y algo preocupados, ya que el lunes deberíamos fingir no saber ciertas cosas que nos había enseñado Carmen, pero, eso sí, ser unos alumnos muy aventajados, asimilando las "nuevas" enseñanzas rápidamente. Ensayamos como iba a ser todo y acabamos con una sesión de sexo anal de antología.

El lunes las chicas fueron a la peluquería donde las maquillaron y peinaron, dejándolas con un aspecto realmente seductor, a Visi le habían recogido su melenita detrás, dejándole un flequillo que junto con bastante colorete en los pómulos, le hacia parecer mucho más joven, me recordaba a mi compañera Cristina y eso que esta tenía cuatro años menos. Carmen estaba espectacular, maquillada y con un peinado muy vaporoso estaba realmente atractiva.

Mis padres salieron a cenar y al teatro, estábamos cerca de las fiestas de Navidad y llegó a la ciudad una compañía de teatro. Inmediatamente nos arreglamos como nos había aconsejado nuestra tía y pasamos a su casa, todo esto nos llevó cinco minutos, tal era la urgencia y curiosidad que teníamos. Esta vez Carmen había oído salir a mis padres y estaba sobre aviso, abrió rápidamente la puerta y nos hizo pasar a una habitación, antes de que Eugenio se percatara de todo, para darnos el último repaso. Visi estaba sensacional parecía una colegiala de quince años, falda corta con can-can, con mucho vuelo y una blusa de uniforme, riquísima. A mí me hizo quitar la camisa y dejar los tirantes sobre el pecho y espalda desnudos, solo tenía los pantalones cortos, unos realmente cortos, indicación de mi tía y los zapatos, me peinó echándome el pelo hacia atrás, dándome su aprobación.

He olvidado decir que Carmen, vestía una especie de corsé largo, lo que hoy llamaríamos un body, muy escotado, dejando ver su extraordinario pecho, era de color marfil brillante y con unas puntillas negras, pegadas desde lo que sería el sujetador hasta el comienzo de sus muslos, llevaba medias negras de nailon con costura atrás y zapatos de tacón, cubierto todo ello, únicamente, con la bata negra transparente con flecos en los bordes que ya conocía. Estaba guapísima, a mí personalmente me gustaba más cuando lucia sus preciosas tetas, ya que esos corsés eran rígidos y engorrosos de quitar, pero a Eugenio le gustaban y hoy teníamos que complacerle para buscar su complicidad.

Pasamos al salón donde Eugenio estaba sentado en su sillón orejero, vestido con una bata granate, fumando su pipa y bebiendo un Martini. Su cara reflejó su aprobación por lo que veía, se levantó y sujetando a su mujer por el talle, se dirigió hacia nosotros besando a Carmen y diciéndole algo al oído. Nos besó en la frente muy castamente, alabando lo guapísimos que estábamos. Sin decir más, pasamos al comedor para dar cuenta de la cena, ligera pero consistente, ya que nos esperaba una noche ajetreada.

En la cena Carmen estuvo genial, rompiendo el hielo con gran maestría, comentó de una forma desinhibida lo que nos había visto hacer, creando un ambiente de complicidad y morbosidad. Eugenio preguntaba cosas concretas acerca de lo que hacíamos, que solo veían mohines y sonrojos por parte de Visi, excelente actriz. Sentados alrededor de una mesa redonda, Carmen iba alternando sus caricias a la entrepierna de su marido y a la mía, yo hacía lo mismo con Visi y por fin Visi se atrevió a hacer lo mismo con Eugenio jugando con su pene, cuando Carmen se lo indicó.

Terminada la cena, todos muy animados, brindamos, los mayores con sidra El Gaitero, el "champán" de los españoles en aquella época, yo con gaseosa, dirigiéndonos después hacia su dormitorio. Este tenía dos piezas separadas por un gran arco con cortinones, una, era una especie de vestidor, con un tocador, un armario y dos sillones grandes y confortables, tipo chester, una gran alfombra, muy gruesa, cubría el suelo. Eugenio se sentó en uno de los sillones y Carmen en el otro. Visi y yo, de pie, frente a ellos, estábamos ligeramente violentos.

Eugenio nos indicó que si queríamos hacer bien las cosas lo mejor es que les mostrásemos lo que hacíamos entre nosotros, para, sí era el caso, corregirnos. Carmen sugirió que lentamente nos fuéramos quitando la ropa. Comenzó Visi desprendiéndose de aquel atuendo colegial y dejando ver, una cara de chiquilla, con un espléndido cuerpo de mujer, vestido con un corsé hasta la cintura muy escotado y unas bragas negras, todo muy atrevido y sensual, todavía más morboso al llevar unos calcetines blancos de encaje. Lentamente fue soltando los corchetes de su corsé, y dejándolo caer surgieron aquellas tetas hermosas, turgentes, deseables, con aquellos pezones oscuros, totalmente erguidos y desafiantes. Bajó sus bragas girándose lentamente, y al agacharse, mostró un culo respingón y perfecto. Al volverse y situarse frente a Eugenio, pudimos notar la excitación de este, al ver aquel monte de venus, con una tupida y generosa mata de pelo negro rizado, que llamaba la atención.

Carmen me pidió ayuda para soltar su acorazado corsé, su cuerpo liberado, brilló con magnificencia, haciendo que mi pene, ya despojado de sus pantalones, saltase como si un resorte lo hubiese disparado. Aquello fue evidente para todos, que lo acogieron con sonrisas.

Carmen nos había advertido que las cosas que se suponía sabíamos, las hiciésemos de forma natural y perfecta, así, Visi se arrodilló frente a Eugenio, abriéndole la bata. Mientras lo hacia, acariciaba y chupaba su pene que ya se encontraba bastante animado. Mi tío tenía un cuerpo atlético y bien conservado, su pene era una considerable herramienta de unos 18 centímetros de largo, aunque a decir verdad, algo más delgado que el mío.

Yo por mi parte, arrodillado frente al delicioso coño de mi tía, totalmente húmedo, reflejo de la calentura que le estaba produciendo la situación, empecé a recorrerlo con mi lengua, visitando todos sus recovecos, hasta que apoderándome de su clítoris, lo titilaba primero suavemente, incrementando luego la presión, al tiempo que mi mano deslizaba en su vagina, primero un dedo, después, dos, al tiempo, un tercero empezaba a introducirse en su ano. Carmen estrujaba sus tetas y desesperadamente, agitaba su cabeza gritando, asíííí, asíííí, másss fuerteeee, destrózame, etc. Eugenio, transpuesto por la enorme mamada que le estaba haciendo Visi, miraba asombrado a su mujer, mientras esta alcanzaba el primer clímax de la noche, entre gritos y fuertes convulsiones.

Carmen, bajándose del sofá, me echó al suelo y poniéndose sobre mí a caballo, empezó un 69, frenético, chillándome, ¡¡otra vez, sigue igual, otra vez, fuerte!!. Mi pene entraba y salía de su boca, proporcionándome un placer difícil de describir, yo, chupaba y chupaba desesperadamente su coño, mientras que mis manos, apoderándose de sus pezones los estrujaban sin piedad. Al rato, los dos terminamos entre temblores, gritos y suspiros. Mi tía tragó hasta la última gota de mi semen, quedando en el suelo derrengada, relamiéndose muy sensualmente. Me giré y la besé agradecido.

Visi, seguía engullendo aquella magnifica herramienta, sin que ambos se hubieran abstraído del tremendo espectáculo que habíamos dado a su lado. Eugenio aguantaba sin correrse, ya que quería metérsela a Visi y empezar una follada que esperaba de antología. Le indicó que se colocara bien para hacerlo, Visi asustada le decía que no, entonces yo, muy decidido, le indiqué que no quería que se la metieran por el coño porque no quería perder la virginidad, pero que le encantaba que le metiese un dedo en el culo. Visi me miró roja de vergüenza como queriendo matarme, pero Eugenio, cogiéndole la cabeza entre sus manos la dirigió nuevamente a su pene, mientras me pedía que preparase su otro agujero. Me situé detrás de ella y pude ver que también estaba muy húmeda y caliente, besé su raja y deslicé la lengua hasta su rosetón lubricándolo e introduciendo uno de mis dedos, después dos, comenzando un suave metisaca que era bien recibido por Visi. Hice una seña a mi tío y levantándose se situó detrás de Visi, que apoyándose en el sillón, acertó a decir, no, por favor, no me hagas daño, cuando en realidad, lo que quería decir es métemela hasta el fondo.

Recibió la polla en la entrada de su ojete, y sintió que se deslizaba dentro con suavidad.

Eugenio, comenzó un movimiento de vaivén, primero suave, luego más enérgico y profundo, Visi no era inerme a esta situación y los movimientos de su cuerpo así lo reflejaban, arqueaba su espalda y de su boca salían expresiones, como ssiii, masssss, assssíiiii. Ayudaba a los envites de su tío y se la veía disfrutar del momento.

Carmen se acercó a Eugenio y le dijo algo al oído, él asintió, con rápidos movimientos de cabeza. Haciéndome una seña con la cabeza, Carmen, muy seria, me pidió que lubricase el agujero de mi tío y lo penetrase.

Aquello era demasiado para mí, ni por asomo podía imaginar que eso se pudiera hacer, mi tía insistió con el gesto y obedecí, comenzando un trabajo similar al que había hecho con Visi, al poco rato mi tío me urgió a metérsela, suave pero hasta dentro, me dijo. Aparte del morbo que la situación tenía para mí, las sensaciones que sentí fueron muy similares a las que sentía cuando enculaba a Visi o a Carmen, era muy agradable, aquel recinto estrecho envolvía amorosamente a mi pene y el placer que sentía era muy fuerte. Para Eugenio, debió ser mucho más placentero, pues una vez acompasado el ritmo, propinaba embestidas salvajes a Visi, siendo acogidas por esta, con gritos de placer, movimientos vertiginosos de su cabeza y temblores en su cuerpo que denotaban que iba a alcanzar su orgasmo de un momento a otro. Eugenio fue el primero en irse y al sentir dentro de sus entrañas aquella cantidad de liquido caliente, Visi no pudo aguantar más y tuvo un orgasmo, ruidoso y salvaje. Aquello era muy fuerte para mí y descargué mi semen en el intestino de Eugenio. Caímos agotados y satisfechos sobre la alfombra.

Pasaron unos minutos y Carmen que necesitaba más, se acercó a nosotros, haciéndome una señal con la mano. Nos situamos al lado de Eugenio que estaba de espaldas sobre el suelo con los brazos en cruz, descansando. Carmen tomó su pene que descansaba plácidamente, todavía con restos de su anterior trabajo y se lo llevó a la boca, limpiándolo suavemente. Mirándome a los ojos me invitó a que le ayudase en su tarea; aquello era nuevo para mí. Carmen insistió, mientras la introducía en su boca, tratando de animarla, yo guiado por la curiosidad, me acerqué y sujetándola, paseé mi lengua por el descapullado glande, era mi primera vez y me gustó. Era tan suave, con aquel ligero sabor agridulce, que sentí deseos de metérmela totalmente en mi boca y jugar con ella, acariciarla, chuparla, teniendo muy en cuenta de hacer lo que a mí me gustaba cuando me lo hacían. No cabe duda de que lo hice con gusto y bien, ya que aquel pene fue despertándose. La satisfacción que sentí, hizo que yo también fuese recuperando el vigor, Carmen se dio cuenta y visto que yo me aplicaba muy bien solo, tomó mi polla y comenzó a mamármela magistralmente.

Al poco rato, ambos estábamos con nuestros instrumentos a tope, Carmen, decidió que era su turno, se arrodilló, me hizo situar detrás de ella, metiéndole mi tranca de un empellón hasta el fondo, comencé con un ligero vaivén, que, fue transformándose en un alegre metisaca, su cara reflejaba el vicio que la dominaba, dientes apretados, ojos cerrados, rictus salvaje, entregada a lo que estaba haciendo, Visi se colocó bajo ella, apoderándose de sus pezones, chupaba uno y materialmente retorcía el otro con sus dedos. Carmen, cada vez más fuera de sí, aun tenía fuerzas para dirigirlo todo, indicó a su marido que me penetrara, al momento sentí su lengua chupándome la entrada y abriéndose camino ayudado de sus dedos.

Aquello era demasiado, nunca había pasado por mi imaginación verme en esta situación, me quede rígido y oí la voz de mi tío al oído, diciendo que me relajase, que así era más fácil, una mezcla de sentimientos me atenazaba, de una parte curiosidad, de otra temor, en cualquier caso fui relajándome y noté como Eugenio, lubricándolo, apoyaba su verga contra mi rosetón y, empujando, empezó a introducirla suavemente.

Noté que mi esfínter se dilataba y como aquel capullo, tan suave, iba entrando lentamente, sentí un ligero dolor, algo más que molestia, y di un pequeño respingo, se detuvo, dándome un respiro, cuando me vio mas relajado siguió metiéndola muy despacio. Aquello me estaba produciendo una serie de sensaciones encontradas, el dolor fue dejando paso a una sensación de plenitud en mí interior que irradiaba impulsos, desconocidos para mí, pero muy placenteros, cuando comenzó a sacarla la sensación que sentí hizo que se encogiera mi estomago, como si echase en falta algo desesperadamente. Nuevamente avanzó y otra vez aquella sensación de plenitud; mi pene se estiró más si cabe, y penetré a Carmen más furiosamente, sentía demasiado placer, temblaba y gozaba olvidándome de todo, el cúmulo de sensaciones que sentía en el bajo vientre me hacían moverme desesperadamente. Seguimos un largo rato, yo no quería que aquello acabase, pero mi tía, que quería su ración en los dos agujeros, me volvió bruscamente a la realidad.

Puso a su marido de espaldas en el suelo y con habilidad se enfundó su larga y dura tranca en la vagina, lo montó como una experta amazona, soltando suspiros de placer, hasta que le oí decir autoritaria, sobrino métemela hasta el fondo, sin piedad. Cumplí aquella orden muy obediente, vengándome de lo que me había hecho un momento antes, privándome de aquel placer sublime. Sujetándome en sus caderas, la ensarté bruscamente, haciéndole soltar un grito y una imprecación, que prefiero obviar. Acompasando el movimiento con Eugenio, comenzamos a trabajarle sus dos agujeros con furia, mientras se retorcía, gritaba, suspiraba y nos incitaba diciéndonos, ¡¡¡cabrones másssss fuerteeeeee, abrirme toda, quiero que me reventeisssss!!!. Ahora que yo había sentido aquella sensación deliciosa podía entender las reacciones de Carmen, seguimos con aquellas embestidas salvajes hasta que la frecuencia y la potencia de los gritos de Carmen nos advirtieron que estaba teniendo un orgasmo bestial.

Yo no pude aguantar más, apreté con fuerza mis dientes y empujando con toda el alma, dejé una gran corrida en su interior. Eugenio siguió acompañando a Carmen en sus últimos estremecimientos y finalmente descargó su leche dentro de su mujer. Seguimos un rato abrazados. Visi se unió al grupo que chorreaba semen por todas partes. Nos miramos, sonriendo, satisfechos de aquella lección que de forma tan provechosa habíamos recibido. La solución había sido un éxito total y todo indicaba que se repetiría muchas veces en el futuro.

El reloj, verdugo insobornable, nos advirtió que era hora de pasar a casa, recogimos nuestras ropas de mala gana y nos dirigimos a la puerta, Carmen me llevaba apoyando su brazo sobre mis hombros y besuqueándonos en la cara, le reproché que me hubiese cortado en lo mejor de la penetración de Eugenio y le pedí reanudarlo cuanto antes, riéndose me dijo, estas de vacaciones tendremos tiempo de repetirlo, prometido. A poco que pueda, te daré otra sorpresa que te va a encantar. Visi se despedía de Eugenio con un beso muy cariñoso y como era habitual, mi tía me dejó nervioso, con la duda de saber que tramaría. Por supuesto, yo sabía que saliendo de ella sería maravilloso.

Aquel año, a pesar de ser un buen estudiante, tuve que repetir cuarto de bachiller, eran demasiadas asignaturas a la vez, y las de la universidad del sexo, demasiado exigentes.

Parte 3

Carmen no hablaba por hablar, su promesa de compensarme adecuadamente, rápidamente iba a materializarse.

Al día siguiente la tía Carmen se preocupó de organizar todo, habló con mi madre, mejor dicho, convenció a mi madre, para que me dejase ir con ellos el siguiente fin de semana a Biarritz. El viaje en aquella época no era fácil, tanto desde el punto de vista logístico, como de permisos oficiales. Estábamos en España a finales de la década de los cincuenta, en plena época franquista.

Yo había sacado el pasaporte unas semanas antes, porque en la siguiente Semana Santa tenía que viajar a Montluçon, a pasar las vacaciones con una amiga francesa con la que nos carteábamos, ella para mejorar su español y yo mi francés.

Por la tarde Carmen vino a casa y me explicó todo, se la veía muy feliz, el 27 que era viernes nos iríamos a Francia y pasaríamos los tres días hasta el domingo en Biarritz. Me comentó que conocería a un matrimonio, cuyo marido trabajaba con Eugenio, muy amigos, con los que en otras ocasiones habían salido. También me adelantó que iba a conocer a una mujer extraordinaria, que me encantaría. Estábamos solos y a medida que me lo iba explicando, Carmen se iba animando y empezó a jugar conmigo, tocándome, besándome, separándose, se reía y me provocaba. Entendí que se estaba calentando solo de pensar en todo lo que había organizado.

Rápidamente la tumbé en el sofá y subiendo mis manos por sus muslos, llegué hasta sus bragas y tiré hacia abajo. Carmen se levantó ligeramente y facilitó mi labor. Sin pensármelo dos veces metí mi boca en su raja, que ya estaba húmeda, me apliqué con todo mi cariño y al momento estaba retorciéndose de placer, entre suspiros me decía todas las guarradas del mundo, como siempre me sorprendía, pero al tiempo era un acicate para que chupase y torturase suavemente su clítoris, al tiempo que mis dedos se introducían en su vagina. Carmen no sabía que hacer con las manos, primero me sujetaba la cabeza empujándomela dentro de su coño bien jugoso, después se masajeaba sus tetas por encima de la blusa, rápidamente se soltó la blusa y subiéndose el sujetador se pellizcaba aquellos pezones gloriosos, duros como el granito.

Aquello no podía durar mucho y efectivamente entre imprecaciones, suspiros, grititos, convulsiones, Carmen, tuvo un orgasmo memorable. Apretaba mi cabeza entre sus muslos, se incorporaba, se dejaba caer nuevamente, poco a poco me fui separando de ella y con sus últimos estremecimientos la besé dulcemente en la cara mientras ella, dedicándome una mirada acariciadora, me dijo un te quiero que me hizo estremecer. Fue recomponiendo su ropa mientras seguía haciendo planes de lo que necesitábamos y tratando de convencerme de lo bien que lo íbamos a pasar, cosa de la que conociéndolos, yo no tenía la menor duda.

La comida de Navidad, con toda la familia, que se celebró en mi casa, dio lugar nuevamente a que se hablase del viaje y para que, tanto la tía Carmen, como mi prima Visi, a la que ya le había comentado algunas cosas que me había adelantado Carmen, intercambiáramos, miradas muy significativas y llenas de deseo. Teníamos ganas de despedirnos en toda regla y no veíamos el momento. La sobremesa se alargaba demasiado y muy entrada la tarde se organizaron unas partidas de cartas, en las que ninguno de los tres, quisimos participar, lo que nos dio pie a pasar a casa de mis tíos para ir preparando cosas del viaje y ver algunas fotografías de lo que íbamos a visitar. Eugenio, se barruntó lo que preparábamos y nos hizo un guiño muy significativo. Seguro que le hubiese gustado acompañarnos, pero se había comprometido para una de las partidas.

Salimos al descansillo de la escalera y mientras Carmen abría la puerta de su casa, Visi, pasándome el brazo por la cintura me dijo al oído que la tenía muy abandonada últimamente y que tenía ganas de que se la metiera. Aquello tan súbito y tan brusco, provocó que mi pene tomara un cierto vigor prometedor. Daba la impresión de que los tres estábamos bastante alterados, porque guiados por la tía carmen nos fuimos directos al dormitorio, empezando a desnudarnos con una urgencia desacostumbrada. En un momento estábamos encima de la cama, formando un triangulo de lujuria maravilloso. Carmen se apoderó de mi polla y empezó una mamada deliciosa, yo por mi parte, situé mi cabeza entre las piernas de Visi y chupe su coño y su trasero, comenzando a introducirle un dedo en este último, y Visi hizo lo propio con Carmen, apoderándose de su clítoris y chupando con delectación.

Había una cierta urgencia en los tres y al cabo de unos momentos, en los que cada uno aportó toda su sabiduría mamatoria, nos provocó una excitación que nos estaba llevando al éxtasis, por lo menos a mí, que debido al entusiasmo de Carmen, estaba a punto de eyacular, me incorporé y le indiqué a Visi que se colocara de rodillas para encularla adecuadamente. Con un,- por fin, ya tenía ganas,- se colocó en posición y yo al principio, suavemente, empuje con decisión mi pene en aquel lubricado agujero, introduciéndolo, mientras Visi apretaba los dientes y crispaba las manos durante unos segundos, hasta que mi pene llegó al fondo de su cavidad. Comencé un movimiento de vaivén, suavemente primero y más rápidamente, a medida que Visi, gozando de la enculada, así lo pedía diciendo – más fuerteeee, rompemeeeee, sigue, sigue asíííí. Carmen, situándose entre sus piernas, le chupaba su clítoris, mientras que sus manos acariciaban sus ya durísimos pezones.

Visi estaba fuera de si; no dejaba que se la metieran por el coño, dichosa virginidad, pero cómo le gustaba que la encularan, gozaba como una posesa. Absolutamente fuera de control, entre gritos, estremecimientos, aferrada a la almohada a la que clavaba sus uñas sin piedad, tuvo un orgasmo de los que hacen época, mientras yo me vaciaba en su interior, entre espasmos y convulsiones, que me hacían empujar y mantener la penetración hasta lo más profundo de sus entrañas. Caímos derrengados sobre la cama permaneciendo así mientras Carmen nos acariciaba los cuerpos, perlados de sudor y que aun seguían con los postreros estremecimientos del orgasmo. Como otras veces Visi tuvo que salir para el baño, mientras Carmen, me reprochaba, cariñosamente, como la habíamos abandonado. De eso nada, le dije, ahora te toca a ti y no vamos a parar hasta hacerte morir de placer.

Al poco rato regresó Visi, estaba radiante, tenía un cuerpo de locura, un cuerpo juvenil que hacía honor a sus veinte añitos, con unas tetas de un tamaño justo, turgentes, con unos pezones agresivos, unas caderas maravillosamente moldeadas, un culo de los que provocan que la gente se vuelva a mirarlo, el monte de venus, muy poblado de un pelo negro rizado, que contrastaba deliciosamente con la blancura de su piel. Todavía volvía con la cara sonrosada del esfuerzo anterior, pero con una felicidad reflejada en el rostro, que la hacían tremendamente atractiva. Mientras, Carmen y yo estábamos en la cama acariciándonos, Visi se dirigió directamente al armario y abriendo la caja mágica de Carmen, la recordareis de anteriores relatos, tomo el pene provisto de arnés y lo blandió en el aire en plan triunfador, Carmen y yo la veíamos hacer y nos preparábamos para lo que venía a continuación.

Situándose frente a nosotros se ajustó el arnés a su cuerpo. Con aquel nada despreciable atributo, aun estaba más seductora. Carmen me tumbó sobre la cama y poniéndose de rodillas se apoderó de mi morcillona polla y se puso a chuparla para que recobrara todo su esplendor, entre tanto había descuidado su retaguardia y Visi, colocándose a su espalda, fue introduciendo aquella rígida verga en su lubricada vagina, comenzando a follársela sin piedad.

Carmen acusó aquella invasión, pero siguió con su trabajo en mi polla que rápidamente respondió como se esperaba a aquellos estímulos, la verdad es que Carmen era una experta mamadora y yo no podía ser ajeno a sus caricias. Tenía una boca viciosa, su lengua recorría mi pene a lo largo, llegando hasta los testículos que igualmente acariciaba, volvía a subir y materialmente lo engullía hasta su garganta, produciéndome una desazón que me tenía al borde del orgasmo. Cuando vio que estaba más que a punto, me ordenó que me pusiera detrás, lubricase su ano y me dispusiera a penetrarla. Visi cambió de postura, pero siguió con su artefacto dentro de la vagina de Carmen, bombeando sin parar. Cuando consideré que su ojete estaba lo suficientemente engrasado y dilatado, comencé una penetración, lenta al principio pero que al poco fue acompasándose con el ritmo que imponía Visi, empezando a arrancar, suspiros, gritos y una creciente desesperación en nuestra tía, lo cual nos animaba a seguir incrementando el ritmo y haciendo las penetraciones más profundas, lo que provocaba en Carmen convulsiones y gritos, pidiendo que lo hiciésemos más y más fuerte.

Cuando noté que Carmen estallaba en un orgasmo delirante, no pude más y solté toda mi carga de esperma en su interior. Visi fue retirando aquel artefacto de su interior para que no le molestara, mientras que yo, manteniéndola dentro, me derrumbe sobre Carmen al tiempo que la acariciaba y besaba amorosamente.

El tiempo había pasado sin que nos diésemos cuenta, nos arreglamos y nos sentamos en el salón, repasando todo lo que necesitábamos para el viaje del día siguiente. Sonó el timbre, era Eugenio, el cerrojo estaba pasado y no pudo entrar con su llave, abrimos y se le veía ansioso por conocer detalles de lo que había pasado, Visi y yo nos despedimos y pensando en la alegría que traía, la noche se prometía algo movida para la tía Carmen.

A las ocho y media de la mañana del viernes 26, estaba todo preparado para la marcha, colocamos el pequeño equipaje para pasar el fin de semana, en el coche de Eugenio, un impresionante Aston Martin, deportivo, uno de los pocos coches de importación que podían verse en España en aquellos tiempos. Me coloqué en el asiento de atrás y como a pesar de mi edad, tenía un cuerpo, bastante desarrollado, tuve que colocar mi metro setenta y tres haciendo algunos malabares. A la hora prevista salíamos rumbo a Francia, a la aventura. Era mi primer viaje al extranjero y me invadía toda la curiosidad del mundo.

Las carreteras no eran como las de ahora y en lo que actualmente se tarda poco más de una hora y media, tardamos cerca de cuatro horas en llegar a Biarritz, y eso teniendo en cuenta que los tramites en la frontera se agilizaron muchísimo, ya que Eugenio, por su trabajo, la cruzaba frecuentemente, y era conocido por todos los aduaneros.

Llegamos a un pequeño hotelito situado cerca del casino y desde el que se veía el mar. Entramos con las maletas. Vi que la dueña, una elegante señora de unos cincuenta años, muy bien llevados, recibía a mis tíos de una forma muy amigable, y me fue presentada como Mme. Denisse, se acercó y dándome dos besos me indicó que aquella era mi casa. Se dirigió nuevamente hacia mis tíos, haciendo un comentario en voz baja, que a mi me mosqueó, pero hizo reír abiertamente a los tres. Una de las camareras nos acompañó hasta la habitación. Se trataba de una suite, muy bien decorada, con un pequeño saloncito en el que habían colocado una cama para mí, y un dormitorio principal, con una cama grandísima, separado por unos cortinones que estaban recogidos a los lados. Disponía igualmente de un baño muy completo, con una bañera con pies, muy decorativa, pero poco funcional, como pude comprobar después, ya que la ducha salpicaba todo el suelo del baño. Cuando estuvimos solos en la habitación Carmen se aproximó a mi y me preguntó que me parecía aquel nidito de amor, sin esperar la contestación, me dijo, poniendo una cara muy picara, vamos a follar como locos.

Eran algo más de las doce y media y Eugenio nos apresuró para ir a comer rápidamente, puesto que en Francia las costumbres eran distintas que en España y se comía mucho más temprano. Nos dirigimos a un "bistrot", cercano al hotel, donde comimos francamente bien y yo pude probar por primera vez unas "frites", cuyo exquisito sabor y textura aun perduran en mi memoria. Mientras tomaban el café y un coñac, Eugenio me preguntó que me parecía Francia, a pesar de estar prácticamente en la misma región y con un paisaje muy similar, las calles, las carreteras, los edificios, estaban mucho mas cuidados que en España y más ordenados, tenía la sensación de haber sido transportado a otro mundo, me gusta, le contesté, está todo muy cuidado. Recuerdo que mi tío hizo un comentario acerca de la libertad, que aun tarde algún tiempo en entender.

Dimos un paseo por la ciudad, pasando por el centro y dirigiéndonos a una pequeña playa, muy cuidada, con bastantes piedras, pero situada en un entorno muy bonito. Seguimos haciendo un poco de turismo hasta eso de las cinco de la tarde en que volvimos al hotel. Eugenio había quedado con sus amigos hacia las seis y media de la tarde en el hotel, para charlar un rato e ir a cenar. Nos arreglamos cuidadosamente, sobre todo Carmen. Se había duchado y salió desnuda a la habitación para vestirse. Yo estaba embobado viendo aquel cuerpo espectacular, que tanto conocía, pero que cada vez que lo veía, me alteraba y deseaba besarlo, comerlo y acabar follando salvajemente. Se puso una especie de corpiño que estilizaba aun más su cintura y le hacía estar más deseable, se colocó un vestido negro, bastante escotado, que le hacía parecer una diosa.

A la hora prevista, bajamos al hall y solo tuvimos que esperar unos minutos a la llegada de estos amigos, él, un antiguo colaborador de Eugenio, con el que le unía una amistad fraternal como pude comprobar posteriormente, su mujer era una delicada, pero escultural señora, con una cara aniñada, de cabellos dorados, que recogía con una simpática boina, que le daba un aspecto muy juvenil. Una vez hechas las presentaciones, estábamos envueltos en una entrañable conversación, salpicada de comentarios bastante pícaros, que indicaban la confianza que se tenían y presagiaban una noche muy caliente.

Salimos a cenar a un restaurante muy coqueto. Nos sentaron en una mesa redonda, Carmen, Frederic, Eugenio, Annie y yo. La cena que sirvieron en opinión de todos fue excelente, aunque yo no estoy muy seguro si fueron las viandas o el ambiente que se preparó debajo de la mesa, lo que nos hacía estar tan felices. La mesa estaba en un pequeño reservado, los camareros trajeron un surtido de platos a la vez y nada mas marchar dio comienzo la fiesta, las manos volaban a las entrepiernas y todos reían encantados. Al principio yo estaba un poco cortado, pero cuando Annie, dirigió decidida su mano a mi polla, me integré a la fiesta totalmente, primero con Carmen, por aquello de que había más confianza, pero después con Annie, aunque tropecé con la mano de Eugenio que acariciaba su coño, ya húmedo y receptivo. Sin pensarlo acercó su cara a la mía y me dio un beso en la boca, al tiempo que me decía que le encantaba su "petit enfant", y que me iba a comer entero.

Las bragas desaparecieron como por arte de magia y yo note que abrían los botones de mi bragueta y mi levantisco pene, era arropado por una boca que me transportaba a otros mundos. Carmen me miraba arrebolada y me guiño un ojo cómplice, su cara reflejaba el placer que sentía y mi mano acaricio su nuca, ya que su entrepierna estaba ocupada. Una vez terminadas aquellas entradas, Eugenio utilizó una pequeña pera con un timbre y volvieron los camareros, retiraron los platos y trajeron otros manjares dejándonos solos nuevamente. El mantel, que había tapado pudorosamente el espectáculo inferior, nuevamente fue levantado y entre bocado y bocado, algunas de las caras reflejaron algún que otro orgasmo, por ejemplo el mío. Aquella mujer tragó todo mi semen, limpió cuidadosamente mi pene y volvió a su plato de carne, como si nada hubiera pasado. Yo estaba alucinado.

La cena acabó de una forma muy placentera, se descorchó una botella de champán y se brindó por la noche que nos esperaba. Salimos del restaurante y en el coche de Frederic nos dirigimos al hotel. Mme. Denisse nos estaba esperando, arrebatadora, se había maquillado y parecía una joven de treintaitantos, con un vestido tremendamente sexy e insinuante y nos acompaño a sus aposentos privados. Por la forma efusiva en que saludó a los amigos de los tíos, supe que se conocían íntimamente. Habíamos pasado a un saloncito, bastante amplio e iluminado con una tenue luz que resaltaba la decoración, bastante recargada.

Nos sentamos en unos cómodos sofás y continuó la fiesta bebiendo y brindando con champán, que estaba dispuesto en el salón. Una música muy sugerente fue brotando del pick-up, formándose parejas que se lanzaron a bailar, Annie con Eugenio, Denisse con Frederic y Carmen vino rápidamente hacia mí y me sacó a bailar. Apretándome fuertemente contra ella, lo cual me produjo una desazón considerable, ya que cosa extraña en ella, me dio la impresión de que no lleva sujetador y sus tetas se clavaron en mi pecho, descolocándome. Acercó su boca a mi oído y dándome un pequeño mordisco en mi lóbulo, me indicó que les había hablado a sus dos amigas de mi forma de follar y estaban deseando que las follase hasta hacerlas correr como posesas, cuento contigo, se que puedes con las tres y además Eugenio y Frederic te ayudaran. Quería saber con cual quería empezar y aunque Annie, parecía una chiquilla traviesa y escultural, elegí a Denisse, que para mi tenía más morbo y además ardía en ganas de verla desnuda, pues su cuerpo, y sobre todo sus tetas se adivinaban grandiosas.

Carmen llevándome de la mano se dirigió al encuentro de Denisse y le comentó algo, rápidamente, soltó a su pareja y abrazándome sensualmente metió su lengua en mi boca en un beso que hizo saltar a mi pene, automáticamente, como si dispusiera de un resorte. Aquello no pasó desapercibido para ella que haciéndome sentar en uno de los sofás se arrodilló y soltándome hábilmente el pantalón lo bajó dejando al aire mi alterado ariete, que rápidamente introdujo en su boca, comenzando una mamada de antología; aquella mujer sabía lo que hacía. Yo había tenido buenas maestras, pero aquella era una profesora fuera de serie. Cuando vio que estaba a punto de correrme, se apartó y suavemente se hizo ayudar para bajar su cremallera y dejó deslizar su vestido hasta el suelo. Al igual que Carmen, no llevaba sujetador y era asombroso ver como aquellas tetas, perfectas, desafiaban a la gravedad y sus pezones apuntaban agresivos al frente. Estaba embobado admirando aquellas tetas maravillosas y cuando volví a mirar pude ver como mis amigos le habían bajado las bragas entre caricias y mostraba un monte de venus, bien poblado con una mata de pelo, recortado y majestuoso.

Se acercó hasta el sofá y quitándose los zapatos se sentó sobre mí ensartándose mi polla hasta el fondo. Suavemente comenzó a cabalgarme, mientras sus tetas danzaban frente a mi cara desafiantes, me apoderé de una de ellas con mi boca, sujetando con una mano la otra, empezando un masaje de sus pezones con mi lengua y dedos que parecía era del agrado de Denisse, ya que empezó a suspirar y a moverse con pequeñas convulsiones, mientras su cara reflejaba el placer que sentía. La postura no debía ser muy cómoda para ella y súbitamente me hizo acostar sobre la alfombra, sentándose sobre mi y comenzando una cabalgada gloriosa. Mi pene parecía haber encontrado su horma y aquella cavidad acogedora se ajustaba a la perfección proporcionándome un placer inenarrable. Carmen se acercó por detrás y ajustando el ritmo, comenzó a chuparle su otro agujero al tiempo que comenzaba a meterle uno de sus dedos y después otros. Aquello pareció espolear a Denisse que se movía salvajemente mientras sus manos se clavaban en mis hombros con fuerza.

Carmen hizo una pequeña seña a Frederic, que junto con Eugenio y Annie, sentados en el sofá, ya se habían despojado de sus ropas y estaban tocándose, mirando aquel espectáculo tan caliente. Frederic se acercó y arrodillándose detrás de Denisse fue introduciendo su nada despreciable tranca en su trasero, acompasó sus embestidas y pronto Denisse, que hasta ahora solo emitía sonidos apagados, empezó a soltar pequeños gritos mientras su cuerpo temblaba y se agitaba con furia. En estos momentos su cara estaba totalmente desencajada y pedía que se la metiéramos más y más fuerte. Yo estaba al borde del orgasmo, aquella lujuria desenfrenada me estaba haciendo mella y hacía verdaderos esfuerzos para aguantar mi eyaculación. Al poco, Denisse se irguió y quedándose tensa, apretó con furia mis hombros mientras gritaba que se estaba corriendo y pedía más y más, yo no pude aguantar más y solté toda mi leche en sus entrañas, mientras mis estremecimientos, hacían que mi pene ahondase más en su acogedor coño hambriento de polla. Frederic, no se quedó atrás y también se vació en sus intestinos. Con las postreras convulsiones ambos cayeron sobre mí y quedamos abrazados, completamente satisfechos y agotados después de este primer envite.

Casi arrastrándonos nos sentamos en el sofá, Annie se acercó y puso su boca en la entrepierna de Denisse, chupando y tragando todos los fluidos que salían de su interior, Carmen por su parte se acercó hasta mi, e igualmente, limpió mi pene y guiñándome un ojo me dijo que había estado perfecto, pero que aquello solo era el principio. Eugenio se había colocado tumbado entre las piernas de Annie, acariciando y besando su entrepierna. Su lengua recorría viciosa desde su clítoris a su rugoso agujero trasero ayudándose de sus dedos, mientras ella acusaba esas delicias y suspiraba con su boca dentro del coño de Denisse. Carmen seguía chupando mi pene con fruición, acariciando mis pezones al tiempo y nuevamente sentí que aquello volvía a la vida fruto de aquella mamada deliciosa. Carmen me dijo que estaba deseando metérsela hasta el fondo, pero que era el turno de Annie y que a esta le gustaba que la encularan y que aquel era el momento. Eugenio se apartó ligeramente, aunque siguió con el chupetéo en el coño de Annie, mientras yo iba tratando de introducirla en el estrecho ojete. Annie era una experta, había relajado sus esfínteres y con un suave pero persistente empujón, logré meterla en su totalidad. Descansé durante un momento para que se adaptase y dulcemente al principio, comencé a bombear mientras mis manos se aferraban a sus caderas atrayéndolas con furia, al tiempo que empujaba con toda mi alma metiéndosela hasta el fondo de sus intestinos. Vi a Eugenio que seguía con sus chupetéos en su coño mientras que sus manos se habían apoderado de sus pezones y los torturaban dulcemente. Carmen, se había sentado sobre la polla de Eugenio y cabalgaba alegremente, mientras que su boca en una acrobacia encantadora, chupaba la tranca de Frederic y trataba de hacerla revivir.

La música seguía sonando suavemente pero era acallada por los grititos, suspiros e imprecaciones que empezaban a escucharse, a medida que la excitación iba en aumento. Annie me pidió que pusiera un cojín en el borde de la mesa y subiéndose se colocó de forma que su culo y su coño quedaban perfectamente ofrecidos, pidiéndome que alternase las embestidas en un agujero y en otro. No sabría decir cual era más acogedor de los dos. Tenía un coño estrecho y caliente y sabía manejar sus músculos interiores, proporcionándome un placer inenarrable. Igualmente su culo, estrecho y caliente envolvía mi polla con una dulzura exquisita. Sus manos torturaban sus tetas y su cara, desencajada, reflejaba todo el vicio que tenía en su interior. Cuando estaba a punto de correrse, me dijo que se la metiese en el culo y la destrozase, yo la metí con furia, dejando mi leche en el fondo de sus tripas. Tuvimos un orgasmo salvaje, sensacional, su cuerpo se erguía hasta llegar a abrazarme y nuevamente volvía a caer de espaldas, mientras su cabeza giraba de un lado al otro desesperadamente. Yo seguí en su interior, abrazándola y acariciando sus tetas y su cara, a medida que sus estremecimientos iban haciéndose más suaves y su cara iba recobrando la normalidad. Finalmente me dio un beso maravilloso y únicamente dijo "merci".

Entretanto Carmen había conseguido animar la polla de Frederic y pude contemplar como hacían un maravilloso sándwich a Carmen y esta se deshacía en cada envite hasta que los vi acabar en un triple orgasmo, algo ruidoso y muy placentero. Poco a poco fuimos recomponiendo nuestros cuerpos y vestidos, tomando una última copa. Nos despedimos de Denisse, Frederic y Annie se dirigieron a su casa y nosotros subimos a nuestra habitación. El tiempo había pasado veloz, sin que nos diéramos cuenta y ya eran cerca de las doce de la noche. Estábamos literalmente agotados y nos acostamos muy rápidamente, eso si, los tres en la misma cama.

Parte 4

Aquella noche dormí profundamente, con un sueño reparador. Al despertar instintivamente mi mano derecha se movió suavemente bajo las sábanas hasta encontrarse con las maravillosas nalgas de Carmen. Con mi palma abierta las recorrí suavemente, introduciendo mis dedos por aquel surco delicioso. Carmen seguía durmiendo, pero al incorporarme ligeramente pude ver que Eugenio ya se había levantado.

Efectivamente por la rendija de la puerta del baño, casi cerrada, salía un haz de luz, que junto con la claridad que entraba por las ventanas, iluminaban ligeramente la habitación. Poco a poco fui tomando conciencia de la situación. Mi pene, como todas las mañanas, estaba en pleno apogeo. Levanté ligeramente la sábana y pude ver la silueta desnuda de mi tía Carmen, que de lado, dormía plácidamente. Nuevamente unos deseos de lo más morbosos vinieron a mi mente pero teníamos un día de lo más completito y había que arreglarse y desayunar, para poder cumplir con el plan previsto.

Eso era al menos lo que yo pensaba, pero al incorporarme para levantarme, Carmen se despertó. Una mano se situó sobre mi espalda y me pregunto por la hora, me sujetó del brazo y suavemente me hizo caer nuevamente sobre la cama. Se desperezó y comentó que había dormido de un tirón. Haciendo un mohín muy sensual, me preguntó si me había gustado lo de la noche anterior, le dije que había estado muy bien, que Denisse era maravillosa y que yo también había dormido estupendamente.

Llevó su mano a mi entrepierna y soltó una pequeña carcajada, ya había tomado conciencia de la situación y al notar mi pene con aquella matutina erección, llamó a Eugenio, comentándole las ventajas de la juventud. Eugenio se asomó por la puerta del baño con la cara medio cubierta con la crema de afeitar y al ver el espectáculo de mi tía con la mano aferrada a mi cosa y a mí ligeramente cortado, sonrió igualmente y propuso comenzar el programa del día algo más tarde. Propongo pedir el desayuno y decirle a Denisse que nos lo traiga Françoise; más tarde pude comprobar que aquella preciosidad que nos atendió a la llegada, se llamaba Françoise.

Eugenio miró a Carmen pidiendo su conformidad. Creo que le gustará que tomemos un desayuno, muy completo y nutritivo, conjuntamente, dijo.

Dicho y hecho, Denisse le aseguró que no habría ningún problema, conocía muy bien a su pupila, también a sus amigos y empezaba a conocerme a mí, su sobrino, por lo que estaba en condiciones de asegurar que una vez advertida, estaría más que dispuesta, eso sí, le indicó a Eugenio que solo debía ser un aperitivo, ya que para la fiesta que habían preparado para la noche, Françoise, era uno de sus elementos importantes y no quería adelantar sorpresas.

Al cabo de quince minutos, Françoise llamaba a la puerta, con un carrito repleto de un suculento desayuno. Eugenio abrió la puerta llevando únicamente al igual que yo, un albornoz de baño, ya que acabábamos de salir de la ducha. Carmen seguía en el baño terminando de arreglarse.

Françoise, vestía una bata negra, de uniforme, ligeramente por debajo de sus rodillas, con un pequeño delantal blanco, medias negras con costura y zapatos de tacón de aguja, igualmente negros. Realmente era una belleza. Dejó el carrito y situándose enfrente de Eugenio, muy sensualmente, se apartó el delantal y empezó a soltarse los botones de la bata, con movimientos muy lentos se la quitó. Lo que vi entonces me dejó con la boca abierta, por todo vestido, lucía aquel pequeño delantal blanco, que llegaba justo a la altura del pubis y que por arriba tenía un pequeño peto con tirantes, que apenas podían ocultar los pezones de aquellas deliciosas tetas. Un par de ligas, rojas y negras, en la parte alta de los muslos sujetaban las medias. Miró fijamente a Eugenio, pidiéndole su aprobación. Eugenio le guiño un ojo y sonrió plenamente satisfecho.

Entonces Françoise se puso a la tarea, cuando se giró para dirigirse al carrito, el impacto que me produjo ver aquellas preciosas nalgas, fue impresionante, tuve que ajustarme en el sofá para evitar que mi erección fuese demasiado evidente. Ella levantó unos elementos y el carrito se convirtió en una mesa, que en un momento quedó lista con los tres servicios. Carmen salió del baño con su albornoz, totalmente suelto y aquello fue suficiente para que mi corazón se pusiera a punto de estallar. Aquello era un suplicio, no sabía dónde dirigir la mirada, mi tía me atraía enormemente, era mi debilidad. A pesar de la novedad y del indudable encanto de Françoise, preferí mirar abiertamente a Carmen; creo que ella lo advirtió y me dirigió una mirada y una sonrisa llena de ternura y reconocimiento.

Carmen y yo seguimos en el sofá, desde donde podíamos llegar perfectamente a la mesa, Françoise acercó un pequeño silloncito donde se sentó Eugenio. Inmediatamente nos sirvió un muy refrescante zumo de naranja y llenó el café con leche, a gusto de cada uno, en las tazas.

Hecho esto, se arrodilló al lado de Eugenio y muy diligentemente abrió el albornoz y ante mi asombro comenzó a acariciarle el pene con suavidad. Mientras aquella beldad seguía jugando con el pene de Eugenio, este y su mujer charlaban del plan del día. Yo no podía entenderlo, seguía engullendo el desayuno, totalmente asombrado, sin poder atender con fijeza a nada en particular, oía a mi tío hablar de ir a Bayonne a comer, mi tía le comentaba algo acerca de un restaurante en el que servían marisco, veía subir y bajar la cabeza de Françoise en una mamada que debía ser increíble, y al tiempo miraba las tetas de mi tía, que sujetándome la mano me miraba dulcemente y sonreía ante mis atónitos ojos. Lo único que recuerdo del desayuno era unos deliciosos "croissant", más pequeños que los habituales de España, que realmente estaban extraordinariamente buenos.

Eugenio tomaba su desayuno como si nada estuviera pasando, pero de vez en cuando, dejaba escapar un suspiro, cerraba los ojos y su mandíbula parecía temblar ligeramente. Carmen me preguntó si me gustaba y si quería que a continuación me lo hiciese a mí. No sé si me sentí muy caballeroso, pero entendía que en aquel momento yo me debía a mi tía y le dije que no, que prefería seguir hablando con ella. Carmen me tomó la cara con las dos manos y me plantó un beso en los labios, que aun hoy al recordarlo me oprime el corazón. Ciertamente, ahora, después del paso del tiempo y aunque es una venerable anciana, la comprensión, el cariño, la complicidad, hasta el deseo entre nosotros ha perdurado sin que nada haya podido alterarlo.

Llegado el momento Eugenio ya no pudo controlar más sus emociones y aferrado a los brazos del silloncito, se convulsionaba ante el bien hacer, mejor dicho, el bien mamar de Francoise. Con unos sonidos guturales que anunciaban su clímax, se dejó ir, al tiempo que la muchacha tragaba todo su néctar y posteriormente limpiaba su pene dejándolo como si nada hubiese pasado. Solo el semblante de Eugenio, totalmente desencajado, reflejaba lo que acababa de suceder.

¿Los señores desean alguna otra cosa?, aquélla pregunta, nos volvió a la realidad, Carmen le dic las gracias y le dijo que no. Ella arregló su delantalito, se puso su bata, retocó ligeramente sus labios y con una pequeña reverencia salió de la habitación.

Carmen se acercó a Eugenio y comentó que no hacía falta preguntarle si le había gustado, con una sonrisa le dijo que la cara de bobo que se le había quedado, lo decía todo. Le apresuró a terminar de arreglarse, ya que el programa que nos esperaba, era muy apretado. Al cabo de media hora salíamos felices del hotel para dirigirnos al coche con rumbo a Bayonne, la capital de la provincia.

Aunque en aquella época volví en más ocasiones, solo recuerdo que era una ciudad, de tamaño medio, con un centro bastante monumental y eso sí, un río de considerables dimensiones que la cruzaba. Paseamos por el centro, visitamos alguna que otra librería, Carmen compró algunas exquisiteces, difíciles de encontrar en España en aquellos momentos y nos fuimos a comer a un acogedor restaurante a la orilla del río. En la puerta tenía montados unos tenderetes completamente llenos de ostras. Para mí aquello era una novedad y tuve la oportunidad de probarlas por primera vez en mi vida. Eran realmente deliciosas y hasta hoy mi afición por ellas ha perdurado. Cuando Carmen me comentó, además, que eran afrodisíacas, aquello me animó a comer otra media docena extra, para, como ellos decían, coger fuerzas y ganitas para lo que nos esperaba por la noche.

Fue una excursión maravillosa, por la tarde aun recorrimos algo de la costa hasta Capbreton, en aquélla región de Las Landas, donde poco después mis tíos compraron una casa que durante algún tiempo visité frecuentemente, y de la que tengo recuerdos muy excitantes, que quizás en alguna otra ocasión darán lugar a algún que otro relato.

A las seis y media entrábamos en el hotel, felices y excitados pensando en la fiesta que en honor a Carmen, aunque ella no sabía aquel detalle, habría organizado Denisse, en complicidad con Eugenio. Nos arreglamos y a las ocho en punto nos dirigimos al saloncito en el que la noche anterior habíamos terminado la velada. Una de las camareras nos ofreció, a mis tíos un cóctel y a mi un refresco. Nos sentamos esperando que Denisse se incorporase, comentando algunas cosas de la excursión de la mañana.

El saloncito estaba en semi penumbra. Iluminado con unas luces de color rojo, dirigidas a las paredes, el efecto era muy agradable. La camarera se retiró hacía el hotel. La puerta que daba a las habitaciones de Denisse se abrió, la luz principal se encendió y vimos entrar a Denisse, vestida de una forma muy sugerente. En sus manos tiraba de unas cadenas metálicas sujetas a unos collares que estaban al cuello de dos maravillosas criaturitas, uno de ellos era un muchachote negro, completamente desnudo, con los ojos vendados, y que tenía un pollón realmente extraordinario.

La otra cadenita tiraba de un collar que portaba al cuello nuestra amiga Françoise, la que habíamos conocido en el desayuno, venía igualmente desnuda y al igual que el chavalote negro, con los ojos vendados.

Realmente ambos tenían unos cuerpos maravillosos, lo cual decía mucho del gusto de Denisse. Alegremente vino hacía nosotros y nos dio un beso a cada uno, y quitándoles las vendas nos presentó a sus pupilos. Françoise era ya una vieja amiga nuestra y a una indicación de Denisse hizo una pequeña reverencia con su cabeza, disimulando una sonrisa muy pícara. El mocetón con aquella polla descomunal, cuyo nombre era Ariel sonrió alegremente y también hizo una pequeña reverencia.

Denisse les hizo sentar en el suelo sobre la alfombra y soltándoles las cadenas se acercó a nosotros sonriendo, volvió a besarnos y a mí, poco disimuladamente, me pasó su mano sobre mi pantalón, apretando ligeramente mi pene. Pude apreciar un perfume embriagador que salía de su cuerpo, enfundado en un top de látex, que dejaba al descubierto casi en su totalidad sus tetas, con sus aureolas y pezones y un short también de látex negro, con una abertura en su centro que dejaba muy accesibles su trasero y su vagina. El modelo se completaba con unas medias negras de costura, con ligas de puntillas blancas y negras. Calzaba unos zapatos negros de tacón de aguja, relucientes que la elevaban no menos de diez centímetros de suelo. Realmente estaba espectacular, sobre todo para mí que veía por primera vez un atuendo de estas características.

Denisse controlaba la situación como una gran maestra de ceremonias. Con una sonrisa cautivadora que personalmente me seducía tremendamente, nos indico que si teníamos calor nos pusiéramos cómodos. Efectivamente el salón estaba realmente cálido, no solo por el ambiente, sino por la calefacción, forzada expresamente.

Eugenio y yo quedamos en calzoncillos y Carmen se despojó de su vestido muy sensualmente, quedando con un corpiño, especie de maillot, color marfil con puntillas negras, que ya conocía por haberlo visto con anterioridad y que le hacia una figura con cintura de avispa, muy seductora.

En un rincón del salón había una mesa con un bien surtido "buffet", para tomar fuerzas y afrontar lo que viniese después, en plena forma. La parejita de bellísimos camareros nos sirvió las bebidas y era simpático ver aquel grupo, prácticamente desnudo, que en unos momentos comenzarían a ser actores de una fiesta-orgía desenfrenada en honor a Carmen, departir amablemente sobre la excursión de aquella mañana a Bayona, junto con otros temas desenfadados, como si nada les afectase.

Por mi parte, yo no tenía aquella flema, y mis miradas pasaban del escultural cuerpo de Françoise al de Denisse, admirando sobre todo aquellas tetas maravillosas, tan diferentes, pero igualmente deseables, que me ponían al borde del colapso, cosa, que mi pene, poco acostumbrado a esas escenas tan especiales, no sabia ni podía mantener la compostura y se mostraba altivo, hasta el punto que mi calzoncillo parecía una tienda de campaña.

A Carmen no se le habían escapado mis miradas de admiración a la anfitriona y acercándose me dijo al oído, te gusta Denisse, ¿verdad?. Yo solamente acerté a afirmar con la cabeza mirándola fijamente. Se sonrió y me pregunto picarona, ¿más que yo? Muy zalamero le dije que eso jamás, ella era para mí la más maravillosa, guapa, sensual y que estaba loquito por ella. Eugenio que había visto la escena, se acercó y me comentó que había que tener cuidado con las mujeres, pues podían matarnos tratando de satisfacerlas.

El control de la situación por parte de Denisse era total, una vez terminados los cafés nos hizo sentar. En el centro del salón estaban colocados tres cómodos sofás formando una U, dejando un espacio entre ellos en el que podíamos desenvolvernos con facilidad.

Ella eligió el del centro, haciendo sentar a Carmen en el de su derecha y a Eugenio en el de su izquierda. Tomándome de la mano me hizo sentar junto a ella. Todo estaba calculado, Ariel se sentó sobre la mullida alfombra a los pies de Carmen y Françoise hizo lo propio a los pies de Eugenio.

Dirigiéndose a todos, pero mirándome a mí, Denisse me preguntó si quería ver lo que podían hacer aquellas dos criaturas, un ligero encogimiento de hombros y un porqué no, fue mi respuesta. Una simple mirada de ella y ellos se levantaron, situándose de rodillas uno frente a otro, muy juntos, empezando a besarse y a acariciar sus cuerpos. Sus bocas recorrían la cara, cuello y pechos, en una escena, lenta pero llena de morbo, que todos mirábamos admirados y que en mi los efectos de la calentura se reflejaban en mi calzoncillo. Denisse, siempre atenta, se dio cuenta y me ayudó a quitármelo, mostrándose mi herramienta en todo su esplendor. Todos siguieron aquel movimiento y en un momento quedamos desnudos excepto Denisse, que se seguía con su atuendo, que por otra parte era como si estuviese desnuda.

La parejita fue colocándose adecuadamente y Ariel se tumbó en suelo, mientras que Francoise poniéndose encima comenzó un impresionante 69. Se habían colocado de tal forma que desde nuestra posición veíamos a Francoise atragantándose con el mástil descomunal de Ariel. Posteriormente he tenido oportunidad de ver otros penes de un cierto tamaño, pero la impresión que me causo en aquel momento ver algo tal descomunal, me dejo realmente chocado.

Francoise recorría aquella verga con su lengua mientras sus manos acariciaban los testículos, mientras que Ariel chupaba aquel coño con fruición. La escena era impresionante y no solo para mí, que por mi juventud estaba muy sensible a estas cosas, sino que se veía que todos estaban tremendamente cachondos.

Denisse le comentó a Carmen que aquella fiesta se había preparado especialmente para su placer y que estábamos todos dispuestos a procurárselo. Carmen agradeció vivamente el detalle y mirando pícaramente a Eugenio, bajo del sofá y se fue directamente a acariciar y lamer el vástago de Ariel. Eugenio igualmente se acercó a Françoise y comenzó a acariciarle las tetas.

Aquel 69 impresionante de los dos jóvenes se deshizo en un momento y vi de inmediato a Carmen cabalgando a Ariel, mientras su marido seguía chupando las tetas de la dulce Françoise.

Denisse sonriendo me comentó que si se trataba de la fiesta de Carmen, debíamos dedicarnos a ella con más intensidad. Nos acercamos y mientras yo acariciaba sus tetas y la besaba dulcemente, Denisse comenzó a prepara su otro orificio, besándolo y comenzando a introducir suavemente uno de sus dedos. Carmen se agachó ligeramente para facilitarle la labor y yo, situándome de rodillas frente a ella, veía su cara de inmenso placer mientras la besaba suavemente.

Cuando nuestra anfitriona consideró que estaba suficientemente preparada, hizo una seña a Eugenio que se acercó y comenzó a introducir su enhiesta verga en aquel lubricado agujero. Yo veía la cara de Carmen y creo que no podré olvidar jamás, aquella mezcla de placer con un ligero rictus de dolor. Su barbilla temblaba ligeramente mientras que sus dientes mordían ligeramente su labio inferior. Avanzó sus manos y cada una de ella se aferró a las mías, apretándolas fuertemente mientras que su mirada y su semblante me dedicaban una suave sonrisa con la que me quería transmitir todo el placer que estaba sintiendo. Aquella era una dedicación absoluta, Denisse y Francoise, cada una a un lado estaban chupando sus pezones y yo la veía disfrutar de una forma cada vez más desesperada.

Mi pene, animado por el espectáculo tan extraordinario que estaba viviendo, estaba frente a la boca de Carmen y con todo lo estaba viviendo, todavía tuvo el detalle de introducírselo en la boca e iniciar una mamada deliciosa, quizás un poco discontinua, ya que llevada por las emociones que estaba sintiendo, la sacaba para suspirar, proferir expresiones bien de placer o más procaces y exigir con autoridad, que fuese más fuerte el ritmo, que bajase o, que tal o cual pezón debía ser un poco más martirizado.

No sé cuantos orgasmos pudo llegar a tener, solamente los notaba porque en esos momentos sus uñas se clavaban tremendamente en mis manos, cabeceaba con furia y de nuevo, lentamente, aparecía en su rostro una sonrisa de felicidad, que a medida que aumentaba nuevamente el ritmo de los envites, volvía a ponerla frenética y desesperada.

Aquello se prolongo por un espacio de tiempo que a mí me parecía interminable, Ariel era un verdadero semental y aguantaba como un jabato, pero Eugenio después de un buen rato, no pudo más y llenó las entrañas de Carmen con una corrida espectacular. Denisse rápidamente me hizo una seña y fui yo quien sustituyó a mi tío, que a duras penas pudo acercarse a la cara de Carmen para acariciarla y besarla, mientras ella seguía con su dulce martirio.

Para mí también supuso un alivio, ya que el espectáculo me tenía tremendamente caliente y con ganas de meterla donde fuera. Aquel agujero tan dilatado y lubricado, fue un bálsamo para mi necesidad. Comencé bombeando con fiereza pero enseguida fui llamado al orden y acompasé el ritmo con el de Ariel.

Carmen siguió disfrutando como una loca un poco más de tiempo, mientras todos, de una forma o de otra, nos dedicábamos a ella totalmente, hasta que prácticamente exhausta, dijo no poder más. Yo, que estaba aguantando a duras penas, pude descargar y separarme, en tanto que Ariel, levantándola, la depositó en el suelo suavemente donde pudo abrazarse a su marido y compartir con él aquellos últimos estertores de placer.

Era extraordinario verles en aquella armonía, gozando cada uno de los placeres del otro. Esa separación entre sexo, amor y convivencia me marcó para el resto de mi vida y creo que siempre, desde entonces entiendo ese darse al otro, que según dicen, y en mis tíos era evidente, es el verdadero amor con todas sus consecuencias.

La velada duró poco más, mientras Eugenio y Carmen se acariciaban y comentaban lo acontecido, Ariel se acopló con Denisse y fue follándosela hasta que, al igual que Carmen tuvo varios orgasmos. Françoise, a su vez se apoderó de mi verga y haciendo gala de su excelente "francés", rápidamente me puso nuevamente en forma y tuve la oportunidad de follar con ella. Fue una experiencia deliciosa, aquel ángel era una verdadera experta a pesar de su juventud y supo trasladarme al séptimo cielo. No era de extrañar que tuviese tan colado a Eugenio. Desde aquel día tuvo otro ferviente admirador.

Eran cerca de las once de la noche, cuando colocándonos nuestras ropas de cualquier manera, nos retiramos a nuestra habitación. Carmen volvió a darnos las gracias y decirnos que había sido realmente extraordinario, no recordaba una sesión de sexo tan intensa. Estaba realmente agotada, tenía doloridos los pezones y sentía un cosquilleo muy especial en sus dos agujeros. A pesar de que era un poco tarde Eugenio le recomendó tomar un baño, bien caliente, para que se relajara y durmiera mejor, ya que a la mañana siguiente, la idea, era llegar a dar un paseo y comer en San Juan de luz, un precioso pueblo de la costa, cercano a la frontera española, por lo que en principio, teníamos mucho tiempo por la mañana.

Nos despertamos totalmente relajados y con ganas de jugar. Carmen, siempre pendiente de todo, me dijo que no había olvidado su promesa de que por fin yo pudiera disfrutar de aquella penetración que no pudo terminarse y si me parecía bueno el momento. Yo preferí decirle que lo dejásemos para otro momento y que nos dejase, tanto a Eugenio como a mí, terminar de darle su fin de semana de sexo loco. Aquello le hizo gracia a mi tío y comenzamos un juego entre risas y toqueteos que acabó con Carmen bien lubricada y nuestros penes deseando introducirse en algún agujero caliente y acogedor.

El hecho es que acabamos formando un triangulo muy sexual, donde sin orden ni control se sucedían las caricias, mamadas, lamidas de coño y culo, achuchones y donde finalmente Carmen situándose sobre mi se ensartó mi desafiante mástil en su vagina, mientras su marido, delicada pero persistentemente introdujo su ariete en su ya dilatado ojete, en un sándwich maravilloso. Después de la sesión del día anterior, yo creía que Carmen estaba saturada para unos cuantos días, pero Carmen, en estas cosas, era una furia salvaje de la naturaleza, comenzó a convulsionarse, llamándonos de todo. Yo aprovechaba para acariciar sus tetas y mordisquear sus pezones y acabar de sacarle sus más desesperadas ordenes, pedía que se los arrancase, que la atravesáramos más fuerte, en una palabra que la destrozásemos.

Al cabo de unos minutos de arrebato desesperado, tuvimos un orgasmo múltiple y acompasado que nos dejó exhaustos pero muy satisfechos. No esperaba comenzar aquella mañana, última de nuestras pequeñas vacaciones del puente navideño con estas actividades, pero resultó así y fue realmente gratificante.

Desayunamos con mucho apetito y aunque Françoise se mostró muy cariñosa, estábamos bastante agotados como para seguir la fiesta. Nos despedimos de Denisse, una mujer realmente extraordinaria, con la que compartimos otras muchas jornadas inolvidables y volvimos según el plan para España.

A mis padres les trajimos un poco de "Foie" y un par botellas de champán y cuando se interesaron por el resultado de mi viaje, pude decirles, a mi manera y totalmente convencido, que mi primera experiencia internacional, como diríamos ahora, había colmado todas mis expectativas. No sé si ellos supieron nunca a lo que me refería realmente, pero consideraron que era conveniente para mi educación y nunca pusieron pegas para repetirlo cuando hubiese oportunidad, y con mis tíos, puedo asegurar que llegaron otras muchas. Nunca han sabido bien mis padres cuanto les agradezco que se preocuparan tanto de mi educación.

Si dispongo de algo de tiempo y cuento con la benevolencia y el interés de los queridos lectores, seguiré contando alguna de aquellas experiencias de la adolescencia que tanto supusieron para mí. Agradeceré sus críticas y sugerencias. Un abrazo para todos.

Fin

Por MEGASENSUAL

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