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viernes, 11 de septiembre de 2020

Papito me castigaba


Cuando yo tenía como 12 años, mi papito no hacía más que aprovechar las ocasiones en que estaba solo conmigo en casa, para disfrutar de mi cuerpo y de mi vergüenza e inocencia de ese momento. Aprovechaba para humillarme cada vez que podía, pues eso le fascinaba. Había un castigo que le gustaba mucho y normalmente lo llevaba a cabo cuando me había visto con algún compañero de la escuela o noviecito, dándome un beso o abrazándome con él, sin haber hecho nada realmente malo.

Me comenzaba a decir que estaba muy enojado conmigo y que yo me había comportado como una zorrita con mi novio, besándome en la calle, frente a la gente, como putita. Yo sentía en sus palabras mucho morbo y me hacía sentir realmente sucia y mala, pero lo que me hacía después era aun mucho peor.

Primero me pedía que me quitara mi faldita de la escuela y mi tanguita, y me hacía mostrarme así frente a él, mientras él estaba sentado en su sillón de lectura. Me decía que si no obedecía me iba a dar una tunda en ese culo gordo que tenía ya y yo prefería la humillación al dolor. Me pedía que fuera a la cocina a por unos hielos, así sin nada abajo y que regresara con ellos. 


Cuando llegaba, me pedía que se los diera y que me abriera mi blusita y me jalara mi bra hacia arriba para dejar mis pechos al aire, mostrándoselos. Entonces me pedía que caminara lentamente hacia él, despacito, para que pudiera ver bien la putita que tenía por hija. Eso me hacía sentir muy mal, me sentía muy sucia, pero al mismo tiempo sentía un calor que no conocía en mi conchita y sentía como se me iba mojando de a poquitos.

Yo le pedía que no hiciera eso, que no me hiciera sentir así y me callaba y me hablaba fuerte diciéndome que yo lo tenía que obedecer en todo como buena nenita para que él me perdonara por ser zorrita desde chiquita. Y como no quería que mi papito estuviera enojado conmigo, obedecía. Desde entonces, me gusta ser obediente y sumisita, como era con mi papito.

Cuando ya me tenía cerca, comenzaba a pasarme hielo por mis pezones, dejando que este se derritiera en ellos, mojándome las tetas, que todavía no eran muy grandes, pero estaban duritas y sabrosas. Mis pezones se paraban por completo y entonces el comenzaba a lamerlos y morderlos, a chuparlos bien rico, disfrutándolos como ningún hombre lo ha hecho. Yo luchaba entre el gusto y el placer, contra la sensación de estar siendo usadita y estar haciendo algo que estaba muy mal, pero mi papito no le importaba lo que yo sentía, el solo me disfrutaba y punto. Me agarraba mis pechos, los apretaba, los manoseaba y me decía que poquito a poquito me iba portando como una niña buena que se deja hacer por su papito.

Después, me sentaba en su sillón y me abría las piernitas. Ahí en mi conchita, también me pasaba los hielos y mientras lo hacía me iba dedeando suavemente, provocando que yo me mojara más y más, sin poder controlar esa excitación y queriendo ya que él me hiciera todo lo que quisiera. Me decía que yo era muy cachorrita, que nunca pensó que su hijita fuera a salir así y se le fuera a antojar castigarla mucho mucho. 

Se arrodillaba frente a mí, me abría más las piernitas y con su lengua, comenzaba a lamer suavecito, de arriba a abajo, metiéndome las manos en mis nalguitas, apretándolas y aprovechando para abrir con sus dedos mi coño, para que quedara a su entera disposición. Y me chupaba todo lo que quería, haciéndome gemir sin parar, disfrutándome toda, enseñándome que una nenita está para darle placer a su papito y a los hombres, que para eso está, para ser disfrutada y usada al antojo. Me lamía, me pasaba la punta de la lengua por mi clítoris, me metía la lengua en mi rajita y me hacía retorcerme de placer, sin lastimarme, pero humillándome lo más que podía. 

Hasta que no me provocaba un orgasmo, no dejaba de chuparme el coñito, apretarme mis pechos ricos, subía a mis pezones, me besaba, me chupaba, me succionaba y bajaba de nuevo a mi conchita, hasta que me hacía explotar y no dejaba de hacerlo a menos que lo consiguiera.

Me dejaba temblando, mojada, medio desnuda, tirada ahí en su sillón y me pedía que me levantara. Me daba unos buenos apretones más de tetas, unos buenos pellizcones a mis nalgas, me dedeaba otro poquito más y me decía que me fuera a mi cuarto y me vistiera, porque mamá ya no tardaba en llegar y no quería que ella se diera cuenta de lo que hacía conmigo.

"Ahora sí ya no estoy enojado contigo bebé, ahora sí te has portado muy bien chiquita, tienes muy contento a tu papito."

Después, me daba un besito en la frente y me perdonaba por haber sido zorrita con alguien más que no fuera él. 

Ya después, en las noches, cuando llegaba mi mamá, yo los oía como hacían ruidos y mi mamá soltaba unos gemidos que yo creía que la iba a matar.

"Ay mi papito, no saben cuánto me disfrutó y cómo me enseñó lo que debo hacer para que no se enoje conmigo un hombre. Aprendí a ser una perrita caliente, sumisa y obediente, como debe de ser".

Por Afrodita

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