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miércoles, 31 de enero de 2024

Confesiones del pasado y de siempre


Ahora que parece que se ha puesto de moda que todas las mujeres contemos esos sucesos de nuestro pasado que nos parecen vergonzantes y que algunas tenían escondidos en su memoria, surgió este tema en una de nuestras conversaciones entre varias amigas en la que cada una empezó a contar lo que les había sucedido a ellas, aunque no todas estaban tan de acuerdo en que de niñas a todas “nos habían metido la mano”, como solía decir una amiga mía.

De todas formas, lo cierto es que todo este tipo de casos como los que yo llevo años contando en mis relatos, están saliendo a la luz confesados por muchas de sus protagonistas.

Y al igual que muchas mujeres en el mundo están hablando de esto, entre nosotras no podía ser de otra manera, así que un día que estábamos un grupo de amigas, empezamos a hablarlo:


—Es que ahora a todas las famosas les da por contar como han sido abusadas y de repente, todas recordamos que nos ha pasado lo mismo, pero nadie lo sabía porque no lo habíamos contado y nos estamos dando cuenta que eso era más normal de lo que pensábamos.

—Bueno, habrá de todo, pero yo puedo contar mi caso y la verdad es que no me atreví a decírselo a nadie hasta hace poco —nos dijo Marga.

—¿Qué te pasó a ti?

—Cuando era pequeña y volvía del Colegio a casa, como mi madre trabajaba, tenía que esperar a que ella llegara en la casa del portero del edificio. Lo que pasaba es que él se entretenía conmigo jugando, lo que aprovechaba para tocarme sin que yo le dijera nada y hasta me decía que abriera las piernas como parte de ese juego, y yo como tonta, las abría para que me tocara más todavía.

—Pero también  lo hacías porque te gustaba que te tocara, ¿no?

—Al principio no, porque mi madre me había dicho que no me dejara tocar ahí, pero él me decía que no tenía que decírselo a nadie y que me dejara tocar por él. Yo era muy inocente, pero acababa toda empapada y me dejaba hacer todo lo que él quería. Y cuando no estaba su mujer, se aprovechaba más de mí. Me mandaba tumbarme en la mesa y él me bajaba las bragas para ponerse a lamerme la rajita mientras  se volvía loco con eso, y no le importaba que me meara por el gusto que me daba.

—¡Qué rico! Es que es un gustazo eso, pero bueno mujer. Todas hemos pasado por cosas así. Yo voy a contaros mi caso. En una ocasión cuando tenía sobre 10 años, volvíamos de la playa con mis tíos en el coche. Mis padres iban delante y mis tíos detrás; mi tía con mi primo pequeño en brazos, mi hermano sentado en el medio, y yo iba sentada en las piernas de mí tío. La playa estaba a más de una hora de nuestra casa y se hizo de noche, por lo que todos iban casi dormidos. Yo iba con un vestido corto con la braguita del bikini y de pronto empecé a sentir como algo duro se metía entre mis piernas y con el movimiento del coche, lo notaba mucho más, por lo que empecé a tener como un cierto gusto que no había sentido antes. Además, mi tío sujetaba con las manos mis piernas por debajo del vestido, y como otras veces que me sentaba encima de él, se dedicaba a sobarme todo lo que quería, acariciándomelas y llegando hasta mi culo.

—Eso nos lo hacen a todas cuando somos pequeñas —le dijo Carla.

—Sí, ya estaba acostumbrada, pero estando en el coche, yo me movía inquieta, levantándome ligeramente para encontrar una posición más cómoda, lo que el aprovechó para mover hacia un lado la braguita que llevaba puesta y fue entonces cuando empecé a sentir directamente como su polla se rozaba con mi vagina de una forma continuada hasta provocar  que yo me humedeciera toda sintiendo como si su pene quisiera entrar dentro de ella. Mi excitación iba en aumento, era una sensación que no había sentido hasta ese momento y en uno de esos movimientos que yo hacía, sentí que su polla se clavó entre mis piernas, haciéndome gritar ligeramente, pero no me escucharon por el ruido del coche y porque todos iban dormidos, excepto mi padre, que estaba concentrado en la conducción. Por primera vez sentí lo que era tener una polla en mi coño, como se movía en mi interior y como llegó a provocarme mi primer orgasmo acompañado con una soberbia corrida de mi tío que se derramó entre mis piernas, llenándolo todo de semen.

—Qué atrevido era tú tío, Raquel. ¿Nadie se dio cuenta?

—No, porque estaba todo oscuro, iban dormidos y no se enteraban de nada y cómo íbamos sentados justo detrás de mi padre, él no podía ver nada tampoco.

—Pues me parece que esa no fue la única ocasión en que te la metió tu tío ¿no?

—No, después de eso, siempre que nos veíamos en vacaciones, me buscaba para estar a solas conmigo y hacérmelo otra vez a escondidas de los demás, pero cuando me fui haciendo mayor, ya no dejaba que me lo hiciera y él no me molestó más.

Luisa también nos comentó su caso:

—Raquel, tu historia me recuerda a algo que vi una vez cuando volvía a casa en el autobús después de trabajar. Era a última hora de la tarde y siempre solía ir también un señor con una niña en los asientos de atrás. La llevaba sentada encima de él para dejar el otro asiento libre, aunque casi siempre estuviera vacío. Yo me fijé en él porque siempre tenía sus manos debajo del vestido de la niña, moviéndolas y acomodándola a ella a cada momento, ya que no paraba quieta y aprovechando que era menuda, podía moverla fácilmente. Esos movimientos me llamaron la atención porque estaba segura de que iba toqueteando a la cría debajo de la ropa, aunque no sé si se estaría atreviendo a más cosas porque el vestido lo tapaba todo, pero yo me fijaba en cómo ella iba poniendo caras de placer, dejándose hacer y demostrando que estaba a gusto con lo que le hacían.

—Es que a veces muchos lo hacen sin querer, como distraídos. No pueden evitar tocarnos y acariciarnos si nos tienen cerca y nosotras nos dejamos.

—No sé qué decirte, porque ahí delante de todos, para ponerte a sobar descaradamente a una cría, que cualquiera podría verle, tenía que tener mucha calentura. Además, en uno de esos viajes noté que no sólo yo me había fijado en ellos, sino que otro señor también les estaba mirando y yo creo que se estaba suponiendo lo mismo que yo, porque se apreciaba el bulto de su polla en el pantalón y se la frotaba con la mano. En otra ocasión, dio la casualidad de que un hombre se sentó al lado de ellos, pero yo le notaba especialmente nervioso porque debió de darse cuenta también de lo que estaba pasando con la niña mientras los miraba con cierto disimulo. Luego empezó a mirar de forma más insistente hasta que vi cómo se ponían a hablar entre los dos hombres sin que llegara a entender lo que decían por el ruido. Pero, al poco rato, todavía me sorprendió más cuando vi que este hombre que iba sentado al lado de ellos, metía su mano también por debajo del vestido de la niña, apreciándose claramente como la toqueteaba igualmente, mientras miraba si les estaban  viendo, pero yo hacía como si no me diera cuenta de nada.

—Pues me extraña que si el señor fuera el padre la niña, permitiera que un desconocido, la estuviera tocando también. Además, si realmente era su hija, ¿Qué necesidad tenía de ir tocándola y no sabemos si follándola, en el autobús, si podía hacerlo en su casa tranquilamente? ¿No llegaste a enterarte de más? —le preguntó otra de nosotras.

—Pues sí, lo intenté, porque eso era todo un misterio para mí, así que en uno de los viajes, me bajé en la misma parada donde bajaban ellos y les fui siguiendo, hasta que vi que entraban en una especie de Hostal o Pensión, lo que me dejó más intrigada todavía, porque claramente parecía que el señor llevaba a la niña a pasar la noche con él en ese lugar, pero, ¿él vivía allí? Si era el padre, ¿sería que era divorciado y le tocaba estar con su hija? O no tenía nada que ver con ella y por cualquier circunstancia la conocía y después de estar calentándose con la cría en el autobús, se la llevaba a dormir con él. No pude saber en realidad cuál era su situación.

—Pues sí que parece misteriosa la historia pero nos quedamos con las ganas de saber la verdad, jaja.

—Lo que está claro, fuese como fuese el caso, es que el señor se follaba a la niña, por todo lo que nos estás contando —coincidimos todas.

—Yo a veces también veo situaciones como esa; señores mayores con alguna nena a su lado a la que parece que la están metiendo mano, pero como nunca sabes qué relación tienen, no te vas a meter donde no te importa —concluyó Carla.

Por su parte, Eli también nos habló de las anécdotas que le habían sucedido a ella:

—A veces nos pasan situaciones de lo más extrañas. El otro día estaba con mi hija comprándole ropa en el Centro Comercial, en esa tienda donde van todas las adolescentes y cuando estaba en los probadores llevándole prendas para que se las probara, me fijé en que había un señor asomándose por allí. Al principio, yo creía que sería el padre de alguna de las niñas que se estaban probando ropa, pero luego me di cuenta de que estaba solo y que aprovechaba para ver a las crías desnudas cuando se abría la cortina. Yo, al darme cuenta de lo que hacía, me quedé mirándole con mala cara, pero sin decirle nada, a ver si al verse descubierto dejaba de andar por allí.

—¡Pobre!, jaja. Yo también me di cuenta alguna vez de los mirones que suele haber por allí. Es que tu hija, con 13 años tiene ya un buen cuerpo y andaría echándole el ojo, jeje.

—Como las demás que andaban por allí. Es la lucha que tengo con mi hija. No veáis las cosas que se probaban, no sé cómo se atreven a ir así por la calle enseñándolo todo.

—Porque tienes buenos cuerpos para ello. Ahora no tienen complejos las crías y les gusta enseñarlo sin problema.

—Sí, ya lo sé. El caso es que cuando salíamos mi hija y yo, se me volvió a acercar este señor para decirme que le había gustado mucho mi hija y que me pedía permiso para tener relaciones con ella y poder casarse en el futuro.

—Yo me quedé con la boca abierta, toda sorprendida, sin saber si me estaba tomando el pelo o es que era realmente un trastornado, dándome un poco de miedo.

—Jaja, no es para menos- Es que hay cada uno……

—Mi hija se echó a reír, en parte halagada por sus palabras, pero sorprendida por su atrevimiento y yo pude reaccionar para decirle que mi hija era todavía muy joven para pensar en matrimonios y además con alguien tan mayor. Pero él siguió insistiendo en que muchas madres permiten a sus hijas iniciar esas relaciones, que él la iba a tratar muy bien y que estaba buscando una esposa joven como mi hija. Que no le importaba que no fuera virgen ya, porque sabía que a estas edades ya empezaban a tener sexo con chicos, pero que él la haría más feliz que ninguno, mientras miraba a mi hija como si fuera un pastelito, jaja.

—Jaja, menudo pervertido, ya me imagino lo asustada que estarías.

—Pues ya veis. Él nos decía todo eso con total naturalidad, como si fuera algo normal para él, por lo que yo, como pude, para quitármelo de encima le dije que tendría que consultarlo con mi esposo primero pero él siguió empeñado en acompañarnos a casa para hablar con mi marido.

–Menuda situación, amiga. Vaya cara que pondría tu marido al contarle todo eso que te pasó

—No le dije nada; me mata, porque encima me echaría la culpa a mí o a la cría por andar provocando con esa ropa que lleva. Yo estaba cada vez más asustada con este hombre, pero al final, después de muchas excusas, acabó marchándose, aunque tengo miedo de volver a encontrármelo otra vez por ahí o que vea a mi hija sola, aunque ella está ya acostumbrada a que le digan de todo.

—Bueno, al menos parecía educado, porque te pidió permiso para follar a tu hija y todo, jaja. No creo que le haga nada.

Y así seguimos animadamente la conversación entre nosotras, hasta que yo pasé a contar mi caso, (que como todos ya lo sabéis por mi primer relato “Recuerdos de mi niñez”, lo omito aquí).

Siguiendo luego las demás:

—Vero, algo parecido nos pasó a muchas. Yo también recuerdo mis primeros orgasmos con mi tío. Cuando me la metía, me llenaba toda, me quedaba como sin aire, con el cuerpo temblando por las continuas corridas que me provocaba al rozar mi clítoris y él se corría dentro de mí siempre que quería, porque ni siquiera había tenido la regla.

Diciendo otra de las amigas:

—En mi caso, no llegó a follarme, pero si me metía mano en cuanto tenía oportunidad y aunque me resistiera, siempre conseguía acabar con la mano entre mis piernas por dentro de las bragas y ya me derretía y tenía que dejarle sobarme.

—Ellos saben bien como tocarnos para que acabemos abriendo las piernas. Cuando un hombre empieza a tocarnos la rajita de niñas, van notando cómo se nos va abriendo cada vez más y al final, no pueden evitar sacarse la polla para frotarnos con ella e intentar meterla un poco para ver si nos entra, hasta que la acaban metiendo toda. Todo eso es tan rico para ellos como para nosotras.

—Así es. Si os fijáis, todo esto que nos pasó a nosotras, ahora les está pasando a nuestras hijas también.

—Pues sí, aunque nos siga sorprendiendo, supongo que pasará siempre —nos dijo Andrea—. El otro día estaba yo con mi hija pequeña esperando para cruzar una calle y un señor al lado, venga a mirarla a ella, comiéndosela con los ojos.

—Pero la pequeña tiene ahora 8 años ¿no?

—Sí, pero ya veis que parece mayor y le llamaría la atención porque iba con una faldita cortita enseñando las piernas y como las tiene muy bonitas, por eso se quedaría mirándola.

—Pero aun así, es una cría, por favor, ¡qué hombres!

—Ya sabéis como son. Se excitan con cualquier cosa. Pues el caso fue que nosotras seguimos andando y el señor detrás sin quitarle ojo a mi hija y eso me estaba poniendo nerviosa a la vez que me causaba cierto morbo. Pero al llegar al portal de nuestra casa, me di la vuelta y le dije: (—¿Qué? ¿Quiere subir con nosotras?—). Él se quedó como desconcertado sin saber si se lo estaba diciendo en serio o era con ironía, pero luego me di cuenta de que ya lo había hecho más veces eso y alguna mamá le habría invitado a ir a su casa otras veces, no sé con qué intenciones, aunque supongo que sería alguna de esas…., para sacarle dinero al señor, dejándole hacer cualquier cosa con la cría. Ya sabéis que hay de todo y algunas aprovechan cualquier circunstancia para sacar provecho.

—Qué gracia. Alguna vez he oído cosas de esas pero a mí nunca me pasó eso con mis hijas. Bueno, una vez sí que me comentó la mayor, que ya sabéis como va ahora con esos shorts cortitos que van enseñando el culo igual que todas las amigas, pues me dice que muchas veces los hombres mayores se quedan mirándolas o les dicen cualquier cosa y ellas tan felices.

—Las miran a todas, aunque muchos no se atrevan a decirles nada.

—Puede ser, yo si me doy cuenta de que siempre hay alguno mirando a las crías y a lo mejor alguna madre que esté necesitada accede a ese tipo de cosas.

—Sobre eso, yo oí unos rumores sobre Esther, me lo contaron sus vecinas.

—¿Qué te dijeron?

—Que suben muchos hombres a su casa.

—Bueno, mujer, está separada. Serán amigos que van a visitarla o algún hombre que sube a casa cuando tiene ganas de joder, jaja.

—Puede ser. Ella tendrá sus amigos, porque no se va a quedar sin catarlo, pero el caso es que escucharon como alguno preguntaba por su hija, que si estaba en casa.

—Eso ya es más raro, sí. ¿Y las vecinas creen que suben para estar con la nena?

—Pues quien sabe, ella anda mal de dinero, y ahora que estáis hablando de esas madres que permiten esas cosas, me vino a la cabeza. Además, no me extrañaría, porque esa cría anda bastante descontrolada. Ya la vi varias veces sentada encima de alguno, pero como llevaba falda no sabes lo que le están haciendo, aunque me lo imaginé.

—Pero no lo sabemos realmente, la gente siempre está cotilleando y metiéndose en la vida de los demás. Pero bueno, en el caso que os estaba contando antes, sí vi que él hacía intención de venir con nosotras y tuve que decirle que mi marido estaba en casa. Entonces, se dio la vuelta y se marchó un poco contrariado —continuó Andrea con su caso.

—Le dejaste chafado, jaja. Muchos aprovechan para hacer eso con las madres solteras o separadas, con las casadas ya tienen más miedo de los maridos, jaja.

Después intervino Carmen para contarnos su anécdota:

—Pues yo estaba el otro día en el parque con la mía y otra madre me dijo que a ver si llevaba más tapada a la niña, que se le veía todo.

—Que la importará a ella. ¿Cómo la llevabas?

—Bueno, llevaba una falda corta y una camiseta enseñando el ombligo, con la ropa que la gusta a ella, lo que pasa que como estaba jugando se le levantaba la falda y enseñaba las braguitas.

—Pero son niñas y van todas así. Muchas madres las llevan así y otras dicen que andan provocando a los hombres y que luego pasa lo que pasa.

—Pues a esta no debía gustarle cómo iba y me decía que estaban todos los hombres mirándola y que los estaba excitando.

—Es que hay algunas que están amargadas y parece que están siempre en guardia, pensando mal.

—No, ¿sabéis lo que sucede? Que esa que te lo dijo, seguro que le pasó a ella con su hija todo esto que estamos contando y estaría obsesionada con ello —le dijo Patri, que siguió  contando lo suyo.

—A mí lo que me pasó fue ya de más mayorcita. Yo tenía un novio y ya habíamos follado varias veces. En una ocasión fuimos a su casa con varios amigos suyos. Primero estuvimos bebiendo un poco todos juntos y él se puso a meterme mano delante de sus amigos. A mí me daba un poco de vergüenza, así que le dije que fuéramos a la habitación y cuando estábamos follando, vi que uno de sus amigos entró allí y me puso la polla en la boca. Yo me quedé como bloqueada sin saber qué hacer, pero por instinto, quizás, me metí su polla en la boca y empecé a chupársela mientras mi novio me follaba. Luego entraron los demás y mi novio se quitó para que se pusiera a follarme otro de ellos, mientras los demás me tocaban por todos lados. Yo nunca había imaginado que me pudiera pasar eso y que mi novio permitiera que sus amigos me follaran, pero yo estaba excitadísima. Ellos se pensarían que yo era una puta, pero en ese momento me daba todo igual. Todos iban follándome mientras me venían los orgasmos uno detrás de otro con ellos se corriéndose en mi coño y en mi boca. Luego, me cambiaban de posición para metérmela por el culo, hasta que acabé perdiendo la cuenta de las veces que me follaron sin saber exactamente quien me lo estaba haciendo.

—¡Bufff!, menuda fiesta, amiga, jaja. Eso es lo que pasa cuando se bebe demasiado. A mí también, en alguna fiesta me pasó de todo, que no quiero ni recordar, jaja, pero los máximos que me lo hicieron fueron dos a la vez, también cuando era una cría, cuando después del Colegio nos íbamos al río para follar con los chicos.

Otra de las amigas, también se sinceró:

—Esas cosas eran normales a esas edades, y se cuentan más, pero lo que no se suele contar tanto es lo que nos pasaba en casa, con la familia. En mi caso, yo era la más pequeña de varios hermanos, todos chicos, así que ya supondréis que aprendí a mamarlas desde bien pequeña y eso que mi madre siempre estaba pendiente de mí para ver donde estaba, pero aprovechábamos cualquier ocasión para hacerlo, hasta con los amigos de mis hermanos.

—O sea, que te tenían de putita de la casa.

—Sí, ya sabéis como eran las cosas en esos tiempos. Hasta mi padre, cuando se enteró, también se aprovechó, sin que mi madre lo supiera, claro. Pero yo ahora, que soy madre, me doy cuenta de que ella tendría que haber sospechado algo, aunque en esos tiempos poco tenía que decir, porque era lo habitual donde vivíamos.

Vicky, otra de las amigas que era colombiana, también se decidió a contarnos sus experiencias:

—Como sabéis, nosotras allá tenemos un desarrollo muy precoz. Yo con 10 años ya tenía pechos y un buen culito y ya podéis suponer que cuando hay una niña así en casa, se convierte en el juguete de todos los hombres. Mi caso no era único, porque allá es bastante habitual esto. Por eso, a veces llegan las noticias de que muchas nenas de estas edades quedan embarazadas, casi siempre por algún familiar. A mí ya me metían la verga a esa edad, y cómo mi mamá lo sabía, me daba unas hierbas para que no saliera embarazada, pero en realidad era una especie de abortivo, que cuando me lo tomaba me dolía mucho la barriga, pero ella me decía que me lo tomara para que me viniera la menstruación cuando se retrasaba.

Luego intervino Amparo, un poco indignada:

—Yo no sé por qué nos tienen que pasar a nosotras estas cosas, por qué los hombres siempre tienen que estar tocándonos y buscando sexo con nosotras.

—Porque para ellos es muy rico metérnosla en el coñito y no respetan edades ni nada, sólo esperan a tener la oportunidad de hacerlo —le dijeron.

—Es que a veces nosotras mismas tenemos la culpa y lo provocamos. A mí misma me pasó. Por las noches, mi marido siempre quiere, ya sabéis, y yo a veces estoy tan cansada que lo único que me apetece es dormir, y cuando él empieza a tocarme, yo muchas veces le digo en broma (—No tengo ganas, vete con la cría—), y él solía acabar haciéndose una paja y a dormir, jaja. Pero una de las últimas veces que se lo dije, vi que se levantaba de la cama y se fue a la habitación de la niña.

—Claro, acabó haciéndote caso. Estaría cansado ya de que tú nunca quisieras.

—Sí, lo entiendo, pero nunca esperaría que de verdad se fuera con nuestra hija, así que me quedé muy sorprendida, por lo que después de un rato, me levanté y fui a mirar que hacía y al asomarme a la puerta me encontré a mi hija chupándole la polla a su padre. Me quedé paralizada sin saber qué hacer, pero la cría se la chupaba con tanta soltura que seguro que no era la primera vez que se lo hacía y yo me preguntaba que desde cuando estaría pasando eso, aunque luego acabé dándome cuenta de lo que hacía muchas noches, cuando se levantaba de la cama y tardaba un rato en volver. Él me decía que no podía dormir, pero ya veis en lo que pasaba el tiempo.

—O sea, que tú marido se estaba follando a la niña y tú sin enterarte.

—Pues sí, estaba bastante desconcertada, pero está claro que las mujeres siempre tenemos que estar disponibles para los hombres y que ellos prefieren que estemos descansadas para la cama a que estén las tareas de la casa hechas.

—Sí, tienes razón. Mira, yo sé también por experiencia propia que cuando nosotras no nos abrimos de piernas para nuestros maridos, ellos no se van a conformar, como tú decías, con una paja y ya está. Van a buscarlo en otro sitio, en casa o fuera, pero también creo que tú nena algo haría también para que eso pasara. Vamos, que cuando tú marido empezaba a meterla mano, ella no iba a ti quejándose de ello.

—No, que va, ella tan contenta porque ya le estaba haciendo disfrutar.

—Es que nosotras también desde que nacemos, tenemos la necesidad de gustar, de ser admiradas y deseadas, necesitamos las caricias, los besos, el contacto cercano y sentirnos queridas. Nos exhibimos para atraer las miradas de los hombres, competimos entre nosotras por ser sus favoritas. Fíjate en las nenas con apenas 12 años, como van vestidas, como comentabais antes, con esos pantaloncitos cortitos enseñando el culo ¿para gustar a quién? ¿A los chicos de su edad….? Si esos casi ni las miran y quienes parece que se las comen con los ojos son los hombres adultos —les dije yo.

—Eso es verdad, Vero, y a muchas nos pasaba de niñas, que nos gustaba enseñar las bragas con picardía, dentro de nuestra inocencia. Pero a pesar de todo eso, parece como si los hombres tuvieran un deseo sexual más fuerte que el nuestro. Nosotras no buscamos a los hombres como ellos nos buscan a nosotras.

A lo que yo respondí:

—Lo que no somos es tan descaradas como ellos, buscándolo, pero yo creo que tenemos el mismo deseo, porque cuando nos la meten, nos gusta igual que a ellos ¿o no? Lo que pasa es que lo hacemos de otra manera, esperando que ellos tomen la iniciativa. Eso es algo cultural, porque hemos sido educadas para no mostrar nuestra sexualidad, para ser sumisas y para ser un objeto de satisfacción para ellos. Porque no me digáis que las mismas ganas que tienen ellos de acariciar a una nena, las tenemos nosotras por acariciar a un nene y comerle toda la polla, pero parece ser que sólo algunas se atreven a ello y no es tan común.

—Bueno, eso tendrían que decirlo las que tienen hijos o preguntarles a nuestros maridos si les pasaron a ellos estas cosas, también de niños.

—A mí una vez una amiga me contaba, un poco apesadumbrada, que dejaba a su hijo de 9 años que le tocara las tetas y que la metiera mano por todos lados y yo le decía que si con esa edad le dejaba hacer eso, cuando tuviera 14 o 15 iba a querer follarla y a ver que hacía ella —continué yo.

—Sí, esos casos son frecuentes, yo sé de otras madres que se dejan tocar, no sé si porque se ponen cachondas o qué, pero sus hijos cada vez van queriendo más y ya no les queda más que dejarse follar y muchas lo harán por la calentura que les entra. Pensarán que nadie se va a enterar y así se dan el gusto poniéndoles el culo a sus hijos.

—Yo empecé así también con el mío. Yo se lo daba como un premio para que se portara bien, le dejaba que me tocara las tetas y lógicamente me ponía cachonda perdida y reconozco que empecé a entretenerme tocándole la pollita para ponérsela dura porque me daba tanta curiosidad verlo que no pude evitarlo, hasta que una vez se la acabé chupando, pero luego no quise hacérselo más porque iba a estar todo el día pidiéndomelo.

—Está claro, si las mamás les acostumbráis a eso, luego ellos empiezan a pedírselo a las nenas también.

—Bueno, eso es ley de vida, que lo hagan con ellas, que será más normal a que lo hagan con nosotras.

—Tampoco tendría por qué ser así. Veis como al final tenemos miedo de actuar como hacen los hombres. Por nuestros pudores y nuestra educación, nos reprimimos muchas cosas y sólo empezamos a dejarnos llevar si nuestro hijo nos empieza a meter mano y nos ponen cachondas para que les hagamos una paja.

—Tienes razón, ese es el miedo que me da, el ponerme cachonda y acabar haciendo de todo con él, y estar siempre con los nervios de que nos descubra su padre —seguía comentando otra.

—Es que a todas nos gustan las pollas y sentirlas dentro. Tendríamos que perder el miedo a sentarnos encima de la polla de nuestros hijos cuando se la vemos dura. El mío es ya mayorcito y a veces le veo en la cama pajeándose y más de una vez me han dado ganas de hacer eso, pero no acabo de atreverme.

—Yo creo que nunca es tarde para llegar a hacerlo. ¿Sabéis que mi madre quiere seguir durmiendo con su nieto? —nos dijo Enma.

—Pero ya es mayor tu hijo, ¿no? ¿No va a hacer 12 años ya?

—Sí, claro, ya tiene una buena herramienta, jaja, pero desde que ella vino a vivir con nosotros, dormía con el niño, porque no teníamos otra cama y como el crío era pequeño todavía, no nos importaba.

—Y ahora que ella ha visto cómo iba creciendo, le ha tomado el gusto, claro.

—Imagínate, no sé lo que harán por la noche, pero mi hijo también quiere seguir en la cama con su abuela.

—No hace falta imaginarse mucho, amiga. Tú madre ya ha hecho un hombre a tu hijo y están los dos encantados. Además, ella hace años que está viuda y yo no la he visto con otros hombres por ahí.

—No, que va, pero si yo creía que ella pasaba ya de los hombres, y ahora, mira. Me da un poco de no sé qué, pero si los dos lo disfrutan me da pena separarlos.

—¿Y qué dice tu marido?

—Mi marido está todo el día trabajando y está a lo suyo. Ni se preocupa.

—¿Y tú crees que eso es bueno para el niño?

—Habría que preguntárselo a él, pero mi madre ya te digo que está encantada, la mantiene más joven y con más ganas de vivir.

Una de las amigas que hasta ahora no había contado nada suyo, nos sorprendió diciéndonos:

—Qué putas sois todas. De niñas os abrís de piernas para los hombres y ahora de mayores seguís haciendo lo mismo, sin importaros que sean vuestros propios hijos o nietos —haciéndose la digna.

—¿Qué pasa, que a ti nadie te metió nunca la mano? —le preguntamos un poco contrariadas.

—No, ni me dejaría hacer esas cosas.

—Eso lo dices ahora. Habría que verte en ese momento, a esas edades.

—Es que no son sólo los hombres con las niñas, sino que muchos hijos con sus madres hacen lo mismo, ¿qué os creéis, que soy una mojigata? Yo lo viví también en casa de niña.

—¿Qué pasaba?

—Empezó cuando mi padre se fue de casa. A mi madre le dio por beber y se agarraba cada una, que mi hermano mayor tenía que llevarla a la cama para ayudarla a acostarse y una vez me di cuenta de que él aprovechaba para desnudarla y para sobarla por todos lados y acabar haciéndole de todo. Yo empecé a espiarles cada vez que la llevaba a la cama y veía como le quitaba la ropa y le tocaba el coño y las tetas y como se las chupaba, hasta que un día vi cómo se ponía encima de ella, le abrió las piernas y se la metió, follándola sin que mi madre dijera nada, sólo gemía fuerte mientras se lo estaba haciendo.

—Bueno, entonces se lo pasaban bien ¿no?

—Supongo que sí, pero no sé si mi madre se enteraba de algo mientras mi hermano abusaba de ella.

—Yo creo que si se enteraba y que estaba muy a gusto abierta de piernas con su hijo encima. En realidad debía de ser eso lo que echaba de menos desde que se fue tu padre de casa, ¿no?

—Pues sí, puede que tengáis razón. Pero imaginaros lo que era para mí en ese momento, ver como mi hermano se follaba a mi madre aprovechando que estaba borracha. Eso me traumatizó un poco, pero ahora, a nuestra edad, ya nos ha pasado de todo y hemos visto de todo, como estáis contando aquí, así que ya no puede una asustarse de nada, jaja.

Cómo todas estábamos confesando lo que nos había sucedido en nuestro pasado, otra amiga también se decidió a contar lo que le estaba pasando en ese momento:

—Mi caso no es de cuando era niña ni adolescente, sino que me está pasando ahora.

—¿Qué te pasa, amiga?

—Ya sabéis que hace 6 meses empecé a trabajar en la Panadería de Fernando.

—Sí, claro, nos dijiste que estabas muy contenta.

—Sí, bueno, al principio, pero hay algo que no os conté. Fernando me dijo que si quería que me renovara el contrato, tenía que follar con él.

—¿Pero así directamente te lo propuso?

—No, él ya llevaba un tiempo metiéndome mano, cuando estábamos solos en el horno. Allí hace mucho calor y suelo ponerme una bata fina sin nada debajo y eso debió de excitarle. Al principio, cuando intentaba resistirme, me decía que si no me dejaba sobar, me despedía. Y como no quería perder el trabajo, tuve que dejarme hacer de todo.

—Qué aprovechados son los hombres, siempre están igual. Por eso debió de marcharse la otra empleada que tenía.

—¡Ya veis! Mi marido está en paro y necesitamos el dinero, así que no tuve más remedio que dejarme follar por él.

—¿Y tú marido lo sabe?

—Sí, quise decírselo, para que no le llegaran habladurías.

—¿Y lo está permitiendo?

—Qué remedio, al final me dijo que lo hiciera, que necesitábamos el dinero, pero que no lo contara por ahí.

—Qué caradura tu marido. Te tiene de puta y ya ni le importa que te follen. Al menos te lo pasarás rico con el panadero.

—Sí, bueno, mi marido hace tiempo que ni me toca, así que no me vienen mal los polvos en el trabajo, jeje.

—Haces bien, y si encima es con permiso, puedes disfrutarlo más tranquilamente. Todas necesitamos que un hombre nos folle. De vez en cuando a todas nos gusta meternos otra polla distinta a la de nuestros maridos, pero yo no me creo que el tuyo no se esté desahogando de otra forma. Tu hija ya va siendo mayorcita, ¿no se estará metiendo con ella?

—¿Qué insinúas, que como a mí no me folla, se la estará follando a ella?

—Según todo lo que estamos hablando, no sería raro, ¿no?

—Pues nunca lo imaginé, pero ahora que lo dices……. Quizás es que yo soy demasiado ingenua, pero no sé ni cómo reaccionaría si los descubriera.

—¡Anda!, mejor que sea así y que no ande metiendo a otras mujeres en casa. Los hombres necesitan siempre un coño donde meterla y de una forma u otra se las arreglan para ello.

De pronto, nos sorprendió que un señor de avanzada edad, que estaba sentado en otro banco cerca de nosotras, interviniera en la conversación:

—Perdonen que las haya estado escuchando, pero me parece muy interesante lo que estaban hablando. Veo que tienen opiniones diferentes sobre todas esas situaciones, pero yo puedo aportarles mi experiencia, para que vean mi punto de vista de hombre también.

—Ya supongo que los hombres lo verán de otra manera distinta a nosotras, pero ellos están encantados con tener a las nenas a su disposición y a muchas de nosotras —le dijimos.

—Tampoco es exactamente así. Nosotros no tenemos la culpa de todo ni somos unos abusadores que obliguemos a las mujeres a satisfacernos, porque ustedes saben que hay mujeres muy calientes que necesitan más de un hombre y muchas nenas son así también ya desde pequeñas. Como les decía, en mi caso tenía un amigo al que visitaba con frecuencia. Él estaba casado y tenía una nena a la que conocía desde que nació, por lo que la confianza entre nosotros era grande, lo que hacía que su mujer me confiara cuestiones de su intimidad sexual. Se quejaba de que su marido no la atendía siempre que ella lo necesitaba. Ella era un poco gordita con unos pechos hermosos que llamaban la atención de cualquier hombre, ya que vestía de forma provocativa y se le marcaban todas sus formas. En una de las ausencias de su marido, ella me mostró sus muslos preguntándome si no le parecía atractiva como para que cualquier hombre quisiera follársela, a lo que lógicamente le respondí, que claro que era muy apetecible para cualquiera. A mí me gustan las mujeres con buenos muslos donde agarrar mientras se la metes.

—Todo eso es normal. Las mujeres tenemos derecho a ser tan calientes como los hombres y a abrirnos de piernas cuando nos pique el chumino. Yo, cuando me meto en la cama, siempre quiero que mi marido me monte antes de dormir —le dijo Carla.

—Pues claro que tienen derecho. Por eso no se puede criticar a nadie. A la mujer de mi amigo, como pueden suponer acabé follándomela y fue una de las mujeres que con más facilidad me sacaba la leche. Su hija era tan caliente como la madre. Andaba todo el día en braguitas por casa sin importarle que yo la viera, pero nunca me había atrevido a hacerle algo como en esos casos que han contado, hasta que una vez me pilló con su madre en la habitación, y a partir de eso no paraba de provocarme hasta que un día tuve que calzármela también, pero ya les puedo decir que fue lo más rico que tuve en mi vida. Era rellenita como su mamá, con unos pechitos deliciosos para comérsela entera.

—Su amigo estaría contento con usted, follándose a su mujer y a la hija, jaja.

—Pues imagínense que pasó. Como su hija era tan caliente, cuando su padre se decidió a metérsela, comprobó que ya habían entrado por allí, preguntó a la nena y tuvo que confesarle quien había sido.

—¡Bufff!, menudo papelón.

—Pues sí, fue muy desagradable la situación. Ya pueden suponer que perdí un amigo, a su mujer y a su hija. Pero todo esto pasó hace tiempo y ahora me conformo con ver a las nenas y a sus mamás en este parque, que me alegran la vista cada día.

—Pero seguirá con la ilusión de poder repetir aquello, a pesar de las consecuencias ¿no?

—Reconozco que sí. Fue algo maravillosos y ahora eso sería mi mejor regalo a esta edad.

—¿Nunca tuvo otra oportunidad?

—Sí, con una nieta. Cuando en vacaciones la llevaba a la playa, me ponía muy cachondo con ella. Era muy juguetona y cuando nos bañábamos, dentro del agua, la apartaba el bikini y frotaba mi polla con su coñito, pero nunca llegué a metérsela, aunque una vez que la llevé a una nudista, ella no dejaba de mirarlos a todos y hasta vio como alguna niña se la chupaba a uno, y así, con la calentura, tuve que enseñarla a chuparla. Ya sé que tienen hijas y que a algunas les parecerán mal estas cosas, pero ustedes mismas estaban reconociendo que disfrutaron de esos hechos que estaban contando.

—Esto creo que es inevitable. Siempre habrá opiniones para todo, según como le haya ido a cada una, como la hayan tratado y también, como decía usted, de lo caliente que se sea.

—Se preguntaban también el por qué pasaba todo eso que contaban y por qué los hombres siempre estábamos detrás de las nenas. Yo creo que para un hombre, y sobre todo cuando ya tiene una edad, es muy rico estar con una nena en la cama, jugar con ella, disfrutar de todo lo que te ofrece; es como una inyección de juventud para nosotros que nos da vida. Para muchos puede ser el resurgir de una sexualidad dormida o cansada por la rutina y para las nenas creo que es algo especial también porque se empiezan a dar cuenta de su poder sobre los hombres, su sexualidad explota por todos lados, se sienten como reinas admiradas y halagadas, se vuelven coquetas y presumidas, saben que pueden conseguir lo que quieran con su cuerpo y aprenden a hacerlo. Se acaban convirtiendo en la típica mujer capaz de volver loco a un hombre.

—Sí, es cierto lo que dice, muchas nos sentíamos así y puede que sea algo necesario que suceda todo esto, porque va en nuestra propia naturaleza de mujeres y de hombres, no lo podemos evitar y por mucho tiempo que pase, esto no va a cambiar.

—Miren, si me permiten comentárselo, comerle el coñito a una nena de esas edades es uno de los mayores manjares que hay. He podido disfrutar de algunos a lo largo de mi vida y ahora con más de 70 años, se me pone dura sólo de pensarlo. Por eso, no me extraña que muchos papas que tengan la ocasión, lo hagan y luego pueda pasar cualquier cosa y ustedes creo que lo saben y a veces no saben cómo reaccionar cuando pillan a sus maridos lamiéndoles las rajitas a sus hijas, porque seguramente a ustedes les haya pasado lo mismo y a algunas las habrá gustado y a otras no, o no quieren reconocerlo ante las demás. A pesar de todo lo que han contado, yo creo que muchas se han callado cosas.

—Puede que sí, pero es difícil descubrir toda nuestra intimidad. Gracias por darnos su opinión. La verdad es que son situaciones complicadas que ya no sabe una ni que hacer, es lo que estábamos hablando.

La conversación siguió con discusiones entre nosotras sobre el por qué permitíamos que nuestros maridos se follasen a nuestras hijas, con opiniones de todo tipo, pero sin llegar a ninguna conclusión aceptada por todas, así que dimos por concluida la reunión porque se nos hacía tarde.

Después de pasados unos días volví a encontrarme con una de las amigas que había estado en esa ocasión, que fue precisamente una de las que no nos había contado ningún caso que le hubiera pasado a ella y que incluso nos había dicho que ella no tenía nada que contar, por lo que me sorprendió al decirme:

—Tengo que pedirte perdón a ti y a las demás.

—¿Por qué?

—Porque no fui sincera con vosotras. Todas lo fueron y contaron cosas bastante fuertes, como lo tuyo, por ejemplo, pero es que a mí me daba mucha vergüenza reconocer lo que me pasó delante de vosotras y por lo que pudierais pensar de mí. Siempre quise olvidarlo y todavía hoy no entiendo cómo podía disfrutar de lo que nos sucedió a mí y a mi hermana.

—Bueno mujer, es comprensible, ¿qué vamos a pensar? Por mi parte, no tienes que pedirme perdón. Cómo os dije, son cosas que nos pasan a casi todas las mujeres, lo queramos reconocer o no, y por la educación que nos dan, es difícil no sentir vergüenza por sentir placer y por disfrutar de algo que nos dicen que es malo y que tenemos que rechazar, y eso crea un conflicto en nuestro interior que nos crea todas estas contradicciones.

—Sí, así es. A nosotras, como en el caso tuyo, nos sucedió con nuestro padre. Primero empezó conmigo. Siempre estaba tocándome y acariciándome. A mí me gustaba y me dejaba hacer, pero aunque sabía que eso estaba mal porque mi madre me decía que no me dejara tocar por los chicos, no me decía que mi papá no pudiera hacérmelo, no sé si porque mi madre no suponía que su marido pudiera hacer algo así o porque sabía que no iba a poder oponerse a ello. Entonces puedes entender como me sentía yo, muy confundida.

—Sí, perfectamente, es algo normal, porque en parte, así me sentía yo también. No entendía muy bien cómo mi madre permitía que mi padre me hiciera eso si todo el mundo decía que no debía de hacerse. Es complicado, la verdad, y más para unas niñas como nosotras. Era un poco lo que estábamos debatiendo el otro día entre nosotras, intentando comprender porque pasaban estas cosas.

—Es que nosotras somos mujeres, sabemos lo que nos pasó y nos preguntamos por qué nuestras madres actuaron así y ahora nosotras lo estamos viendo en nuestras hijas y nos seguimos comportando como ellas y haciendo lo mismo. Esto nunca va a cambiar.

—Mira, yo creo que todo esto sucede porque nos causa placer, y a los hombres igual, pero en nuestra conciencia tenemos metido el concepto del “pecado”, represiones que nos han metido para que el placer no nos domine a nosotras y para que aprendamos a controlar nuestro cuerpo y nuestros deseos. Todas las religiones siempre han tenido miedo al cuerpo de las mujeres, y hasta algunos ven al mismo diablo en ellos.

—Sí, es cierto, pero nuestro cuerpo muchas veces nos traiciona y tanto ellos como nosotras acabamos cayendo en la tentación.

—Así es. Es lo que hablábamos.

—Ahora ya no me importa darte los detalles. Los primeros recuerdos que tengo son de tener el dedo de mi padre entre las piernas por dentro de las bragas, acariciándome. Para mí era una delicia, era como una droga y me sentía en una nube.

—Claro, es la sensación que tenemos todas en esas situaciones.

—Y luego, cuando empecé a jugar con su pene, no había mejor juguete para mí. Bueno, tú sabías también lo que era eso, que te voy a decir yo a ti. Yo creo que para cualquier niña es algo fascinante. Lo ponía en mi rajita y me frotaba con él, empezaba a mojarme y cada vez se iba metiendo más adentro y dándome más gusto. Y claro, todo esto mi hermana pequeña lo veía y quiso hacerlo también. Así fue como empezó con ella y cuando no estaba conmigo, estaba con ella o con las dos.

—Se correría mucho con vosotras entonces.

—Sí, mi hermana y yo nos lo tomábamos cuando le salía peleándonos por ello. Pensándolo ahora, no sé ni cómo podíamos hacer esas cosas a esa edad.

—No pasa nada, amiga, no te de pena reconocerlo. Empezamos a sentirnos mujeres, a ser conscientes de lo que provocamos en los hombres, a aprender a tener todo lo que queramos de ellos y a saber cómo controlarlos cuando nos casamos con uno. Seguro que ahora, gracias a lo que aprendiste, sabes cómo tener contento a tu marido.

—Sí, tienes razón. Y como hacía mi madre, también le dejo que juegue con la cría ahora, cuando veo que se cansa de mí.

—¿Pero es que tu madre lo veía y no decía nada?

—Así era, por eso me llamaba la atención, pero a la vez, esa actitud de ella me hacía estar más tranquila y tener más confianza para seguir haciéndolo.

—Ves, al final hacemos todas lo mismo. Así no tienen tentaciones de irse con otras.

Después de todas estas conversaciones, a pesar de todo, al final, creo que llegamos a alguna conclusión común entre nosotras y al igual que mis amigas, cada uno de vosotros tendrá su opinión. A mí los hombres me han dicho de todo, desde que las mujeres estamos para satisfacerlos y que aunque nos hagamos las estrechas, al final todas acabamos demostrando lo putas que somos y que a nosotras nos gustan las pollas tanto como a ellos los coños.

Otros me comentan lo fácil que es emputecer a una niña, que las mamás lo saben y algunas intentan protegerlas para evitar que empiecen tan pronto, pero como sucede tantas veces, algunas son tan calientes, que poco pueden hacer para evitarlo. Y que las mujeres, cuando de verdad nos desinhibimos, actuamos igual que los hombres o peor todavía aunque los hombres siempre parezca que son más receptivos al sexo.

Mucha gente, al leer mis relatos, me pregunta sin son reales, si narran hechos que me sucedieron a mí o a mi entorno. Quizás a la vista de las historias que cuento en este relato, pueda verse que son casos totalmente reales, que han sucedido así, que muchos de vosotros habréis conocido o vivido casos parecidos, sucesos que salen en los periódicos con cierta asiduidad o que alguien, de forma discreta, nos comenta al oído, con una mezcla de disimulado escándalo y morbo compartido.

Yo sólo me limito a recoger estos casos y “ficcionarlos” para vuestro disfrute, por lo que me satisface enormemente que me lo comuniquéis si he cumplido con ese objetivo.

Por VERONICCA

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