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lunes, 30 de octubre de 2023

Mis vecinos maduros me follaron como a una puta


Esta es la historia de como Manolo y Lola me enseñaron todo lo que sé sobre el sexo. Los padres de mi mejor amiga me trataron como a una cualquiera y lo disfruté. Un relato único y que no tendrá continuidad. Por desgracia para mí.

Hace poco accedí por error a esta web de relatos eróticos. Me quedé de piedra. Hasta entonces, pensaba que lo que me había pasado era algo excepcional y como tal lo escondía. No he contado a nadie todo lo que ahora voy a relatarles. Han pasado ya muchos años, pero aquello marcó para siempre mi vida. Siento aún mucha vergüenza cuando rememoro lo sucedido, pero también me excita recordarlo y no han sido ni una ni dos las veces que he acabado proporcionándome placer reviviendo todo lo que me sucedió en aquel tiempo. No es lo mío escribir, así que ruego disculpen si mi relato les resulta pesado. He cambiado los nombres, porque no me gustaría que nadie se sintiera identificado, aunque los protagonistas se reconocerían fácilmente.


Pasé mi infancia, feliz, en una gran ciudad, en un barrio de trabajadores. Un pisito pequeño igual que el de otras muchas familias como la mía. Allí crecimos mi hermano, dos años mas pequeño, y yo. En la otra puerta del rellano vivía otra familia. Manolo, el cabeza de familia, era un currante que a mí me parecía muy guapo y bonachón, con un aire hippie, aquellos pantalones de campana, con su camisa abierta, pelo en pecho y aquel bigote que me encantaba. Su mujer, Lola, una maruja de libro, permitidme la expresión: siempre dedicada a sus quehaceres de casa y a su marido y sus hijos. Siempre con su bata en invierno y en verano con unos vestidos anchísimos que según como se pusiera te enseñaba sus enormes pechos, blancos como la leche y coronados por dos enormes pezones rosados. Tenía tres hijos la pareja. Loli, mi amiga del alma, que era de mi edad, Manolito que era uña y carne con mi hermano Jorge y el pequeño Juan.

Cuando tenía 14 años, mi padre, al que nunca le había gustado el barrio, decidió que nos teníamos que mudar: «para prosperar y ser algo en la vida porque si seguís aquí siempre seréis unos alcornoques» nos decía mi padre. Nunca entendí que quería decir esa frase.

Nos mudamos a la otra punta de la ciudad. A un barrio más próspero que se acababa de crear. A mi madre casi le cuesta la vida y a mi hermano y a mí, ni os cuento. Nos marchamos casi de un día para otro. Perdimos toda relación con aquella familia, pues entonces no había ni redes sociales ni esas cosas que nos permiten estar en comunicación a distancia e ir de una punta a otra de la ciudad era entonces una auténtica odisea.

Sin una amiga, no me quedó más remedio que centrarme en los estudios. En mi nuevo instituto conocí a Javier. Le gusté. Él se ocupó de integrarme en la nueva escuela. Nos hicimos íntimos hasta el punto de acabar estudiando la misma carrera y poniendo nuestro propio bufete de abogados. Javi tenía, a veces, maneras muy femeninas, pero era encantador. Con el tuve mi primera experiencia sexual. No fue lo más idílica del mundo, pero el muchacho se esforzó en hacerme sentir bien. Yo pensé que aquello era lo normal y me di por satisfecha. Teníamos relaciones sexuales, de tanto en tanto. Javi no se prodigaba mucho, solía ser muy considerado, pero experimentaba muy poco: unas pocas caricias, besos, penetración, bombeo y eyaculación. Yo tampoco sabía lo que era disfrutar, muchas veces ni alcanzaba el orgasmo pero como no tenía más referencia ya que él había sido mi primer hombre…

Un día me pidió matrimonio. Acepté. Claro que sí. La sorpresa fue que compramos un chalé para irnos a vivir y cuando llegó la fecha de la boda, aun no tenía hechos ni los cimientos.

Mi padre, achuchado por mi madre ya que él no quería ni oír hablar de aquella vivienda, nos propuso ir a vivir al piso de mi infancia mientras se construía nuestro nidito. Pagando hipoteca de una casa que ni teníamos y los gastos del negocio, como no teníamos mejor perspectiva, aceptamos. Sería una cosa temporal. Se reformó el piso y se amuebló de nuevo, eso sí, todo ello sin pisarlo porque estábamos muy ajetreados con los preparativos de la boda y nuestra actividad profesional.

La boda fue increíble y el viaje de novios espectacular. Cada vez estaba más enamorada de Javier, aunque seguía pensando que le faltaba una pizca de chispa en la cama.

Y volvimos a la realidad. Comenzó nuestra vida de casados. Llegar a aquel piso fue revivir el pasado. Nuestros vecinos seguían viviendo allí. Todo parecía igual, salvo que habían pasado 15 años. Lola seguía igual, había ganado unos kilitos, macizorra, con dos grandes tetas asomando por el escote de su vestido. Del abrazo que me dio casi me estrangula. Manolo estaba trabajando, pero cuando llegó, no tardó en picar a mi puerta y darme otro abrazo de oso. También habían hecho mella en él los años y los kilos, con una ligera barriguita cervecera, pero seguía conservando su encanto y su famoso bigote, ahora un poco más canoso. Los chicos también me saludaron y todos preguntaron por mi familia. A las once de la noche sonó mi puerta: era mi amiga Loli. Qué reencuentro. Cómo vimos que Javi se empezaba a poner nervioso, quedamos para el día siguiente. Ella libraba en el trabajo al día siguiente y Javi se marchaba a un seminario de una semana al que yo había asistido el año anterior.

En nuestra cita hablamos de todo. Ella siempre se extrañó de que nos marcháramos así, tan de golpe y sin decir nada de dónde nos íbamos. Yo le contesté que a mí me había parecido igual de extraño. Inevitablemente la conversación derivó hacia los hombres y el sexo. Loli me dijo que no había tenido mucha suerte con las parejas. Estuvo un tiempo con un chico que había ido con nosotras al colegio, pero lo pilló en la cama follándose a quien se suponía que era su amiga. Luego no había querido tener pareja. «Voy de flor en flor», me dijo. «El último tío que me he tirado fue un africano, con una polla monstruosa tía, no le cabía en los calzoncillos, lo menos le media dos palmos. Me dejó los agujeros bien abiertos». Me sorprendí excitándome por todo lo que Loli me contaba de sus andanzas sexuales y más con aquello último por lo que le pregunté si todos los agujeros quería decir también que le había dado por el culo. «Claro cariño, no es que me guste demasiado por detrás, pero los tíos se vuelven locos y eso me pone muy perra a mí. ¿No me digas que tú no lo has probado?»

Tuve que ser sincera con ella, le confirmé que a Javi ni se le ocurriría y, además, le confesé que si bien mi marido era la persona más amable y cariñosa del mundo, como amante era un desastre. A un miembro viril bastante pequeño, un pichacorta vamos, unía un desinterés casi total por el sexo y el poco que tenía se limitaba a un mete y saca rapidito, casi con la luz apagada y en la postura más tradicional que pudiera imaginar: el misionero. «Joder niña, por un lado, te envidio de tener un marido tan potente, pero no sabes la pena que me das de no disfrutar los placeres del buen sexo y del sexo guarro. Debes tener el coño bien estrechito y no sé cómo te va a preñar el muchacho ese». «No es mi intención quedarme embarazada ahora Loli, quiero disfrutar de la vida y por eso tomo la píldora», le respondí. «Pero qué coño de vida es esa tía, sin un maromo que te ponga mirando pa’cuenca y te haga ver las estrellas de colores…». “Calla ya, loca, que pareces una choni le dije yo riéndome, tapándole la boca con las manos y agarrándola del cuello con mi brazo, como cuando nos peleábamos por ponerle el mejor vestido a los muñecos. «Tú sí que eres una loca de la vida y sí, soy una choni, una puta choni o una choni muy puta, como tú quieras», me soltó mientras quitaba mis brazos de su cuello y los bajaba rozando sus duros pechos. Aquello me ruborizó y ella se dio cuenta. «Buahh. No me digas más. Tampoco has tenido sexo con ninguna tía, jajaja. Santa Olivia te voy a llamar» continuó riendo a carcajadas. «No te burles de mí». «Anda pánfila, dame un abrazo. Ahora que te he encontrado no voy a dejar que te escapes. Y no te preocupes por eso tuyo, que se cura» y continuaron las risas.

La tarde siguiente, llegué a casa un poco antes de la hora. Acababa de hablar con Javi en un receso del seminario. Le informé de las últimas novedades de la construcción de nuestro chalé y él me comentó que el seminario se iba a alargar hasta el domingo por no sé qué problema. Me duché y me puse cómoda para estar por casa: una camisetita de tirantes y short pequeñito. Puse música, me serví una copa de vino frío y me tumbé en el sofá. Cerré los ojos y empecé a imaginar lo que hubiera sido mi vida de haber continuado viviendo en aquel sitio: seguramente sería igual de choni que mi amiga, aunque eso igual me hubiera garantizado un poco más de actividad sexual. Me empecé a excitar y sin darme cuenta, tenía mis manos acariciando mi sexo, por encima de mis braguitas. Ya estaban húmedas. Introduje mi mano bajo el elástico de aquella prenda y llevé mi dedo a la vulva, frotándolo hasta quedar bien empapado en mi flujo vaginal y, haciendo algo que no había hecho nunca, lo saqué y lo llevé a mi boca, chupándolo y saboreando mis intimidades.

Sonó el timbre. Era Lola. La mujer me traía una tarta de bienvenida. «He visto que en las películas lo hacen y todos estamos muy contentos de volver a tenerte de vecina». «Mujer, no tenías que haber hecho nada. Gracias Lola». Le di un beso y le dije que pasara. «Estábamos muy intrigados. Han pasado muchos inquilinos en estos años, pero esta vez sabíamos que era diferente. Todo lo que traían tenía mucha clase». «Gracias Lola. Vamos a pasar aquí un par de años y queríamos estar a gusto» dije yo. «Claro que sí, mi niña. Aquí vas a estar muy bien. Se ve ya». Entonces caí en la cuenta de que iba en braguitas y encima, las tenía mojadas. Era evidente que Lola se había percatado. Me ruboricé de nuevo y ella se dio cuenta. «Tranquila, niña. Por mí no te has de preocupar. Eras como mi segunda hija y aunque ha pasado mucho tiempo yo todavía quiero lo mejor para ti o no te has dado cuenta de lo felices que nos ha hecho a todos tu vuelta». Aquello no me tranquilizó, pero mi vecina continuó su discurso. «Ya me ha dicho mi Loli que tu marido no te da candela. No me extraña que tengas que satisfacerte tú sola. Una hembra guapa y hermosa como tú, con lo bien que hueles, no sé en qué estará pensando ese muchacho». Yo ya estaba muerta de vergüenza, con un poco de rabia porque mi amiga había desvelado mis secretos y excitada por la forma en que me hablaba Lola. Entonces acarició con su mano la parte de las braguitas que más mojada estaba y yo me excité mucho, para mí sorpresa. «Si es que los tíos sólo piensan en ellos. Con lo rica que has de tener tu cosita. ¿Es verdad que no te ha comido el coño nunca?”.

«Lola, acabas de decir que eres como mi madre». «Claro que sí niña. Por eso me preocupo por ti, como lo hago por mi Loli». «¿Me estás insinuando que haces guarradas con tu hija?». «No mi amor. Dios me libre. Con ella nunca he hecho nada, pero siempre nos lo hemos contado todo. Yo le cuento lo que hago con su padre y ella cómo y con quién folla». » Alucinante. No sé si le dará vergüenza lo que hacéis vosotros, pero tú debes flipar con lo que hace ella». «Para nada cariño. No hay nada que ella haga que no haya hecho antes yo con mi marido, eso sí. ¿Respóndeme niña, te ha comido el chichi tu marido?». «No Lola, nunca me han practicado sexo oral. ¿Y tú? Loli me contó auténticas guarrerías. ¿A ti te sodomiza Manolo?». «Pero que bien hablas Olivia. Cuando veas a tu padre dile que invirtió bien el dinero. Tú no eres ninguna alcornoque”, me sorprendió tanto que me dijera aquello que me cortó un poco la calentura. “Verás hija, Manolo siempre ha sido un hombre muy caliente y muy macho. Para suerte de su mujer, ósea yo, calza una tranca que no te la acabas. Larga, lo normal, pero gorda como un vaso de tubo. Al principio de estar casados me tenía muerta. Me la metía a cualquier hora y en cualquier lugar, hasta que me quedé preñada. Con el miedo de que no le pasara nada al bebé, dejé de tener sexo con él y entonces fue cuando llegó la sorpresa: el muy cabrón empezó a visitar a mujeres de vida alegre, se iba de putas y yo me quedaba en casa con mi bebé y unos cuernos que no me cabían por la puerta. Cuando me enteré me quedé loca. Fue tu madre la que me dijo que, si quería a Manolo, tenía que luchar por él. Esa misma noche, después de acostar a mi Loli, esperé a que llegara Manolo. Cuando abrió la puerta me encontró en pelota picada tumbada en el sofá. Se sorprendió muchísimo. Me levanté fui hacia él meneando mis caderas y este par de domingas que dios me ha dado. Le planté un beso con lengua, hasta la campanilla, al tiempo que le bajaba la bragueta y le sacaba la picha para meneársela bien. La verdad es que no me costó mucho ponérsela bien dura. Me agaché de golpe y, sin saber muy bien qué hacer, me metí todo el cipote en la boca y empecé a chuparlo. Manolo estaba excitadísimo y me decía, sigue Lola, sigue así cariño. Manolo sujetó mi cabeza para que no me la sacara y acabó corriéndose en mi boca. Era la primera vez que me comía una corrida, aquel liquido caliente, espeso y grumoso me dio un poco de asco al principio, pero acabé por tragármelo entero. No sé por qué buscas por ahí a otras mujeres, le dije, si la más puta la tienes en tu casa. Me senté en el sofá, espatarrada, enseñándole todo el felpudo a mi hombre y acariciándome la raja con los dedos. Demuéstrame lo macho que eres, le provoqué, me tienes empapada y caliente. Manolo perdió un poco los papeles. Se arrodilló ante mí, me soltó un bofetón en la cara, el único que me ha dado en toda nuestra vida juntos, y diciéndome lo guarra que era se amorró a mi chichi, frotándome la lengua hasta que me vino el orgasmo más bonito que había tenido hasta entonces. No me había repuesto del orgasmo cuando Manolo me ensartó con la bestia: yo siempre le llamo la bestia a la enorme polla que calza. Me estuvo dando candela durante un buen rato, como se había corrido en mi boca poco antes, el tío tenía aguante. Yo gemía como una perra por el placer que sentía y también exageraba un poquito para que mi macho se sintiera muy poderoso. Él resoplaba y repetía: Lola, Lola, que zorra eres. Finalmente, no aguantó más y me soltó toda la corrida en el coño. Yo estaba a punto de correrme, así que le dije que no fuera cabrón y continuara meneándose. Hasta que me corrí. Grité como una cerda en el matadero. No sé cómo no desperté a todo el vecindario. Cuando me recuperé de semejante orgasmo, me puse a cuatro patas en el suelo ofreciéndole todo el trasero al obseso de mi marido. Manolo estaba tumbado en el sofá, resoplando aún del polvo anterior. Lola perdóname, me dijo. Hoy no puedo más. Estoy reventado, pero no te preocupes. A partir de hoy esta polla va a ser sólo para ti. Pero prepárate, porque vas a tener que hacer todo lo que me hacen las otras putas, me dijo el muy cabrón. Manolo, ya te he dicho que, a puta no le gana nadie a tu mujercita. Como te puedes imaginar mi Manolo no dejó de follar con otras hembras, pero siempre con mi permiso y en otras muchas incluso participando yo. Tengo muchos buenos recuerdos de esos tríos y tú me has traído a la mente alguno en concreto”.

“¿Lo habéis hecho con una jovencita? Alucino Lola. Alucino mucho, pero no me has dicho si Manolo te da por el culo”, le dije yo lanzada. Notaba que estaba perdiendo la vergüenza y no notaba aquel calor en mis mejillas. Por el contrario, notaba la humedad de mis bajos y la inquietud típica de cuando te encuentras muy excitada.

“He perdido la cuenta de las veces que Manolo me ha reventado el culo. Porque te lo revienta, niña. La primera vez que me forzó el ano, te prometo que pensaba que me iba a cagar. Es una sensación tan rara. Pero luego me he ido acostumbrando. Debe ser que mi culo se ha adaptado al tamaño del miembro de mi macho. Mira. Ayer por la noche, por ejemplo, me lo estuvo trabajando un ratito”. En ese momento, Lola se levantó el vestido, me dio la espalda y a la misma vez que se inclinaba hacia adelante, con las manos se bajaba la enorme braga de color negro que llevaba, enseñándome todo el ojete y también todo su chocho peludo. “Lola, dios. Lo tienes muy rojo y abierto, casi te cabría mi mano”. En ese momento me sentí como poseída y si, alargué mi mano hasta acariciar la enorme raja del coño de Lola. Para mi sorpresa, estaba empapada y ella emitió un claro gemido de placer. “Niña, me matas si haces eso. Sé que tú también estás excitada, así que creo que sé lo que tenemos que hacer. Vamos a esperar a que llegue Manolo y le pediremos que nos folle a las dos. Seguro que lo está deseando”. “Lola, me acabo de casar. No hace ni un mes y ya quieres que le ponga cuernos a mi marido”. “Anda tonta, lo estás deseando. Te pica la curiosidad de saber lo que es una buena polla en tus entrañas. Además, con Manolo no vas a tener problemas. Aunque le gustas, no se va a encoñar contigo, ni tú con él. Él tiene a su hembra y tú a tu marido. Digamos que sólo te va a enseñar, será tu maestro del sexo”.

Justo en ese momento sonó el timbre de mi casa. Lola abrió la puerta y yo me medio escondí, pues fui consciente de que estaba en braguitas. Era el pequeño Juan para decirle a su madre que le diera pasta. “Cógela del monedero” le respondió Lola “y si ya ha venido tu padre, dile que venga un momento.

Dejamos la puerta abierta y al momento se escuchó el vozarrón de Manolo. “Lola, dónde estás, qué quieres”. “Pasa pa’dentro Manolo y cierra la puerta”. Lola y yo estábamos sentadas en el sofá. El hombre entró con cara un poco de asustado. Venía recién duchado, con su camisa de pijama, de aquellas de tergal azul de aquellos tiempos, abierta enseñando el pecho velludo y los pantalones subidos al máximo por encima del culo y arrullados debajo de la incipiente barriguita. Miré su cara con aquel bigote que tanto me había atraído siempre y volví a darle un repaso a aquel cuerpo serrano. No me lo podía creer. Aquel maduro, pasado de los cincuenta, que podía ser mi padre perfectamente me pareció el galán más apuesto del mundo. Quizás se debía a la calentura, pero mi humedad ya empapaba mis braguitas y Lola no se quedaba atrás. Tenía los calzones empapados.

“Manolo, no pongas esa cara de susto” comenzó a hablar Lola. “La niña necesita ayuda y aquí estamos nosotros para dársela”. “Bueno”, fue el monosílabo que soltó Manolo porque tampoco su mujer le dio tiempo a más. Lola separó mis piernas enseñándole a su marido cómo estaba yo de mojada. “Olivia no ha catado más hombre que su marido y el muchacho no es precisamente un Superman. La tiene un poquito desatendida y la niña no lo merece. He pensado que nadie mejor que tú para que le enseñe los placeres de la jodienda”. “Lola, por dios. ¡Que la niña podía ser nuestra Loli! Otra vez no, por favor, no quiero más jaleos”.

“Ponte de pie, cariño”, me ordenó Lola. Ella se levantó conmigo y sin darme cuenta, con un ágil movimiento, me sacó la camisetita, dejándome las tetas al aire. Mi primera reacción fue llevarme las manos a tapar los pechos, pero no me dio tiempo, porque igualmente de rápido, Lola me bajó las bragas, dejándome completamente en pelotas delante de su marido. “Deja de pensar tanto en ti y no seas tan cabrón. Te he dicho que la niña necesita saber lo que es un macho de verdad y para machos nadie mejor que mi marido. ¿O es que no te gusta la niña?”. “Lola, por favor, ¿Cómo puedes decir eso? ¡Es una ambrosía!”. Se acercó a mi y con su mano, ligeramente áspera y caliente, empezó a amasar suavemente uno de mis senos. “Tiene los mismitos, mismitos pechos…” empezó a decir Manolo, pero Lola lo cortó súbitamente diciéndole que se callara de una vez y dijera si estaba de acuerdo en hacerme el amor allí mismo, en aquel momento. “Bueno, si la niña quiere y nos lo pide estoy dispuesto a hacer lo que queráis”.

Entonces intervine yo. Ya no me importaba estar desnuda delante de aquella pareja de cincuentones, poco sexis la verdad, pero que prometían descubrirme las mil maravillas del sexo. “Lola, Manolo, no sé qué me está pasando, pero estoy muy excitada. Quiero que me hagáis el amor los dos. No he conocido más hombre que mi marido y nunca lo he hecho con una mujer, ni tampoco me veo con ánimos de hacerlo”. “Tranquila niña”, respondió Lola. “Tú déjate llevar y disfruta. No te pongas límites y no des nada por malo. Vamos a hacerte feliz, no te olvides de eso”. Diciendo eso, se sacó el vestido, quedándose solo con aquellos bragones que gastaban las mujeres maduras entonces. Sus dos tetas, eran como dos ubres, enormes y colgando hasta casi el ombligo, me parecieron en aquel momento muy apetecibles a pesar de lo que les acababa de decir que creo que era más fruto de la prudencia social que del deseo verdadero. Tal como estaba, desabrochó la camisa del pijama de Manolo y le bajó los pantalones. Quedó a la vista aquel pecho peludo, aquella prominente barriga y más abajo, unos enormes calzoncillos de aquellos blancos que llevaban los hombres en aquella época, marcando un enorme bulto en el medio y dejando ver por aquella raja que tenían aquella horrorosa prenda un enorme pedazo de carne. Manolo se acabó de deshacer del pijama, se sentó en el sofá con las piernas bien abiertas y acariciándose el enorme cacharro que se intuía por encima de los calzoncillos. “Vamos Lola, siéntate aquí y enséñale a la niña la bestia”. Lola obedeció, no sin antes quitarse aquella enorme braga que aún llevaba puesta y tal como se la quitó me la plantó ante mis narices por el lado más húmedo, y os puedo asegurar que estaba muy húmedo, para que yo pudiera sentir los efluvios que emanaban del coño de aquella señora. Cuando Lola ya estaba sentada, metió mano por la raja del calzoncillo de Manolo y empezó a menearle la picha. En el momento que el macho creyó que ya la tenía lo suficientemente dura, le pidió a su mujer que le bajara los gayumbos. “Santo Dios del Cielo” grité yo cuando vi e hice el cálculo rápido y comparativo de la enorme verga de Manolo con la de mi marido. “Lola, por Dios, ahora entiendo lo del agujero de tu ano. ¿Cómo te puedes meter eso por ahí?. ¡Vaya pollón que calzas Manolo!”. Yo estaba como hipnotizada viendo aquel enorme falo, grueso como un salchichón, apuntando hacia el techo, ligeramente torcido hacía arriba con la punta del capullo encarnada y supurando una ligera babilla. Lola, no perdía el tiempo y mientras masturbaba a su marido con una mano, con la otra acariciaba sus enormes tetas y su empapada concha. “Ven aquí cariño” me pidió Manolo. “Siéntate a mi lado y acaricia mis bolas”. Me senté junto a él y con pulso tembloroso mis manos se dirigieron a sus pelotas. Tenía un escroto enorme y unas pelotas peludas, porque el hombre tenía una buena mata de pelo en sus partes, enormes y duras. Apenas cabían en mi mano. Rocé con el dorso aquel mástil que Lola sacudía para arriba y para abajo y pude comprobar la dureza del miembro. “Me pirran tus téticas niña” dijo Manolo “Dame tu lengua que luego ya disfrutaré de ellas”. “Manolo, trata bien a la niña. No es ninguna putilla” le respondió Lola, “déjalo, Lola, creo que me está gustando que me trate como a una cualquiera. Estoy caliente como una perra en celo. Nunca me he sentido tan puta, pero lo estoy disfrutando” añadí yo. “Di que sí guarrilla, cómeme la boca, venga” insistió Manolo. Metí mi lengua hasta su campanilla, al tiempo que el chupaba la mía y de vez en cuando dejaba resbalar su saliva al interior de mi cavidad bucal. Así estuvimos un rato con nuestras bocas unidas y mi mano acariciándole los testículos, hasta que me separó y me dijo: “Ahora, agáchate y chúpame las bolas”. No lo dudé tampoco entonces. Me arrodillé delante de él y Lola le alzó las pelotas para facilitar que me cupieran enteras en mi pequeña boca. “Chúpalas como si fueran caramelos chiquilla” me aleccionaba Lola. “Joder Lola, como chupa esta niña” dijo Manolo. “Es más guarra de lo que nos pensábamos. Me las exprime la muy zorra. Ufff, dale polla, dale que me chupe el capullo la putita”. Todas aquellas ordinarieces me calentaban sobremanera. Solté las pelotas de Manolo y Lola apuntó a mi boquita la picha de su hombre. Cuando la tuve delante de mí, no me lo podía creer. El enorme glande sonrosado de Manolo casi no me cabía en la boca. Hice como me había mandado la madre de mi amiga: chupé el capullo del padre de mi amiga como si fuera un caramelo. Mientras me dedicaba a dar placer a Manolo, Lola se sentó a mi lado y comenzó a acariciarme: primero los pechos suavemente, luego pellizcando mis pezones y luego se dedicó a frotar mi raja, poniendo especial énfasis en mi clítoris. ¡Como lo trataba! Me estaba derritiendo aquella señora. En un momento dado, entre los resoplidos del macho, dio un golpe de cadera y la tranca del maromo se incrustó hasta mi garganta. Me vino una arcada y salivé en gran cantidad. Noté que la polla de Manolo se estaba poniendo muy muy dura. “Vale niña, para ya, si no quieres que te llene la boca de leche. Ahora te toca a ti disfrutar”. Lola me ayudó a levantarme y me sentó en el borde del sofá, con las piernas bien abiertas, dejando bien visible mi sonrosado y húmedo coñito. Me colocó unos cojines en la espalda obligándome a tumbarme, pero sin que perdiera de vista la actuación sexual de su marido. Manolo, con la polla tiesa, se arrodilló ante mí. Abrió la boca y sacó la lengua de forma evidente para que yo la viera. Acto seguido la dirigió a mi chumino. Comenzó a chupar como un animal, con lengüetazos. Después incrustó su boca en mi sexo. Su bigote me hacía cosquillas. Introducía su lengua en mi vagina, la sacaba y buscaba mi clítoris y así todo el rato. Al mismo tiempo, Lola se había colocado de rodillas en el sofá, de forma que su enorme coño quedaba a la altura de mi boca. Sabía lo que aquello quería decir. Saqué mi lengua y empecé a degustar los caldos de aquella cincuentona. Me sorprendió lo que mojaba la muy guarra. Lo estaba disfrutando la tía. Mi excitación iba en aumento, así que tuve que avisar a Manolo que me iba a correr. “Venga niña, córrete, para eso estamos aquí, para darte placer, venga hazlo ya” dijo Lola. Entonces se me nublaron los ojos, sentí una descarga eléctrica de placer por todo el cuerpo, en especial en mis partes íntimas, apreté la cabeza de Manolo contra mi coño y le obligué a seguir chupando hasta que me sentí desfallecer. “Joder Lola, como moja la niña. Me imaginaba que podía ser así, ya sabes, pero esta cría la supera. Es brutal. Anda Olivia, prepárate. Voy a perforarte”. “Manolo ten cuidado. No la rompas que tiene un marido al que quiere mucho”. “No te preocupes Lola, ese muchacho nunca se enterará de que ha sido cornudo”. Manolo se sentó en el sofá. Separó bien las piernas. Su polla tiesa y dura apuntaba al techo. Cerró las piernas y Lola me acercó hacia él. Me abrí de piernas para colocarme encima de Manolo. Lola me sujetaba por la espalda, acariciándome los pechos. Me fui dejando caer hasta que mi coñito rozó la punta del capullo de Manolo. “Ahora despacio niña”, me susurró al oído Lola. Yo estaba empapada y creo que eso ayudó bastante. Me fui dejando caer sobre el miembro de aquel machote maduro. Poco a poco mi vagina se fue ensanchando, sin apenas sentir ni pizca de dolor. Sin darme cuenta toqué fondo, lo noté al sentir los pelos de las pelotas de Manolo acariciando mi vagina. “Creo que esta niña es una fiera Lola, que estrechito tiene el coño. Cómo se ha tragado toda mi polla. Voy a follarla ya, no me puedo resistir. Ven aquí zorrita. Ha llegado el momento de disfrutar de esos melocotoncillos tuyos, dame tus tetas, puta”. Manolo colocó sus dos manos en mi culo y con una facilidad increíble, comenzó a levantarme y bajarme de forma que su cipote entraba y salía de mi vagina a su completa voluntad. A su vez, la mano de Lola masajeaba mi clítoris y la lengua de Manolo jugueteaba con mis pezones, chupándolos y mordiéndolos. Eché mi cabeza para atrás, cerré los ojos y grité. “Me corro ya, por dios, seguid, me corro, me vais a matar”. Me acabé corriendo y menos mal que Lola estaba sujetándome por detrás porque me quedé sin fuerzas con aquel orgasmo. Manolo me levantó y me dio la vuelta. Ahora era él quien abrió las piernas y yo con las mías cerradas me dejé ensartar, esta vez sin muchos miramientos, por el falo de Manolo. “Muévete tú zorrita, sube y baja por mi polla, Cabálgame como una buena jaca” me decía el semental aquel. Y así hacía yo. Le cabalgué como mejor supe mientras Lola se dedicaba a seguir con su lengua mis pezones en aquel sube y baja. Cuando estaba a punto de un nuevo orgasmo, e iba a ser el tercero aquella tarde noté que Manolo tomaba las riendas. Aquello fue lo más increíble que había vivido. Me vino mi tercer orgasmo, al mismo tiempo que Manolo descargaba todo el semen de sus grandes testículos en el interior de mi cueva, inundando mi útero con la caliente y espesa leche de aquel macho. “Bufff, Lola, Lola. Que niña la Olivia. Menudo pedazo de hembra. Se la ha tragado toda. Qué coño tiene la tía, hacía mucho tiempo que no me exprimían así las pelotas” dijo Manolo, mientras me acariciaba todo el cuerpo, en especial las tetas, aún empalada por el pollón de aquel hombre maduro. “Menos mal que tomo la píldora Lola, porque si no creo que tu hombre me hubiera dejado preñada ahora mismo, con todo lo que ha descargado en mi interior. Ahora te toca ti querida. Quiero darte todo el placer que sepa” le dije a aquel pedazo de mujer que estaba sentada desnuda en el sofá acariciándose las ubres con una mano y la cuca con la otra. Cogí la mano que estaba acariciando sus intimidades y conduje aquellos dedos llenos de flujo a mi boca. Chupé con fruición hasta dejarlos bien limpios. Luego la hice tumbar en el sofá, y me estiré encima de ella para poder saborear los enormes pezones de aquella hembra. En ese momento, Manolo se colocó junto a la cabeza de Lola y arrimándole aquella bestia morcillona a la boca, la obligó a tragarse enterito el cimbrel. “Chupa Lola, como tú sabes, que la niña se merece un buen estreno”. En aquel momento, concentrada en los pechos de Lola, no calibré el alcance de aquellas palabras. Lola no decía nada, sólo se removía buscando que alguna parte de mi cuerpo acariciara su mojado sexo y de tanto en tanto, las veces que la tranca de su marido se lo permitía, gemía de puro placer. Dejé aquellos maravillosos pechos y ya sin pensarlo me amorré al coño de la madre de mi amiga. Hice el mismo proceso que Manolo había hecho conmigo. Lengüetazos primero y comida en toda regla después. No imaginaba lo que una hembra puede mojar. “Niño, que bien lo como la guarrilla, es increíble. Ni una puta lo haría tan bien. Me mata de placer. Me viene el orgasmo”. Dijo Lola, dejando de saborear le preciosa picha de su marido. En pocos segundos Lola se corrió en mi boca y para mi sorpresa noté como un ligero chorro de orina impactaba en mi cara llegando a mojar mis labios. Saqué la lengua pasándola por mis labios y saboreando aquel agrio fluido.

“Vamos niña, ha llegado tu momento” me dijo Manolo, quien ya estaba otra vez con la picha enhiesta, apuntando al techo. “Hoy te vamos a hacer mujer, sí o sí. Cuando mañana te despiertes serás una Olivia nueva. Feliz, contenta y más puta que nunca”. “Manolo con cuidado. Déjame trabajarla. No quiero que le rompas el culo a la niña. Que mañana tiene que trabajar e ir al lavabo”. Lola me levantó con mucho cariño. Me colocó a cuatro patas contra el sofá y hundió su cabeza en mi trasero. Notaba como sus manos abrían mis cachetes al tiempo que su caliente lengua buscaba mi pequeño agujero anal. Me introdujo la lengua. “Dios mío, Lola no, por favor. No sé si soportaré que me meta esa bestia en el culito”. Lola no dijo nada. Continuó trabajando mi agujero. Primero noté como me introducía un dedo. Escupía en mi entrada y resbalaba el dedo hacia mi cavidad anal. Luego vino el segundo dedo, al que siguió el mismo proceso. Con la otra mano, frotaba mi clítoris con lo que el dolor que sentía quedaba mitigado por el placer que me proporcionaba la muy puta de Lola. Con maestría, el tercer dedo se coló en mi ano. Manolo, a mi lado, miraba la operación con cara de salido, al tiempo que se pajeaba para mantener tiesa la polla que me iba a desvirgar analmente. A un gesto de Lola después de que escupiera profundamente dentro de mi culo, Manolo se agachó, escupió sobre su cipote y sin tiempo a que Lola sacara sus dedos, inmediatamente Manolo insertó su capullo a la entrada de mi culo. Lola aumentó la cadencia de sus caricias en mi chocho y Manolo se dejó caer sobre mí, poco a poco al principio y de golpe al final. Grité, grité mucho, pero al final la enorme monstruosidad del falo de Manolo acabó alojándose por completo en mi recto. Estuvo un rato quieto para que mi culo se adaptara al grosor de semejante tranca. Luego empezó a bombearme. No pensé nunca que llegarían a sodomizarme de aquella manera y que encima yo no lo encontrara doloroso. Lola me colocó el culo en la boca y se lo chupé como había hecho ella conmigo. Al rato, se puso a cuatro patas a mi lado. Manolo sacó su miembro de mi culo y ensartó a su mujer. Mientras la bombeaba, juagaba con sus dedos en mi culo, intentando que no se cerrara. Pero mi culo era tan pequeño que quería cerrarse rápidamente. Manolo se dio cuenta. Desempaló a Lola y volvió a incrustármela hasta el intestino. Ya, como un loco, Manolo comenzó a bombearme, mientras Lola volvía a acariciar mi sexo. Me corrí. Volví a correrme por increíble que parezca. Había tenido mi cuarto orgasmo en una tarde. Más que casi todo el resto de mi vida. Entonces Manolo, ya totalmente poseído, me la clavó hasta el fondo corriéndose en mi culo, llenándomelo de esperma caliente. “Dios mío que regalo me acabas de hacer, el culo de la niña. Dios es sabio. Después de estrenar el culo de la madre, me envía a la hija para que la estrene también. Lola cómo he disfrutado”.

Me quedé de piedra. Lola, poniéndose los bragones que llevaba me miró con cara de circunstancias, como pidiéndome perdón. Se acercó a mi cara y empezó a besarme. La polla de Manolo no quería salir de mi estrecho culito pero yo quería que me la sacara inmediatamente. Al dar el tirón me reventó el culo. Me puse a llorar. Manolo cogió sus calzoncillos y con la picha aun goteando esperma, se los puso, al igual que el pijama. Lola, cogió mis braguitas y mi camiseta y me vistió dulcemente. “Lo siento cariño, no quería que te hubieras enterado de eso pero me gustaría explicártelo, no como ha hecho el bestia de mi marido. Escúchame atenta, pues no quiero que te quede ninguna duda. Tú sabes que tu madre y yo éramos muy amigas y compartíamos muchas confidencias. Ella me contó que tu padre no la satisfacía en la cama. Yo le dije que con Manolo era una locura y ella me dijo que era muy afortunada, después de todo lo que había pasado al principio de nuestro matrimonio. Un día después de hablarlo con Manolo, le propuse hacer lo mismo que hoy contigo. Manolo le comería el coño, se la follaría, le estrenaría el culo y ya está, luego cada una a su casa con su familia. Pero tu madre se encoñó con Manolo. Se la tiró unas cuantas veces. Hasta que se enteró tu padre. Por eso salisteis de aquí como llevados por el demonio y nunca más supimos de vosotros. Por suerte, la avaricia de tu padre hizo que no vendiera el piso y que, con el tiempo, eso, haya hecho que tú llegaras hasta nosotros. Ha sido un placer tener sexo contigo Olivia. Eres una hembra maravillosa. A partir de ahora, tú decides que va a ser de tu vida”. Me abracé a Lola y empecé a besarla entre sollozos. Entró Manolo en el salón y corrí a abrazarlo. “Gracias Manolo. Me has hecho mujer. No lo voy a olvidar, pero no vas a poseer nunca más este cuerpo” le dije. “Gracias a ti Olivia. Eres una hembra maravillosa. Mejor que tu madre. No te preocupes. Nadie sabrá nunca lo que hoy a ocurrido aquí. Espero que lo hayas disfrutado”. Me abracé a él y le besé en la mejilla.

En los dos años que Javier y yo vivimos en aquel piso, hubo el menor comentario sobre aquello. Ni siquiera mi amiga Loli, llegó a enterarse y Javier menos, por supuesto.

Al día siguiente, fui a casa de mi madre a ver cómo estaba. Después de mucho hablar, le solté de repente: “Anoche follé con Lola y Manolo y dejé que la bestia estrenara mi culo”. Mi madre se giró de repente. Me soltó una hostia en toda la cara y me soltó: “Qué hija de puta eres Olivia. Pero cómo te envidio”.

Espero no haberos aburrido y que os haya gustado mi historia.

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